En los años 30, cuando el swing temprano invadía las calles de Nueva Orleans en una oleada de baile y disfrute que pretendía reponerse a los crudos días de la depresión, era bastante común encontrar a “grupos de hermanas” que dedicaban su esfuerzo a la música. The Boswell Sisters fue una de esas formaciones que pasaron desapercibidas o que la historia del jazz ha dejado más en un segundo plano, a pesar de que la riqueza de sus arreglos sirvió de inspiración a muchos grupos posteriores y a la mismísima Ella Fitzgerald.
O Sister! es un grupo sevillano, al que en esta página conocemos bien, formado por Paula Padilla (voz), Helena Amado (voz), Marcos Padilla (voz), Matías Comino (guitarra), Camilo Bosso (contrabajo) y Pablo Cabra (batería) con el fin de recuperar ese espíritu del jazz más popular y reivindicar la aportación de las mujeres que formaron parte del swing y el dixie de los años 20 y 30.
Como ya hicieran en su primer largo, Crazy People (Discóbolo, 2009), para ayudarnos a revivir la edad dorada del jazz a través de un repertorio clásico pero reinterpretado tanto a nivel vocal como musical, en este segundo trabajo el grupo perfecciona y avanza en la composición de arreglos para conseguir un sonido propio que bien podría estar producido en aquellos años.
Shout, Sister! (Discóbolo, 2012) ha sido grabado en el estudio de Jordi Gil (Sputnik) en Sevilla al más puro estilo de la época, es decir, con todos los músicos tocando y cantando a la vez en la misma sala y en riguroso directo para captar la vitalidad y la energía que desprende la interpretación en vivo. En la grabación han colaborado músicos como el pianista Ángel Andrés Muñoz, el clarinetista Juli Aymí o el guitarrista (estilo “manouche”), tres virtuosos de sus instrumentos.
En este segundo disco el grupo apuesta por un depurado trabajo en las armonías y los arreglos, además de sacarle más partido, si cabe, a la conjunción de las tres voces con las que se atreven a crear versiones muy personales de temas ya clásicos como “Puttin´ on the Ritz”, “Anything Goes” o el delicado “Dream little dream of me”.
Para empezar con las primeras escuchas: http://osister.bandcamp.com/ o directamente en vivo, que es como realmente crean adicción.
4, 5 y 6 de mayo. 22:00h. Sala Clamores (Madrid)
26 de mayo.22:00h. Teatro Alameda (Sevilla) 10€ Anticipada / 12€ Taquilla
17 de junio. 23:45h. IX Encontro de Culturas. Serpa (Portugal)
Tantas similitudes entre esta crisis y la del 29 que al final saldremos moviendo el cuerpo al mismo ritmo: con swing, jazz y r’n'r. Si no, vean y escuchen esta propuesta de los sevillanos O Sister! de la que ya les he hablado en alguna otra ocasión, pero que ahora traigo a colación porque han editado unas imágenes espectaculares del concierto que ofrecieron en el Teatro Alameda. Como verán, es una puesta en escena sorprendente.
O Sister! es un homenaje a la música popular norteamericana de los años 30 y, en general, de las décadas doradas del dixie y del swing. La idea surgió como un intento de recuperar aquel espíritu abierto con el que surgió el jazz, cuando aún carecía de esa connotación intelectualizada y hasta elitista que, en muchas ocasiones, nos empeñamos en otorgarle hoy. El jazz era, sencillamente, música para bailar y divertirse; la música de la calle. Y todo ello en un contexto económico y social no sin cierto paralelismo con el que estamos viviendo actualmente.
El proyecto es también un particular tributo a The Boswell Sisters, trío de mujeres pioneras en el jazz vocal que, posiblemente, no haya alcanzado la popularidad que merecía, aún siendo imitado por muchos grupos vocales posteriores y admirado por artistas de la talla de Ella Fitzgerald.
La contemporaneidad y lo sorprendente, pese al transcurso de los años, de la manera de entender la armonía y los recursos vocales de las hermanas Boswell, fue lo que les impulsó a formar este grupo y recuperar así la magia de aquella forma de hacer música.
Y atención amigos porque pronto sacarán su segundo disco.
No soy ni mucho menos aficionado al Puente de Brooklyn y es, por tanto, pura coincidencia que esta semana hayan llegado a mis manos dos libros deliciosos con una portada similar: un tipo en primer término con el gran puente de Nueva York al fondo.
El primero es El crack-up de Scott Fitzgerald, en una edición de Bruguera de 1984, prestado por una biblioteca pública (excelente servicio, por cierto, el de las bibliotecas públicas de Andalucía). Se trata de una demoledora crónica del despertar (con resaca) del “sueño americano”, rescatada por su amigo Edmund Wilson -el crítico literario norteamericano más influyente del siglo XX-, poco después de que el autor muriera en 1940. El libro es lo más cercano a una autobiografía que se pueda leer sobre el de Minnesota, y reúne ensayos de sorprendente candidez, ejercicios de estilo, observaciones literarias y, sobre todo, la crónica de una desesperación, ya que fue escrito entre 1931 y 1937, justo después de que Estados Unidos se precipitara hacia su abismo particular.
El otro, el otro es nada menos que el bautismo literario de mi gran amigo Manuel Ruiz Rico, periodista y compañero de generación, que acaba de publicar El robinson en Nueva York, un estudio sobre el periodismo y la literatura de Antonio Muñoz Molina, uno de los escritores españoles fundamentales de nuestra época.
No he hecho más que empezar a leerlo y las primeras sensaciones están siendo gratísimas, muy en sintonía con lo que mejor conozco de él, sus ya famosas conversaciones: “Manuel es una persona de verbo fácil y profundo. La palabra es su alimento. Si no habla, es como si le faltara el oxígeno. Es un conversador nato, y además de plática agradable, capaz de tocar todos los palos del saber, pasa de unos registros a otros sin apenas transición. Produce envidia verlo manejar el lenguaje”, totalmente de acuerdo con la acertada descripción del maestro Ramos en el prólogo del libro.
El robinson en Nueva York se convertirá pronto, por su rigor y agradable lectura, en una obra fundamental para los futuros estudiosos del gran ubetense (a quien en mi tierra queremos tanto por su reeditada Córdoba de los Omeyas), una obra esencial para los manuales de Literatura Española, un relajante ejercicio de entretenimiento que va de Jaén a Nueva York, haciendo parada obligatoria en la imprescindible Granada. Y todo eso se lo tendremos que contar sus conocidos desde aquí, desde España, ya que él vive ahora refugiado y por amor en Addis Adeba, víctima también de la precaria situación del periodismo en nuestro país, que no atrapa con fuerza a valores tan pujantes y seguros como el de su pluma y su cabeza, porque Manuel es sin duda un privilegio para esta dichosa y desagradecida profesión.
Amigos, ya conocíamos su tarea de gran periodista en El Correo de Andalucía… ahora lo vemos nacer como gran escritor, que es prácticamente lo mismo, pero parece que viste más.
Tuve la suerte de conocerle. Lo he grabado muchas veces para televisión. Y allí, en el barrio de Santiago, en Jerez, donde viven sus tías, sus primos y habita el inmortal espíritu de los grandes ancestros del arte flamenco, él, Manuel Moreno Junquera, Moraíto Chico era, indudablemente, el más noble de todos. Lo citabas a las diez de la mañana y a pesar de no haber dormido por la farra, allí estaba “clavao”, con el escudo de sus gafas de sol, pero cumpliendo PALABRA, mandando el corazón a sus amigos de siempre (eterno saludante de M1N) e invitándote a caracoles, guisados en familia, en un patio de vecinos. Lo demás, lo que hacía con la guitarra en las manos, lo sabía todo el mundo, ha quedado grabado y ya es Historia Universal del Sentimiento. Cuando me enteré de su muerte, me dio un pellizquito hondo. No sabía que estaba malito. Imagino los llantos de Fernando el de la Morena, Diego Carrasco y, por supuesto, Mercé, que siempre iba con él. Como aquí, en esta versión que hicieron de “Al alba”, la canción que gracias a ellos sonó por fin como Aute había soñado. Lo dijo una vez.
Es uno de los acontecimientos de mi verano. El poemario que tan amablemente me ha regalado mi buen amigo Antonio Pérez Morte, una edición cuidada y bella de Origami con versos escritos entre 1978 y 2008. Unos poemos íntimamente manchados de zozobra y tristeza, que nos devuelven a la irremediable esencia de lo que somos y sentimos. “Sólo desilusión nos queda a estas alturas de la vida”, empieza Antonio escribiendo en la primera página. Un recorrido que va desde la decepción a la desesperanza, con La cicatriz transparente, el último poema, donde “Sólo queda el recuerdo, / es decir, la cicatriz transparente. / Vivir amnésico el resto de la muerte, / y paladear cada renuncia. / Sólo queda / esperar el milagro / de perder la razón / y volverse masoquista, / para gozar el dolor / que cada día nos brinda.”
Porque Antonio se encarga con esta nueva entrega de literatura brillante y útil de hacernos -igual sin saberlo- un gran favor: Nos recuerda el muerto que todos llevamos dentro, la fría condena que nos aguarda. Nos hace ver, de nuevo, que también en la muerte -como en la memoria y la salud- el reparto es injusto. Y que los que fueron, son, y los que somos, dejaremos de ser algún día. Ahí es donde siento el escalofrío que me hace escribir en los margenes de sus poemas, replicar con emociones las cuchilladas de sus palabras. Y ese es el inmenso canto a la vida que le agradezco. Porque solo quien tiene la certeza de que pronto va a morir sabe apreciar el lujo de estar vivo, sano y libre.
Scheherezade, diez años después, ha sido sacrificada. Para qué negarlo: ella disfrutaba, como dijo el primer día, contando historias al sultán Shahriar –a quien procuraba entretener para no ser, como las demás vírgenes del cuento, decapitada al salir el Sol-. Pero hasta aquí ha llegado, no ha podido sobrevivir a esas mil y una noches a la que todos aspirábamos como forma simbólica de cerrar un ciclo, un capítulo, pienso que importante, en la pequeña historia de la televisión andaluza.
1001 Noches no volverá a emisión. Ha caído víctima de múltiples circunstancias adversas. Que cada uno piense lo que quiera pero el panorama televisivo, todos lo sabemos bien, nada tiene que ver ya con el de cuando empezó a emitirse. Bueno, ni la televisión ni el mundo. Este final hace acordarme irremediablemtne del principio, de aquella noche del 18 de septiembre de 2001, justo una semana después de la caída del World Trade Center, con el sonido de tambores de guerra al fondo y con la creencia, cada vez más extendida, de que todo lo oriental era sospechoso de algo terrible. Y justo en ese momento, decía, nace un programa de televisión reivindicando la vieja tradición de contar historias, pero también reclamando nuestras propias raíces: Al-Andalus, Córdoba y su Medina Azahara, sus ocho siglos de esplendor, su tolerancia, sus reyes poetas, sus músicos, sus filósofos, su olor a nardo, jazmín, azahar y limón. Y todo eso con un talante distinto: otra forma de entender la televisión, otra educación, otra elegancia. Otra forma de estar en el mundo y otra forma de ser andaluz. Porque esa Andalucía existía y existe, aunque para nuestra propia desgracia es menos visible de lo que nos gustaría. Por pura injusticia, creo.
Aquel programa, me acuerdo perfectamente, empezó con un pintor marroquí, Ben Yessef, escribiendo “Paz” en un muro del decorado. Con Carlos Colón recomendando ver la película diaria. Con Jorge Antonio Mateo, un discapacitado con parálisis cerebral, contándonos su gran historia de esfuerzo y superación (acababa de obtener el carné de conducir). Con María José Suárez, relatando lo que suponía para ella ser reina de la belleza nacional. Y con un grupo de jóvenes reflexionando y debatiendo sobre lo que para ellos era la ciudad y la urbanidad. Como ven, una alternativa a la televisión convencional, entonces marcada por el impecable éxito de Gran Hermano, Operación Triunfo y el apogeo de la telerrealidad.
Mientras todo eso se apoderaba de los gustos mayoritarios de la audiencia, 1001 Noches se encargó de ofrecer otra forma de entretenimiento. Primero, con variedades (humor, teatro, reportajes de tendencias, cine, cortometrajes, debates etc.) y luego, algunos años después, fundamentalmente con música en directo (¡!) y entrevistas en profundidad. Gracias a ese formato, la televisión pública reservaba tiempo para conocer con detalle y sin estridencias a grandes personalidades de la cultura, la ciencia, la política, el deporte… Sería imposible nombrarlos a todos, pero me vienen a la memoria algunos: Felipe González, Rocío Jurado, Miguel Ríos, Joaquín Sabina, Jesús Vázquez, Raphael, Carlos Álvarez, Jaime Urrutia, Juan Diego, Juan Pérez Mercader, Luis García Montero, Laura Sánchez, Manuel Molina, Luz Casal, Martirio, Miguel Caiceo, Pasión Vega, Pastora Soler, Pepe Navarro, Loquillo, Sancho Gracia, Victorio & Luchino, Alberto García Alix, Ana Belén, Víctor Manuel, Carlos Álvarez-Novoa, Diego El Cigala, Bebo Valdés, Fernando Guillén, Emilio Lledó, Fernando Tejero, Francisco Ayala, Iñaki Gabilondo, Javier Ruibal, Ferrán Adriá, José Sacristán, Leonor Watling, Luis Rojas Marcos, Nacho Duato, Rafael Álvarez El Brujo, Sara Baras, Adolfo Aristaráin, Alberto Cortez, José Domínguez El Cabrero, Antonio Dechent, Benito Zambrano, Fernando Trueba, Emilio Calatayud, Antonio El Pipa, Héctor Alterio, Malena Alterio, Ernesto Alterio, Manolo García, Vicente Amigo, Federico Mayor Zaragoza, José Saramago, Medina Azahara, Óscar Jaenada, Verónica Sánchez, Antonio de la Torre, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Felipe Benítez Reyes, Clara Montes, Juan José Millás, César y Jorge Cadaval, Leo Bassi, Lila Downs, Mario Soares, Miguel Poveda, Peret, Santiago Carrillo, Shaila Dúrcal, Álvaro Pombo, Antonio Pulido, Concha Velasco, Chris Stewart, El Lebrijano, Joaquín Estefanía, José Antonio Labordeta, José López Barneo, Luis Eduardo Aute, Sara Montiel, Tico Medina, Myriam Seco, Álex O’Dogherty, Dani García, Guillermo Antiñolo, Luis Gordillo, Juanjo Puigcorbé, José Manuel Caballero Bonald, Paco Ibáñez, Sami Naïr, Verónica Forqué, Carlos Falcó, Mónica Naranjo, Luis Tosar, Pedro Guerra, Pedro Halffter, Rosa María Calaf, Sebastián Álvaro, Vega, Albert Hammond, Carlos Baute, Carlos Saura, Eduardo Mendicutti, Emilio Aragón, María Luisa Merlo, Pepe Begines… y me dejo cientos sin nombrar, pero tanto de unos como de otros, guardo un recuerdo magnífico. Para mí fue un verdadero lujo hacer y participar en 1001 Noches, que me permitió conocer a tantísima gente interesante, idearles preguntas, sacar y compartir lo mejor de ellos y en muchas ocasiones, aprender el oficio de vivir. Porque todos, fíjense bien, tienen una larga trayectoria vital y profesional repleta de méritos y reconocimientos a los que no llegaron de un día para otro, por casualidad, sino haciéndose carrera, huyendo de los caminos fáciles y las líneas rectas.
Ha sido una experiencia maravillosa y enriquecedora. Por esos invitados que marcaron mi forma de ser y ver el mundo, pero sobre todo por el equipo humano de 1001 Noches. Decenas de compañeros que cada semana ofrecían lo mejor de su trabajo en beneficio de un programa diferente, que a pesar de las críticas que ha podido recibir (con muy malas intenciones, todo sea dicho) y de los datos de audiencia (que no siempre fueron buenos pero sí muy discutibles) ha logrado el aplauso y el cariño de miles de telespectadores que cada semana nos apoyaban escogiéndonos, enviando mails, escribiendo artículos en la red… Alabando, sobre todo, el tono del espacio: en diez años jamás hubo un gesto de mala educación, una voz más alta que otra, una pregunta soez, una imagen hiriente, una falta de respeto hacia el invitado o el telespectador. Y eso, lo saben bien, no es lo habitual en la televisión de este país. Como profesional, me siento muy orgulloso de poder decirlo. Me he forjado precisamente en el programa que hubiera escogido si en su día, cuando aún era un recién licenciado en periodismo, me hubieran dado a escoger entre toda la programación. Ha sido un lujo trabajar donde he trabajado, con los contenidos que hemos ofrecido y con los compañeros que me han rodeado. De todos me llevo ahora un recuerdo imborrable. Gracias, por tanto, a quienes en su día apostaron por mí y me dieron una oportunidad. Gracias también a todos los que durante estos años han trabajado en el programa (Producción, Realización, Plató, etc…) Sería injusto nombrar unos pocos y dejar a otros fuera -sé que todos se sentirán aludidos al leer esto- pero más injusto sería aún no citar aquí a mis compañeras de Redacción: Carmen, Beatriz y Eva. Porque por encima de compenetrados compañeros hemos sido y somos amigos. Desde el primer momento y durante todos estos años hemos trabajado en sintonía, en un ambiente relajado o tenso (según las épocas) pero siempre feliz. Muy feliz. Porque hacíamos en cada momento aquello que más nos gustaba hacer. Y eso, creo, debía notarse en el resultado final.
El futuro es ahora incierto. No sabemos qué tiene reservado el destino para el mundo, la televisión y para nosotros. Pero en cualquier caso, ahora, lo afronto con una sonrisa enorme y con la satisfacción de haber dedicado 10 años de mi vida a trabajar en el programa que como telespectador no me hubiera perdido nunca. Y eso, créanme, no lo puede decir cualquiera.
Suerte. Suerte a todos los que de una forma u otra han participado en el programa. Delante o detrás de las cámaras. A este o al otro lado del teléfono. Gracias por poner su granito de arena en un programa que ha sido y será importante, al menos para mí.
Y no quiero terminar sin ponerle música a este despedida, y lo voy a hacer escogiendo la que, durante su grabación, más logró emocionarme. Se trata de una canción de Anni B Sweet con la quiero también agradecer a todos los músicos y cantantes (representantes incluidos) que dejaron en el programa la gran huella del Arte. Amigos y compañeros, nos volveremos a ver en algún rincón de la televisión, porque la buena televisión existe. Lo hemos demostrado. Hasta siempre. Salud.
Sigamos con artistas flamencos. Pero ahora haciendo eso, flamenco. José Domínguez “El Cabrero” también se dio su paseo por el tango (dos discos prodigiosos, el primer de los cuales conocí gracias a mi buen amigo Álvaro. Por favor buscadlos si os gusta el género) y ahora vuelve, 15 años después, a publicar un disco con los palos de siempre: soleá, fandango, bulería, toná… Este señor, elegante y profundo, forma parte de mi educación ética y estética. Desde pequeño escuché sus discos porque estaban en casa, y aunque pasaron años sin echarle cuentas (seducido netamente por el rock), con la madurez volví a ellos. Ahora los tengo todos, y cada vez que los escucho vuelvo a eso, al principio, a los olivares de mi infancia, a la gitanería de mi colegio, a los que ambientaban las entre-clases con fandangos del Jaén profundo. A los Camarones cuando en mi vida aún no existía Camarón.
Doy fe de que El Cabrero es un señor. Un hombre de una pieza, sencillo y librepensador. Este pasado fin de semana pasó por los informativos de Giralda. Un placer que comparto con vosotros…
Gustazo es trabajar en un programa de televisión donde se hace y graba música en directo, una experiencia no en peligro de extinción, sino casi fulminada. Y veremos cómo sale de esta multiplicación de canales tedeteros y gatos que chulean en el agua. Por desgracia quedamos pocos. Puedo asegurar y aseguro que una de las peores experiencias como trabajador de este medio ha sido presenciar dos o tres veces eso que llaman playback. Horror, puro horror, para quien siente y aprecia el arte, la música y la verdad. Todo esto significa, al mismo tiempo, que es un inmenso placer para el oído y para el alma coincidir con grandes y pequeños genios que quedarán por mucho tiempo en el regusto de los aficionados con empeño.
Una de esas noches -casi setecientas ya- fue la que vino a visitarnos Dieguito El Cigala, por segunda vez y ahora sin el gran Bebo Valdés (aunque con otros que, como verán y reconocerán, de inmensa valía musical.) En el repertorio, Garganta con arena, escrita por Cacho Castaña (¡una de sus dos mil quinientas!) dedicada a Roberto Goyeneche, cantor argentino de raíces vascas y uno de los más grandes de la historia del tango. Espero que la disfruten y sean capaces de imaginar lo que puede sentirse allí, emocionado, a pocos metros del argumento.
PD: Diego, al subir a la pecera y comprobar cómo había quedado, también sintió -o eso decía- profunda emoción…
Qué cosas. Llevo varios meses tratando de terminar un librito de apenas trescientas páginas, y no lo he acabado en los plazos habituales porque el trabajo me desborda. Y lo más curioso de todo es que se trata de Elogio de la lentitud, de Carl Honoré. Es un tratado delicioso sobre el movimiento slow, una filosofía retro-moderna de la que ya sabía algo gracias a esa magnífica contraportada diaria de La Vanguardia, donde, en mi opinión, incluyen las entrevistas más interesantes que se publican en este país, y que ya le habían dedicado varias páginas a tal corriente filosófica, pero, sobre todo, sabía del slow por mis tardes de “jardinería” -qué paciencia hay que tener para que florezca, por ejemplo, una gardenia en un clima como el de la Andalucía interior-. El caso es que Honoré viene a decir que vivir tan deprisa como vivimos actualmente no es vivir, sino sobrevivir, y propone (o mejor dicho, recoge a quienes proponen) otra forma de comer, trabajar o hacer el amor. En definitiva, otra forma de vivir, y es que, lleva razón, “todas las cosas que nos unen y hacen que la vida merezca la pena de ser vivida -la comunidad, la familia, la amistad- medran en lo único de lo que siempre andamos cortos: el tiempo”. Realmente, Honoré no descubre nada a quienes vivimos en el Meditarráneo y sabemos bien lo que es la dolce vita, pero el libro lo escribió pensando en el mundo anglosajón (y qué bien le salió vendiendo millones de ejemplares) y de rebote ha venido a recordarnos a nosotros -italianos, franceses, griegos y españoles- que estamos perdiendo el norte precisamente en una época en la que hasta en Japón sueltan parné para dar una cabezaílla después del almuerzo.
De esto de la vida lenta sabe mucho mi buen amigo Gali, a quien conocéis de sobra si habéis paseado por aquí de vez en cuando. Es uno de los grandes realizadores residentes en Sevilla. No sólo por los premios que ha conseguido en tan poco tiempo, sino por la emoción que transmite con cada una de sus videocreaciones y fotografías, de las que, por cierto, me gusta informar puntualmente. Es un bon vivant a su manera. Sabe lo que quiere y difícilmente acepta chantajes a la modernidad mal entendida. Hay aros por los que no pasa, y yo sé bien de lo que hablo. A partir de ahora tiene web oficial, para que cualquier interesado pueda seguirle los pasos. No obstante, yo seguiré narrando sus hazañas porque me cuesta resistirme.
Aquella sesión de rodaje no la olvidaré jamás. Él llegó en un AVE mañanero, fuimos a recogerlo el chófer y yo. Aún me pregunto qué hacía yo en Santa Justa, no era lo habitual, pero en aquella ocasión se dio así y me alegro. Reconozco que aún yo no conocía su repertorio, había escuchado algunas de sus canciones pero poco más. La música es un mar infinito en el que puedes bucear toda la vida sin tropezarte con los tesoros más valiosos. Pero qué mejor manera que descubrirlos de la mano de su autor.
En el coche estuvimos hablando de un proyecto que tenía entre manos -al parecer en fase avanzada-, de Raúl Alcover (por cierto, qué maravilla su último trabajo El musicante) y de la luz, de la cegadora luz de aquel día. Sevilla estaba espléndida. Como él, que durante toda la jornada derrochó simpatía, cariño y sensibilidad. Nada, absolutamente nada, hacía presagiar lo que vino varias semanas después, el maldito 16 de agosto de ese 2006, un día lluvioso en el que Hilario Camacho decidió torcer la esquina. Dicen que con ansiolíticos.
Ahora, cuatro años después, muchos le recordamos y le sentimos vivo. Yo aún sigo estremeciéndome cada vez que me tropiezo con algún fragmento de aquel 1001 Músicas que tanto me hizo sentir. Esta, además, según nos dijo después la gente de su entorno, fue la última vez que se dejó grabar… Por cierto, me adhiero a quienes piden para él una calle en Madrid.