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Ya es primavera, y eso gusta

Publicado el 05 marzo 2012 por manuguerrero

Me alegra comprobar que esta fotografía, que compartí hace unos días vía Facebook con todos mis amigos, ha recibido decenas de aprobaciones a modo de “me gusta”, esa clasificación que a veces nos obliga a marcar esos comentarios o noticias que realmente despiertan en nosotros auténtica reprobación, porque a este red social aún no se le ha ocurrido una posible etiqueta de “Lo detesto”, “Lo denuncio” o similar, vaya que al final, lo extaño sea estar de acuerdo y montemos, por lo más insignificante, una verdadera revolución. A esta gente igual no le gusta que la maquinita sirva para señalar con el dedo, aunque visto lo visto…

Pero no quiero desviarme. Lo que venía a decir es que siento verdadera satisfacción que podamos ilusionarnos, después de este invierno atípico y frío (no lo digo solo por las bajas temperaturas) con la llegada de los primeros brotes de la primavera, que vienen a recordarnos lo que hemos llegado a olvidar: que por aquí o por allá la vida vuelve a resurgir, como gas que logra escapar por alguna rejilla cuando parece que el único destino posible es la explosión.

La primavera viene a salvarnos otro año más.

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Casualidades

Publicado el 05 enero 2012 por manuguerrero

No soy ni mucho menos aficionado al Puente de Brooklyn y es, por tanto, pura coincidencia que esta semana hayan llegado a mis manos dos libros deliciosos con una portada similar: un tipo en primer término con el gran puente de Nueva York al fondo.

El primero es El crack-up de Scott Fitzgerald, en una edición de Bruguera de 1984, prestado por una biblioteca pública (excelente servicio, por cierto, el de las bibliotecas públicas de Andalucía). Se trata de una demoledora crónica  del despertar (con resaca) del “sueño americano”, rescatada por su amigo Edmund Wilson -el crítico literario norteamericano más influyente del siglo XX-, poco después de que el autor muriera en 1940. El libro es lo más cercano a una autobiografía que se pueda leer sobre el de Minnesota, y reúne ensayos de sorprendente candidez, ejercicios de estilo, observaciones literarias y, sobre todo, la crónica de una desesperación, ya que fue escrito entre 1931 y 1937, justo después de que Estados Unidos se precipitara hacia su abismo particular.

El otro, el otro es nada menos que el bautismo literario de mi gran amigo Manuel Ruiz Rico, periodista y compañero de generación, que acaba de publicar El robinson en Nueva York, un estudio sobre el periodismo y la literatura de Antonio Muñoz Molina, uno de los escritores españoles fundamentales de nuestra época.

No he hecho más que empezar a leerlo y las primeras sensaciones están siendo gratísimas, muy en sintonía con lo que mejor conozco de él, sus ya famosas conversaciones: “Manuel es una persona de verbo fácil y profundo. La palabra es su alimento. Si no habla, es como si le faltara el oxígeno. Es un conversador nato, y además de plática agradable, capaz de tocar todos los palos del saber, pasa de unos registros a otros sin apenas transición. Produce envidia verlo manejar el lenguaje”, totalmente de acuerdo con la acertada descripción del maestro Ramos en el prólogo del libro.

El robinson en Nueva York se convertirá pronto, por su rigor y agradable lectura, en una obra fundamental para los futuros estudiosos del gran ubetense (a quien en mi tierra queremos tanto por su reeditada Córdoba de los Omeyas), una obra esencial para los manuales de Literatura Española, un relajante ejercicio de entretenimiento que va de Jaén a Nueva York, haciendo parada obligatoria en la imprescindible Granada. Y todo eso se lo tendremos que contar sus  conocidos desde aquí, desde España, ya que él vive ahora refugiado y por amor en Addis Adeba, víctima también de la precaria situación del periodismo en nuestro país, que no atrapa con fuerza a valores tan pujantes y seguros como el de su pluma y su cabeza, porque Manuel es sin duda un privilegio para esta dichosa y desagradecida profesión.

Amigos, ya conocíamos su tarea de gran periodista en El Correo de Andalucía… ahora lo vemos nacer como gran escritor, que es prácticamente lo mismo, pero parece que viste más.

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El político soy yo

Publicado el 08 noviembre 2011 por manuguerrero

Estos días todo el mundo habla de las elecciones. Es lógico y natural, quedan menos de dos semanas para elegir al nuevo presidente y la situación económica y social de nuestro país –España- es totalmente desastrosa. Varios datos lo dicen todo: cinco millones de personas sin empleo y más de un millón de familias sin ingreso alguno en su hogar. No digo nada nuevo y no quiero, una vez más, redundar en lo que todos conocemos: que estamos metidos en un auténtico atolladero. Porque creo que lo que debe ahora preocuparnos seriamente es cómo salir de este laberinto.
 
Tengo la impresión de que todos tenemos en la cabeza algunas ideas de cómo salir de esta profunda crisis, pero que, en cambio, nadie mueve un pie para dar el primer paso. ¿Por qué? Achacamos única y exclusivamente al Gobierno la responsabilidad de sacarnos de aquí. Pero ¿estamos equivocados? Posiblemente sí. Me explico. Decía Bernard Shaw que “la democracia es un sistema político que asegura que el pueblo nunca tiene un gobierno mejor del que merece”, lo que nos lleva a deducir que solo tendremos un gobierno mejor cuando nosotros seamos unos mejores ciudadanos, y cuando sepamos adoptar las decisiones acertadas.
 
Yo, ahora que llega el fin de un año y el consiguiente comienzo de otro, les invito a reflexionar sobre qué hacemos cada uno de nosotros para mejorar la situación general de nuestros vecinos, especialmente de aquellos que lo están pasando mal o francamental mal, que por desgracia son demasiados. Por supuesto, no les estoy pidiendo que hagan una generosa donación a un amigo en apuros –algo que él les agradecerá, por supuesto- sino que tengan conciencia de inversores cada vez que piensan ser solo consumidores. Porque los pequeños gestos, cuando se contagian y se normalizan, pueden cambiar el orden de las cosas. Entenderán que no es lo mismo comprar un kilo de naranjas en una multinacional que comprarlo en la frutería de la esquina. Nuestro dinero no acaba igual de repartido (ni benefician a los mismos) si nos hacemos con un libro en la librería de nuestro barrio que si lo compramos en El Corte Inglés. O un bolso de un artesano local frente al que podemos encontrar en un bazar asiático. Efectivamente, pensarán que en algunos casos hay unos euros de diferencia (lo sorprendente es que no siempre es así, o incluso que el autóctono es más barato), pero ahí lo que les decía de su rol como inversores. ¿Prefieren invertir en las oscuras fábricas de la periferia de Pekín –donde no se respetan los derechos humanos y donde cada vez más trabajadores se suicidan porque no soportan unas condiciones laborales de semiesclavitud- que en la industria local, donde existen unos horarios conveniados, unas pautas de igualdad y unas condiciones mínimas de higiene y seguridad? Y ojo, que no hablo de autosuficiencia, pero sí de mirar con lupa dónde guardamos o gastamos nuestro capital. ¿Realmente piensan que es lo mismo “invertir” en Brasil que en China? ¿Piensan de veras que el dinero “malgastado” no vendrá jamás de vuelta en forma de pobreza o de recortes al bienestar, que el dinero no es un justo bumerán?
 
Propongo para este momento tan delicado que todos asumamos el papel de gestores de la res publica, de políticos, que pensemos día a día en lo que hacemos y de qué modo podemos beneficiar a la comunidad en la que vivimos, que no es otra cosa que pedimos a quienes votamos para la Administración. Porque a menudo les culpamos de hacerlo fatal, pero rara vez demostramos que se puede hacer mejor.
 

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Cautela

Publicado el 22 octubre 2011 por manuguerrero

El sonido que marcó mi adolescencia fue el de la bomba que mató a Miguel Ángel Ayllón, fulminado tras saltar por los aires y caer con el rostro desfigurado. El sargento tenía 27 años y fue la única víctima mortal de un atentado que a punto estuvo de convertirse en una espantosa masacre civil y militar. Más de 100 kilos de explosivos estaban preparados para estallar -al paso de un autobús con soldados- poco antes de las 8 de la mañana en la avenida Carlos III de Córdoba, un lugar que a esa hora estaba plagado, entre cientos de ciudadanos que saludaban un nuevo día, de estudiantes esperando subir a los autobuses que nos llevarían al instituto, y que bien pudieron habernos llevado al infierno. Recuerdo que durante todo el día, la Policía Nacional se afanó en controlar las bombas que quedaron en afortunado letargo. El sonido contundente y atronador de aquellos estallidos quedó grabado en mi memoria como señal de que algo funcionaba francamente mal. Como trasfondo: una experiencia de miedo, rabia y decepción. Hablo del 20 de mayo de 1996 y ese día no lo olvidaré nunca.

La amenaza terrorista estuvo cerca, en mi propio barrio, y una vez más amenazando y matando a gente inocente e indefensa. En eso va a quedar la historia de una banda sin valor ni argumentos, en un vergonzosa línea roja hecha con sangre inocente. Hombres y mujeres que, obcecados por la sinrazón, han puesto –nada menos que durante medio siglo- por encima de la vida ajena unos supuestos objetivos políticos que a partir de 1975 no podían ser discutidos más que dentro de los cauces estrictamente democráticos.

Un muerto hubiera sido demasiado y han sido 829. Por eso nos toca desconfiar de un comunicado que anuncia el “cese definitivo de su actividad armada” y que reclama “un proceso de diálogo directo que tenga por objetivo la resolución de las consecuencias del conflicto y, así, la superación de la confrontación armada”. Y hay que desconfiar sencillamente porque se hace justo un mes antes de unas elecciones generales, porque se decide con el aparato criminal prácticamente destrozado por las fuerzas de seguridad del Estado (¿una posible recomposición o unos resultados electorales desfavorables van a reforzar su firmeza ante la paz?), y porque difícilmente nadie con cierta representatividad legal y social va a poder sentarse a negociar con los herederos del terror y la barbarie.

No obstante, y a pesar de todo, seamos optimistas, esto es un paso más hacia la tan ansiada normalidad. Era un absoluto anacronismo tener que convivir a estas alturas con el mayor excremento español del siglo XX, solo superado en pestilencia y mala sombra por la maldita Guerra Civil. El nuevo siglo había llegado con nuevos y difíciles retos y no podíamos perder más el tiempo en escuchar y atender a unos tipos que vienen con la cabeza escondida tras una cobarde capucha y con, seguramente, pistolas en los bolsillos.

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Cifras y letras

Publicado el 28 septiembre 2011 por manuguerrero

No dejo de darle vueltas al asunto. Con qué rapidez nuestros queridos representantes se han puesto de acuerdo para la reforma constitucional. Varias horas de reunión, una noche a medias y se acabó. Imagino que al menos un güisqui tendrían entre las manos… Así se acuerda en nuestro país cambiar el texto supremo que nos rige y que era hasta ahora prácticamente intocable. Nos dicen que es por nuestro bien y eso me recuerda mucho a lo de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que aprendíamos en el colegio cuando nos hablaban del despotismo ilustrado. Si lo de ahora, al menos, fuera ilustrado… Pero no, no es ilustrado, ni se le parece.

Con el anuncio, los dos partidos acordantes han vuelto a quedar en el más espantoso de los ridículos. Se proponen limitar el déficit por Constitución, después de casi dos décadas de gestión abominable. ¿Quién ha gestionado nuestro dinero en este tiempo a lo largo y ancho del 95% de territorio español? Exacto: los mismos que ahora prohíben el derroche del capital común. Creo que hubiera sido más sensato reconocer que no han hecho bien su labor y dejar a la ciudadanía que decida al respecto, y ellos a esperar noticias desde la madriguera. ¿Que la ciudadanía no está preparada para tomar una decisión de tal envergadura? ¿Y quién ha elaborado y determinado los planes educativos en los últimos treinta años? Porque ese es otro fracaso suyo, y no exclusivamente nuestro.

Seamos precisos: se han puesto de acuerdo en una cifra, después de varias décadas en las que prácticamente no se han puesto de acuerdo en una sola letra, en una sola palabra. Cuántas vueltas le dieron, y le siguen dando, al término “matrimonio” para reconocer a las personas del mismo sexo que se unen de cara a la legalidad. ¿Cuántas veces han estrechado manos entorno a algo tan vital como la política antiterrosista, es decir, sobre las palabras paz o seguridad? ¿Cuántas, díganme, se han reunido para elaborar un texto común sobre Educación? Cada gobierno llega y trastoca los planes educativos de todo el país. ¿Es tan difícil ver lo que la ciudadanía ve? Jamás, jamás se ponen de acuerdo al hablar de igualdad, dignidad, contratos laborales, progreso, futuro, derechos sociales… Palabras al fin y al cabo decisivas para nuestras vidas. Y lo que no consiguen cientos o miles de palabras lo consigue un maldito número. Algo debería preocuparnos mucho… Hablar de números es demasiado fácil y evidente, pero detrás de los números se esconden palabras, frases, ideologías. Sin embargo, nadie admite ni reconoce las frases que acompañan a nuestros datos de hoy: que la crisis durará en España al menos hasta 2020, que el paro llegará a los 6 millones (aquí mismo, hace varios años, decía que rozaríamos los 5, y ahora creo que llegaremos a los 6 si no emigra más de un millón de jóvenes universitarios, como parece que ocurrirá pronto…) La realidad es así, y así hay que tomársela. Tanto la derecha real como la derecha maquillada no hacen más que dar vueltas, pero sin dejar de llevar a la práctica políticas de corte ultraliberal. Y hasta aquí hemos llegado: han vendido el poder democrático, la fuerza que emana de la gente, a la banca y la ferocidad de los mercados (que al contrario de lo que digan no somos tú y yo, sino personas con nombres y apellidos que a día de hoy se están repartiendo el mundo.)

Estas cosas ocurren. Después de varios siglos de dominio absoluto, Europa tuvo que ceder el testigo de la hegemonia a Estados Unidos, y entre medias hubo dos guerras mundiales y una hecatombe bursátil. Ahora es Norteamérica la que hace lo propio con ciertos países emergentes, y lo del crack lo conocemos bien porque ha vuelto a repetirse. Lo otro, de momento no, pero no parece demasiado improbable. Del 29 al 39 cuenten los años que pasaron… (Y ahora todo va más deprisa.)

Creo que lo conveniente es aceptarlo así y que cada país o entidad supranacional trabaje para situarse bien, para equilibrar el reparto de la prosperidad. Y eso se hace asumiendo ciertas palabras, ciertas reflexiones. El axioma marxista de “el capitalismo se devora a sí mismo” parece infalible. No le ha llegado aún el momento, es cierto, porque aún tiene margen de maniobra (ya sabemos: inyecciones de dinero público en la banca privada etc…) pero se va acercando. Basta con esperar 10 o 15 años, cuando China alcance un nivel de consumismo parecido al de los países de vieja tradición capitalista. Cuando los mil millones de chinos digan de ducharse a diario, y una cuarta parte de ellos disponga de un jardín en su vivienda pareada, no habrá agua para las necesidades básicas de la otra mitad del planeta. Vamos, como ahora, pero mucho peor…

El futuro se presenta así. No admitirlo es condenarse a la hoguera. Zapatero, a pequeña escala, lo sabe bien, y por eso sueña con irse pronto a una isla desierta. Rajoy, entre tanta campaña y tanto mitin, no ha tenido tiempo para pensarlo, pero su mujer, doña Elvira, se lo pregunta a menudo justo antes de dormir: “Cariño, ¿sabes dónde te estás metiendo? Yo no te veo suficientemente preparado.”

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Adiós, Moraíto

Publicado el 14 agosto 2011 por manuguerrero

Tuve la suerte de conocerle. Lo he grabado muchas veces para televisión. Y allí, en el barrio de Santiago, en Jerez, donde viven sus tías, sus primos y habita el inmortal espíritu de los grandes ancestros del arte flamenco, él, Manuel Moreno Junquera, Moraíto Chico era, indudablemente, el más noble de todos. Lo citabas a las diez de la mañana y a pesar de no haber dormido por la farra, allí estaba “clavao”, con el escudo de sus gafas de sol, pero cumpliendo PALABRA, mandando el corazón a sus amigos de siempre (eterno saludante de M1N)  e invitándote a caracoles, guisados en familia, en un patio de vecinos. Lo demás, lo que hacía con la guitarra en las manos, lo sabía todo el mundo, ha quedado grabado y ya es Historia Universal del Sentimiento. Cuando me enteré de su muerte, me dio un pellizquito hondo. No sabía que estaba malito. Imagino los llantos de Fernando el de la Morena, Diego Carrasco y, por supuesto, Mercé, que siempre iba con él. Como aquí, en esta versión que hicieron de “Al alba”, la canción que gracias a ellos sonó por fin como Aute había soñado. Lo dijo una vez. 

 

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Crisis de fe

Publicado el 15 junio 2010 por manuguerrero

Van a tener trabajo los sociólogos para quitarle la raspa y quedarse con lo esencial sobre lo que ha sucedido en España entorno a la final del Campeonato del Mundo de fútbol. Yo me niego a admitir –y creo que no tendrás incoveniente en darme la razón- que el fútbol interese a ese 86% de los espectadores que vieron el partido Holanda-España, o a esos miles (quizá millones) que han sacado una bandera a su balcón o se han pintado en la cara dos rayitas rojas y una gualda y han salido a gritar y bañarse en cualquier fuente de su ciudad. Me cuesta circunscribir la fiebre roja a lo estrictamente futbolístico. Entre otros motivos porque, a mi entender, el equipo nacional no ha podido demostrar en este mundial lo que es capaz de hacer sobre el terreno de juego y porque, además, el partido de la final fue, por decirlo finamente, un derroche de mediocridad. Algunas jugadas dignas de mención, pero poco más. Como dice Franz Beckenbauer, el partido en cuestión “careció de nivel y fue una publicidad negativa para el fútbol”. Aquí deberíamos extendernos en el juego sucio y protestón del equipo nordeuropeo y en el bochornoso ejercicio del árbitro, que fueron quienes abortaron lo que se preveía un espectáculo delicioso, pero eso lo dejamos para otra ocasión. Lo que quiero preguntarme es: ¿por qué el país se ha rendido, casi sin excepción, ante los jugadores que le han representado? ¿por qué se ha paralizado? ¿por qué incluso personas que odian el fútbol han sucumbido a este Mundial? ¿por qué una celebración tan faraónica? Sí, sé que ha sido la primera vez que España gana un Mundial de fútbol. Pero también ha habido primeras veces de otros deportes y no han conseguido entusiarmar a quienes no siguen ese deporte en cuestión: euforia entre los aficionados, alegría entre los demás y poco más. ¿Por qué el fútbol sí y el balonmano, el baloncesto o el atletismo no? ¿Por qué otras muchas noticias de mayor alcance –positivo o negativo- no han conseguido monopolizar portadas, informativos o conversaciones durante, al menos, un mes? (Como ejemplo, véase la entrada anterior en este blog: “Iniesta, en el debut de España contra Suiza” ocupando más y mejor espacio que “El Gobierno generaliza los contratos con 33 días de indemnización” en el periódico generalista de mayor tirada nacional.)

Creo sinceramente que toda la parafernalia organizada tiene menos de logro deportivo -de éxito nacional, por extensión- que de hambre de religión, de ganas de religarse, de sentirse comunidad. No hay más que echar un vistazo a la vida en comunidad. Miras a tu alrededor y te das cuenta de que no sabes quién vive en la puerta de al lado, tus vecinos son esos extraños a los que de vez en cuando das los buenos días. Poco a poco nos hemos (o nos han) individualizado. Nos hemos fragmentado, incomunicado. Y mientras tanto, el panorama se ha ido empobreciendo. Mientras decaía la religión católica ganaba posiciones la religión del absolut business, que ha ido adueñándose de nosotros. Nos prometió salud, amor y felicidad. ¿Para qué creer en un Dios impalpable si había otro tras la vidriera de un centro comercial? Lo que ocurre es que si el primero tardó veinte siglos en mostrarse agotado (no quiero quitarle méritos a la Inquisición), el segundo ha tardado “solo” cincuenta años. A día de hoy, los escaparates relucen vistosos, pero los bolsillos están vacíos. Y así el modelo no funciona. Es como si antaño hubiese habido grandes templos y millones de creyentes, pero pocos sacerdotes. Si el medium no funciona la religión tampoco. Y de ahí la crisis de fe actual.

España es, reconozcámoslo de una vez, un país arruinado. Un país arruinado y endeudado. Los ciudadanos con la banca, la banca con el Estado y el Estado con el mundo. Hay un dato que lo dice todo: la tasa de paro juvenil se sitúa por encima del 40%, barrera que ha atravesado con la única compañía europea de los estonios. Ni Italia, ni Grecia ni sardinas en arenque. España y Estonia. Y nuestro país, además, liderando los países con más paro entre los mayores de 45 años. Sin sangre nueva y sin sangre sabia. Un país, por decirlo rápido, decapitado. Un país, además, sin referentes. ¿A quién admirar de nuestro país? ¿En quién creer? ¿Al presidente del Gobierno, que ha negado la mayor durante varios años consecutivos? Creo que Rodríguez Zapatero tenía que haber dimitido hace ya tiempo porque estoy convencido de que en su partido hay gente más preparada y con menos tendencia a la farsa y la complacencia. Del Bosque podría darle algunas lecciones básicas a ZP. ¿Creer entonces en un líder opositor, en una alternativa? Si les parece, vamos a dejar el humor negro para otras webs especializadas. 

Un futuro oscuro y nadie en quién confiar. Sólo así se entiende, creo, ese fervor por la bandera, esa desmedida hermandad y esa satisfacción que no mejora nada nuestras vidas. Es el momento idóneo para los mesías, para los salvadores, aunque hasta la fecha han dejado siempre un mal recuerdo.

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Somos lo que fuimos

Publicado el 15 mayo 2010 por manuguerrero

 

 

Pensemos por un momento cómo era este país en 1995. Dejemos a un lado los numerosos casos de corrupción política que un año después acabarían con el gobierno socialista, que llevaba en el poder ininterrumpidamente desde 1982, y centrémenos en la economía real. Con 39 millones de habitantes padecíamos un 22’7% de desempleo según el Instituto Nacional de Estadística. Un 19% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza relativa. Éramos un país deprimido porque no había perspectivas de mejora y todo el oro que relucía se debía a las titánicas subvenciones que llegaban directamente de Bruselas como apoyo directo a uno de los países más pobres de la Unión Europea. Dinero que iba para modernizar las infraestructuras, para subvencionar a unos agricultores en declive etc… Pero lo sustancioso, es decir, la prosperidad de Estado, empresarios y empleados en general estaba en depresión profunda. Comprensible en un país que tradicionalmente ha importado más de lo exportado y cuyo crecimiento se circunscribe fundamentalmente al sector servicios. La única ilusión posible recaía en ese momento sobre la alternancia política. Otros gestores, otro panorama. Se pensaba.

Lo que ocurrió entre 1996 y 2004 lo sabemos todos. De repente el PIB español comenzó a subir y medio mundo se asombró de la gran hazaña del señor Rato. Héroe nacional, mago de la economía, el gran gurú del siglo XXI… tanto se decía sobre sus méritos que el Fondo Monetario Internacional le acabaría aceptando como Director Gerente en 2007. Insólito: Un español en el FMI, algo que no había ocurrido desde su fundación en 1946.

Pero ¿en qué consistía la gran pericia de don Rodrigo? La gran pericia de don Rodrigo se llamaba Ley de Extranjería (Ley Orgánica 4/2000) y no dependía de su ministerio pero le venía que ni pintada. Ese año había en España 923.879 inmigrantes censados (un 2’28% de la población total). Sólo cuatro años después: 3.034.326 (un 7’02%…) Qué bien, un gobierno conservador ocupándose de los derechos y libertades de la población extranjera. Como progresista que soy debía felicitarles. Pero qué casualidad, entre 1996 y 2006 los beneficios empresariales aumentaron un 73% mientras que el salario medio real de los españoles caía un 4% según la OCDE. El único país, repito, el único país de los 30 que integran la OCDE cuyos asalariados pierden poder adquisitivo en esa década. Es fácil pillar al trilero, ¿verdad? Si en esa época levantabas la voz te llamaban xenófobo, y eso no es más que una humillación. Pero la mano de obra no hacía más que bajar y el producto final, subir. El IPC subía a una media de un 4%. ¿Dónde estaban los nuevos ricos? ¿Y los nuevos pobres? Sí, el paro había bajado a un 11% de la población total, pero ¿a qué precio se vendía empleo? ¿y a qué precio se vendían casas? ¿Cuánto tiempo podría estar el trilero engañándonos? ¿Cuánto tiempo íbamos a estar haciendo el bobo? –Aquí, querido lector, un inciso: ¿qué programas recuerda haber visto usted en televisión entre los años 2000 y 2005?-

Prosigamos. Mientras el país acogía cariñosamente a millones de inmigrantes (lo pongo en cursiva porque eso es ya cuestión de talante: yo compartía piso con un ecuatoriano y entre él y yo había mucho cariño), de España emigraban miles de titulados universitarios: biólogos, arquitectos, ingenieros, periodistas, filólogos etc… Recibir mano de obra barata y expulsar mano de obra cualificada es muy buen negocio para unos que yo sé, pero para el interés público presente y futuro es una auténtica sangría. Reino Unido, Alemania o Japón están ahora beneficiándose gratuitamente de la millonaria inversión que hemos realizado sobre miles de jóvenes españoles. Y que no se nos olvide, se nos han marchado los mejores, los más capaces, los mejor preparados. Ahora tienen su sitio y no pretenden volver. O quizá sí para disfrutar bajo el Sol su lejana jubilación. No me explico cómo las televisiones públicas no censuran programas del tipo Españoles por el mundo. Jijí, jajá, qué modernos somos. No sé cómo no les escuece. Esos programas no hacen más que recordarnos: chico, si quieres prosperar vete de este país. Cualquiera que sale retratado cobra 2.500 euros, tiene vivienda propia y puede hacer planes de futuro. Eso, aquí, que levante la mano. Los peores contratos (dos de cada tres jóvenes trabajadores tienen un contrato precario) y las hipotecas más grandes, en nuestra querida España.

1995 no está tan lejos. Y no quiero decir que 15 años no es nada, quiero decir que estamos en las mismas, con un 20% de desempleo y un futuro que llama al desaliento. Gentes que van, gentes que vienen. Pero sólo a la espera de un nuevo trilero que nos pueda engañar. Porque lo demás parece que es imposible.

 

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Dónde se ha metido ahora el Sr. Sullenberger

Publicado el 30 diciembre 2009 por manuguerrero

Cuando se aproxima Nochevieja suele darme por parar y pensar en lo que fue y quedará del año que termina. Lo hago, reconozco, involuntariamente desde los trece o catorce años. Es como asimilar una página antes de pasar a la siguiente en un gran libro que trata sobre la vida colectiva y personal. Antes de inspirar, queramos o no, hay que expirar y así sucesivamente.

Desde hace unos meses, además, tengo la sensación de estar viviendo un capítulo clave de la Historia del mundo. Un año a la altura de 1989, 1973, 1945 o el más remoto 1929. ¿He dicho remoto? Quería decir cercano…

A menudo pensamos en esos años y le reconocemos su indudable valor histórico, pero rara vez los relacionamos con el día a día de la gente. Para superar eso no hay más que preguntarle a un alemán qué hubiera sido de su vida sin 1929. O a un español sobre lo que hubiese ocurrido si los alemanes hubieran tenido una Historia diferente.

Mucho se ha comparado la crisis del 09 con la del 29, suicidios incluidos. Todo tenía que saltar por los aires y afortunadamente saltó, puesto que íbamos por el camino equivocado. En ambas ocasiones, el fenómeno se inició en Estados Unidos, tras una década de crecimiento económico, incremento del endeudamiento y especulación bursátil (con beneficios rápidos y fáciles).

Pero a mí la imagen que me queda como reflejo no sólo de 2009 sino de toda esta turbia época que vivimos no es la subastada chaqueta de Bernard Madoff, ni la de los brokers neoyorquinos sacando sus pertenencias en cajas de cartón, sino la del amerizaje del señor Sullenberger. Gracias a Chesley Sullenberger pudimos ver a 155 personas flotando sobre el río Hudson. Fue alucinante contemplar un Airbus A320, tecnología punta, hundiéndose por culpa de una malvada tropa de pajarillos. Un cacharro de 42 toneladas derribado por seis o siete gansos de no más de 5 kilos. ¿No es curioso?

No, no es curioso. Es trágico. Precisamente eso es lo que nos ha ocurrido a todos: se nos ha venido abajo la casa porque una linda mariposa se posó sobre la antena de nuestro tejado. La verdad es que uno lo piensa y siente vergüenza ajena. Ver cómo, después de dos mil años, hay puentes romanos que soportan el tránsito de vehículos pesados y, en cambio, urbanizaciones enteras sin estrenar, vendidas en la categoría de lujo, se caen por el peso de las grietas. Es lo que había. Díaz Ferrán no siente pudor al reconocer que él no volaría en un avión de su compañía. Anders Dahlvig se niega a meter en su casa muebles de su factoría, es decir, de Ikea. Y el del bar de la esquina, por más que nos empeñemos, jamás va a probar las croquetas que amasa con sus propias manos.

Es la mentira que nos ha tocado vivir. Pero todo eso, por suerte, se está hundiendo lentamente en las truculentas aguas de la Historia. Nos queda la metáfora -lo único que nos importa-, que sigue a flote sobre el río Hudson, en el oeste de Manhattan. Porque las metáforas, como muy bien saben ustedes, nunca mueren.

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No solo el profesor tiene la culpa

Publicado el 17 septiembre 2009 por manuguerrero

En muchos sentidos pertenezco a la generación sandwich. Cuando empecé a estudiar primaria ya no se estilaba lo de la regla de madera para poner orden en clase (aunque es verdad que don Baldomero recurría a ella para apaciguar a las fieras -los demás nos poníamos firmes sólo al ver su mastodóntica envergadura-) y cuando terminé la carrera aún no existía Facebook ni Youtube. Por entonces, nadie nos advertía que acercarse a las chicas era pecado, como antaño, pero la edad de iniciación sexual aún no había bajado hasta los ¡trece años! Heidi no era una chica moderna, pero aún, por suerte, no cenábamos con nada parecido a Física o Química

Ahora, de repente, y en medio de este descalabro político-comercial casi irresoluble, se ha puesto de moda hablar de la autoridad del profesor. Es cierto que dan ganas de llorar al verle los gallumbos a ese pobre hombre cuando uno de sus alumnos “aventajados” le baja los pantalones para risa de sus colegas, pero de ahí a que sea práctico que la Comunidad de Madrid trate, por ley, de instaurar la autoridad del docente, hay un viaje muy largo en el que muchos no han pasado por el revisor.

En primer lugar creo que lo mejor sería distinguir entre maestro y profesor. Convencionalmente está muy claro. Maestro sería el que, tras haber estudiado Magisterio, imparte su ejercicio en la educación primaria y profesor el que, con una licenciatura específica, ejerce, por lo común, en secundaria. Para mí la diferencia es otra. Un profesor es aquel que imparte conocimientos, que sigue unas pautas marcadas por el órgano competente y que al final de curso evalúa los conocimientos y destrezas de sus alumnos. Un maestro, entiendo, es otra cosa. Es un tipo que desempeña todo lo anterior demostrando un compromiso ético, alguien que, por encima de todo, te enseña a vivir, estés dentro o fuera del aula habitual. Te descubre lo que vale equis en una ecuación de segundo grado, el valor de una preposición en una frase compuesta o qué clima viste la meseta subbética, vale, pero siempre con el valor de la humanidad y una actitud comprometida por delante. Por lo general, un profesor necesita ganarse el respeto. El maestro, de partida, lo tiene, puesto que el alumno percibe (conscientemente o no) que, gracias a él, está siendo mejor persona. Un profesor se empeña en captar la atención. Un maestro sólo se juega perderla.

En mi carrera estudiantil he tenido demasiados profesores y sólo un puñado de maestros: Don Manuel, doña Isabel, don Juan Pedro, don Baldomero (sí, don Baldomero, que con el tiempo dejó de usar la regla), don Matías, don Pérez Guillén, doña María Dolores, doña Lourdes, doña Mari Sierri (que en gloria esté) y alguno más de la facultad que, por recientes, prefiero no nombrar. Me acuerdo de todos y puedo asegurar que jamás vi a un compañero faltarle el más mínimo respeto a alguno de ellos, por más que yo siempre estudiara en centros repletos de niños provinientes de lo que ahora se conoce como familias desectructuradas. En cambio, sí he sentido en más de una ocasión vergüenza ajena viendo cómo un niño amenazaba con golpear a una profesora de matemáticas. Casualidades de la vida: a una que nos faltaba el respeto a nosotros apareciendo por clase sólo cuando no tenía otra cosa que hacer.

Pero ¿por qué ahora trascienden tantos casos de alumnos que faltan el respeto a sus profesores? Para responder a esto, deberíamos cuestionarnos otros muchos asuntos: ¿Por qué hay tantos profesores que faltan el respeto a sus alumnos? ¿por qué hay tantos padres que faltan el respeto a sus hijos? ¿por qué hay tantos que no se exponen como padres, sino como coleguis? ¿por qué hay tantos personajes públicos que no respetan a otros personajes públicos? ¿por qué esos personajes no respetan a sus telespectadores? ¿por qué tantos políticos no cumplen ni hacen cumplir las normas que aprueban? ¿por qué la Justicia es un chiste? ¿por qué hay tantos empresarios que se ríen de sus subordinados? ¿por qué hay tantos empleados que desprecian su trabajo? ¿por qué no iba a haber violencia en las clases si la hay por todos lados? ¿por qué estos interrogantes no adquieren el mismo rango que la custodia de Andreíta?

En institutos y escuelas creo que todo sería más fácil si hubiese menos profesores y muchos más maestros. Un momento. ¿Y qué determina que alguien sea un maestro o un profesor? Creo que algo tan sencillo como la vocación, el compromiso ético, el estar a gusto en un aula y saberse consciente del valor de cada uno de sus gestos, de cada una de sus palabras. Un busto difícilmente sea emocionante si su escultor no puso, de primeras, dedicación y entusiasmo, aparte de cincel y técnica.

Hace algunos años estudié el CAP. Creo que muchas de las teorías de la pedagogía moderna deben reconocer su estrepitoso fracaso. Una clase de instituto no es una reunión de amigos ni el plató de Sálvame. A clase no se va (des)vestido como a la playa. La Revolución Francesa no puede interrumpirse por un mensaje de móvil. En definitiva, que sin disciplina y autoridad (no confundir respeto con miedo) no llegamos a ningún sitio, como dice, con buen criterio, mi querido amigo Álvaro, que de esto, como de todo, sabe más que yo.

Termino, no quiero dar a entender que soy un pesimista sin remedio. Tampoco soy un retro, no defiendo las viejas formas, pero dejadme que me siga preguntando por qué es tan difícil acceder a la Facultad de Medicina y tan fácil a la de Magisterio.

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