Publicado el 16 mayo 2011 por manuguerrero
Publicado el 15 mayo 2010 por manuguerrero
Pensemos por un momento cómo era este país en 1995. Dejemos a un lado los numerosos casos de corrupción política que un año después acabarían con el gobierno socialista, que llevaba en el poder ininterrumpidamente desde 1982, y centrémenos en la economía real. Con 39 millones de habitantes padecíamos un 22’7% de desempleo según el Instituto Nacional de Estadística. Un 19% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza relativa. Éramos un país deprimido porque no había perspectivas de mejora y todo el oro que relucía se debía a las titánicas subvenciones que llegaban directamente de Bruselas como apoyo directo a uno de los países más pobres de la Unión Europea. Dinero que iba para modernizar las infraestructuras, para subvencionar a unos agricultores en declive etc… Pero lo sustancioso, es decir, la prosperidad de Estado, empresarios y empleados en general estaba en depresión profunda. Comprensible en un país que tradicionalmente ha importado más de lo exportado y cuyo crecimiento se circunscribe fundamentalmente al sector servicios. La única ilusión posible recaía en ese momento sobre la alternancia política. Otros gestores, otro panorama. Se pensaba.
Lo que ocurrió entre 1996 y 2004 lo sabemos todos. De repente el PIB español comenzó a subir y medio mundo se asombró de la gran hazaña del señor Rato. Héroe nacional, mago de la economía, el gran gurú del siglo XXI… tanto se decía sobre sus méritos que el Fondo Monetario Internacional le acabaría aceptando como Director Gerente en 2007. Insólito: Un español en el FMI, algo que no había ocurrido desde su fundación en 1946.
Pero ¿en qué consistía la gran pericia de don Rodrigo? La gran pericia de don Rodrigo se llamaba Ley de Extranjería (Ley Orgánica 4/2000) y no dependía de su ministerio pero le venía que ni pintada. Ese año había en España 923.879 inmigrantes censados (un 2’28% de la población total). Sólo cuatro años después: 3.034.326 (un 7’02%…) Qué bien, un gobierno conservador ocupándose de los derechos y libertades de la población extranjera. Como progresista que soy debía felicitarles. Pero qué casualidad, entre 1996 y 2006 los beneficios empresariales aumentaron un 73% mientras que el salario medio real de los españoles caía un 4% según la OCDE. El único país, repito, el único país de los 30 que integran la OCDE cuyos asalariados pierden poder adquisitivo en esa década. Es fácil pillar al trilero, ¿verdad? Si en esa época levantabas la voz te llamaban xenófobo, y eso no es más que una humillación. Pero la mano de obra no hacía más que bajar y el producto final, subir. El IPC subía a una media de un 4%. ¿Dónde estaban los nuevos ricos? ¿Y los nuevos pobres? Sí, el paro había bajado a un 11% de la población total, pero ¿a qué precio se vendía empleo? ¿y a qué precio se vendían casas? ¿Cuánto tiempo podría estar el trilero engañándonos? ¿Cuánto tiempo íbamos a estar haciendo el bobo? –Aquí, querido lector, un inciso: ¿qué programas recuerda haber visto usted en televisión entre los años 2000 y 2005?-
Prosigamos. Mientras el país acogía cariñosamente a millones de inmigrantes (lo pongo en cursiva porque eso es ya cuestión de talante: yo compartía piso con un ecuatoriano y entre él y yo había mucho cariño), de España emigraban miles de titulados universitarios: biólogos, arquitectos, ingenieros, periodistas, filólogos etc… Recibir mano de obra barata y expulsar mano de obra cualificada es muy buen negocio para unos que yo sé, pero para el interés público presente y futuro es una auténtica sangría. Reino Unido, Alemania o Japón están ahora beneficiándose gratuitamente de la millonaria inversión que hemos realizado sobre miles de jóvenes españoles. Y que no se nos olvide, se nos han marchado los mejores, los más capaces, los mejor preparados. Ahora tienen su sitio y no pretenden volver. O quizá sí para disfrutar bajo el Sol su lejana jubilación. No me explico cómo las televisiones públicas no censuran programas del tipo Españoles por el mundo. Jijí, jajá, qué modernos somos. No sé cómo no les escuece. Esos programas no hacen más que recordarnos: chico, si quieres prosperar vete de este país. Cualquiera que sale retratado cobra 2.500 euros, tiene vivienda propia y puede hacer planes de futuro. Eso, aquí, que levante la mano. Los peores contratos (dos de cada tres jóvenes trabajadores tienen un contrato precario) y las hipotecas más grandes, en nuestra querida España.
1995 no está tan lejos. Y no quiero decir que 15 años no es nada, quiero decir que estamos en las mismas, con un 20% de desempleo y un futuro que llama al desaliento. Gentes que van, gentes que vienen. Pero sólo a la espera de un nuevo trilero que nos pueda engañar. Porque lo demás parece que es imposible.
Publicado el 30 diciembre 2009 por manuguerrero
Cuando se aproxima Nochevieja suele darme por parar y pensar en lo que fue y quedará del año que termina. Lo hago, reconozco, involuntariamente desde los trece o catorce años. Es como asimilar una página antes de pasar a la siguiente en un gran libro que trata sobre la vida colectiva y personal. Antes de inspirar, queramos o no, hay que expirar y así sucesivamente.
Desde hace unos meses, además, tengo la sensación de estar viviendo un capítulo clave de la Historia del mundo. Un año a la altura de 1989, 1973, 1945 o el más remoto 1929. ¿He dicho remoto? Quería decir cercano…
A menudo pensamos en esos años y le reconocemos su indudable valor histórico, pero rara vez los relacionamos con el día a día de la gente. Para superar eso no hay más que preguntarle a un alemán qué hubiera sido de su vida sin 1929. O a un español sobre lo que hubiese ocurrido si los alemanes hubieran tenido una Historia diferente.
Mucho se ha comparado la crisis del 09 con la del 29, suicidios incluidos. Todo tenía que saltar por los aires y afortunadamente saltó, puesto que íbamos por el camino equivocado. En ambas ocasiones, el fenómeno se inició en Estados Unidos, tras una década de crecimiento económico, incremento del endeudamiento y especulación bursátil (con beneficios rápidos y fáciles).
Pero a mí la imagen que me queda como reflejo no sólo de 2009 sino de toda esta turbia época que vivimos no es la subastada chaqueta de Bernard Madoff, ni la de los brokers neoyorquinos sacando sus pertenencias en cajas de cartón, sino la del amerizaje del señor Sullenberger. Gracias a Chesley Sullenberger pudimos ver a 155 personas flotando sobre el río Hudson. Fue alucinante contemplar un Airbus A320, tecnología punta, hundiéndose por culpa de una malvada tropa de pajarillos. Un cacharro de 42 toneladas derribado por seis o siete gansos de no más de 5 kilos. ¿No es curioso?
No, no es curioso. Es trágico. Precisamente eso es lo que nos ha ocurrido a todos: se nos ha venido abajo la casa porque una linda mariposa se posó sobre la antena de nuestro tejado. La verdad es que uno lo piensa y siente vergüenza ajena. Ver cómo, después de dos mil años, hay puentes romanos que soportan el tránsito de vehículos pesados y, en cambio, urbanizaciones enteras sin estrenar, vendidas en la categoría de lujo, se caen por el peso de las grietas. Es lo que había. Díaz Ferrán no siente pudor al reconocer que él no volaría en un avión de su compañía. Anders Dahlvig se niega a meter en su casa muebles de su factoría, es decir, de Ikea. Y el del bar de la esquina, por más que nos empeñemos, jamás va a probar las croquetas que amasa con sus propias manos.
Es la mentira que nos ha tocado vivir. Pero todo eso, por suerte, se está hundiendo lentamente en las truculentas aguas de la Historia. Nos queda la metáfora -lo único que nos importa-, que sigue a flote sobre el río Hudson, en el oeste de Manhattan. Porque las metáforas, como muy bien saben ustedes, nunca mueren.
Publicado el 19 julio 2007 por manuguerrero
Empieza la Guerra Fría. Interna y personal pero más gélida que la que conocemos por los libros de Historia. Llamémosle cambio climático. Por ejemplo.
Publicado el 09 abril 2007 por manuguerrero
Me confieso asiduo lector de los suplementos culturales de la prensa general y semanalmente empleo parte de mi tiempo en escrutar mi hábitat. Como todos los miércoles, el pasado 4 de abril leí Cultura/s de La Vanguardia y quedé ligeramente conmovido. El tema central del suplemento era contundente: “Contra la sociedad hiperactiva”, una tendencia ideológica que va ganando adeptos principalmente en Europa. Tardé poco en asentir tras leer, de Jordi Pigem, que somos sumisos de tres dichosas letras: la “p”, la “i” y la “b”. Vivimos para producir continuamente –decía el reportaje- a pesar de ser conscientes de que nos estamos cargando la naturaleza y nuestra propia paz interior. Es muy fácil percibirlo pero es muy difícil liberarse: somos esclavos del Producto Interior Bruto.
La economía se ha convertido ya en religión universal, una religión “que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud)”, sintetiza Jordi Pigem. Y añadamos poesía…
Y el caso es que nos la damos de listos cuando ya los pueblos indígenas se guiaban por el criterio de la séptima generación (ten en cuenta las repercusiones de tus actos en la séptima generación, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos) demostrando saber de sostenibilidad mucho más que nosotros.
Creo que necesitamos transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Como dice Jordi, se trata de “fomentar la alegría de vivir y convivir, de desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos los unos a los otros, de crecer en tiempo libre y creatividad, crecer como ciudadanos responsables de un mundo bello y frágil”.
Aplaudo convencido cualquier reportaje capaz de meter el dedo en la llaga de nuestro sistema de valores. El periodismo ha de ser testigo de nuestros comportamientos y advertirnos de nuestras perversiones. Jordi Pigem lo ha dejado claro: o cambiamos pronto o no habrá nada que cambiar.
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