Mari Carmen tenía 87 años. Había vivido durante siete décadas en la misma casa de Madrid. Allí estaba su vida entera. Y de allí fue desalojada el pasado 23 de septiembre. Mari Carmen ha fallecido, pero su historia, sin embargo, no debería terminar con ella. Porque la pregunta que deja su caso es mucho más incómoda que la de quién tenía razón en un procedimiento judicial. La pregunta es qué clase de sociedad queremos ser cuando una persona de esa edad puede acabar expulsada de la que fue su vivienda durante la mayor parte de su vida.
Vivimos tiempos de trincheras. La política se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en una competición por demostrar que los otros son peores. Ya no basta con defender una determinada idea de país, de sociedad o de economía: parece imprescindible presentar al adversario como una amenaza. Y en ese juego caben casi todas las armas: medias verdades, titulares descontextualizados, bulos, vídeos manipulados, exageraciones, etiquetas y una utilización cada vez más sofisticada de las emociones.
El nuevo informe PISA vuelve a recordarnos que nuestro sistema educativo necesita una reflexión profunda. Y quizá también nosotros, como sociedad y como familias. Los alumnos españoles han obtenido 457 puntos en Matemáticas, 451 en Lectura y 477 en Ciencias, por debajo de las medias de la OCDE en las tres competencias. Son cifras. Pero detrás de cada cifra hay un adolescente. Y detrás de cada adolescente hay una familia, un colegio, unos profesores, unos hábitos, unas expectativas y, en definitiva, una sociedad. Por eso, sinceramente, no creo que estos resultados deban sorprendernos demasiado. Quizá lo verdaderamente preocupante sería que nos sorprendieran.
Hoy he llegado a la oficina y me la he encontrado así, desmantelada.
Hay algo extraño en ver un lugar que durante tantos años fue una segunda casa reducido a paredes, mesas movidas y silencios. Como si de pronto alguien hubiera retirado el decorado y, al hacerlo, nos hubiera dejado desnudos. Y no he podido evitar recordar. Casi todo bueno.
Hay noticias que se escriben con una llamada telefónica, otras con un documento oficial y algunas, las peores, simplemente copiando lo que ha publicado otro. Lo ocurrido estos días con Gavi pertenece, desgraciadamente, a esta última categoría.
Hay victorias que se celebran por el resultado. Otras, mucho más escasas, se recuerdan porque parecen inevitables. Como si el fútbol, de repente, decidiera ser justo. Por eso, pocos títulos han estado tan cargados de significado como este. No solo por levantar una copa, también por la forma de hacerlo. Decía Albert Camus, que además de filósofo fue portero de fútbol, que «todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Quizás exageraba. O quizá no. Porque este Mundial ha demostrado que, en ocasiones, la manera de ganar importa tanto como la victoria misma.
Hay momentos de mi trabajo que no los mejora ni el guionista más ingenioso.
Hace varias semanas entrevisté a Esperanza Aguirre para uno de los documentales que estamos haciendo en Happy Contents. Terminada la conversación, mientras super Kacho y Rodri recogían el equipo, la presidenta me dice:
Hay partidos que se ganan por el talento. Otros por la inspiración de una estrella. Y luego están aquellos que dejan una enseñanza que va mucho más allá del fútbol. La semifinal de ayer entre España y Francia nos ha dejado, creo yo, una lección interesante.
Esta noche España y Francia disputan una semifinal del Mundial que bien podría ser una final anticipada. Dos selecciones extraordinarias, repletas de talento, que representan dos de las grandes potencias del fútbol europeo. Debería ser uno de esos días en los que la conversación gira en torno al balón, a los sistemas, a las individualidades y a la emoción de un gran partido.