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Casualidades

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Casualidades

Publicado el 05 enero 2012 por manuguerrero

No soy ni mucho menos aficionado al Puente de Brooklyn y es, por tanto, pura coincidencia que esta semana hayan llegado a mis manos dos libros deliciosos con una portada similar: un tipo en primer término con el gran puente de Nueva York al fondo.

El primero es El crack-up de Scott Fitzgerald, en una edición de Bruguera de 1984, prestado por una biblioteca pública (excelente servicio, por cierto, el de las bibliotecas públicas de Andalucía). Se trata de una demoledora crónica  del despertar (con resaca) del “sueño americano”, rescatada por su amigo Edmund Wilson -el crítico literario norteamericano más influyente del siglo XX-, poco después de que el autor muriera en 1940. El libro es lo más cercano a una autobiografía que se pueda leer sobre el de Minnesota, y reúne ensayos de sorprendente candidez, ejercicios de estilo, observaciones literarias y, sobre todo, la crónica de una desesperación, ya que fue escrito entre 1931 y 1937, justo después de que Estados Unidos se precipitara hacia su abismo particular.

El otro, el otro es nada menos que el bautismo literario de mi gran amigo Manuel Ruiz Rico, periodista y compañero de generación, que acaba de publicar El robinson en Nueva York, un estudio sobre el periodismo y la literatura de Antonio Muñoz Molina, uno de los escritores españoles fundamentales de nuestra época.

No he hecho más que empezar a leerlo y las primeras sensaciones están siendo gratísimas, muy en sintonía con lo que mejor conozco de él, sus ya famosas conversaciones: “Manuel es una persona de verbo fácil y profundo. La palabra es su alimento. Si no habla, es como si le faltara el oxígeno. Es un conversador nato, y además de plática agradable, capaz de tocar todos los palos del saber, pasa de unos registros a otros sin apenas transición. Produce envidia verlo manejar el lenguaje”, totalmente de acuerdo con la acertada descripción del maestro Ramos en el prólogo del libro.

El robinson en Nueva York se convertirá pronto, por su rigor y agradable lectura, en una obra fundamental para los futuros estudiosos del gran ubetense (a quien en mi tierra queremos tanto por su reeditada Córdoba de los Omeyas), una obra esencial para los manuales de Literatura Española, un relajante ejercicio de entretenimiento que va de Jaén a Nueva York, haciendo parada obligatoria en la imprescindible Granada. Y todo eso se lo tendremos que contar sus  conocidos desde aquí, desde España, ya que él vive ahora refugiado y por amor en Addis Adeba, víctima también de la precaria situación del periodismo en nuestro país, que no atrapa con fuerza a valores tan pujantes y seguros como el de su pluma y su cabeza, porque Manuel es sin duda un privilegio para esta dichosa y desagradecida profesión.

Amigos, ya conocíamos su tarea de gran periodista en El Correo de Andalucía… ahora lo vemos nacer como gran escritor, que es prácticamente lo mismo, pero parece que viste más.

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El periodista camarero

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El periodista camarero

Publicado el 28 diciembre 2011 por manuguerrero

El mundo no siempre te recibirá con los brazos abiertos. Está bien aprenderlo pronto, viendo por ejemplo este magnífico cortometraje de Charlie-Nelson Moreno.

 

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Álvaro Romero, mejor tesis doctoral de Sevilla

Publicado el 25 octubre 2011 por manuguerrero

El periodista y profesor Álvaro Romero Bernal acaba de ganar el Premio a la Mejor Tesis Doctoral del curso 2009-2010 del Ayuntamiento de Sevilla por  “El artículo periodístico de Joaquín Romero Murube como base fundamental de su obra”, un excelente trabajo que recomiendo encarecidamente a todos los interesados. En forma de libro, se ha publicado una síntesis y aprovecho para compartir aquí la entrevista que hicimos al autor en los Informativos de Giralda Televisión.  

 

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Antonio Ramos Espejo. PERIODISMO, TIERRA Y ESPERANZA

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Antonio Ramos Espejo. PERIODISMO, TIERRA Y ESPERANZA

Publicado el 12 febrero 2010 por manuguerrero

Aquella estampa -Antonio Ramos recibiendo de Manuel Chaves la Medalla de Andalucía- ponía punto y final a una época. A una época marcada por un estilo de hacer periodismo, más sencillo, natural y humano. Un periodismo dominado por la libreta y la plumilla, sí, casi como ahora, pero con el rasgo definitorio de querer cambiar el mundo. Y no sólo de contarlo o venderlo.
 
Y es que los premios vienen a significar eso. Son una forma de reconocer el trabajo de alguien (en su caso, merecidísimo), pero también de darlo por acabado. Antonio, lo sabemos todos, sigue trabajando (a gran ritmo, además) porque es incapaz de parar pero su impronta, su época dorada, su gran fogonazo quedó atrás, justo en el momento en que esta comunidad, Andalucía, caminaba hacia su entera mutación. De tierra en barbecho a laboratorio de vanguardia.
 
En esas estamos. Andalucía ya no es lo que era (afortunadamente) pero el periodismo tampoco (por desgracia). Se ha diluido el escaso espíritu transgresor que quedaba y los periódicos, las radios y los informativos de televisión ya no tienen rostro humano, sino oficial. Por eso el mismo Antonio pide “reconquistar el corazón de las redacciones, recuperarlo y quitárselo a los empresarios”, porque sólo así este oficio será “digno y creíble”, que es lo que la democracia necesita para ser llamada así.
 
Lo dice con su mejor voluntad y con el permiso de la experiencia. A lo largo de su vida, este señor generoso y bonachón ha ejercido de redactor, corresponsal, director (de periódicos, de documentales de televisión…), escritor, profesor y enciclopedista (Enciclopedia General de Andalucía), pero Antonio Ramos Espejo sigue siendo lo que siempre ha sido: reportero. El gran reportero andaluz de los últimos 40 años. El que ha contado, de piel a piel, lo que ha vivido el pueblo de Andalucía (sobre todo ese que sufre siempre los caprichos de la Historia, la injusticia y el poder.)
 
Los medios de comunicación de hoy no guardan sitio para reporteros como él. Porque sus destrezas, su temperamento, su actitud humana y humanista, no casan bien con los yuppies y sus aprendidas técnicas de mercadeo. El cambio de época y tendencia es evidente, pero no inevitable. Por fortuna ahí queda su magisterio, latente en varias generaciones de jóvenes periodistas: “Recuperad el orgullo de ser los primeros en el eslabón de la Historia y rescatad de su actual secuestro el corazón de la Redacción”.
 
-Buenas tardes, Antonio. Me gusta que quien pase por aquí se sienta a gusto. Pídeme un trago, una música de fondo… Lo que prefieras.
-Un gin-tonic, por ejemplo, con una rodaja de limón, que después me pueda comer. Pero, quedaría mejor con una pequeña dosis de Leonard Cohen, “Pequeño Wals Vienés” por ejemplo.
 
-He oído muchas veces que Antonio Ramos, el reportero, suele compartir pan y vino con la gente, con las personas que luego protagonizan sus reportajes. ¿Eso es una forma de hablar, una metáfora, o realmente forma parte de tu manera de trabajar?
-Bueno, eso depende de las circunstancias. Hay veces que esa iniciativa parte de la generosidad u hospitalidad del entrevistado. Por ejemplo, Caballero Bonald te invita a una copita de manzanilla en su casa de Sanlúcar; Isabel García Lorca y Laura de los Ríos calman la sed de los caminantes en la Huerta de San Vicente con una limonada con yerbabuena (realmente se la pusieron a Alberti y a los que lo acompañábamos…) Los descendientes de Almutamid en su modesta casa de Agmat te ofrecen un cuscús con té verde; los padres de las niñas que se casaron con el Lute y el Toto por el ritual gitano en un olivar de los Monte de Granada me ofrecieron aquella noche, cuando había vuelto una de las niñas, vino con torreznos que tenían en una sartén. Y entonces el reportero, aunque no tenga ganas, acepta para darles confianza y abrirles el corazón (hoy día el reportero tendría que abrir la billetera.) Y otras veces es el reportero el que invita como aquel día que reunió a mi tío Adolfo, secuestrado por el maquis, a mi padre y a uno de sus secuestradores de la partida de Roberto (aquel jefe maquis que de ser un héroe pasó a ser un villano cuando delató al final de la historia a sus últimos compañeros por los montes de Frigiliana, en Málaga…) Y en fin es que has tocado un tema muy interesante, que sería, ahora que me lo has planteado, para dedicar un librito sobre las artes de los reporteros, o de este reportero, para conseguir sus objetivos, lícitos, eso sí.
 

-A los periodistas de mi generación puede parecernos impensable esa estrategia. Siempre hay un jefe o coordinador que te llama repetidamente para preguntarte cuánto te queda. ¿Tanto ha cambiado el periodismo en los últimos años?
-El jefe con sus urgencias siempre ha existido. Creo que, en este sentido, se mantienen esas prisas, quizás ahora más porque los cierres en los periódicos, sobre todo si no tienen rotativa propia, están más ajustados. Siempre ha habido un dicho a esas horas de la noche: “venga que vamos a perder los correos”. Y eso no se puede consentir porque perder el correo es perder las ventas. Y también porque toda la cadena de redacción, como es lógico, recae sobre el redactor, que se lo hace todo. Antes la cadena era más amplia: teletipistas, linotipistas, correctores… Y sobre todo redactores veteranos que ayudaban a salir del aprieto. Y lo que es peor: que hay menos redactores y los que logran sobrevivir están sobrecargados de trabajo. Han cambiado las estrategias. Ahora hay informaciones que compiten o están por encima de las más auténticas o más interesantes y vitales para los lectores, que aquellas otras que se imponen en lugar de preferencia y extensión: son las que conllevan intereses políticos o financieros; aquellas que surgen de las redes o del tráfico de informes y demás “documentos”, soplos o cualquier otro procedimiento, que tienen envenados los periódicos y por lo tanto a buena parte de los lectores… Aquí muchas veces hay quienes compran los periódicos, y no digamos la radio que no cuesta un duro, y ahora también las tertulias televisivas, porque necesitan estar cabreados contra alguien. Y es una pena que se pierda el tiempo de un periodista, su ética y su pundonor en escribir para mantener tenso el ánimo de un cierto tipo de lectores que suelen ser, en cada caso, los más afines a la línea editorial del medio.

-¿El teléfono móvil llegó también con sus contraprestaciones para el periodismo?
-El móvil es un gran invento para el periodismo. Antes, cuando había una noticia muy importante, o la daba de inmediato la radio o incluso se adelantaban las agencias con un flash de urgencia y lo advertía con una pitada que sonaba en los teletipos como si de pronto sonara la campana de una iglesia advirtiendo de un incendio. Ahora el móvil tiene esa primacía. El problema es cuando se quieren hacer todas las informaciones a golpe de móvil o de internet, fomentando un periodismo de mesa, pasivo, alejado de la realidad de la calle, sin rostro humano.

-Los que ahora hacemos periodismo usamos, además, internet, gps, ordenadores portátiles y muchas veces hasta jefes de prensa. ¿Todo esto nos ayuda a comprender al ser humano y todo lo que le ocurre o es, por el contrario, un arma de doble filo?
-Los avances tecnológicos han sido siempre fundamentales para la comunicación. Tanto para el medio de comunicación como para los redactores, o para un simple ciudadano que tiene la oportunidad de comunicar un suceso o formular críticas y sugerencias. Todo depende del uso que se haga; y de la libertad que sientas cuando los manejas. Porque también uno se puede convertir en un esclavo de las tecnologías y perder más tiempo en tus horas de trabajo, dentro o fuera de casa, jugando a los marcianos, por ejemplo.

-¿Cómo era el periodismo, cómo se trabajaba, a grandes rasgos, cuando tú empezaste?
-Era un periodismo más artesanal y también más creativo. La televisión estaba aún por desarrollar, en la radio no había información, apenas la oficial; primaban los seriales, el fútbol, los toros y el folklore. En los periódicos –mi época es de los mediados de los 60 del siglo pasado en adelante- primaban los grandes reportajes, las crónicas del extranjero… A la más mínima me decanté por el reporterismo, más libre, sin encorsetar. También es verdad que era un periodismo en el que se mezclaban grandes firmas, grandes periodistas, ya veteranos, y los jóvenes valores, junto a profesionales que adolecían de formación académica, que cultivaban un periodismo más primario, que se aplicaba a los deportes, los sucesos y las informaciones rutinarias. Sin embargo, conozco casos de profesionales que, sin una adecuada formación, a base de tesón, intuición y aprendizaje en esa escuela de periodismo que da la calle y el medio, se hicieron excelentes reporteros o editores.

-¿Qué es lo que te atrajo de esta profesión?
-La aventura, la posibilidad de abrirte un camino… Lo mío no fue flechazo; fue como una oportunidad para desarrollar las inquietudes literarias y filosóficas (yo hice primero Filosofía), que tenían que salir por algún sitio.

-¿Entonces no hubo vocación?
-De entrada no, pero sí, casi de inmediato, vi una luz que te marca un camino y entonces es cuando piensas que ahí puede estar tu vida. Ten en cuenta que yo empecé casualmente. Mi paisano Andrés García Maldonado –hoy presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa de Andalucía- estaba ya en el Sol de España, un periódico que pertenecía al España de Tánger y que se instala en Marbella (porque no podía hacerlo en la capital, donde reinaba el diario Sur, del Movimiento). Por Andrés me entero (yo entonces estaba recién salido de la mili, y vivía en Málaga) que la empresa necesitaba un periodista o “algo parecido” para hacer una página diaria de Torremolinos. Me fui a Marbella y, sin más, Cándido Calvo, el director, me dijo que adelante: me vio como un chico con inquietudes. De esa manera, este cateto de Alhama, se vio a los cinco días haciendo una página diaria, que el director la llamó “…Y siempre Torremolinos”, que se publicaba en la contraportada. Tuve la suerte de encontrarme con un buen fotógrafo, Paco Bóveda, que me doblaba la edad. Y además Bóveda tenía dos hijos mellizos, con los que podía contar para salir, sobre todo de noche a buscarnos la vida. (Entonces asistimos, por ejemplo, a las inauguraciones del Pippers, Tífannis, tenía la oportunidad de esperar en el aeropuerto a artistas que iban camino de los westerm de Almería, como Brigitte Bardot, o actuar de extras en rodajes). Años más tarde me encontré que uno de mis reporteros mellizos, Paco, fue, creo, el primer alcalde socialista de Torremolinos.

-¿Y quién te marcaba en esa época?
-A mí me han marcado filósofos-periodistas como Albert Camus. Y cuando estaba más afianzado García Lorca, que me lleva a Gerald Brenan. Pero quienes me apoyan en mi hoja de rutas son fundamentalmente, como ya he dicho, Cándido Calvo y Melchor Saiz-Pardo, además de José Ángel Escurra y Víctor Márquez Reviriego. El primero como director y el segundo como redactor-jefe de la revista Triunfo. Esta revista me da un alcance nacional y la posibilidad de darle una dimensión nueva a mis reportajes.

Cándido Calvo fue el primero que vio en mí algo especial. Después de Sol salté a Roma, en 1970, donde iba a continuar mis estudios de filosofía y trataba además de hacer periodismo. Tuve la suerte, a través de Miguel Ángel Gozalo, subdirector del diario Madrid, al que conocí gracias a mi buen amigo y protector Chumy Chúmez, de entrar en contacto con la agencia EFE en Roma. Al frente de la delegación estaba el periodista granadino Melchor Saiz-Pardo. Y ahí empezó mi mejor estrella. Roma y aquel ambiente periodístico de libertad me cambiaron totalmente. Después, a Melchor lo nombraron director de Ideal. Yo me quedé un tiempo más en Roma ya como corresponsal del diario Ya, donde entro a través de Luis Blanco Vila que era su corresponsal en Roma. Un año más tarde me reclama Melchor y me convierte en reportero para toda la cadena Edica. Un lujo para aquellos tiempos.

-¿Provenías de una familia que hablara por entonces de política, de lo que pasaba en este país? Por ejemplo, ¿de qué se hablaba por las noches, antes de dormir? ¿Tu familia era una de las muchas silenciosas y silenciadas?
-Mi familia era tradicionalmente de derechas, sin estar adscrita al régimen ni recibir prebendas. En mi casa no se hablaba de política; y nunca nos inculcaron ideales del régimen. De hecho ninguno de mis hermanos estuvo en colegios del régimen, sino en colegio de pago en los que se cantaba más la Salve que el Cara al Sol. Por otra parte, sí se advertía un cierto miedo, sobre todo en mi madre, a que fuéramos captados por las organizaciones del régimen por miedo a significarse. Después, con el tiempo, cada uno optamos por posiciones progresistas.

-¿Eras un niño despierto?
-¡Y qué remedio! Avispado para los estudios… De lo contario te podías, como muchos de mis familiares y paisanos, enrolar en la carrera de hacer surcos con una yunta.

-¿Cuándo descubriste que la vida iba en serio?
-A los ocho años, cuando mis padres me dijeron que me tenía que ir al colegio, interno a los jesuitas de Málaga (San Estanislao de Koska, más conocido por el Palo, nombre de una importante barriada), donde hasta entonces habían estado mis dos hermanos mayores. Pero yo me iba solo… Absolutamente solo. Esa sí fue mi carrera iniciática hacia no sabía dónde. Solo ante un camino que imaginabas infinito.

-¿Y pasaron muchos capítulos de crueldad ante tus ojos de niño?
-De niño, los episodios violentos se retienen como tragedias que estarán siempre presentes. Recuerdo que de niños oímos un fuerte tropel en la calle. Era casi la hora de colegio. Un vecino había matado con la paleta del brasero a su mujer. Después él se quitó la vida pegándose un tiro, decían que con un rifle, cayendo al vacío del tajo del pueblo. Cuando estábamos en el portal, muertos de frío, oíamos comentar a la gente que junto al cadáver había un gato aullando. Como si fuera aquel el único familiar de la víctima. Por esas fechas me impactó aún más cuando la Guardia Civil mató a siete leñadores que hacían de enlaces con los hombres de la sierra (maquis) y los pasearon echados, como guarros después de una matanza, encima de sus propios burros. Aquella sí que fue terrible. Tres días después entró en mi casa a trabajar una mujer vestida de negro, totalmente enlutada. Se llamaba Presenta. Tenía tres hijos pequeños. Junto a ella pasé algunos años de mi vida. No se puede borrar de la mente de un niño el dolor de aquella mujer y el de sus tres hijos, que se criaron a la par que algunos de nosotros.

-También debió impresionarte, y que nadie piense que estoy frivolizando, la muerte de Claveles. ¿Es cierto que tuviste una cabra como nodriza?
-Yo tenía una cabra, que se llamaba Claveles, porque era el sexto de mi casa y ya no quedaba teta para mí. Como en otros muchos casos, se reservaba la leche de esa cabra-nodriza exclusivamente para el niño, en este caso para mí. La alimentaban con garbanzos para que diera la leche más azucarada. Y es curioso porque, desde entonces, yo nunca he tomado la leche con azúcar, ni siquiera con el café… Hace años leí que Carlos Castilla del Pino, en uno de los dos libros de memorias, contaba esto mismo. Él tuvo también su cabra nodriza y en una ocasión intercambiamos experiencias. Y el caso de Gerald Brenan fue aún más especial porque su nodriza fue una burra. Ya se sabe que la leche de burra da mucho juego. Siguiendo con mi cabra, Claveles tuvo un final fatal, como era el destino de las cabras ya viejas. Un año, cuando ya había cumplido con sus funciones de ama de leche, en mi casa se hizo una matanza sonada, como en una casa de campo en la que habría que preparar carnes, que se convertían en embutidos, tocinos para las ollas, para el personal de la casa y de fuera que trabajaba en el campo. Y mataron en el cortijo de Polilla, que así se llama esta casa de campo familiar, una vaquilla, trece cerdos y dos cabras, una de ellas mi Claveles. No hubo piedad. Con la carne de cabra se hacía un chorizo fino, que gustaba mucho. Lo que recuerdo de ese momento, aparte de la magnitud de la matanza, fue el dolor y el llanto que me produjo la muerte de Claveles. Nunca lo he olvidado.

-¿Eso era común en la época?
-Eso era común en las familias que tenían medios. Ten en cuenta que estamos en los años 43 y 44 de la posguerra, años de muchísima hambre. En ese sentido, como en otros muchos, fui un privilegiado. Podía beber buena leche de cabra.

-Tu familia…
-Una familia normal de clase media de agricultores. Una gran familia, por su categoría humana y por la magnitud: doce hermanos, de los que dos murieron muy pequeños…

-¿En tu casa había más animales que libros o al revés?
-Animales tenía que haber muchísimos para dar de comer a la familia y agregados. Había cerdos, cabras, gallinas, palomas… además de los más domésticos: mulos para la labranza, gatos y buenos perros. Libros había los justos.

 

-¿Y cuándo te llegó la vena lectora?
-Supongo que en el colegio, por obligación, a partir de los ocho años. Había lecturas recomendadas, libros de ejercicios espirituales, muchos tebeos, y mucho Robinson Crusoe, novelas ejemplares… De joven, a los 16-17 años, cuando estaba en el colegio con los dominicos, un compañero mayor me regaló un libro de viejo: La señora Dalloway, de Virginia Woolf. Desde entonces descubrí autores nuevos, había leído a los existencialistas (Kierkegaard, sobre todo) por la vena filosófica, García Lorca, cuyas primeras Obras Completas, autorizadas, me regaló mi hermana Amparo, hoy religiosa dominica en Cuba, donde se ve obligada a cambiar los puros que le dan por la cuota de racionamiento por huevos de codorniz. Y muchos libros de teatro. En realidad, quise ser poeta y dramaturgo. La lectura del teatro me ha servido mucho para las entrevistas periodísticas. De hecho, llegué a escribir algunas obras (inéditas) y experimentaba mucho con los diálogos. Esa forma de construir los diálogos, que tengan sus cadencias, sus entradas y salidas, su buen armazón como una escalera, me ha entusiasmado, sobre todo con personajes populares.

-¿Ser interno en un colegio marcó tu personalidad?
-Indudablemente. Yo me vi de pronto, de una casa de familia numerosa, en cierto modo bastante mimado, solo ante el mundo. Aunque hay que pensar, y éramos conscientes los compañeros que éramos de la misma edad, que en cierto modo, era un privilegio para aquellos padres que podían pagarlo. He recordado en alguna ocasión más o menos formal que esa soledad te marca, te hace más fuerte y más independiente. Por las noches, si sientes frío y te destapas, ¿quién te arropa? Aunque nosotros teníamos un sereno que cuando veía alguno destapado lo arropaba. Pero no es lo mismo… ¿Quién te da un beso? Después, como ese colegio era muy caro y llegó a mi pueblo un padre dominico reclutando niños para el colegio de Almagro (Ciudad Real) me fichó a mí y a mi padre no le pareció mal. A los diez años estaba en un cambio de destino. Y en este colegio, a veces, con el frío de la Mancha, reventaban las tuberías del agua, y teníamos que bajar, a las siete de la mañana, a lavarnos en un depósito helado. Pero ya venía fuerte como para sortear esas circunstancias climatológicas. A lo que no me adapté, hasta dos años después, fue al desayuno con leche de vaca. Criado con la leche de mi Claveles, me costó aceptar ese sabor nuevo. Y todavía me sigue gustando más la leche de cabra, siempre sin azúcar, y mejor natural que caliente.

-¿Salir de Alhama era una huida?
-En términos positivos, sí, de alguna manera. Te vas con la mentalidad del emigrante. Sólo que el colegial interno acaba regresando. El caso del emigrante es, de entrada, dramático porque se ve obligado a salir, es como si fueras expulsado. Después, según la suerte, volverá a comprar una casa, tierras, pondrá un bar; o se quedará en ese destino que le dio la nueva vida y se alegrará de haber tomado aquella decisión tan amarga en su momento.

-¿Y el periodismo te dio calor, con el paso de los años?
-Pues, sí. Me dio refugio, me acogió, aunque yo me busqué esa casa de acogida. Lo que fue una circunstancia, una aventura, sigue siendo una pasión y un compromiso. Creo que sin esos dos ingredientes, más el de la intuición para saber orientarte en cada momento, no podría haber aguantado de la forma que yo he ido sorteando por los vericuetos de esta profesión.

-¿Tienes ahora la sensación de haber empezado en un periodo fascinante para esta profesión?
-Nada es fascinante si tú no lo conviertes en fascinante. Creo que cada etapa, si te vas preparando, tiene que ser diferente. Me he dado cuenta varias veces que no puedes decir, salvo que sea preciso, que yo fui director, el periodista que hizo tal cosa… Uno es el que es en su conjunto, predispuesto siempre a afrontar un destino nuevo. Esta profesión es para vivir en activo de principio a fin. Para un reportero –y ahora estoy distinguiendo entre el periodista a secas o con otros apellidos- y esta otra singularidad, por llamarle de alguna manera, que es la de ser y sentirse reportero. Un reportero no claudica. Siempre está alerta. Porque siempre, a la edad que tengas, tendrás algo que contar.

 

-Trabajaste con dictadura, Transición y democracia. ¿Cuándo viviste una experiencia más apasionante? ¿Cuándo había más por descubrir, por contar?
-Las cosas se cuentan con más interés, emoción y riesgo cuando hay fronteras que impiden comunicar lo prohibido, lo vedado. La libertad democrática es un sueño hasta que se conquista en las urnas. Los sueños son buenos o pasables si duran poco, pero si todas las noches o los días sueñas en la libertad y ésta no llega, se convierte en una pesadilla. Aunque para muchos que la habían soñado ya fue demasiado tarde; pero, afortunadamente se rompió esa barrera. Sin embargo, siguieron otras que hubo que ir derribando. La libertad, de todas formas y en menos en periodismo, nunca se manifiesta en su plenitud. Por eso los periodistas seguimos soñando, aunque sin los sobresaltos de la dictadura. (Aunque a veces, perdón por el inciso sobre algo que necesito decir, uno piensa si no estamos al borde de una pre-dictadura cuando hay jueces que se disponen a llevar a la cárcel si fuera preciso al juez Garzón; y aún peor cuando ves que hay políticos, tan amigos de los jueces, que éstos haga lo que haga Camps, el presidente valenciano, y su amigo “El Bigotes”, hagan lo que hagan, con datos clamorosos sobre presuntos delitos, miran para otro lado. Sencillamente como en una dictadura). Seguimos. Y hay, además, otros pueblos que no han alcanzado esa democracia y eso debe producir en las gentes que vivimos en regímenes democráticos sentimientos y gestos de solidaridad, sobre todo hacia aquellos ciudadanos que se juegan la vida para conseguirla, entre ellos muchos periodistas.

-Qué razón tienes. ¿Y la Transición te cogió en Andalucía? ¿Cómo la viviste?
-Yo la viví desde dos frentes: como ciudadano y como periodista. Y creo que logré unir dos frentes en uno. Mi compromiso con Andalucía coincidía con mi compromiso profesional de reportero o cronista. Es decir, que a grandes rasgos, y salvo situaciones delicadas, tuve la suerte de que me dejaran hacer, con mis dosis de rebeldía, mi inclinación por los temas humanos, contra los casos de represión… Y de ahí salen mis libros: desde el primero “Andalucía: Campo de Trabajo y Represión”, “Pasaporte Andaluz”, “El Caso Almería”, “Después de Casas Viejas”, hasta los que giran en torno a Gerald Brenan o García Lorca.

-¿De dónde provenía tu compromiso por esta comunidad autónoma?
-Como periodista tuve siempre claro un cierto compromiso por mi parcela de patria, que es mi pueblo, mi provincia, Andalucía… En mis primeros pasos en Sol de España, hice un serial largo: “Andalucía paso a paso. Pueblo a pueblo”, que me sugirió mi director Cándido Calvo. Digamos que esa fue mi primera piedra formal en mi carrera hacia un compromiso total por Andalucía. Ese compromiso se hizo más efectivo durante mi estancia en Roma. Cuando estaba, no ya en EFE, sino como corresponsal de YA, trabajaba en la Stampa Estera, donde estábamos ubicados los corresponsales sin delegación propia. En una de aquellas salas coincidí, entre otros, con dos corresponsales: una chilena y un croata. De ellos aprendí a sensibilizarme no ya solo con la apuesta por la democracia y el fin de la dictadura, que en eso ya estaba, sino con los pueblos que luchan por su autonomía. Se me despertó la conciencia de ser del Sur, como a algunos amigos, compañeros de estudios, de Reggio Calabria o de Sicilia. Cuando volví a España, todavía quedaban años para el final de la dictadura, y con el apoyo de mi director, Melchor Saiz-Pardo, mis trabajos, mis reportajes, tenían un marcado fondo de conciencia de pueblo: lo mismo se hablaba del paro, de la emigración, del subdesarrollo en general, que de poetas, cantautores, escritores. La serie “Andalucía: diálogos de urgencia”, con Julián Marías, Alfonso Carlos Comín, Antonio María Calero Amor, José María Pemán, José Cazorla, Manuel Barrios, Gerald Brenan, Bosque Maurell, Murillo Ferrol, Jesé Menese, Alfonso Grosso… contribuyó a fortalecerme en esa línea. En ese camino, me encuentro con Blas Infante, García Lorca, que son dos de mis personajes más investigados durante esa época, que coincide con la cancha que me ofrece la revista Triunfo, donde todos esos temas míos tenían cabida. Entonces me encuentro con compañeros y amigos con los que comparto ese mismo sentimiento, como Antonio Checa, José Aumente, Paco Casero, Diamantino García, o Carlos Cano, con el que recorrí muchos caminos, cuando él cantaba la verdiblanca y a la gente le entraban escalofríos. Bueno, y mucha gente, tanta gente… Ahora mismo me acabo de enterar –y estoy lejos de Sevilla- que ha muerto Luisa Infante, la hija mayor del Padre de la Patria Andaluza. Una gran mujer, como sus hermanas María de los Ángeles y Alegría; como su hijo Luis Blas, con el que pasé casi dos semanas en Ámsterdam, donde trabajaba de camarero y yo estaba allí haciendo reportajes sobre la emigración. 

-¿Cómo crees que trataron a Andalucía las autoridades nacionales durante ese periodo decisivo:1973-1983?
-Ésa es una fecha de referencia, que nosotros utilizamos en la serie de libros “Crónica de un sueño” para marcar la transición, con parte de la dictadura, y los primeros años de la democracia y la autonomía. Por lo tanto, el maltrato a Andalucía es secular, se incrementa con la España de Franco, que aleja a Andalucía de los planes de desarrollo, destinándola a reserva de mano de obra para la emigración y como reserva turística. Luego, con la democracia, a Andalucía se la quiere relegar a una autonomía de segunda división, al margen de las comunidades llamadas históricas: Galicia, Cataluña y Euskadi. Aquí hay que decir que fueron los partidos autonomistas los que tuvieron esa visión de protestar contra la sinrazón, a la que se unirían pronto los llamados partidos centralistas, como PSOE y PCE. ¿Por qué Andalucía tenía que ser de segunda división? Si es por Historia es la más vieja, la más importante desde Tartessos, la Bética, Al-Ándalus… Si es por la II República, el Estatuto de Andalucía se quedó en puertas por la Guerra Civil. Ésta es una larga historia que afortunadamente se rompe porque el pueblo andaluz así lo quiso y lo impuso. El pueblo provocó el despertar de sindicalistas, políticos, intelectuales… Si tenemos que simbolizar en un solo nombre al pueblo ese es José Manuel García Caparrrós, que murió (asesinado) en Málaga el 4 de diciembre de 1977, en la manifestación del Día de Andalucía, presidida por los parlamentarios andaluces (diputados y senadores). Si lo simbolizamos en un político ahí está Rafael Escuredo que se echó al “monte” con el respaldo de los andaluces para que Andalucía se convirtiera en autonomía histórica frente a los propios andaluces de la UCD que prefirieron ser sumisos a las consignas de Adolfo Suárez. Con la excepción tan honrosa del ministro Manuel Clavero Arévalo, que prefirió estar con el pueblo antes de ser uno de sus traidores. Si tenemos que simbolizarlo en sindicalistas: ahí están los dirigentes de CCOO condenados en el Proceso 1.001 (Saborido, Soto y Acosta), además de los fundadores del Sindicato de Obreros del Campo: Diamantino García, Paco Casero y J.M. Sánchez Gordillo. Y si tenemos que simbolizarlo en nombres de la cultura: Rafael Alberti, Carlos Cano, Antonio Gala…

-¿Y qué enemigos había en casa?
-Andalucía, hasta donde nos alcanza la vista en este momento, de los siglos XIX y XX, sus enemigos los ha tenido dentro. Los latifundistas y caciques, aunque consiguieran poder en Madrid, no levantaban un dedo por su tierra. Por lo tanto, hagamos un examen de conciencia antes de culpar del subdesarrollo a los gobiernos de Madrid, que también. Porque, sin ir más lejos, en la dictadura hubo ministros tan señalados como José Solís Ruiz, que colocó, eso sí, como Natalio Rivas décadas antes, a muchos paisanos suyos en Madrid, o sólo pedía para su pueblo, donde reinaba como cacique político. Durante la Transición, los gobiernos de la UCD contaron con andaluces que, salvo el caso de Clavero, no jugaron precisamente para defender los derechos de Andalucía. Y en los gobiernos de Aznar ha habido algún que otro ministro que ha seguido tratando a los andaluces de vagos. Y no hablemos ahora, con una prensa en poder de editores al margen de Andalucía, a la que le interesa sobre todo el valor de lo local, por la publicidad, y el valor nacional por sus propios intereses político-editoriales. Andalucía, en ese sentido, está hoy más desvertebrada que en la Transición.

-¿A tu juicio fue justo y apropiado el proceso de autonomía y su resultado?
-Siempre hay fallos, interpretaciones más o menos interesadas o acaparadoras de la realidad, pero teniendo en cuenta que veníamos de donde veníamos: la oscuridad, el subdesarrollo, el caciquismo, los furgones de cola, el desprecio al pueblo andaluz, hay que reconocer que se ha hecho mucho y que falta mucho camino por recorrer. El progreso no es un fenómeno estático, llega y se para. Y Andalucía no tiene tiempo para mirarse, todavía, el ombligo. Hay que ir más lejos, sabiendo de donde venimos y de donde nos han venido los males.
 
-Por tu larga trayectoria periodística, en la que has desarrollado una importante labor de búsqueda en nuestra Historia reciente (muchas veces oculta) y te has acercado, además, a la gente de la calle con especial interés y dedicación. ¿Qué crees que necesita Andalucía en este justo momento histórico? ¿Qué falta para estar a la altura de otras comunidades españolas o incluso europeas?
-Que nos lo sigamos creyendo. No caer en la desidia, en la rutina, en la desilusión de unos y en los cantos de sirena de otros. Somos un pueblo. Cuando nos lo creamos de verdad, cambiará el rumbo de Andalucía.
 
-En Andalucía hay en torno a un millón de parados, es decir, más del 25% de la población activa. ¿Eso no es insostenible?
-Eso es una barbaridad. Es una injusticia. Parecía que estábamos saliendo del agujero negro del pasado, levantando cabeza, cuando de pronto llega la burbuja del desastre económico y nos aplasta. Y otra vez a empezar, como muchas familias tienen que volver a recuperar un trabajo, una casa… el derecho a vivir dignamente.
 
-¿No veremos pronto otra oleada de andaluces emigrantes?
-Nunca se sabe; pero, será difícil en nuestro tiempo. Pensar en los que llegan, en el abismo que existe. Ojalá que no lleguemos de nuevo a esa situación. Aunque ahora hay más andaluces que se van a la vendimia francesa o que vuelven a ser jornaleros cuando ya parecía que ese era un oficio extinguido para los andaluces.
 
-Además del elevado índice de paro, por aquí acechan otros males como la precariedad (contratos temporales por doquier), la explotación (trabajadores a tiempo parcial con jornadas de diez horas y ganando 600 euros) y la picaresca (pequeñas empresas que despiden a su empleados para que los mantenga el Estado pero a los que, sin embargo, mantienen trabajando en horas de mayor demanda, a cambio de una pequeña cantidad monetaria que complemente la prestación por desempleo). ¿Dónde está el periodismo en esas situaciones?
-La picaresca se agudiza en los tiempos de crisis… Más bien deberíamos decir, ¿dónde está Hacienda? El periodismo debe ir por delante, denunciando situaciones, descubriendo trampas… Pero, ¿nos dedicamos a las pequeñas empresas? Antes habría que perseguir de forma implacable a las grandes empresas, de todo tipo, porque esa es la raíz del mal. Pero las grandes empresas están protegidas, acorarazadas. Y esa picaresca que utilizan las pequeñas empresas existe a mayor escala en las grandes. Eso no quiere decir que no se investigue; pero a todos. No sea que nos fijemos solo en estas cosas pequeñas y en la picaresca de las familias que obtienen pequeños sobresueldos para sobrevivir, mientras salen miles de millones de las arcas del Estado para apoyar a los bancos y grandes empresas, que, como se ha demostrado, utilizan parte de ese dinero para pagar sueldos millonarios a ejecutivos en tiempos de crisis.
 
“Es una pena que se pierda el tiempo de un periodista,
su ética y su pundonor en escribir para mantener tenso
el ánimo de un cierto tipo de lectores”
 
-¿El periodismo no tiene el deber de denunciar aquello que sea incorrecto, impropio o, sencillamente, delictivo?
-Claro que lo tiene…. Pero no somos pirómanos. El fuego también quema. Y a veces se pierde la perspectiva ética cuando el periodista se suma al juego sucio de unos políticos contra otros, de unas empresas periodísticas contra otras, y se ponen a investigar sólo aquello que afecta a los intereses de quienes les pagan. De manera que, hagamos periodismo de investigación, de denuncia, pero sepamos para qué y a beneficio de quién lo hacemos.
 
-¿Crees que éste es el motivo por el cual el oficio ha perdido tanta credibilidad?
-Ha perdido porque las empresas van exigiendo, van reduciendo el margen de libertad de los periodistas. Y resumo: el periodismo está amenazado porque la agenda de los periodistas se hace más pensando en los gerentes y ejecutivos que en la Redacción o en los intereses del público al que sirven. Ahí los periodistas hemos perdido el pulso y estamos obligados a recuperarlo. En el pecado llevamos la penitencia.
 
-¿Confías en que el periodismo recupere esas funciones? ¿Volveremos a ver pronto un periodismo valiente y transgresor?
-La red, internet, traspasará las fronteras, ya lo está haciendo. Y ya no será tan fácil mentir con descaro, ocultar información, porque Internet, cualquier ciudadano desde su casa, nos pondrá colorados. Por lo tanto, será el poder de los usuarios, de los ciudadanos en general, el que rescate a los periodistas de la cárcel en la que andan metidos y no siempre por voluntad propia.
 
-¿Quiénes están decidiendo, a día de hoy y en nuestro país, qué periodismo se hace y qué periodismo no se hace?
-Las empresas, los poderes fácticos, las alianzas mafiosas que reparten dinero negro a espuertas…
 
-Qué periodismo se hace y quién lo hace. Es desolador entrar a cualquier redacción y no ver a ningún redactor mayor de 40 años. ¿Esto por qué es así?
-Por un error financiero. También hay una parte de responsabilidad en los profesionales, que se descuidan, bajan la guardia, no están alerta, cuando quieren acordar los devora el zarpazo de los ejecutivos, esos seres sin alma que diseñan planos en los que deciden quiénes están dentro de ese marco y quiénes se van a la calle con una patada en el culo y si te vi no me acuerdo.
 
-¿Adónde van los periodistas de larga trayectoria? ¿Cómo se ganan la vida?
-Cada profesional es una historia, convergente en muchos casos… Tratar esto produce rabia; sobre todo, porque ya no hablamos de periodistas de gran recorrido, sino de profesionales que a los cuarenta años, a los cincuenta años, los convierten en “viejos” para el sistema. ¿Y qué hacen? Me produce escalofríos pensar en compañeros que se desesperan buscando un trabajo que se les niega. Tal vez sea esta una de las pocas profesiones, por no decir la última, en la que se está despreciando la maestría profesional, las madres del conocimiento… Todo eso va en detrimento de la calidad del periodismo. Las redacciones se quedan sin referentes y eso lo notan también los jóvenes valores que acuden a los medios de comunicación a que los enseñen; y en lugar de ponerles un maestro, un profesional experimentado, les exigen que hagan de profesionales como si ya llevaran cinco años de experiencia.
 
-Antonio, has sido redactor, reportero y director de distintas publicaciones periódicas. ¿Con qué nivel de libertad podrías decir hoy que has desempeñado tu trabajo?
-Quiero recordar… He tenido una suerte relativa, logré escribir entre líneas, y a veces con un estilo muy directo que no hacía gracia a los controladores de turno. Todos hemos sido víctimas de la censura, de la autocensura, y víctimas de nuestros propios y legítimos miedos. Siempre hemos tenido que trabajar con miedo; miedo en la dictadura y miedo en la democracia. Porque si unos te podían llevar a la cárcel, los de ahora te echan al corralillo de los parados.
 

-¿Cuándo sufriste más presiones?
-En Córdoba, en la etapa de director con Cajasur en el Consejo de Administración. Sólo a mí, hoy en democracia, me tocó soportar un consejero delegado que era policía. Y así salieron las cosas; por peteneras… Y ya he dicho bastante y por primera vez por escrito. Porque me lo tenía reservado para ampliar cuando lo crea oportuno y denunciar estas hipocresías de determinadas empresas periodísticas en democracia.

-De acuerdo. Pero sigamos con las presiones. Ahora es muy fácil publicar un reportaje, por ejemplo, sobre la crisis inmobiliaria. ¿Pero no era fácil publicarlo hace unos años sobre los abusos de las inmobiliarias y las concejalías de Urbanismo?
-Ésa es la clave. Que el terreno sobre el que pisa el periodista es movedizo… Las empresas periodísticas temen, como a una vara verde, las constructoras, a las grandes empresas… La publicidad manda. Ahora más que nunca.

-Por cierto, ¿qué es para ti el periodismo cívico?
-Me apasiona el periodismo local en todas sus dimensiones… Lo practicamos en Córdoba hasta el punto que conseguimos hacer un periodismo de convivencia, en defensa siempre de los intereses ciudadanos.

-¿Es más fácil hacer este tipo de periodismo en prensa, televisión, radio o internet?
-En cada uno es necesario… Internet está en la vanguardia, avisando de cómo deben hacerse las cosas y cómo atender a los públicos. Los lectores, cada vez son más locales y, por otra parte, más universales… De Internet van a depender todos medios.

-Por cierto, Antonio, ¿qué tal tu experiencia en televisión?
-Una sorpresa… Y como hablaba antes, un reto que estimula esas tres patas de la intuición, la pasión y el compromiso… Todo lo demás obedece a golpes de suerte, o de fracasos.

-El género documental, generalmente, goza de prestigio pero no de popularidad. ¿Qué posibilidades ves de conectar con la gente a través de él?
-Hay muchas posibilidades, según los enfoques… Si son temas con interés, garra, presentación, sin caer en el amarillimos; con temas humanos, directos, historias sacadas de la vida misma, pueden llegar a tener más éxito que los programas basura. Nadie quiere comer mierda, salvo que te obliguen y te la restrieguen en la boca.

-¿Realmente un documental podría tener la misma repercusión que un reality-show?
-Podría si la realidad que se presenta es de interés. De todas formas hay que hacer camino, o el camino que se había andado se ha ido destrozando, y hay que abonar de nuevo esos campos.

-En tu caso, has dirigido documentales tan interesantes como Andalucía es su nombre, Andaluzas, que además han tenido bastante éxito. ¿Esperabas esa aceptación?
-No… Pero… A la gente le gusta que se le hable del pasado, de su gente, de sus problemas, de los que han construido nuestras bases de convivencia, en todos los órdenes de la vida social, cultural, política…

-¿Qué te llevó a la televisión?
-Como casi todo en mi vida profesional, la circunstancia. Yo no he rondado, ni llamado a despachos… Francisco Romacho, consejero delegado de Mediasur en Andalucía, propuso un programa en vísperas del Referéndum para el nuevo estatuto de Autonomía para contribuir, de alguna manera, a animar la participación electoral. Me propuso que presentara un proyecto de guión, que elaboré con Antonio Checa, Juan José Téllez, Miguel R. Aguilar Urbano y Enmanuel Camacho. Aquello fue una oportunidad para contar la historia de Andalucía de política, represión, cultura, folklore… todo lo que es Andalucía en pequeñas dosis, muy vivo, directo y creíble; con la suerte de contar con un joven realizador, Alejandro Moreu, que le dio un ritmo tan trepidante que cautivó a los espectadores. Esa era la fórmula para mantener la atención, no generar espacios forzados o vacíos. Y así nos entrenamos los más veteranos con los más jóvenes, reatroalimentándonos unos con otros.

-¿Llegaste con algún temor?
-Lógico. Es bueno tenerlo, ser cauto hasta que ya te enteras de cómo va este medio. Pronto tuvo muy buena audiencia, y nuestros esfuerzos fueron mayores. Al principio se pasa muy mal, hasta que tienes que comprender que todo aquello que quieres contar necesita imágenes. Esto es la tele, no un periódico.

-Con Andalucía es su nombre incluso has ganado otra vez el Premio Andalucía de Periodismo… ¿Qué tal sientan los premios después de tantos años de trabajo?
-Te reactivan o te reponen con más fuerza en la profesión. Y por supuesto te quitan el colesterol de la edad y los triglicéridos del puchero.

-¿El más importante para ti ha sido el de la Medalla de Andalucía?
-Bueno, eso es lo más importante que me ha ocurrido en mi vida. Es algo, interiormente, impresionante. ¿Y ahora qué? Pues a seguir en activo, y pensar que tu compromiso con Andalucía, con tu forma de interpretar el periodismo, es aún mayor; y te anima a seguir por ese camino hasta donde puedas llegar cargado de ilusiones. Me han llamado mucho la atención esos periodistas, por lo general americanos, que hemos visto en las películas, ya muy mayores, pero siempre con su bloc de notas al pie del cañón. Así me gustaría que me vieran.

-De alguna forma solemne había que distinguir, además, al director de la Enciclopedia General de Andalucía. ¡Qué proyecto más ambicioso! ¿Qué crees que ha aportado esta Enciclopedia respecto a otras que se habían hecho anteriormente?
-Ha sido el proyecto más ilusionante que te tenido la oportunidad de dirigir. Con un editor, Juan de Dios Mellado, que me dio toda la confianza y herramientas para desarrollarlo, y un equipo de fábula, redactores que había conocido y seleccionado de mis alumnos de la Facultad o de los que ya hicieron prácticas en El Correo de Andalucía: Jesús Chacón, Javier Vidal, José Romero Portillo, Pablo Santiago Chiquero, Antonio J. Reina, Álvaro Romero Bernal, José Luis Jiménez, Manuel Minero… Sin olvidar a Belén Pulido, y a coordinadores como Antonio Checa Godoy, Rafael Rodríguez, Gabriel Cano, Rafael Valencia, Juan José Téllez, Antonio Zoido, José Calvo Poyato…

¿El contenido de esa Enciclopedia, su esencia, podría resumirse en una frase?
-El periódico de la Historia de Andalucía.

-Antonio, no quería terminar esta entrevista sin hablar de tu faceta como profesor, algo que ha llegado a tu vida después de muchos años de periodismo de calle y de una ingente labor de investigación sobre la Historia reciente de Andalucía y algunos de sus personajes más determinantes (Federico García Lorca o Gerald Brenan, por ejemplo). ¿Qué te has encontrado en las aulas?
-Juventud con ganas de saber, de prepararse… Tenemos la generación más preparada… Espero que pronto se les abran las puertas y el control de la situación para que implanten su modelo profesional y sus nuevos modelos de convivencia.

-¿Existe interés por parte de las nuevas generaciones sobre esa realidad andaluza? ¿Y compromiso?
-Cada uno vive su momento… La guerra, la dictadura, el túnel de la transición, la democracia, la normalización… Ahora, objetivamente, el compromiso está más diluido, más disperso si cabe… Los mayores queremos que los más jóvenes pasen por todos los campos de minas que nosotros hemos sorteado. Debemos alegrarnos de que no tengan que vivir eso; no tienen que comer pan duro, ni ir a la mili, ni recibir un bofetón o un correazo, para afrontar su destino.

-¿A día de hoy eres un hombre esperanzado?
-Naturalmente… En mi familia, en mis amigos, en mis compañeros… Y como decía Alfonso Carlos Comín, en mi fe en la tierra, en mi tierra.

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Con Juana, su pareja, en Nueva York

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Manuel Ángel Vázquez Medel. LECCIONES DE DIGNIDAD

Publicado el 11 octubre 2008 por manuguerrero

El pasado mes de mayo, Manuel Ángel Vázquez Medel provocó un verdadero tsunami político presentando ante el Parlamento de Andalucía su dimisión como presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA). Alegó la imposibilidad de desarrollar su labor en un órgano totalmente fragmento por intereses partidistas, a pesar de ser, estatutariamente, una institución “independiente” que debe velar “por el cumplimiento de la normativa audiovisual en Andalucía”. Cosas de la política: no le dejaron hacer aquello que le pedían…

Manuel Ángel (Huelva, 1956), para quienes aún no lo conozcan, es un prestigioso catedrático de Literatura y Comunicación y experto en Semiótica y en las enrevesadas relaciones entre medios de comunicación y sociedad. A lo largo de su espaciosa carrera profesional, ha sido fundador y presidente de la Asociación de Editores de Andalucía, miembro del Comité Asesor de la Red de Emisoras Municipales de Andalucía y vocal del Consejo Asesor de RTVA a propuesta del Consejo Andaluz de Universidades. Es autor de varias decenas de libros, tan dispares como La identidad cultural de Andalucía, Mujer, ecología y comunicación en el nuevo horizonte planetario, El poema único. Estudios sobre Juan Ramón Jiménez o La urdimbre y la trama. Estudios sobre el arte de narrar. Es, además, una de las grandes autoridades mundiales en la obra de Francisco Ayala, con quien mantiene una intensa amistad y cuya figura difunde incansablemente allí donde encuentra alguien interesado.

Como profesor universitario, ha recibido en varias ocasiones el Premio a la Excelencia Docente, una distinción que le agrada especialmente porque es el reconocimiento a su valía diaria, a su capacidad e interés por transmitir entusiasmo por los libros y la vida, que a menudo vienen a ser lo mismo. Doy fe, personalmente, de esa fotografía: en mis años de universitario no vi un aula tan abarrotada como cuando era él quien caminaba sobre la tarima.

Es, a la manera de Borges, un Hombre-Libro y un gozoso de la vida múltiple. Un hombre con un sentido muy riguroso de la dignidad. Es, en definitiva y en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno.

-Hola Manuel Ángel. Me alegra muchísimo hablar de nuevo contigo después de algunos meses, quizás años. ¿Cómo estás?
-Muy bien. Tal vez en uno de los mejores momentos de mi vida. Ahora, plenamente incorporado a la Universidad, que es mi mundo, tras un paréntesis de dos años y medio. Y con muchos proyectos importantes e ilusionantes. A mí también me encanta hablar de nuevo contigo. Tengo de ti un recuerdo excelente como alumno (aún recuerdo tu empeño por hacer una entrevista a Ayala, ¡y vaya si la hiciste bien!), y luego como profesional en el programa 1001 Noches, en el que colaboré durante varios años. ¡Vamos a la entrevista!

-He podido seguir tus pasos gracias a la cobertura que la prensa escrita ha hecho sobre el Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA). ¿Crees que la cobertura mediática ha sido justa y proporcionada?
-La verdad es que no siempre. Una de mis experiencias prácticas durante estos años al frente del CAA me ha llevado a saber que todo lo que yo conocía sobre los medios (para bien, pero también para mal…) necesitaba un baño de realidad. Ahora lo he vivido desde fuera de ellos, como objeto de la información, y desearía en los próximos años acercarme mucho más desde dentro.

Pero vamos al grano: los medios han reflejado en estos dos años y medio los problemas, los conflictos, las confrontaciones en el seno del CAA. En general, su dimensión negativa. Y aun esto, lo han hecho de manera interesada (bastaría entrar en las hemerotecas y ver las diferencias de tratamiento de un medio a otro). En cambio, la cantidad de logros, acuerdos, recomendaciones y actuaciones por unanimidad (algunas de gran trascendencia sobre temas tan centrales como la emigración, la violencia de género, la lectura y la cultura del libro, la comunicación de la ciencia, etc.) han sido -en general- silenciados o poco reflejados.

Lo peor es que los medios han actuado como amplificadores de los intereses internos de los partidos, y han tenido mucho que ver con el desenlace de los hechos en mayo pasado.

-¿La sociedad andaluza, por lo general, sabe qué es y para qué sirve el CAA?
-No mucho. Creo que aún queda mucho por hacer. Y es una tarea prioritaria, ya que si la sociedad no conoce al CAA difícilmente podrá reclamar sus derechos a través de la Oficina de Defensa de la Audiencia. Una de las claves del CAA, junto con su independencia, es alcanzar una autoridad (efectiva, pero también moral) indiscutible, y la confianza de la gente de la calle. Estamos a años-luz de lo uno y lo otro.

-A mí me ha dado la sensación de que, por unos motivos u otros, se ha dedicado más atención al CAA después de tu dimisión que antes… ¿Estás de acuerdo conmigo?
- No lo sé. Tal vez sí. Ojalá que este interés sea sano y positivo y contribuya a que el CAA sea lo que el Estatuto y la Ley dicen que debe ser.

-Hace unos meses supimos que los consejeros del CAA propuestos por el PSOE habían gastado miles de euros sin la debida justificación (desplazamientos, comidas…) ¿Cómo viviste esa polémica?
-Ya, desde fuera, con una profunda tristeza por el daño que se le hace a la institución. En cualquier caso, si alguien se ha excedido indebidamente en gastos de comida o desplazamientos con dinero público, opino que debe reintegrar inmediatamente dichas cantidades y poner su cargo a disposición del Parlamento.

-Durante el tiempo que fuiste presidente, ¿tuviste conocimiento de tal derroche económico?
-Mientras fui presidente insistí por activa y por pasiva en la necesidad de ser austeros, de controlar el gasto de la institución, de atenerse estrictamente a lo que la ley dice y permite. E insistí en ello, especialmente, tras la entrada en vigor del Reglamento Orgánico y de Funcionamiento, y recordé en numerosas ocasiones que ya estábamos moralmente obligados por nuestro Código Deontológico, aprobado en el segundo Pleno de la institución el 10 de noviembre de 2005.

El Pleno del CAA está constituido por el presidente, diez consejeros o consejeras y asistido por el Secretario General. El presidente tiene un rango equivalente al de un Consejero del Gobierno de la Junta, y los otros once, rango de Viceconsejeros. Tratándose de un órgano colegiado, cada uno de nosotros era el responsable de sus gastos, y el Pleno de su supervisión, que se atiene a lo habitual en el control de la intervención. Cuando, con ocasión del cierre del ejercicio 2006, se puso en mi conocimiento que cuatro miembros del Consejo habían percibido indebidamente gastos por desplazamientos, pedí de inmediato al Secretario General que les instara a la inmediata devolución de dichas cantidades. Y así se hizo.

-¿Ese asunto influyó en tu dimisión?
- No.

-¿Qué fue lo determinante?
-Una decisión tan importante no se limita a un solo hecho o circunstancia. Puedo asegurar que lo medité mucho y que ahora, pasados varios meses de mi dimisión, creo que fue lo más adecuado.

Cuando acepté, ante la petición unánime de los cuatro partidos presentes en el Parlamento, de que pusiera en marcha una institución independiente encargada de velar por los derechos y libertades de la ciudadanía en el ámbito audiovisual, insistí mucho en que lucharía por ello. Y que, si por la razón que fuera, no llegaba a conseguirlo plenamente, informaría al Parlamento y dimitiría. Así lo hice.

Comprendo que la gente quiere detalles, circunstancias, e incluso nombres… Pero creo que esto es lo de menos: entendí que, en un órgano colegiado en el que las decisiones se adoptan en el Pleno no era posible mantener una constante confrontación con cinco votos contra cinco y con mi voto siempre dirimiendo en todos los asuntos. Trabajé mucho por el consenso, y hubo unanimidad en las decisiones del CAA durante más de un año. Creo que ello daba solidez y prestigio a la institución, especialmente cuando conseguíamos acuerdos sensatos y razonables ante cuestiones muy complejas. Luego, el consenso se rompió con ocasión del Reglamento, y entonces se provocó un innecesario conflicto institucional. A partir de entonces muchos, dentro y fuera, han protagonizado actuaciones irresponsables, porque pensaban que “cuanto peor, mejor” para sus intereses.

-“Parece que no hay término ni hay tasa para ciertos comportamientos incalificables por parte de quienes están obligados a una alta ejemplaridad ética en una institución que sólo desde su independencia y su prestigio puede cumplir con eficacia la misión que le ha sido encomendada”, dijiste en el Parlamento de Andalucía el día de tu despedida. ¿A quiénes te referías concretamente?
-A quienes utilizan la institución en beneficio propio y/o del partido que les propuso, por encima de los intereses de la ciudadanía; a quienes tienen una avidez desmesurada de poder por el poder, de medro y lucro personal y han convertido los instrumentos que son las instituciones en fines en sí mismos olvidando a la gente de la calle… A quienes actúan con una soberbia y prepotencia patológica. En suma, a quienes no les importa utilizar la mentira, el engaño y las medias verdades, falsear los hechos y desprestigiar a personas e instituciones en beneficio propio.

-Después de tu dimisión, has reconocido haber recibido presiones tanto de dentro como de fuera del Consejo. ¿De quiénes exactamente? ¿Qué te pedían? ¿Actuaste siempre bajo el mandato de tu conciencia?
-Habría que decir que denuncié presiones de dentro y fuera bastante antes de presentar la dimisión. Y algunos medios recogieron con equidad esta denuncia. Nunca he querido personalizar estas presiones porque creo que esto no es siquiera lo más importante. Sí lo era que en el fondo revelaran que ni tirios ni troyanos querían un CAA realmente independiente, sino al servicio de sus intereses de partido. La confrontación interna llegó al punto de que mi voto era siempre el decisivo. Pero puedo asegurar que siempre actué conforme a mi conciencia, después de analizar los informes técnicos y jurídicos, de oír todos los argumentos y pensando en los intereses de los andaluces. Hay un dato incuestionable: he sido el único miembro del CAA que siempre ha votado en sintonía con los informes técnicos y jurídicos de una administración que intentamos fuera competente e independiente. Yo no tenía que salir de los Plenos para llamar por teléfono, bien para recibir instrucciones, bien para transmitir los resultados de decisiones a cuyo secreto estábamos obligados.

-En su web oficial, el Consejo Audiovisual de Andalucía se define como un “órgano independiente que vela por el cumplimiento de la normativa audiovisual en Andalucía”. ¿Cuál es el problema? ¿Que no es tan independiente? ¿Qué no es vinculante? ¿Qué es lo que falla?
-Lo que dice la web es lo que dice la Ley 1/2004 que el CAA debe ser. Lo cierto es que es una ley muy limitada, si la comparamos con otros Consejos de nuestro entorno como el de Catalunya, Francia o Portugal… Un buen número de los dictámenes de la institución son preceptivos, pero no vinculantes. Pero, más allá de la ley el problema es que en la actualidad el CAA no es una institución independiente al servicio de la ciudadanía, sino un conglomerado de intereses de partidos en el que no siempre se impone lo que es más razonable…

-Durante el tiempo que fuiste presidente, ¿qué fue, a tu juicio, lo más grave ocurrido en el panorama audiovisual andaluz?
-En concreto, la presencia de pornografía, de violencia y otros contenidos inadecuados en horario de protección de menores… Y el pluralismo (o más bien la ausencia de él) al que los medios –especialmente los públicos- están obligados.-El Consejo denunció la falta de pluralismo de la RTVA durante la última campaña electoral. Mientras tanto, Rafael Camacho, su director general, manifestó su indefensión ante tal acusación. ¿El Consejo puede o pudo demostrar empíricamente esa manipulación?
-Más exactamente, el CAA se pronunció sobre el cumplimiento del servicio público a que está obligada la RTVA y cuya vigilancia corresponde al CAA. Lo hizo a través de su dictamen jurídico y de una decisión por mayoría absoluta válidamente adoptada, que no comportaba limitación de derechos en el operador. Y las decisiones de una alta institución deben ser acatadas –si bien existe el derecho de discrepar, utilizar recursos de reposición o incluso acudir a los tribunales. Y esto no puede llamarse precisamente “indefensión”. En este caso, por razones que desconozco, no se utilizó el recurso de reposición ante el propio Consejo que sí había sido ya utilizado por desacuerdos menores, y que es el procedimiento adecuado para “defenderse”.

-Manuel Ángel, te propongo ahora un juego de imaginación. Piensa por un momento que el Consejo Audiovisual de Andalucía pudiera pasar una encuesta anónima a todos los periodistas que trabajan para la RTVA preguntándoles sobre su libertad e independencia. ¿Qué crees que contestarían?
-Creo que esa tarea no corresponde al Consejo. Hay otras vías e instrumentos de la RTVA, sobre todo desde la aprobación de la nueva Ley, como el Consejo de Administración o, incluso, el superior control del Parlamento. Sinceramente, si se hiciera tal encuesta no sé qué contestarían.

-¿Alguno de esos periodistas te ha confesado, off the record, algo que jamás diría públicamente?
-Sí. Pero también he de decirte que muchas de las quejas de excelentes profesionales de la RTVA vienen de ese estado permanente de sospecha (cuando no de abiertas acusaciones injustificadas) a que están sometidos. Y esto también es injusto.

-Por cierto, ¿de quién depende garantizar que la selección de esos periodistas que trabajan para la RTVA se hace con criterios objetivos de profesionalidad?
-El art. 27.2 de la Ley 18/2007, de 17 de diciembre, de la radio y televisión de titularidad autonómica gestionada por la Agencia Pública Empresarial de la Radio y Televisión de Andalucía (RTVA) dice: “La contratación del personal laboral con carácter fijo se realizará de acuerdo con los principios de igualdad, mérito, capacidad y publicidad, mediante las correspondientes pruebas definidas, establecidas y convocadas por la persona titular de la Dirección General de la RTVA, de acuerdo con el Consejo de Administración”. Creo, por tanto, que el Consejo de Administración tiene una gran responsabilidad sobre ello. Y, por supuesto, “la persona titular de la Dirección General de la RTVA” elegida por el Parlamento.

-¿Te vas del CAA con la sensación de que aún quedan esperanzas para la ciudadanía, que tiene derecho a sentirse protegida frente al mercado audiovisual?
-¡Por supuesto que quedan esperanzas para la ciudadanía! En esto y en todo. No soy en absoluto fatalista, ni siquiera pesimista. Eso es lo que quieren quienes desean mantener el statu quo. El sistema audiovisual ejerce una gran influencia sobre la ciudadanía y ésta, como bien dices, debe protegerse y ser protegida, garantizándose el cumplimiento de cuanto dicen las leyes (por ejemplo, en cuanto a la emisión de pornografía, violencia o contenidos inadecuados para los menores; tiempo y carácter de la publicidad; pluralismo y veracidad informativa, etc.)

-Por cierto, Manuel Ángel, ¿ya trabajas en suelo universitario?
-El Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía, a petición propia, formalizó mi cese como presidente del CAA el 27 de mayo de 2008, y ese mismo día entró en el registro de la Universidad mi petición de reincorporación, que se hizo con fecha y efectos del 28 de mayo, día en el que me presenté en la Facultad de Comunicación, hablé con el Decano y con el Director de mi Departamento, y comencé a trabajar en mi despacho. Desde ese día estoy trabajando con más ilusión que nunca, y con proyectos muy importantes. Incluso tuve ocasión de impartir la última clase de la asignatura de Emilio Guichot el 2 de junio, sobre el CAA. La semana del 9 de junio hice un curso de actualización sobre WebCT y Genius para impartir docencia on-line. El 25 de junio –todo un signo de mi vuelta a la Universidad- Antonio Gómez Aguilar defendía una espléndida Tesis Doctoral codirigida por mí, y el día siguiente tuve el honor de ofrecer en Antequera una ponencia-marco sobre la reforma de los planes de estudio y el especio europeo de educación superior. Ese mismo día los alumnos del programa Aula Abierta de la Facultad me entregaban -¡fue una sorpresa para mí!- el premio como Universitario del Año en Andalucía, que recogí junto al Rector de la Universidad de Granada. Y el 29 de septiembre, día en que regresaba de un Congreso Internacional en Nueva York, cogí un taxi para la Facultad y comencé mis clases de este Curso 2008/2009.

-¿Trabajar en la Universidad es muy distinto a trabajar fuera de ella?
-En parte sí y en parte no. Sí, porque la institución universitaria debe garantizar la libertad de cátedra y de investigación, y te sientes mucho más libre, con el objetivo de responder a las grandes cuestiones e intereses humanos, de la gente de la calle, y no a concretos intereses ideológicos, económicos o políticos (al menos, así es en mi caso). En parte no, porque la Universidad tiene –como todos los ámbitos de la vida- su cuota de miseria humana, y en ella se reproducen, en escalas distintas, conflictos y confrontaciones que se dan fuera de sus muros. En cualquier caso, yo entiendo la Universidad como la institución encargada por la sociedad de acrecentar, cuestionar, conservar y transmitir los conocimientos a su más alto nivel, y por ello se debe y ha de rendir cuentas a la sociedad. No la idealizo, pero son ya casi 30 años de dedicación, y me siento muy feliz de haber podido convertir mi vocación (de compartir el conocimiento) en profesión.

-¿Qué te aporta la Universidad que no encuentres fuera?
-Mucha libertad, independencia, tiempo y serenidad para reflexionar. Y algo que tiene un valor imponderable: el diálogo constante con los alumnos, que enriquece y cuestiona nuestros conocimientos y certezas.

Y no quiero olvidar el contacto fecundo con muchos compañeros y compañeras con los que, codo a codo, en sinergia, construimos un conocimiento complejo y proyectado al mundo de la vida que va más allá de lo personal y patrimonial y que se enriquece con la colaboración. He de mencionar aquí, de manera muy especial, a Ángel Acosta, compañero y amigo desde hace ya décadas y secretario de mi grupo de Investigación en Teoría y Tecnología de la Comunicación, y a Elena Barroso, verdaderamente admirable por su entrega y rigor académico.

-¿Tus alumnos suelen ser conscientes de lo que les espera más allá de su graduación?
-En general no, aunque puedan imaginarlo. Es muy importante prepararlos también durante los años de su formación para facilitar su integración en el mercado laboral, aunque la Universidad tenga funciones formativas que van mucho más allá de ello y de una estricta “formación profesional”. Precisamente hemos dedicado, la segunda semana de septiembre un importante Curso en la UNIA a “Los nuevos perfiles profesionales ante las transformaciones del sistema audiovisual”. Y las estadísticas del INEM son terribles: 1 de cada 4 (25%) trabajará en el ámbito en el que ha sido formado; 1 de cada 4 (25%) trabajará también en comunicación, pero en otras especialidades distintas. Y el 50% restante no trabajará en Comunicación (serán oficinistas, camareros, etc.). Y los que tengan la suerte de trabajar en lo suyo, lo harán con una precariedad y desconsideración a su cualificación verdaderamente ofensivas…

-¿Crees que el periodismo es una profesión demasiado mitificada?
-Tal vez sí. Al menos, es lo que piensan los alumnos al entrar en la Facultad. Quieren ser periodistas siguiendo el modelo del 1 % de la profesión que triunfa y tiene una gran presencia mediática. Pero no cabe duda que –sobre todo ahora, cuando el periodismo es el primer poder, más que el cuarto poder- necesitamos periodistas honrados, valientes, dedicados a su profesión para el bien de la sociedad.

-¿Achacas algún tipo de responsabilidad a los medios de comunicación sobre ciertas anomalías políticas y económicas acaecidas en nuestro país durante los últimos 15 años? ¿Crees que han mirado deliberadamente hacia otro lado?
-Sin duda hay responsabilidades. Desde el hecho de que algunos medios participen o hayan participado en verdaderas conspiraciones antidemocráticas, hasta los silencios o connivencias que derivan de tener que financiarse con recursos de instituciones y empresas a las que no se puede cuestionar.

-¿La Universidad puede hacer algo, no sólo sobre los futuros profesionales de la Comunicación sino sobre el resto de la sociedad, para evitar que los medios públicos o privados se replieguen a los intereses del poder?
-Creo que sí. Una de las cosas en las que más he insistido en los últimos años es en la urgente necesidad de una adecuada alfabetización mediática que alcance a toda la sociedad para dotarla de medios, conocimientos y recursos para defenderse de una auténtica avalancha que le lleva a pensar, sentir, temer o adoptar pautas de comportamiento y valores. En ello la Universidad tiene mucho que hacer y que decir.

-¿Impartirás clase los próximos meses?
-Tengo muchísima ilusión en este curso, tras el paréntesis 2005-2008. Y tengo la suerte de impartir tres asignaturas preciosas y muy vivas: “Literatura y Espectáculo Audiovisual”, “Creatividad Literaria y Mitocrítica” e “Introducción a la Semiótica (Semiótica General y Aplicada)”. Durante los meses de junio y julio hice las nuevas guías didácticas para las asignaturas y he creado una plataforma para gestionar parte de la docencia por Internet. Y por supuesto, una parte importante de mi dedicación está volcada en la investigación, la reflexión y la creación.

-Por cierto, Manuel Ángel, ¿cómo es tu relación con los alumnos?
-Excelente. Verdaderamente inmejorable. Y -¡ojo!- esto no quiere decir que no haya habido algunos desajustes en más de 25 años de docencia, ni –mucho menos- que yo le caiga bien a todos los alumnos. Pero creo que mis alumnos y alumnas perciben el profundo respeto que siento por ellos, la importancia que doy a su libertad y al fomento de su capacidad crítica y creativa, el empeño que pongo para que participen, para que acudan a tutorías, para que dejemos atrás los objetivos meramente formales, y vayamos todos a enriquecernos a través de la construcción dinámica del conocimiento.

-¿Qué supuso para ti recibir el Premio a la Excelencia Docente?
-Fue fantástico. Sobre todo la primera vez, que fue un ensayo de los posteriores premios. En aquella ocasión se elegía sólo un profesor por Facultad, y no llegábamos a la veintena en toda la Universidad. Luego lo he recibido en cuatro ocasiones más (todas las que, voluntariamente, me presenté a la evaluación). Pero, sobre todo, me siento muy obligado: creo que cada vez debo realizar mejor esa tarea dignísima que es la docencia –para mí tan importante como la investigación. No sólo lo entiendo como un reconocimiento, sino como un verdadero reto para mantener viva mi motivación, mi actualización científica y también los procedimientos para transmitir de un modo eficaz y atractivo el conocimiento y fomentar habilidades, capacidades y actitudes adecuadas. 

-¿Qué es lo más importante que te ha ocurrido como profesor?
-Encontrarme, pasado el tiempo, con alumnos y alumnas que me han venido a ver porque -según algunos de ellos-, de algún modo, las clases conmigo contribuyeron a cambiar en algo –para bien- su vida. A veces incluso creo que puede ser excesivo, pero por mi parte creo que también tuve la suerte de encontrarme con profesores y profesoras que me abrieron la mente y de algún modo cambiaron mi manera de pensar y de sentir.

Por otra parte, lo mejor como profesor es llegar a aprender de aquellos a los que has transmitido conocimiento y contribuido a su aprendizaje. Me sentí muy bien hace apenas un año, al reencontrarme con un alumno de la primera promoción que tuve de Crítica Literaria, que es ya Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Huelva, y que aún recordaba algunos de los poemas que comentamos en el Curso 1980-81. Más recientemente una de las personas con las que puedo mantener conversaciones de auténtico calado intelectual es Antonio Pineda, que fue alumno en la carrera, a quien codirigí la Tesis y del que sigo aprendiendo mucho (¡sobre todo sobre Propaganda política!).

-A menudo se critica el sistema educativo español. Tú lo conoces bien y además, como profesor universitario, has recibido alumnos de muy distintas generaciones. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
-En primer lugar, los aspectos nucleares de la educación deben sacarse de la confrontación política y ser objeto de un gran pacto de Estado por la Educación que dé estabilidad e ilusión al sistema educativo. Por supuesto, ello no significa que en ciertos aspectos cada partido pueda diferir, pero sobre la base de acuerdos fundamentales.

Tal vez lo peor de las últimas décadas son las reformas y contrarreformas del sistema educativo (que se agudizan en el caso de la Universidad). Creo que no tenemos un mal sistema educativo, pero es preciso invertir mucho más en educación, reconocer y motivar el trabajo de maestros y profesores, y potenciar la colaboración entre los diferentes niveles educativos. La Universidad tiene un papel muy importante en la actualización científica y profesional de los docentes de otros niveles educativos.

Desde luego me preocupa el progresivo deterioro formativo que se percibe promoción tras promoción. Y me inquieta que algunos quieran aprovechar el proceso de construcción del Espacio Europeo de Educación Superior para convertir los Estudios de Grado en el Bachillerato que no han superado adecuadamente (en cuanto a su formación) muchos alumnos.

-¿Cada vez recibes alumnos mejor o peor formados?
-En general, peor formados, aunque con llamativas excepciones que demuestran que no tendría por qué ser así. Eso quiere decir que, junto a un tono general más bajo, en la actualidad también acceden a la Universidad algunos alumnos con la mejor formación. Como no soy elitista, creo que esto debe corregirse. Por supuesto, hacia arriba…

-Conociéndote, Manuel Ángel, me resulta extraño pensar que sólo te dedicarás a dar clases…
-Bueno… La propia naturaleza de la docencia universitaria impide que nos dediquemos sólo a dar clases. Tras cada clase debe haber un buen número de horas de lecturas, de investigación, de preparación tecnológica, de construcción activa del conocimiento.

Por otra parte, siempre he pensado que hay que intensificar la relación entre Universidad y Sociedad, por lo que, dentro del marco de nuestra compatibilidad, siempre he participado en otros proyectos (ciclos, conferencias, congresos, etc.)

Y, por supuesto, es mi objetivo intensificar mi dedicación a la creación en los próximos años.

-¿Tienes en mente volver a escribir?
-Nunca he dejado de escribir. Creo que ello forma parte de mi vida, casi como respirar o alimentarme. Y cada vez más imperativamente. Quizás el hecho de que haya sido –quizás en exceso- muy exigente conmigo mismo y haya publicado poca creación puede distorsionar mi perfil.

Antes de pensar en ser profesor universitario, tenía muy claro que mi vocación era la escritura creativa: poesía, narración, ensayo… Y ahora estoy dispuesto a darme mi definitiva oportunidad.

Pero pienso también en otras formas de creatividad que sabéis me gustan y respeto mucho, fundamentalmente en el ámbito audiovisual e informático (ahora me estoy dedicando intensamente a mi blog http://fcom.us.es/blogs/vazquezmedel) aún en fase experimental.

-Durante tu larga vida profesional, has estudiado a fondo la obra de importantísimos autores como Fernando Pessoa, Luis Goytisolo, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Fernando de Herrera, Luis Cernuda y, cómo no, Francisco Ayala (¿cómo está don Francisco?) ¿Cuál de ellos te parece más fascinante?
-Ante todo: don Francisco está fenomenal con sus casi 103 años. Hace apenas unas semanas estuvimos en Madrid (mi esposa y yo) con Carolyn Richmond y con él, y nos tomamos una espléndida paella, acompañada de buen Rioja… Tiene un apetito excelente. Y, como siempre, estuvo divertido, con buen sentido del humor y esa extraordinaria inteligencia ética que le caracteriza… Aunque muy preocupado por todo lo que ahora está ocurriendo, y siguiendo con mucho interés las elecciones presidenciales norteamericanas.

En cuanto a la otra parte de la pregunta, me alegra pensar que la experiencia literaria y artística (la de los creadores, pero también la de los receptores) no exige jerarquías ni prelaciones, aunque inevitablemente todos tenemos nuestros favoritos.

Cuando yo pienso en los escritores sobre los que más he escrito, veo ahora un cierto hilo conductor. Sin duda, los que más intensamente me han acompañado han sido Juan Ramón Jiménez y Francisco Ayala, tan distintos y, por otra parte, con aspectos esenciales en común: su insobornable libertad e independencia crítica, su amor a la obra bien hecha, su profundo sentido ético y estético…

Comencé trabajando sobre el poeta sevillano Fernando de Herrera porque –como dice Gabriel Celaya- es el primer poeta puro de Europa: un hombre que se dedica por completo a la escritura, con una exigencia extraordinaria… Por otro lado, fue un defensor de Andalucía frente a Castilla, y tuvo que pagar un precio muy alto por ello. Forma parte de lo que Blecua llamaba “el rigor poético”, y sus mayores representantes en España han sido Juan Ramón y Herrera.

Fernando Pessoa es un caso especial: fue un descubrimiento deslumbrante en los años ochenta –mi Fernando Pessoa: identidad y diferencia es una contribución a su centenario en 1988- y me ha seguido acompañando hasta hoy. Por otra parte, con mis estudios a su obra –como en el caso de José Saramago- puedo demostrar mi amor profundo por la lengua y la cultura lusas (y aquí incluyo a Brasil, junto con Portugal).

Para mi generación, que es la de los ochenta (en poesía, García Montero, Benítez Reyes –al que tuve, por cierto, como alumno- o Carlos Marzal, algo más jóvenes que yo), junto con la lectura de la generación del medio siglo (¡me encanta Caballero Bonald!), fue determinante el deslumbramiento del 27 y sus poetas. Mis primeros artículos estuvieron dedicados a ellos, participé en los actos del Ateneo de Sevilla en el homenaje del cincuentenario en 1977 –con apenas 20 años-, y tuve la suerte inmensa de conocer y tratar a Alberti, como cuento en mi Rafael Alberti y Andalucía. No es extraño, pues, que dedicara a La última estación poética de Vicente Aleixandre mi lección para las oposiciones a Titular, que aceptara ofrecer una lectura viva y divulgativa de Luis Cernuda en mi libro El deseo, la rosa y la mirada, o que eligiera la relación entre Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca como lección de ingreso a la Academia de Buenas Letras de Granada… Para la investigación de Cátedra trabajé sobre la relación de Unamuno con el periodismo, y pronto saldrá un volumen sobre ello.

He de añadir algo más: tengo una especial predilección por aquellos autores, de innegable valía literaria y que por alguna razón aún no han sido leídos y reconocidos como merecen. En este proceso, he visto cambiar –favorablemente- la apreciación de alguno de ellos: es el caso de Ayala o de Sánchez Ferlosio… Pero me quedan importantes batallas por librar, por ejemplo, en el caso de Antonio Carvajal, uno de los mejores poetas vivos en lengua española…

Canción de la ciudad
Amo a los hombres que una luz futura
nutren con los ardores de su vida
y saben que el presente es la mentida
brasa de una existencia no segura.

Los que son faros en la noche oscura
para la nave errada o sacudida;
los que ponen ungüentos en la herida
y dan alivio y paz, si no dan cura.

Los que comparten mesa y agonías
y duplican tus gozos y alegrías
y, si te falta fe, te dan certeza.

Ellos, que, si has caído, te levantan
y sufren más que tú y que yo y que cantan
la vida por hacer y su belleza.

Antonio Carvajal.

-¿Tu amor a la literatura (aparentemente desmedido) procede de algún autor en concreto?
-Bueno: mi amor a la literatura es más que “aparentemente” desmedido: es desmedido en el sentido en que, como experiencia, supera todo límite y medida. Porque he alcanzado en mi personal relación con la literatura algunos de los momentos más intensos de mi vida, sólo comparables a los momentos especiales con mis personas más queridas. Y por ello deseo contagiar este entusiasmo a otros: porque creo que lo que es bueno para mí, y me hace feliz y mejor persona, tal vez pueda contribuir también a la felicidad de los demás… No hay otras razones o argumentos. No, desde luego, de carácter erudito: la literatura que amo es experiencia real, viva, intensa…

Sería injusto si no reconociera el papel que desempeñaron en mi amor por la literatura mis profesoras de ingreso y de cuarto de bachillerato –doña Carmen Solís y doña Dolores. También la fascinación del primer libro que tuve muy pequeño: Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Quizás haya sido Juan Ramón quien haya tenido un mayor peso en mi amor por la literatura.

Todo esto se resume en el título de un librito que saldrá pronto: Razones para leer: razones para vivir.

-¿Cómo recuerdas tus primeras lecturas?
-Vivamente, con pasión, con entusiasmo… He de recordar que yo conocí la televisión –que comenzó en España el año de mi nacimiento- ya siendo un niño crecido, por lo que la lectura y la música (oída en la radio, y más tarde, a los 14 años, en el primer reproductor de casetes que pude comprar) fueron para mí –con los juegos infantiles- los principales ingredientes de mi ocio.

Como entre semana no nos dejaban leer, ya que había que hacer los deberes del colegio, esperaba con fascinación el sábado y el domingo: aún me veo metido en la cama, sintiendo el olor limpio de las sábanas y leyendo Robinson Crusoe, La isla del tesoro, Las aventuras de Tom Sawyer o las novelas de Julio Verne…

-¿Empezaste por el tebeo, la novela, la poesía…?
-Por supuesto, por los tebeos: era un lector incansable de tebeos (Capitán trueno, Hazañas bélicas… me divertían especialmente Mortadelo y Filemón), y de los primeros libros de cómics que nos llegaban de América… Y, como acabo de decir, me encantaban las novelas fantásticas y de aventuras (¡las aventuras de los 5!). Pero siempre dejé un lugar muy especial en mi corazón para la poesía, que sentía muy agudamente. Comencé con algunos poemas de Bécquer –me fascinaron sus Rimas y Leyendas-, Darío, Machado, Juan Ramón… Y recuerdo especialmente, en los años tempranos de nacimiento de mi conciencia social (¡fui procesado por el Tribunal de Orden Público con 16 años!) la lectura de los poemas de Miguel Hernández en una Antología de Plaza y Janés, aún entonces censurada. No olvidemos la importancia que para mi generación tienen los cantautores: el Machado o el Hernández de Serrat, o el amplio repertorio de poetas que llevaba Paco Ibáñez. Esa es la atmósfera en que nace en Huelva Jarcha, un grupo en el que tenía varios compañeros y amigos.

-¿A lo largo de tu vida has tenido una lectura ordenada de autores, géneros y movimientos?
-No exactamente. Aunque la formación filológica pautó ciertos ritmos de lectura, nunca me gustó leer sólo por obligación. Incluso ahora, cuando estoy algún tiempo centrado en algún autor o época, procuro leer al mismo tiempo otras cosas por puro placer. He leído más creación literaria contemporánea, pero para ello es también necesario conocer las épocas anteriores. La lectura es como la vida misma. En ella hay algo de azaroso, de caótico, de improviso… Y así hay que aceptarlo.

-¿Has elegido los libros que has leído o ellos te han elegido a ti?
-Es una buena pregunta. Aunque aparentemente somos nosotros los que elegimos los libros, hay numerosos factores que nos ponen en contacto con otros libros que parecen elegirnos a nosotros. Y hay en esto como “flechazos”: cuando menos lo esperas, aparece –como me ocurrió, por ejemplo con Pessoa o con Carvajal- autores que te fascinan y que sabes que te van a acompañar siempre… Igual me ocurre con la investigación y el ensayo, que considero tan creativo como la poesía o la narrativa: hay autores que han cambiado mi modo de ver las cosas, como Víktor Frankl y su “logoterapia”, que me llegó de la mano amiga de Adrián Huici…

-¿Crees que los libros que leemos determinan nuestra actitud ante la vida?
-Sin duda. Como no soy “determinista” diría que “condicionan” nuestra actitud, nuestros valores… Y hasta conforman nuestros deseos y temores.

-¿Leer siempre nos hace libres y felices?
-Las lecturas adecuadas, sí. Hay otras que, como en los paquetes de tabaco, se debería indicar que pueden ser perjudiciales para la salud. Pero los buenos libros (los que nutren la gran literatura) ensanchan nuestra mirada, nos ofrecen horizontes nuevos, nos permiten vivir vidas que nos han sido vedadas, ponernos en el lugar del otro… Y por ello ser más tolerantes, más comprensivos y… sí, más felices, aunque a veces en esa felicidad haya también dolor. Se trata de una experiencia de gozo y no sólo de placer: el gozo es conformidad con nuestras propias raíces y disfrute desde nuestra integridad.

-¿Y entre la buena literatura existen las malas compañías?
-Entre la buena literatura, por definición, no. Hay formas de creación y formas de lectura –e insisto en esto último- que pueden dar lugar a representaciones mentales y actitudes vitales negativas, como las malas compañías. Por ejemplo, un autor tan estimulante y crítico como Nietzsche, mal leído, nutrió la monstruosidad del nazismo…

-Y hay libros que nos generan dudas tan peligrosas que pueden incluso acabar con nosotros…
-Es cierto. Un libro activa en nuestra mente representaciones, conexiones, estados de ánimo, que pueden resultar peligrosos. Por ello hay que formar adecuadamente para la lectura. Un buen lector sabe tomar distancia y ser más inmune a ciertos valores negativos que podrían desprenderse de ciertas lecturas. Forma parte de ese pacto ficcional que preside la experiencia de la literatura de ficción. Si no, puede ocurrirnos como a aquellos oyentes de La guerra de los mundos que creían que lo que oían por radio estaba sucediendo en realidad.

-Una curiosidad sin demasiada importancia: ¿cuántos libros calculas haber leído en tu vida?
-¡No los he contado, pero varios miles…! Es cierto que, de ellos, me han marcado de verdad apenas unas decenas, que constituirían mi “biblioteca ideal”. Borges fue muy valiente al ofrecernos una selección personal de sus libros más queridos, entre los cuales, por cierto, hay muchos que también lo son para mí.

-Y a estas alturas, ¿qué lees?
-En estos justos momentos estoy releyendo por enésima vez los libros de Lírica de una Atlántida, de Juan Ramón Jiménez; también releyendo El libro del desasosiego de Fernando Pessoa; varios libros sobre “creatividad”… y un excelente libro de relatos de Adrián Huici titulado In nomine patri(s) y otros relatos.

-Siempre he admirado tu optimismo, tu capacidad para ver estrellas entre el gris oscuro de las nubes. ¿Me sabrías decir de dónde proviene ese aspecto de tu carácter?
-Bueno… Ante todo, muchas gracias: para mí es importante que las personas a las que aprecio y me importan –y tú estás entre ellas- perciban esto y tengan esta opinión. En efecto, procuro ser optimista, positivo; mirar siempre adelante sin que me enreden los lastres ni las nostalgias del pasado. No neutralizarme con resentimientos ni odios estériles. Y creer en la gente, confiar, aunque por esto también pague mi precio y haya tenido traiciones y desencantos. He tenido siempre como principio de acción hacer todo el bien posible y evitar todo el daño posible.

Creo en la Gaudium essendi, la Alegría o Gozo de Ser, que está más allá de las alegrías o placeres de tener, poder e incluso saber… Y nadie nos la puede arrebatar. Creo que la ilusión, el entusiasmo, la felicidad son contagiosos y “revolucionarios”, en su etimológico sentido de “transformadores”.

Y hay algo muy importante: una buena parte de todo ello, desde hace más de tres décadas, lo debo a mi compañera, Juana, para mí la persona más alegre y más hermosa que he conocido nunca… Creo en el Amor como categoría central de la existencia, y creo que el fruto del Amor es la Alegría y la Paz… Por ello mis hijas se llaman Leticia e Irene.

 

 

-Permíteme, por un momento, volver a don Francisco Ayala. ¿Qué te une a él?
-Son muchas las cosas que me unen a Francisco Ayala, tanto literaria como personalmente. Sobre todo, su sentido justo de la vida, con los pies en la tierra, sin falsas esperanzas, pero con la capacidad de seguir viviendo y superar todas las adversidades sin victimismos. Me interesa su aguda inteligencia, su sentido del humor, su mirada crítica sobre el mundo. Su profundo sentido de libertad y de fidelidad a su propio destino.

En un comentario a su relato Glorioso triunfo del príncipe Arjona lo expresé con concisión, y no sabría ahora hacerlo mejor: “Tal es verdaderamente (y no la victoria de Kurutsetra) el ‘Glorioso triunfo del príncipe Arjuna’: aceptar su destino; actuar con ecuanimidad; buscar un orden pacífico y justo… superar los engaños de los sentidos, la avidez de placeres, el miedo al dolor… aceptar la muerte para vivir con dignidad y reconocer que sólo es invulnerable quien ya está muerto. Pero que, tal vez, en esa total extinción, en esa nada, se alcance la felicidad prometida del nirvana. Ayala es, por encima de toda consideración, un escritor ejemplar: un clásico, un modelo digno de imitación. La aceptación de sus circunstancias vitales, la sabia distancia que adopta ante una felicidad que sabe efímera y un dolor que proclama inevitable, la capacidad de indicarnos el camino desde nuestra situación histórica hacia la radical pregunta por el Ser (y hacerlo de manera tan hermosa)… su conformidad ante la fatalidad de la muerte le han hecho ya, de alguna manera, inmortal… En ello consiste el glorioso triunfo de Francisco Ayala”. Además, Ayala es de las pocas personas de las que puedo decir, a pesar de los 50 años que nos separan, que es mi amigo.

-Somos muchos quienes nos rendimos a su grandeza literaria, a su ironía, a su sentido del humor. ¿Crees que su obra aún no goza del debido reconocimiento público y oficial?
-No. O, tal vez matizando algo: goza de reconocimiento (tiene todos los grandes Premios –Cervantes, Príncipe de Asturias, de las Letras Españolas- excepto el Nobel) pero no de suficiente conocimiento. A la gente “le suena”, pero no lo ha leído, que es el mayor homenaje que se puede hacer a su obra. De ahí mi personal empeño en potenciar su lectura: porque creo que, además de hacernos disfrutar, nos hace mejores, más libres, más abiertos, más tolerantes, más exigentes con nosotros mismos.

Tal vez si se consiguiera llevar al cine sus grandes novelas Muertes de perro y El fondo del vaso, y a la televisión una serie basada en Los usurpadores y La cabeza del cordero, se promovería más su lectura, como ocurrió con Torrente Ballester a propósito de Los gozos y las sombras.

-¿Ganará el Nobel?
-Creo que, por desgracia, no ganará el Nobel. Nunca se ha concedido el Nobel a una persona centenaria. Pero en su caso, como en de otros grandes escritores, ni conseguirlo añade, ni no conseguirlo resta nada a su producción literaria. En esto comparte destino con su amigo Jorge Luis Borges.

-Y ya para terminar, Manuel Ángel, ¿cómo me definirías la palabra “dignidad”?
-Dignidad es calidad (humana, profesional, etc.), es responsabilidad y decencia, es fidelidad a valores e ideales nobles pero concretos y, para mí, es servicio a los demás. Sobre todo, es mantenerse íntegros e insobornables ante nuestras convicciones más profundas.

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