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Crisis de fe

Publicado el 06 octubre 2018 por manuguerrero

Vayan dos cosas por delante. Una: soy fan de Loquillo desde 1989, tengo todos sus discos y he acudido a todos los conciertos que he podido desde 1995. Y dos: Loquillo tiene posiblemente la mejor de rock de este país (algo que no es nada nuevo, porque siempre la ha tenido. La tuvo en la fase inicial con Simón, Vila, Ricard… y la tuvo después cuando vinieron los cambios: Sopeña, Illa, Pegenaute, Stinus, Guille Martín, Gómez-Palma…) Insisto: tiene un equipo de Champions y es una gozada ver su espectáculo. Pero ocurre algo que me preocupa…

Hace algunos años, en una conversación tranquila con el propio Loquillo me contó una anécdota que nunca olvidaré. Según me relató, a finales de los ochenta notó un cambio de sabor en su bebida favorita, el Jack Daniel’s. Tal fue su disgusto que llegó a escribirle una carta a los titulares de la marca, quejándose de que habían cambiado la destilación de una bebida mítica, esencia del sur profundo, como diría William Faulkner. Y según proseguía Loquillo, Jack Daniel’s le reconoció la habilidad de su exquisito paladar y le explicó el porqué de aquella metamorfosis: el método tradicional de elaboración se estaba quedando obsoleto para las disparadas cifras de ventas. Y eso que Martin Brest aún no había producido Esencia de mujer, donde Al Pacino tiraba de Jack Daniel’s antes de entregarse al tango. Jack Daniel’s, en pocas palabras, estaba muriendo de éxito.

Esta anécdota, que me contaba mientras bebíamos Glenfiddich, no retrataba tanto a Jack Daniel’s como al propio Loquillo y a su derecho a reivindicar la autenticidad de un estilo.

Hoy es a mí a quien ocurre algo parecido.

Anoche tuve ocasión de asistir al inicio de gira 40 Aniversario y salí con esa sensación que imagino en Loquillo el día que probó el nuevo Jack Daniel’s: “Está bien, pero esperaba otra cosa”. Tras publicar La nave de los locos (2012), el catalán descubrió el secreto del santo grial y escogió un repertorio, una banda y una puesta en escena que han vuelto a colocarle en el top tres de los artistas españoles: llena grandes recintos, da más bolos que nadie y protagoniza anuncios publicitarios de toda índole. Un Loquillo que quedó perfectamente retratado en los discos El creyente (2014) y Salud y rock and roll (2016), que recogía el mítico concierto de Las Ventas, llamado a ser un punto y aparte en su dilatada carrera.

Pero no ha sido así. Mi impresión tras el recital en el auditorio Rocío Jurado es que Loquillo ha vuelto a repetir el concierto que dio en la plaza de toros de Madrid. Los cambios han sido estéticos: nuevas imágenes en los retroproyectores, dúo de Cruzando el paraíso con Nat Simons (que se agradece) y poco más. Para mí, lo más emocionante de la noche fue el lugar que ha dado el Loco a El mundo que conocimos, que araña el alma escuchar mientras ves de fondo las imágenes que explican España y el mundo de los últimos 40 años.

Posiblemente esté Loquillo en su mejor momento artístico y la fórmula le funciona pero nunca ha sido un artista conservador, y anoche lo pareció. Los fans le agradecemos que incorpore temas de los discos nuevos pero también echamos en falta cambios en el repertorio clásico. Dejando a un lado sus cinco intocables (Rock and roll star, Ritmo del garaje, El rompeolas, La mataré y Cadillac Solitario), Loquillo tiene repertorio de sobra para ofrecer un guiño a sus incondicionales sin poner en peligro a los nuevos adeptos. Su puesta en escena se lo permite y en cambio no arriesga.

Pero cuidado porque le puede ocurrir lo mismo que a Jack Daniel’s, morir de éxito. Loquillo ha perdido una ocasión de oro para desenterrar canciones de su pasado que explican que hoy, 40 años después, siga sobre los escenarios. Ese batallón de fieles que lo apoyó en su travesía por el desierto está a punto de aburrirse.

El espectáculo de anoche es muy recomendable para el gran público, y no solo para afines a la leyenda. No pierdan ocasión cuando visite su ciudad. Merece la pena esa sobredosis del mejor rock español. Pero yo, personalmente, confío en que haya pronto un cambio de timón, un nuevo aliciente. Personalmente espero con ganas ese disco con poemas de Martínez Mesanza o de Manuel Machado. Porque creo, como el propio Loquillo, que la vida es de los que arriesgan.


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