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Crisis de fe

Publicado el 15 junio 2010 por manuguerrero

Van a tener trabajo los sociólogos para quitarle la raspa y quedarse con lo esencial sobre lo que ha sucedido en España entorno a la final del Campeonato del Mundo de fútbol. Yo me niego a admitir –y creo que no tendrás incoveniente en darme la razón- que el fútbol interese a ese 86% de los espectadores que vieron el partido Holanda-España, o a esos miles (quizá millones) que han sacado una bandera a su balcón o se han pintado en la cara dos rayitas rojas y una gualda y han salido a gritar y bañarse en cualquier fuente de su ciudad. Me cuesta circunscribir la fiebre roja a lo estrictamente futbolístico. Entre otros motivos porque, a mi entender, el equipo nacional no ha podido demostrar en este mundial lo que es capaz de hacer sobre el terreno de juego y porque, además, el partido de la final fue, por decirlo finamente, un derroche de mediocridad. Algunas jugadas dignas de mención, pero poco más. Como dice Franz Beckenbauer, el partido en cuestión “careció de nivel y fue una publicidad negativa para el fútbol”. Aquí deberíamos extendernos en el juego sucio y protestón del equipo nordeuropeo y en el bochornoso ejercicio del árbitro, que fueron quienes abortaron lo que se preveía un espectáculo delicioso, pero eso lo dejamos para otra ocasión. Lo que quiero preguntarme es: ¿por qué el país se ha rendido, casi sin excepción, ante los jugadores que le han representado? ¿por qué se ha paralizado? ¿por qué incluso personas que odian el fútbol han sucumbido a este Mundial? ¿por qué una celebración tan faraónica? Sí, sé que ha sido la primera vez que España gana un Mundial de fútbol. Pero también ha habido primeras veces de otros deportes y no han conseguido entusiarmar a quienes no siguen ese deporte en cuestión: euforia entre los aficionados, alegría entre los demás y poco más. ¿Por qué el fútbol sí y el balonmano, el baloncesto o el atletismo no? ¿Por qué otras muchas noticias de mayor alcance –positivo o negativo- no han conseguido monopolizar portadas, informativos o conversaciones durante, al menos, un mes? (Como ejemplo, véase la entrada anterior en este blog: “Iniesta, en el debut de España contra Suiza” ocupando más y mejor espacio que “El Gobierno generaliza los contratos con 33 días de indemnización” en el periódico generalista de mayor tirada nacional.)

Creo sinceramente que toda la parafernalia organizada tiene menos de logro deportivo -de éxito nacional, por extensión- que de hambre de religión, de ganas de religarse, de sentirse comunidad. No hay más que echar un vistazo a la vida en comunidad. Miras a tu alrededor y te das cuenta de que no sabes quién vive en la puerta de al lado, tus vecinos son esos extraños a los que de vez en cuando das los buenos días. Poco a poco nos hemos (o nos han) individualizado. Nos hemos fragmentado, incomunicado. Y mientras tanto, el panorama se ha ido empobreciendo. Mientras decaía la religión católica ganaba posiciones la religión del absolut business, que ha ido adueñándose de nosotros. Nos prometió salud, amor y felicidad. ¿Para qué creer en un Dios impalpable si había otro tras la vidriera de un centro comercial? Lo que ocurre es que si el primero tardó veinte siglos en mostrarse agotado (no quiero quitarle méritos a la Inquisición), el segundo ha tardado “solo” cincuenta años. A día de hoy, los escaparates relucen vistosos, pero los bolsillos están vacíos. Y así el modelo no funciona. Es como si antaño hubiese habido grandes templos y millones de creyentes, pero pocos sacerdotes. Si el medium no funciona la religión tampoco. Y de ahí la crisis de fe actual.

España es, reconozcámoslo de una vez, un país arruinado. Un país arruinado y endeudado. Los ciudadanos con la banca, la banca con el Estado y el Estado con el mundo. Hay un dato que lo dice todo: la tasa de paro juvenil se sitúa por encima del 40%, barrera que ha atravesado con la única compañía europea de los estonios. Ni Italia, ni Grecia ni sardinas en arenque. España y Estonia. Y nuestro país, además, liderando los países con más paro entre los mayores de 45 años. Sin sangre nueva y sin sangre sabia. Un país, por decirlo rápido, decapitado. Un país, además, sin referentes. ¿A quién admirar de nuestro país? ¿En quién creer? ¿Al presidente del Gobierno, que ha negado la mayor durante varios años consecutivos? Creo que Rodríguez Zapatero tenía que haber dimitido hace ya tiempo porque estoy convencido de que en su partido hay gente más preparada y con menos tendencia a la farsa y la complacencia. Del Bosque podría darle algunas lecciones básicas a ZP. ¿Creer entonces en un líder opositor, en una alternativa? Si les parece, vamos a dejar el humor negro para otras webs especializadas. 

Un futuro oscuro y nadie en quién confiar. Sólo así se entiende, creo, ese fervor por la bandera, esa desmedida hermandad y esa satisfacción que no mejora nada nuestras vidas. Es el momento idóneo para los mesías, para los salvadores, aunque hasta la fecha han dejado siempre un mal recuerdo.

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Colas para entrar en el Inem

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Somos lo que fuimos

Publicado el 15 mayo 2010 por manuguerrero

 

 

Pensemos por un momento cómo era este país en 1995. Dejemos a un lado los numerosos casos de corrupción política que un año después acabarían con el gobierno socialista, que llevaba en el poder ininterrumpidamente desde 1982, y centrémenos en la economía real. Con 39 millones de habitantes padecíamos un 22’7% de desempleo según el Instituto Nacional de Estadística. Un 19% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza relativa. Éramos un país deprimido porque no había perspectivas de mejora y todo el oro que relucía se debía a las titánicas subvenciones que llegaban directamente de Bruselas como apoyo directo a uno de los países más pobres de la Unión Europea. Dinero que iba para modernizar las infraestructuras, para subvencionar a unos agricultores en declive etc… Pero lo sustancioso, es decir, la prosperidad de Estado, empresarios y empleados en general estaba en depresión profunda. Comprensible en un país que tradicionalmente ha importado más de lo exportado y cuyo crecimiento se circunscribe fundamentalmente al sector servicios. La única ilusión posible recaía en ese momento sobre la alternancia política. Otros gestores, otro panorama. Se pensaba.

Lo que ocurrió entre 1996 y 2004 lo sabemos todos. De repente el PIB español comenzó a subir y medio mundo se asombró de la gran hazaña del señor Rato. Héroe nacional, mago de la economía, el gran gurú del siglo XXI… tanto se decía sobre sus méritos que el Fondo Monetario Internacional le acabaría aceptando como Director Gerente en 2007. Insólito: Un español en el FMI, algo que no había ocurrido desde su fundación en 1946.

Pero ¿en qué consistía la gran pericia de don Rodrigo? La gran pericia de don Rodrigo se llamaba Ley de Extranjería (Ley Orgánica 4/2000) y no dependía de su ministerio pero le venía que ni pintada. Ese año había en España 923.879 inmigrantes censados (un 2’28% de la población total). Sólo cuatro años después: 3.034.326 (un 7’02%…) Qué bien, un gobierno conservador ocupándose de los derechos y libertades de la población extranjera. Como progresista que soy debía felicitarles. Pero qué casualidad, entre 1996 y 2006 los beneficios empresariales aumentaron un 73% mientras que el salario medio real de los españoles caía un 4% según la OCDE. El único país, repito, el único país de los 30 que integran la OCDE cuyos asalariados pierden poder adquisitivo en esa década. Es fácil pillar al trilero, ¿verdad? Si en esa época levantabas la voz te llamaban xenófobo, y eso no es más que una humillación. Pero la mano de obra no hacía más que bajar y el producto final, subir. El IPC subía a una media de un 4%. ¿Dónde estaban los nuevos ricos? ¿Y los nuevos pobres? Sí, el paro había bajado a un 11% de la población total, pero ¿a qué precio se vendía empleo? ¿y a qué precio se vendían casas? ¿Cuánto tiempo podría estar el trilero engañándonos? ¿Cuánto tiempo íbamos a estar haciendo el bobo? –Aquí, querido lector, un inciso: ¿qué programas recuerda haber visto usted en televisión entre los años 2000 y 2005?-

Prosigamos. Mientras el país acogía cariñosamente a millones de inmigrantes (lo pongo en cursiva porque eso es ya cuestión de talante: yo compartía piso con un ecuatoriano y entre él y yo había mucho cariño), de España emigraban miles de titulados universitarios: biólogos, arquitectos, ingenieros, periodistas, filólogos etc… Recibir mano de obra barata y expulsar mano de obra cualificada es muy buen negocio para unos que yo sé, pero para el interés público presente y futuro es una auténtica sangría. Reino Unido, Alemania o Japón están ahora beneficiándose gratuitamente de la millonaria inversión que hemos realizado sobre miles de jóvenes españoles. Y que no se nos olvide, se nos han marchado los mejores, los más capaces, los mejor preparados. Ahora tienen su sitio y no pretenden volver. O quizá sí para disfrutar bajo el Sol su lejana jubilación. No me explico cómo las televisiones públicas no censuran programas del tipo Españoles por el mundo. Jijí, jajá, qué modernos somos. No sé cómo no les escuece. Esos programas no hacen más que recordarnos: chico, si quieres prosperar vete de este país. Cualquiera que sale retratado cobra 2.500 euros, tiene vivienda propia y puede hacer planes de futuro. Eso, aquí, que levante la mano. Los peores contratos (dos de cada tres jóvenes trabajadores tienen un contrato precario) y las hipotecas más grandes, en nuestra querida España.

1995 no está tan lejos. Y no quiero decir que 15 años no es nada, quiero decir que estamos en las mismas, con un 20% de desempleo y un futuro que llama al desaliento. Gentes que van, gentes que vienen. Pero sólo a la espera de un nuevo trilero que nos pueda engañar. Porque lo demás parece que es imposible.

 

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¿Cómo será la España real?

Publicado el 13 enero 2009 por manuguerrero

Nací en el año 79. Cuando apenas tenía diez o doce años y empecé a leer prensa diaria, España, mi país, ya había entrado en la Unión Europea, por lo que, por ser uno de sus miembros más pobres, recibía importantes sumas de dinero. Se trataba, lógicamente, de igualar los desequilibrados PIB de unos y otros. Por ello, mis ojos de infante escrutador no veían más que crecer considerablemente las estructuras de este país: más y mejores carreteras, tren de alta velocidad, escuelas mejor equipadas, nuevos polígonos industriales etc… 

Con esos 125.000 millones de euros que ha recibido desde entonces, España ha cambiado casi por completo de fachada. Este país poco o nada se parece al de 1986 aunque, seamos certeros, no podemos aseverar que todo el dinero llegara al fin predestinado sencillamente porque nunca hubo un inspector encargado de testificarlo. Pero supongamos que todo está en su sitio.
 
Años después, a finales de siglo, la España subvencionada se abrió de brazos, por no decir también de piernas, a las prácticas neoliberales procedentes de Estados Unidos, por lo que al mismo ritmo que se absorbía dinero público a porrones, se privatizaban empresas estatales pensando que quién mejor que los amigos para gestionar asuntos tan importantes como la telefonía, la electricidad, el gas, la aviación civil… Y así de sopetón, millones van, millones vienen, parecía que todos éramos ricos: Los cubatas a 8 euros y los pisos a 400.000.
 
España crecía a un 4% gracias, fundamentalmente, a un lavadero de billetaje sucio llamado sector-de-la-construcción. Aunque era evidente que algo funcionaba muy mal, nadie alzaba la voz porque todos sacaban partido de los turbios malabares de comprar-vender-figurar. Sobre esto podríamos escribir una tesis doctoral, pero con su permiso no me voy a extender porque, supongo, usted también está saturado.
 
El caso es que en 2008 la burbuja explotó de verdad: adiós a las subvenciones europeas (ya hay países mucho más pobres que nosotros), adiós al truco del almendruco (cuando se han levantado las cartas de beneficios, el neoliberalismo no ha resultado ser lo que parecía) y adiós a sor Construcción, que de tanto rezar le ha cogido manía a todo el santoral. El caso es que ya hay tres millones de parados y varios millones más están, desgraciadamente, a la espera de ser también requeridos por el INEM. Aunque nadie lo quiera reconocer.
 
Descorrida la cortina y roto el espejismo, me pregunto qué ocurrirá con este país a partir de ahora. Sus cuentas comerciales son desfavorables y ni los cuartos que dejan aquí los 60 millones (menguantes) de turistas que nos visitan cada año pueden equilibrar la ecuación decisiva importaciones-exportaciones. La banca está tiritando (de frío y de miedo), el sector del automóvil pierde aceite, la agricultura ya no es competitiva, el textil viene de China (y no de Alicante), la energía no la producimos nosotros y para colmo los beneficios de Telefónica ya no son para el Estado. Aún así España sigue siendo la octava potencia mundial en Producto Interior Bruto, aunque no sabemos si pronto le pasará lo que le ocurrió a Adolf Merckle justo antes de suicidarse. Que tenía un patrimonio valorado en 10.000 millones de euros y debía 16.000. Aunque, a efectos teóricos, seguía siendo un discreto multimillonario.

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Volverá la Guerra Fría

Publicado el 19 julio 2007 por manuguerrero

Los datos son aparentemente apabullantes. Desde 2000 España crece a un ritmo mayor que la media de la Unión Europea y acumula una riqueza de 4’3 billones de euros, motivos de sobra para el buenrollismo y para encamisar el España va bien, que explícita o implícitamente el poder acaba agarrando para defenderse de una realidad más cruda y dolorosa. En esos años, el patrón de crecimiento dominante en nuestro país se viene sustentando en el consumo y la construcción, lo que está generando importantes beneficios empresariales a costa de una creación de empleo de baja calidad y bajos salarios. De los 2.700.336 nuevos empleos asalariados, creados entre 2002 y 2006, 438.500 fueron en la construcción y 2.204.800 en los servicios; es decir, en sectores con niveles salariales bajos y alta temporalidad.
 
Así, no es de extrañar que el 50% de esa riqueza acumulada (la que sirve para el qué bien lo hacemos) se concentre en el llamado capital residencial, es decir, en la vivienda, que no es de nadie salvo de los bancos hasta que dentro de 40 años pase a manos del currito-inversor. ¿Qué significa esto? Que las autoridades administrativas están ofreciendo datos de crecimiento utilizando el futuro sudor de los ciudadanos sin que, obviamente, nadie pueda garantizar que todo devenga como ha de ocurrir. Si, por ejemplo, en 2012, que se espera la mayor crisis energética de la Historia reciente, quiebra el sistema productivo español, no sólo se romperá la tendencia de crecimiento, sino que se demostrará que los datos de hoy son una falacia: es absurdo considerar vendido aquello que nadie ha logrado pagar.
 
En economía, hay una premisa básica de enriquecimiento que nunca se equivoca: eres más rico cuando gastas en lo que compras menos de lo ganas con lo que vendes. Y no es el caso español, cuyo déficit exterior se agrandó un 16,3% en los cuatro primeros meses del año y el desequilibrio asciende ya a un total de 34.338,5 millones de euros. De ahí es de donde podemos sacar un resumen certero de si caminamos hacia delante o hacia detrás. De si vamos bien o vamos fatal.
 
No somos un país exportador. Nuestra industria es raramente competitiva y la globalización, tal y como está entendida, nos está causando más perjuicios que beneficios (que se lo pregunten a los trabajadores de Delphi o Altadis). China está a punto de convertirse en la tercera economía mundial y está exhibiendo sus potentes garras de águila feroz: está comprando petrolíferas, equipos de fútbol, telecomunicadoras y pronto, quién sabe, tendrá en sus manos los olivos que un día fueron nuestros y ahora son italianos. Sería el colmo pero en el país de las maravillas todo es posible.
 
Otro dato significativo, quizá el que más, es el que indica que el salario medio español no ha variado sustancialmente desde 1997, por lo que hemos perdido considerable poder adquisitivo: el señor IPC toma dos petit suisses al día y un café no cuesta lo que cree el señor Zapatero. Para nuestra desgracia, que tomamos varios al día. Es lo que más duele, oír por televisión que el país va genial, ver cómo construyen, sin medida, en tu barrio y no tener un euro en el bolsillo para adquirir aquello que consideras tuyo.
 
En los últimos años, en España han confluido varios ríos negros: ocho años nefastos de gobierno conservador (autor en 1998 de una ley de liberalización de suelo responsable de que la corrupción tenga acta de concejal en nuestros ayuntamientos), entrada de la moneda única (pretexto perfecto para sacar de las piedras el dinero negro, una auténtica lacra en un país de pasado astuto… ¿alguien le ha visto ventajas a dejar de utilizar la peseta?) y un abrupto aumento poblacional (no hay país que pueda soportar, sin perder el equilibro, la llegada de más de cinco millones de habitantes en apenas diez años.) Sólo en ese pantano movedizo parece oro aquello que no lo es. Pero la presión continúa. Vivimos en un sistema de objetivos y resultados. Hay que cumplir, es válido el maquillaje y las agencias de comunicación están para algo.  Pero por mucho que se empeñen, la liebre es muy difícil esconder: más de la mitad de los españoles no saldrá de vacaciones este verano porque se lo impiden las subidas en la gasolina y en los tipos de interés -resulta ya cansino decir que una hipoteca es peor que una soga al cuello-. Creo que eso es economía y lo demás son números embusteros, pura y limpia corrupción.

Empieza la Guerra Fría. Interna y personal pero más gélida que la que conocemos por los libros de Historia. Llamémosle cambio climático. Por ejemplo.

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