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Yo también quiero pactar

Publicado el 07 julio 2016 por manuguerrero


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Es tal la distancia entre los aparatos de los partidos y sus propios votantes que ahora no nos sorprenden (pero nos horrorizan) situaciones como las que vemos desde el pasado mes de diciembre. Me refiero a su miedo a pactar. ¿Por qué?

Tras los resultados del 20D, el PSOE le negó la palabra al PP y a los partidos independentistas, Podemos no quiso pactar con el PSOE y Ciudadanos sí con el PSOE pero no con Podemos. La actitud de los socialistas era hasta cierto punto comprensible porque aunque no era la fuerza más votada los números salían: había más diputados progresistas que conservadores y se veía legitimado para abanderar el cambio. No fue posible por los motivos que ya esgrimimos en un artículo anterior.

Después del 26J el panorama no es mucho más prometedor. El PP ahora sí quiere coger las riendas de las negociaciones (lo de sentarse a ver cómo se queman los demás es irritante) porque se siente avalado por las urnas y la presión corre en contra del resto de los partidos. Unas terceras elecciones sería ya un escenario tan esperpéntico que achicharraría vivo al partido que se entendiera como máximo responsable de la repetición. Pero ¿a qué se debe ese ritmo tan excesivamente lento en las negociaciones?

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MADRID 21/04/2016  Política.  Pablo Iglesias en presentación libro de Carlos Fernández Liria, en la facultad de Filosofia de la U. Complutense
En la imagen Pablo Iglesiaa
FOTO de AGUSTIN CATALAN

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Pero Pablo, ¿qué hemos hecho?

Publicado el 29 junio 2016 por manuguerrero



MADRID 21/04/2016 Política. Pablo Iglesias en presentación libro de Carlos Fernández Liria, en la facultad de Filosofia de la U. Complutense En la imagen Pablo Iglesiaa FOTO de AGUSTIN CATALAN

Las papeletas electorales son como los exámenes de tipo test. Uno se decanta por una opción pero no explica los porqués. A veces la X marca una posibilidad que te convence, otras como descarte a las demás o incluso -esto es más común de lo que parece- denota un voy a probar a ver qué ocurre. De modo que no es fácil interpretar los resultados. Solo cierta habilidad y mucha experiencia ayudan a comprender lo que está pasando.

Es exactamente lo que le sucedió a Pablo Iglesias el pasado 20 de diciembre, que no supo ver lo que había detrás de aquellos 5 millones de votos que le apoyaron. A comienzos de marzo, cuando aún existía margen para maniobrar, yo lo expresaba así en mi perfil de FB.

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Ahora creo que llevaba razón…

Iglesias fundó su partido en 2014 y fue tan ingenuo que se veía en La Moncloa tan sólo 2 años después. Hubiera sido insólito en la historia de este país y me atrevo a opinar que una apuesta demasiado arriesgada por parte del electorado. Con más de 5 millones de apoyos tuvo una ocasión de oro para convertirse en decisivo, demostrar su voluntad real de acabar con el gobierno de la derecha y hacer ver a todos (simpatizantes y detractores) que a pesar de su juventud tenía la madurez suficiente para asumir responsabilidades. Todo eso fue mandado a la papelera rechazando, la misma noche electoral, su apoyo a que Pedro Sánchez fuera el nuevo presidente del gobierno. Tras el recuento de diciembre consideró que el millón de votos de IU le hubiera valido para el famoso sorpasso que esperaban en el primer intento. Con esa estrategia lo tenía fácil: le bastaba pedir un referéndum en Cataluña para no cerrar un acuerdo con un partido federalista y constitucionalista.

Pero ya se sabe: la avaricia siempre rompe el saco.

Ahora Pablo Iglesias queda como el máximo responsable de los más que previsibles y merecidos 4 nuevos años de Mariano Rajoy. Pudo apoyar a Sánchez y exigirle buena parte del programa que le dio relevancia social: lucha contra el fraude y la corrupción, derogación de la Lomce y la reforma laboral, nueva ley electoral, así como otras medidas de corte social. A Podemos se le votó en diciembre para eso: no para que se encargara de gobernar el país, sino para que lo condicionara. Podemos debió comprender que aquello de su programa que chocara con el PSOE debía esperar hasta convertirse en la primera fuerza de la izquierda. Ser tercero en los resultados es lo que tiene, el juego democrático es así…

Fusionarse con Izquierda Unida mandó al traste su gran virtud, la transversalidad. Olvidaron que España sigue siendo un país sociológicamente socialdemócrata, y que cuando se enfada con el PSOE (que tantos motivos da, por cierto) no lo castiga votando al Partido Comunista sino al Partido Popular. Integrar a los comunistas en sus filas no hizo más que resucitar viejos miedos. Muchos de quienes votaron en diciembre a Ciudadanos han vuelto al PP, no tanto decepcionados con los de Rivera sino para evitar a Iglesias al frente del gobierno. Es comprensible: los electores también tienen sus estrategias y cuando ninguno les convence eligen aunque sea tapándose la nariz.

Al contrario que Albert Rivera, Pablo Iglesias quiere todo o nada. Tiene oratoria pero no cintura política. Su error ha sido tan grave que la socialdemocracia de base no se lo perdonará. Sobre su ambición personal recaerán las consecuencias de las políticas conservadoras de esta legislatura. Creo que su partido debería ser tan tajante con él como lo fue con Monedero o Pascual. Y dejar paso a quienes sí apostaron por un gobierno moderado de progreso. Fue el mandato de la gente y eso, les guste o no, en política ha de ser lo primero.

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Pedro Sánchez o la España ingobernable

Publicado el 21 diciembre 2015 por manuguerrero


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De todas las caras largas vistas en la noche electoral, la más significativa, a mi parecer, ha sido la de Pedro Sánchez. El líder del PSOE ha captado rápido que en sus manos tiene no solo el futuro de España sino también el de su partido. Sobre él recae ahora la gran responsabilidad de que haya o no nuevas elecciones legislativas.

    • Para el PP, imposible gobernar. Salvo que consiga el apoyo implícito o explícito del PSOE. Pero ocurre que el PSOE lleva 4 años perdiendo votos por la izquierda. Si facilita un gobierno de Mariano Rajoy, su electorado más progresista (el que aún mantiene) se marcharía hacia otros partidos como Podemos o Izquierda Unida. Y, además, ya dijo Pedro Sánchez en campaña que no apoyaría “al presidente de la corrupción”, ni votando a favor ni con su abstención. Reconocer que el PP ha sido la fuerza más votada y que debe iniciar la ronda de contactos no significa que vaya a favorecer el acuerdo. Es sencillamente admitir que lo suyo es solo una alternativa.
    • Un gazpacho de izquierdas e independentistas. Es otra de las posibilidades. También difícil porque aunque se podría limar lo suficiente como para evitar nuevas elecciones, la estabilidad duraría exactamente lo mismo que el debate acerca de la unidad de España, sobre la que el PSOE no quiere -ni puede- hacer grandes concesiones.
    • PSOE, Podemos y Ciudadanos. Si algo ha definido a Albert Rivera durante la campaña electoral ha sido su aversión hacia Podemos. Dijo por activa y por pasiva que no pactaría con ellos. No tanto por sus propuestas socialdemócratas, como por defender abiertamente un referéndum sobre Cataluña. Pero ocurre varias cosas: el gazpacho no apoyaría el plebiscito sino directamente la independencia, y además repetir las elecciones podría perjudicarle seriamente. Parece que Ciudadanos tocó techo hace ya algunas semanas. Esta opción, que a muchos les ha llevado hoy las manos a la cabeza, no sería nada descabellada. Podría materializar lo que hemos venido llamando “tiempo nuevo” y “fin del bipartidismo”. Los tres partidos escenificarían su capacidad de acuerdo y su sentido de la responsabilidad. Los detalles del acuerdo, obviamente, no son anticipables. Estamos hablando, insistimos, de “un tiempo nuevo”.
    • ¿Y qué dice Ángela Merkel? Pues no es baladí. En agosto de 2011 logró lo que parecía imposible: que PSOE y PP se pusieran de acuerdo en una sola noche para cambiar el artículo 135 de la Constitución Española. El nefasto precio que tuvo que pagar por ello el PSOE es difícilmente olvidable. Supongo que evitaría a toda costa cualquier acercamiento al PP, pero habrá que esperar unos días para ver cómo funcionan los mercados y cómo reaccionan los demás partidos. Europa actúa así: con determinación pero con prudencia.

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