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Portada de “Escombros”, de Antonio Pérez Morte

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Escombros

Publicado el 26 julio 2011 por manuguerrero

Es uno de los acontecimientos de mi verano. El poemario que tan amablemente me ha regalado mi buen amigo Antonio Pérez Morte, una edición cuidada y bella de Origami con versos escritos entre 1978 y 2008. Unos poemos íntimamente manchados de zozobra y tristeza, que nos devuelven a la irremediable esencia de lo que somos y sentimos. “Sólo desilusión nos queda a estas alturas de la vida”, empieza Antonio escribiendo en la primera página. Un recorrido que va desde la decepción a la desesperanza, con La cicatriz transparente, el último poema, donde “Sólo queda el recuerdo, / es decir, la cicatriz transparente. / Vivir amnésico el resto de la muerte, / y paladear cada renuncia. / Sólo queda / esperar el milagro / de perder la razón / y volverse masoquista, / para gozar el dolor / que cada día nos brinda.”

Porque Antonio se encarga con esta nueva entrega de literatura brillante y útil de hacernos -igual sin saberlo- un gran favor: Nos recuerda el muerto que todos llevamos dentro, la fría condena que nos aguarda. Nos hace ver, de nuevo, que también en la muerte -como en la memoria y la salud- el reparto es injusto. Y que los que fueron, son, y los que somos, dejaremos de ser algún día. Ahí es donde siento el escalofrío que me hace escribir en los margenes de sus poemas, replicar con emociones las cuchilladas de sus palabras. Y ese es el inmenso canto a la vida que le agradezco. Porque solo quien tiene la certeza de que pronto va a morir sabe apreciar el lujo de estar vivo, sano y libre.

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Manu Guerrero con Paco Ibáñez

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Paco Ibáñez y los escritores inconexos

Publicado el 23 marzo 2009 por manuguerrero

Reconozco que es una pasada (admítanme por favor el coloquialismo) que Paco Ibáñez te sugiera: ¿Y por qué no aprendes a tocar la guitarra? No hombre, yo tengo un oído aquí y otro en Segovia, le contesté. A lo que remató: ¿Cómo va a ser así con esa música que te gusta?

Durante un buen rato, es verdad, estuvimos conversando sobre nuestros gustos comunes: Brel, Montand, Brassens, Chocolate, Cabrero… y él me cantaba cada dos por tres: Ne me quitte pas, Bella Ciao, Le bon Dieu… Qué gustazo escucharlas en su voz y guitarra, precisamente ésas que son de mis canciones favoritas de cuantas he conocido en mi vida. De verdad.

Lo veía emocionado, como un zagal, por lo que imagino que ese puñado de canciones es al que recurre en las tardes en las que los sentimientos aprietan. Y entre ese repertorio de primeros auxilios, también textos en castellano, por supuesto, y nos detuvimos en mi paisano Góngora, a quien ambos profesamos admiración.

¿No les parece un poema infinito? Es sencillamente inmortal. Está tan vivo como hace cuatro siglos, cuando fue compuesto. Lo que ocurre con Góngora es curioso ¿verdad? Hay quien lo detesta –y mucho-, por su difícil, a veces, compresión, pero a la vez hay lectores, de identidad radicalmente opuesta, que lo adoran hasta el agotamiento. Lo ama Paco Ibáñez, pero también lo ama Jorge Luis Borges, que poco quería saber de la literatura española. De hecho, la detestaba. Salvaba de la quema al susodicho y a Séneca, otro cordobés. De los demás solía hablar incluso despectivamente. De Lorca, por ejemplo, dijo una vez: “Nunca me interesó, ni él ni su poesía. Me pareció un poeta menor. Bueno, un poeta pintoresco, una especie de andaluz profesional (¿?). Supongo que en España lo han olvidado. Las condiciones en que murió fueron favorables para él. A un poeta le conviene morir así. Ojalá yo muriera ejecutado [...] Supongo que tuvo la buena suerte de ser ejecutado. Yo charlé una hora con él en Buenos Aires y me pareció un hombre que actuaba”. Y lo que llega a ser peor, se marchó de una representación de Yerma porque le parecía tonta.

Me quedé abrumado cuando lo leí, aunque ya conocía algunas de sus felonías. A lo largo de su vida había estrechado la mano de Pinochet, apoyado al Teniente General Videla y descreído de la democracia, ese “curioso abuso de la estadística”. Fue un hombre que despreció la realidad en la misma medida que la realidad lo despreciaba a él. Pero sólo gracias a eso, a vivir al margen del mundo, recluido en su jardín y en su biblioteca, desarrolló una Literatura por encima de la vida, llevando al límite aquella frase de Mallarmé: “El mundo existe para llegar a un libro”. Y se convirtió, al fin, en lo que deseaba, en un HombreLibro.

Llegábamos hasta aquí por culpa de Góngora, que igual seduce a un anglófilo de derechas que a un anglófobo de izquierdas, algo que le ocurre también al mismo Paco Ibáñez. Gusta de igual forma a los que detestan la poesía como a quienes no soportan la música. Un gran mérito teniendo en cuenta que para unos será la puerta de acceso a Machado, Lorca, Miguel Hernández, Bécquer; y para otros, la única vía para llegar a Brassens o a Roberto Murolo, mi último descubrimiento, por recomendación precisamente suya. Te agradezco la sugerencia, señor Ibáñez, aunque por amor a mis queridos amigos, lo de aprender a tocar la guitarra lo dejaré para otro con mejor oído. Yo me quedo con esto de ser un escuchante obsesivo.

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Luis Alberto de Cuenca con Loquillo

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Luis Alberto de Cuenca. LA POESÍA QUE RESPIRA

Publicado el 11 junio 2008 por manuguerrero

Ya he recetado varias veces los poemas de Luis Alberto de Cuenca para ahuyentar esos momentos de sosiego emocional, inevitables en este mundo intrépido. Lo hago porque su poesía resulta conmovedora, transcultural, sencilla, culta y elegante, cualidades suficientes para distanciarlo del resto de poetas españoles conocidos, habitualmente asociados en tribus.

Luis Alberto es Doctor en Filología Clásica y traductor de, entre otros, Homero, Eurípides, Calímaco, Charles Nodier y Gérard de Nerval. En 1987 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión del Cantar de Valtario y dos años antes el Premio Nacional de la Crítica por La caja de plata. También ha sido director del Instituto de Filología del CSIC y de la Biblioteca Nacional de España (1996-2000) así como Secretario de Estado de Cultura (2000-2004).

Mucho antes ya era popular por sus canciones para la Orquesta Mondragón: “Caperucita feroz”, “Viaje con nosotros”, “Garras humanas”, “El diablo dijo no” etc… y a finales de los noventa, Loquillo escogió un poema suyo, “Cuando pienso en los viejos amigos” para comenzar uno de sus mejores discos: Con elegancia. Pero no quedó ahí la cosa. Ha vuelto a recurrir a él para su último trabajo, Balmoral (donde solían compartir copas y largas conversaciones), y además publicará en breve otro exclusivamente con sus poemas, de nuevo musicados por Gabriel Sopeña, a quien conocemos muy bien en esta web. Todo esto quizá sea porque Luis Alberto es un poeta con mucho oído, entregado prudentemente a la música y la vida. Es fácil percibirlo. 

-Hola Luis Alberto. Encantado de saludarle. Bienvenido a este rincón dedicado a la cultura, el periodismo y la democracia. Antes de nada quiero decirle que me gusta que mis invitados se sientan cómodos. Para ello, qué mejor que ofrecerle un vaso lleno. ¿Qué prefiere?
-Aquarius, por favor.

-Tenía muchas ganas de conversar con usted porque, entre otras cosas, esta misma mañana he acabado de leerme su obra poética completa y he de reconocer que muchísimos de sus poemas me han conmovido. Me he topado con sensaciones que jamás había descubierto en otros poetas, pero es que además he compartido algunos de sus textos con amigos de muy variopinta identidad y nadie ha logrado poner objeción alguna. ¿Cree que algún día llegará usted a conocer ciertamente lo que sentimos sus lectores?
-Si me lo dicen con palabras tan cariñosas como las que usted acaba de emplear, seguro que acabaré conociendo con certeza ese presunto sentimiento de mis lectores.

-¿Y qué siente usted escribiéndolos?
-Si se refiere usted a mis poemas, siento satisfacción cuando los termino.

-¿Es un poeta metódico?
-Si por metódico entiende usted que escribo todos los días, no. Pero cuando me pongo a escribir un poema, como cuando me pongo a hacer cualquier otra cosa, sí soy metódico, y disfruto siéndolo.

-¿Ser poeta es un oficio como otro cualquiera, cuya técnica se puede aprender?
-Hoy me siento romántico y le respondo que no. Los poetas nacen. Pueden perfeccionarse, pero sus aptitudes son innatas.

-¿Es un poeta vocacional?
-Todo lo que he sido o hecho en mi vida ha sido de manera vocacional. Nunca me he sentido obligado a hacer esto o aquello sin que me apeteciera hacerlo.

-¿Cuándo se sintió seducido por la poesía?
-Desde siempre. Pongamos que desde que mi padre me recitaba poemas de Rubén Darío en aquella edición pequeñita de Afrodisio Aguado.

-¿Qué había leído antes de escribir su primer poema?
- Juan Ramón Jiménez y Tagore (ambos en la Biblioteca de Premios Nobel, de Aguilar).

-¿Recuerda cuál fue?
-Recuerdo dónde lo escribí: en un cuaderno de tapas rojas que me regaló mi madre precisamente para que lo llenara de poemas.

-No debió extrañarle a nadie verle escribir poesía porque en su familia ya había antecedentes. Quizás el más ilustre sea su bisabuelo Carlos Luis de Cuenca (1849-1927). ¿Qué le contaban de él cuando era niño?
-Poca cosa. Que era muy divertido y siempre estaba de broma. Cosas así.

-¿Él era entonces uno de sus referentes?
-No. Mi bisabuelo sobresalió como poeta festivo. Y yo no empecé escribiendo poemas humorísticos, por más que el humor ha estado y estará muy presente en mi obra.

-Fue un escritor muy conocido en su época. Y además muy prolífico. Escribió más de 8.000 poemas… ¿quién construye o deconstruye los mitos?
-El hombre es quien construye los mitos para explicarse un mundo inexplicable. Lo de ‘deconstruir’ apesta a Derrida. No soporto la palabreja. Pero el hecho de que mi bisabuelo sea hoy un poeta olvidado no tiene nada que ver con los mitos.

-Una curiosidad: ¿Alguno de los libros de su biblioteca ha pasado a sus manos?
-Sí. Por ejemplo, estos dos: el libro que J. E. Rodó dedicó a Rubén Darío en 1889; la primera edición –póstuma– de las seis primeras Musas de Quevedo (Madrid, 1648).

-¿Es usted coleccionista de libros? ¿Cuántos tiene?
-Soy coleccionista de libros y de tebeos. No los he contado últimamente, pero muchísimos.

El desayuno

Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

Luis Alberto de Cuenca 

-Alguna vez le he oído decir que la poesía debe salir “del gueto, de las mafias y sectas, del malditismo y de su tediosa iconografía”. ¿El ambiente que rodea a cierta poesía española es el principal obstáculo entre los (posibles) lectores y la poesía?
-Sí. Es un ambiente muy reducido, demasiado “familiar”. Estoy convencido de que mi poesía podría tener tiradas de cien mil ejemplares si alguien preparase un lanzamiento adecuado.

-¿Por qué ocurre eso en nuestro país?
-Ocurre en todas partes. Los poetas son iguales aquí o allá. Se sienten diferentes, y eso es un error gigantesco.

-¿La poesía también está politizada?
-A veces lo está. Y es normal que así sea. En el fondo, todo es política.

-¿Es más cuestión de ideas o de amistades?
-De las dos cosas. Si uno se rodea de manzanas podridas, termina uno en el pudridero.

-¿Y cómo cree que la poesía puede descontaminarse?
-De ninguna manera. En la contaminación está el gusto. ¿Qué hubiera sido del teatro de Plauto y de Terencio sin la contaminatio?

-No obstante, existen islas resguardadas. Muchos le sentimos un poeta diferente, cosmocultural. En una página nos fascina con Euforión de Calcis y en otra nos cuenta su curiosa relación con un Blandiblub. ¿Es usted tan absorbente como su poesía?
-Antes sí que lo era y me ponía muy pesado con los seres humanos que me rodeaban. Ahora vivo y dejo vivir, que no es poco.

-Una de las principales características de su poesía es la narratividad, la precisa narratividad diría yo. Un poema suyo puede contar una historia casi con la misma exactitud que una película americana. Otro de los rasgos definitorios es su amor por los nombres propios. ¿Estas dos cualidades eran habituales en la poesía clásica o son rasgos vanguardistas? ¿Alguna vez se ha reconocido en algún autor clásico?
-Esas dos cualidades estaban ya en los poetas clásicos. En Calímaco de Cirene, por ejemplo, con quien me siento muy compenetrado.

-¿Abusar de los nombres propios puede salirle caro a su poesía? Piense que dentro de cien años igual nadie sabe lo que es un Blandiblub o les resulta imposible entender “La malcasada”.
-En mi poema “Mi monstruo favorito” no menciono el Blandiblub; sólo hablo de ese juguete cuando leo el poema en público. Mis poemas son, al mismo tiempo, expresión de una época y palabras para siempre.

-¿Escribir le hace feliz?
-Me hace feliz haber escrito, que es diferente.

-¿Para usted en qué consiste la felicidad?
-En una biblioteca bien elegida y en alguien con quien compartirla.

-¿Y qué le aportan sus trabajos como investigador del CSIC y traductor?
-Mucho. Pero todo en mi vida gira alrededor de mi poesía. Yo miro el mundo desde una perspectiva poética. Todo, hasta lo más antipoético, es susceptible de convertirse en poema.

In illo tempore

Tus padres se habían ido a no sé dónde
y la casa quedó para nosotros,
lo mismo que el convento abandonado
del poema de Jaime Gil de Biedma.
Con la música a tope, preparaste
una mezcla explosiva en una jarra
mientras yo te quitaba, dulcemente,
la ropa de cintura para arriba.
Llenaste las dos copas hasta el borde.
Bebimos. Nos entró la risa tonta,
y se nos puso un brillo en la mirada
que subrayaba nuestra juventud,
y nos besamos como en las películas,
y nos quisimos como en las canciones.

Cuando la realidad era el deseo
y nuestro reino no era de este mundo.

Luis Alberto de Cuenca

-¿A Luis Alberto de Cuenca le gusta echar la vista atrás?
-Inevitablemente lo hago. Tengo esa edad en que es inevitable mirar hacia el pasado. Pero prefiero “echar la vista hacia adelante” (suponiendo que exista la expresión).

-¿Cómo recuerda ahora su paso por la Biblioteca Nacional, de la que fue director (1996-2000), y por la Secretaría de Estado de Cultura (2000-2004)?
-Como una época muy ajetreada y confusa.

-¿Qué fue lo más importante de esos ocho años?
-Conocer a Alicia Mariño, que es ahora mi mujer.

-Confiésenos algo: ¿se paseó alguna noche, a solas, por los pasillos de la Biblioteca Nacional?
-No. Sólo estuve una noche en los depósitos de la B. N. e iba acompañado de Juan Manuel de Prada, el fotógrafo Gonzalo Cruz y varios guardias de seguridad: Prada me estaba haciendo una entrevista que vería la luz en ABC.

-¿Tanto libro junto desprende algún tipo de ruido?
-Si uno aguza el oído, esos libros desprenden “el sonido y la furia” del mundo, que dirían Shakespeare y Faulkner.

Debajo de la piel

Dos millones después, tengo tan claro
que el viaje hacia el lenguaje y hacia la inteligencia
no precisaba alforjas, que me sacan de quicio
los que distinguen entre personas y animales,
como si hubiera alguna diferencia entre el hombre
y el resto de seres vivientes del planeta
que no sea a favor de estos últimos. Pero,
al margen de este hecho incontestable, existe
algún hecho menor que justifica, acaso,
el dolor de ser hombre: debajo de la piel
de la especie hay un hueco para el temblor inútil
y hermoso que transmiten los poemas homéricos,
la Eneida de Virgilio, el teatro de Shakespeare,
las Sonatas de Valle o los cuentos de Borges,
por citar sólo cinco momentos memorables
de la literatura universal. No salvan
a nadie, ni nos quitan atávicas zozobras,
pero nos comunican un placer que mi perro,
con ser bastante menos desdichado, no siente.
Dos millones de años después, tan sólo eso
ha valido la pena.

Luis Alberto de Cuenca

-¿Cómo se ve la realidad cultural de este país desde esa situación estratégica?
-En el campo de la creación literaria, y desde cualquier situación en que me encuentre, aunque sea estratégica, veo bien la realidad de este país, o sea, de España. Culturalmente, y hablando en términos generales, estamos bajo mínimos por culpa de la galopante degradación educativa.

-¿Cree que existe buena comunicación entre los ciudadanos y los gestores de los recursos públicos?
-Más de lo que parece. Ciudadanos y gestores públicos aspiran a una sola cosa: la conversión de la cultura en mero espectáculo, el triunfo de la vacuidad. Hay excepciones, cómo no, pero la regla es la que es.

-Por cierto, ¿qué le ha parecido la gestión cultural de la primera Administración ZP?
-No entro en valoraciones al respecto.

-Si no estoy mal informado no pertenece a ningún partido político, pero desde hace muchos años está vinculado al Partido Popular. Vuelvo a preguntarle algo parecido a lo de antes: ¿Por ideas o por amistades?
-No pertenezco a ningún partido político. Pero mis ideas giran en torno a dos conceptos básicos que se expresan en dos adjetivos: ‘conservador’ y ‘liberal’. Las amistades no me han influido a la hora de rendir culto a esos dos términos, que para mí van siempre entrañablemente unidos.

-¿Cómo cree que le ha influido ideológicamente el ambiente en el que ha nacido/crecido?
-Probablemente mucho. Pero hay mucha gente de mi misma procedencia social que anda hoy por otros derroteros ideológicos.

-¿En algún momento se ha sentido un disidente?
-Siempre que el Matrix progre –como dirá Prada– ocupa el poder. Espero dejar de sentirme disidente pronto.

-Ha escrito discursos para José María Aznar, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, entre otros. ¿Se disfruta escribiendo por encargo?
-Apenas he escrito discursos para esos políticos que usted menciona. Recuerdo uno que escribí para Rajoy cuando era Ministro de Educación y Cultura. Ha sido el único que he escrito entero por encargo. He colaborado, eso sí, en la elaboración de discursos para Aznar y Esperanza Aguirre, pero de modo tangencial e irrelevante. Cuando escribí el discurso para Rajoy, disfruté escribiéndolo. Después de pronunciarlo, Rajoy me llamó por teléfono y me dijo que le había parecido “colosal” (un adjetivo muy suyo).

-¿Ha llegado a conocer flagrantes casos de incoherencia entre lo que se lee y lo que se piensa? ¿Existe afición por la Literatura entre los grandes de la política y la empresa?
-Hay de todo. A Aznar, por ejemplo, le chiflaba la poesía. Y le gustaba de verdad, no por mera pose.

-¿Sigue vinculado al partido?
-Tengo buenos amigos y amigas en el Partido Popular, más que en ninguna otra formación política.

-Por cierto, Luis Alberto, ¿qué opinión tiene de lo que está ocurriendo actualmente en el Partido Popular, es decir, sobre la tensión latente entre unos grupos y otros dentro del mismo partido, un partido que no se ha caracterizado nunca precisamente por manifestar sus diferencias internas?
-Es bueno que se manifiesten las diferencias internas. Las discrepancias deben salir a la luz; si no, se enquistan y es mucho peor.

-¿Cree que el partido debería dejar paso a la siguiente generación?
-Un partido, como cualquier asociación, debe dar cobijo a diferentes generaciones. Lo importante es el individuo, no la generación a la que pertenezca.

-¿Quién opina que podría suplir una supuesta crisis de liderazgo?
-No estoy afiliado al Partido Popular. Eso deben decidirlo los afiliados exclusivamente.

-¿Por qué Alberto Ruiz-Gallardón levanta tanta admiración, entre incluso quienes no votan al PP, y sin embargo parece contar con tan poco apoyo de la directiva actual?
-No tengo ni idea. Lo único que puedo decir al respecto es que quiero y admiro a Alberto desde antiguo.

-¿Qué falló en las pasadas elecciones (2008)?
-Falló la maquinaria de comunicación del PP. El pueblo es fácilmente influenciable, y Zapatero se llevó el gato al agua.

-Creo que actualmente en la calle, incluso en los bares, se habla más de economía que nunca anteriormente. ¿El olor a crisis nos tiene a todos acobardados?
-Está bien que se hable de economía. Aunque no sea más que para que deje de hablarse un ratito de la crisis del PP, que es el tema recurrente de los medios de comunicación en los últimos tiempos.

-¿Cree que la situación llegará a tanto como parece (en la calle) o se quedará en nada (como dicen en el Gobierno)?
-No soy adivino. Pero estoy convencido de que el ciclo económico en que estamos inmersos es cualquier cosa menos bueno.

-¿Cómo se vive en la alta cultura esos momentos de recesión? ¿Se produce menos? ¿Se consume más?
-En la alta cultura, no lo sé. En la mezcla armoniosa de alta cultura y cultura popular, que es donde yo me encuentro, la recesión no influye lo más mínimo ni en la producción ni en el consumo. Al menos hasta ahora.

-¿Son buenos tiempos para la transgresión propia del cómic y la poesía?
-Hay cómics y poemas que transgreden. Otros cómics y otros poemas no son nada transgresores. Y hay buenos y malos cómics y buenos y malos poemas en el grupo de los que transgreden y en el de los que no transgreden. Cualquier tiempo está bien para lo uno y para lo otro.

-¿Qué se dice/hace por Madrid? ¿Es una ciudad culturalmente viva?
-Yo creo que sí. Me he acercado a su corazón cultural y sigue palpitando.

-Por último, Luis Alberto, voy a pedirle que cierre esta entrevista como desee. Proponga por ejemplo unos versos que le gusten. Mientras tanto, voy a llenarle el vaso otra vez, si quiere.
-Se me ocurre una frase en vascuence: Amaia da hasiera, o sea, “El fin es el principio”. Aparece como Leitmotiv en una célebre novela de Navarro Villoslada: Amaya o los vascos en el siglo VIII. Y sí, póngame otra dosis de Aquarius, que estoy completamente deshidratado después de tantísimas preguntas.

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Insomnio a las 3.30

Publicado el 10 septiembre 2007 por manuguerrero

Me suda la espalda.
Aprieta un escrupuloso calor
y boca abajo trato de dormir.
 
Presiento que algo grave va a suceder.
Disparos en la habitación contigua,
creo que vienen a por mí.
O morir aplastado por un escape de gas.
Un infarto, quizá, que es más sutil
y luego no hay que barrer.
 
Y empapo las sábanas de sudor y lágrimas.
Pero amanece y no ha ocurrido nada.
 

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Gabriel Sopeña

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Gabriel Sopeña. UN HUMANISTA DEL SIGLO XXI

Publicado el 29 junio 2007 por manuguerrero

La obra de Gabriel Sopeña (Zaragoza, 1962) es casi inabarcable para un entrevistador. Es doctor en Filosofía y Letras, con Premio Extraordinario de Doctorado y profesor de Historia Antigua.  Como tal es autor de libros como Dioses, ética y ritos. Aproximaciones para una comprensión de la religiosidad entre los pueblos celtibéricos o Buda. Imágenes y devoción. Pero además es poeta y músico y es ahí donde su producción se convierte en un mar gigante donde navegar por años sin necesitar más que sus aportes emocionales. Comenzó su carrera en 1983 y lideró bandas como Ferrobós y El Frente, además de colaborar estrechamente con Más Birras. En España ha escrito para Héroes el Silencio, Amistades Peligrosas, Los Rebeldes, María del Mar Bonet, José Antonio Labordeta etc.

Según cuenta el mismo Loquillo, cuando grababa su disco Hombres (disco muy recomendable, editado en 1991) recibió una canción de regalo a nombre de Gabriel Sopeña. Se llamaba Brillar y brillar y creo que le salvó la vida. A partir de ahí comenzó la etapa más fructífera para el Loco con discos como La vida por delante y Con elegancia, elaborados por Gabriel sobre textos de Bernardo Atxaga, Antonio Gamoneda, Gil de Biedma, Lorca, Pavese, Octavio Paz, Mario Benedetti, Vázquez Montalbán, Luis Alberto de Cuenca etc… dos proyectos gigantes. En mi opinión, dos de los mejores discos publicados en España jamás.
 
También puso música a Universo en ciernes, una selección de poemas de Mari Pau Domínguez a los que dieron vida las voces, por ejemplo, de Víctor Manuel, Ana Belén, Luis Eduardo Aute, Javier Ruibal, Mercedes Ferrer, Miguel Ríos, Carmen Linares, Pedro Guerra, Loquillo y el mismo Sopeña.
 
Ya en 1997 publicó su primer disco en solitario Mil kilómetros de sueños, muy esperado por sus seguidores. Es un disco excelente con canciones como Armando al amor, Nunca he despertado junto a ti, Un fogonazo, Apuesta por el rock and roll, Por los ojos de Raquel o John Milner. En él se atrevía, virtuoso, con cualquier instrumento. No lo busquéis, se agotó.
 
Después ha trabajado con la mítica cantante brasileña María Creuza (A mitade do mondo) y con Lucía Soralová, para quien hizo la adaptación al español del musical Juana de Arco. También es el autor de la música de Misiles melódicos, una tragicomedia que advierte que las armas perjudican seriamente la salud.
 
Como poeta es autor de Arras de Luzbel (1982), Sortilegio del ruido (1984), La noche del Becerro (1995) o El cantar de los destierros (2000) entre otros. Como se puede ver, su obra es casi infinita y entrevistarlo es todo un placer.
 
-Hola Gabriel. ¿Cómo estás? El otro día comentaba aquí mismo que recibir buena música en casa, por sorpresa, era lo mejor que me podía ocurrir en las tardes en la que no espero prácticamente nada. Después de tantos años dedicándote profesionalmente a la música, creando de forma constante ¿sigues sintiendo ese entusiasmo por escuchar/descubrir nuevas músicas?
-En cierto modo, creo que lo siento más intensamente. Soy más selectivo, he perdido espontaneidad, sin duda, pero tal vez he ganado en percepción.
 
-¿Qué aporta la música en tu vida?
-Fundamentalmente, oportunidades de aprender y de comprender lo aprendido. Desde que tengo uso de razón, acercarme a la música, en cualquiera de sus vertientes, ha ensanchado mi visión del mundo y mi confianza en la posibilidad de entendimiento de las personas. Y sigue haciéndolo.
 
 
-Me apetece mucho hablar de tus trabajos. Si te parece, podemos empezar por el final. De azúcar y viento, más que un conjunto de canciones es un proyecto de hermanamiento entre León (Nicaragua) y Zaragoza. Aún no entiendo por qué cuando se publica un disco tan brillante como ese no se paraliza la actualidad cultural de un país para escucharlo y compartirlo. Merece estar en todas las radios, en todas las revistas, en todas las cadenas de televisión. ¿Por qué algo tan bello se distribuye sólo por canales alternativos?
-Te agradezco el verbo merece, y lo considero un elogio; pero mi opinión es algo distinta. Tal y como está concebido el disparate de la industria musical española, todo autor que se respete debe reflexionar sobre el destino de su trabajo. Hay una enorme diferencia entre la orfebrería como disciplina y la chatarra destinada al consumo masivo, de usar y tirar. Es una diferencia que afecta a la propia visión del mundo de cada cual: la diferencia entre un humanismo pleno y enriquecedor y Treblinka. Y la hay, en el mismo sentido, entre la canción realizada con mimo, con objetivo, con meditación, con serenidad y los artefactos que se inventa la industria para su ávido lucro y depredación constantes: con objetivos exclusiva y únicamente económicos. Los canales son necesariamente diferentes. Todo creador debe saber dónde se ubica. Yo no espero nada a este respecto: ofrezco mi fruta al pie del árbol donde la crío, o donde me lleva mi humilde transporte; y me importa muy poco todo lo que no tenga que ver con los valores intrínsecos de mi profesión.
 
-A menudo se habla de “telebasura” pero jamás he oído la palabra “radiobasura”. ¿Es que no existe?
-No se le da tanta importancia como a la imagen, simplemente. Existir, existe. Ya lo creo que sí…
 
-Llevas varios años produciendo, dirigiendo y componiendo para artistas dotados de las más bellísimas voces del momento (Norma Helena Gadea, Lucía Soralová, María Creuza, Ramón Mejía etc.) ¿Qué te aportan estas voces, después de tanto tiempo persiguiendo que los textos fueran redondos y los arreglos estuvieran milimétricamente adaptados a sus correspondientes letras?
-Supongo que perspectiva, fundamentalmente. Una manera de ver mi propio perfil, en el fondo; y armas para comprender al hombre a través de distintos cauces y sensibilidades. Me siento un privilegiado al poder compartir el talento y el sentir de personas de tanta calidad como las que has citado, entre otras muchas; y de haber podido conocer cotidianamente diversos países, lenguas, culturas y formas de entender la vida. Pero siento que he acabado esa etapa. Han sido diez años, desde 1997 hasta hoy, y creo que he cerrado un ciclo.
 
-Por cierto, ¿qué significa De azúcar y viento?
-Es uno de los versos del poema “Los portadores de sueños”, de Gioconda Belli, que cierra el disco (“eran felices en su mundo de azúcar y viento”). En un disco de hermanamiento, me parecía una bonita imagen para aludir a Nicaragüita (el azúcar, que define su insuperable ron; y su afable carácter) y a Zaragoza –y Aragón, por extensión-, donde el cierzo del Moncayo constituye una seña de identidad tan importante como el Ebro.
 
-¿Cómo y cuándo te enamoraste de Suramérica?
-Creo que después de llorar con Don Atahualpa Yupanqui, teniendo yo unos doce o trece años. No sé: ¿cómo podría saberlo? Luego el enamoramiento se ha convertido en ternura, en complicidad, en admiración constante.
 
-¿Cómo te las has ingeniado para coordinar el trabajo de tanta gente, estando a tantos kilómetros unos de otros?
-Las técnicas actuales permiten que las distancias se acorten: a veces, no hay más remedio. No obstante, me gusta sobre todo sentir el calibre de las miradas, valorar las emociones de los intérpretes, dominarme a mí mismo. No hay nada como las viejas cintas analógicas, el roce, la sensación de misterioso y frágil equilibrio cuando todo el mundo toca a la vez en un estudio… Siempre procuro, de un modo u otro, que una grabación sea algo físico.
 
-En ese disco hay una conmovedora canción sobre un poema de Eladia Blázquez…
 

A un semejante 

Vení, charlemos, sentáte un poco,
la Humanidad se viene encima,
ya no podemos, hermano loco,
buscar a Dios por las esquinas.
Se lo llevaron, lo secuestraron
y nadie paga su rescate.
Vení, que afuera está el turbión
de tanta gente sin piedad,
de tanto ser sin corazón.

Si a vos te duele como a mí
la lluvia en el jardín y en una rosa.
Si te dan ganas de llorar
a fuerza de vibrar, por cualquier cosa.
Decí qué hacemos vos y yo,
qué cosa vos y yo sobre este mundo,
sembrando amor en un desierto
tan estéril y tan muerto, que no crece
ya la flor.

Vení, charlemos, sentáte un poco.
No ves que sos mi semejante.
A ver probemos, hermano loco,
salvar el alma cuanto antes.
Es un asombro tener tu hombro
y es un milagro la ternura,
sentir tu mano fraternal,
saber que siempre para vos
el bien es bien y el mal es mal.

Si a vos te duele como a mí
la lluvia en el jardín y en una rosa,
si te dan ganas de llorar
a fuerza de vibrar por cualquier cosa,
decí qué hacemos vos y yo.

 
 
-¿La muerte de Dios (o su secuestro) obedecía a intereses prefijados?
-Para mí, no hay duda: siendo El Creador fue engañado por una Editorial musical que se forró con él sin hacer absolutamente nada a cambio, dejándolo caer en la indigencia; y fue luego extorsionado por una Discográfica. Y nunca más se supo.
 
-¿Crees que la gente sencilla se encuentra hoy más desamparada que hace doscientos años, por ejemplo? ¿En qué medida crees que los bastones en los que nos sujetamos los humanos son cada vez más superficiales?
-Resulta complicado responder a esa pregunta de manera sintética: el problema es grave y se despliega en múltiples matices. Yo creo que El Poder es El Poder, en cualquier momento de la historia; pero también estoy persuadido de que las fuerzas que lo contrarrestan y han sido capaces de vencerlo siempre nos definen como especie: el amor, la disciplina de la comprensión del otro, los valores relacionados con la solidaridad, la ternura, el afán por la paz, la fraternidad, el trabajo del espíritu, la abnegación… Esas fuerzas no tienen nada que ver con los intereses materiales y los bajos instintos de la codicia, el dominio y el lucro –que son los que maneja el Poder, con absoluta exclusividad- y corresponden, siempre, a las gentes sencillas, al ámbito del día a día, fuera del cálculo frío de los políticos; y eso con todos los problemas y conflictos que deseemos añadir. Precisamente esos valores han hecho que este planeta se sostenga, a pesar de los manejos del Poder, tan interesado en destrozarlo todo. Yo no creo que los bastones sean más superficiales, creo simplemente que El Poder es cada vez más cruel, ignorante y ambicioso. Sus embestidas son cada vez más brutales y nos tiemblan las piernas mucho antes.
 
-Interesante reflexión. Me parece fascinante que además de músico y poeta, seas profesor de Historia. ¿Existe alguna constante ideológica o iconográfica que haya subsistido desde, por ejemplo, la cultura celtibérica hasta la actualidad?
-Muchas. Los seres humanos somos absolutamente distintos entonces y ahora, pero profundamente los mismos. Concretamente, creo que la necesidad misma de creación de símbolos es una constante. La religión, la poesía, las matemáticas, cualquiera de las artes y las ciencias, el mismo lenguaje… Los seres humanos nos hemos dotado, a toda costa, de toda clase medios para crear símbolos. Necesitamos entendernos, a nosotros mismos y a los demás, desde siempre.
 
-¿Qué queda en nosotros del pueblo celta?
-Tantas cosas… Desde un punto de vista más superficial se me ocurre que el placer por escuchar buenas historias, el ansia de vivir intensamente (en todas las facetas) y un cierto espíritu burlón y elusivo. Además del aprecio por el vino y la cerveza….
 
-¿Creer en Dios ha salvado a alguna civilización? ¿Los dioses creen en nosotros?
-El Pueblo de Israel ha sobrevivido gracias a ello y -con todos los matices que se desee y a pesar de la torpeza del Estado de Israel, con su despiadada actuación- ha construido algunas empresas culturales admirables y de sutileza exquisita, la Biblia entre ellas. Con respecto a la segunda cuestión, me cuidaré mucho de ser yo portavoz de qué es lo que piensan, quieren o designan los dioses. El empeño del espíritu –la fe, si queremos llamarlo así- es algo tan profundo, tan esencial, tan personal, tan importante, que no soporta juicios a la ligera. Me resulta detestable la manipulación de la fe. La fe no es ningún salvoconducto para clubes exclusivos.
 
Cantores
Gabriel Sopeña
 
Ojalá que los cielos te den su favor
y, si crees en un dios, te crea:
las palabras que pueden hacer comprender
hacen daño y hay que ir a por ellas.
 
Cuando la dignidad es un Judas traidor
y la paz una falsa moneda,
no queda más remedio que agarrar el timón
o naufragar en esta tormenta.
 
Sostendré esta canción hasta que la verdad
me derrote y me cierre los labios.
Entonces mi soledad será profunda y cruel
y pondré mi guitarra en tus manos.
 
Es sencillo cantar por cantar, y cantar
escondiendo sonrisas a medias.
Es muy fácil cantar sin mancharse y triunfar
como un simple muñeco de cuerda.
 
Están comprando conciencias como mineral:
combustible de tumbas abiertas.
Es más fácil obedecer a un general
que saber a qué pueblo condena.
 
Sostendré esta canción hasta que la verdad
me derrote y me cierre los labios.
Entonces mi soledad será profunda y cruel
y pondré mi guitarra en tus manos.
 
 
-Por cierto, ¿qué diferencia existe entre un cantante y un cantor?
-Cantante, entendido como se hace hoy en día –como producto de mercado, clónico, siguiendo un patrón único, uniforme-, puede ser cualquiera y basta con tener buena planta, sea uno mujer u hombre: da igual la voz, que puede arreglarse o inventarse directamente con los evolucionados medios técnicos actuales. La figura del cantante ya no tiene la más mínima importancia, fuera de la simple ejecución, del cometido del títere, en la música popular; pero a la industria, como es lógico, le interesa todo lo que no tenga el más mínimo contenido, que no moleste, que no suscite la reflexión. El cantor, sin embargo, lo es porque asume una responsabilidad moral honda y es representante del uso de la palabra: un cantor es depositario de una tradición muy honda que nace con la civilización misma. Ser cantor exige tener pueblo detrás, discurso, oficio y una percepción afinada. Un cantor tiene un deber: asume ser un humanista, un arquitecto. Alguien con la vocación constante del pionero: debe abrir caminos, ser crítico, no dejar trampas al que viene por detrás sino retirarlas previamente.
 

 

-¿Tiene presencia real la música en la calle?
-Sí, todavía. A pesar de las estupideces que a veces perpetran los políticos, de la incalificable y perpetua perversidad de las discográficas y de la detestable dictadura mediática. El alma de cada generación busca respuestas, y suele tropezar con ese enorme caudal de amparo que proporciona la música.
 
-Más allá del reconocimiento público, ¿qué es lo más valioso para un creador?
-La verdad, no conozco ningún creador que merezca tal nombre excesivamente preocupado por eso. El creador, por definición, ama a su criatura, la ama profundamente; y, por extensión, a las criaturas de los demás. Ni comercia ni hace pornografía con ellas: todo lo contrario. Detalle, precisión, apertura de caminos que humanicen el mundo: esas son las claves. El reconocimiento vendrá dado por sí sólo, si se debe dar. En cualquier caso, para mí, no tiene la menor importancia en este oficio.
 
-¿La popularidad influye en el carácter?
-En lo que yo pueda conocer, definitivamente sí. Para mal, por supuesto, pues conlleva mezquindad, frivolidad, superficialidad y mella de la autocrítica. Ningún especialista puede bajar la guardia, jamás; y un creador es un especialista. El respeto es totalmente diferente a la popularidad: exige la atención, la vigilia y la disciplina constantes.
 
-¿Alguna vez has sentido que perdías autoridad sobre alguna de tus canciones o poemas?
-Hace años, sí. Me dejaba arrebatar mucho más durante el proceso de creación y seducir sin apenas ofrecer resistencia. Ahora me ocurre pocas veces. Pero cuando me sucede, lo disfruto más que cuando tenía dieciocho años. Es maravilloso sentir el poder de esa fuerza, cuando la observo actuar en los compositores jóvenes: es delicioso ver surgir la materia espiritual, tomar forma y tratar de escapar de las manos de su artífice. Adoro ver a los autores crecer, en este sentido: me parece estimulante, magnífico. Desgraciadamente, privarse de ese placer es uno de los costes de la edad.
  
-Como profesor debes apreciar cómo cambia el valor de los conceptos, de las ideas, pero ¿y las personas? ¿cómo es la juventud de la Era de la Información?
-La juventud que yo conozco, la que llega a mis clases de la Universidad, es fantástica, un tesoro en el que debemos invertir a toda costa: a pesar de haber sido condenados a ser clientes o votantes perpetuos, a pesar de haber sido víctimas de una educación secundaria surrealista y castrante -diseñada por unas políticas sencillamente suicidas-, a pesar de estar confusos y aturdidos por los retos terribles que se ven obligados a arrostrar, a pesar de estar torturados por unas reglas absurdas que no pueden comprender: resultan de una enorme y emocionante dignidad. Tienen el impulso del corazón intacto y un sentido muy alto del valor de la libertad, de la solidaridad, de la posibilidad de concordia entre todos los seres humanos. Aprendo a diario de la gente joven. Esa es mi opinión y soy –prudentemente- optimista, en este sentido, por el futuro.
 
-¿Crece o disminuye su interés por la poesía?
-Crece, por supuesto, ya que no puede disminuir lo que nunca nació. Sus padres no han tenido posibilidad de darles esa formación y sus políticos se la han ocultado, como tantas otras cosas importantes, bloqueando el acceso libre a los medios de comunicación y manipulando el mercado para dejarlos inermes. Resulta extrañísimo encontrar alumnos que hayan tenido conocimiento previo y serio de la literatura (no sólo de la poesía), así como de la geografía, las matemáticas o tantas otras herramientas imprescindibles para todo espíritu libre.
 
-Te considero uno de los músicos más lúcidos en la adaptación de poemas a canciones. ¿Cómo consigues encajar en una melodía contemporánea un texto de hace 70 u 80 años sin faltarle al respeto?
-Es una cuestión de posición, supongo. Volver a los orígenes conduce a la originalidad y yo trato de colocarme allí siempre. Abolir el tiempo histórico es prerrogativa de la fiesta, mientras que una relectura crítica de los clásicos permite integrar los elementos del imaginario humano en la visión actual, absolutamente histórica. Fiesta y reflexión son términos que, en mi opinión, funcionan estupendamente juntos desde que la poesía empezó a ser cantada, desde los mismos orígenes.
 
 
-Es algo que hiciste muy bien, por ejemplo, en La vida por delante y Con elegancia para Loquillo. ¿Cómo conseguiste, en ambas ocasiones, reunir un poemario tan a su medida?
-Fueron años de búsqueda. Lustros enteros, para mí como compositor y para él como artista. Y no sólo de la búsqueda del repertorio, sino de la ocasión y de la expresión adecuada: sin ella, de nada sirve un buen repertorio. Fue un verdadero milagro tener la oportunidad de reunir a esa banda de maestros, algo que dudo se vuelva a repetir: Jordi Pegenaute, Enric Illa, Sergio Fecé, David Mengual y Liba Villavecchia.Era increíble poder grabar con ellos, experimentar, debatir acerca del camino de la música sobre un poema. Había veces que me daban ganas de salir saltando de pura emoción: el escenario ardía de pasión y aventura. Todos y cada uno vivían a Lorca o a Octavio Paz en cada acorde. Me siento sumamente afortunado, bendecido por haber podido contar con ellos, tocar junto a ellos en dos giras enteras y aprender de su colosal talento y sensibilidad.
 
-Hay determinados poemas (No volveré a ser joven, Transgresiones, Quin fred al cor, camarada! o Cuando pienso en los viejos amigos) que incluso parecen escritos para Loquillo…
-Supongo que algo tendré yo que ver, cómo negarlo; pero creo más bien que eso es una faceta destacada de la elegancia: saber vestir los trajes de manera que parezcan parte de uno. Y el Loco es verdaderamente único en ese sentido. Tiene ese don.
 
-En una ocasión, mientras hacía un curso de especialización en la Universidad Complutense de Madrid, un profesor bastante mayor recurrió precisamente a La vida por delante para explicar parte de la poesía en castellano de la segunda mitad del siglo XX… ¿un artista es consciente de hasta qué punto influye socialmente su obra creativa?
-Debe ser consciente de que su oficio, como todos, entraña una seria responsabilidad: su actitud y su trabajo deben estar bien hechos, beneficiar espiritualmente a quien acceda a ellos, crear un espacio de placer, libertad y debate. Pero, más allá, en mi opinión, es tan inútil como absurdo preguntárselo. En un sentido concreto, claro: sé que muchos chicos y chicas que tenían diecisiete o dieciocho años cuando grabamos La vida por delante descubrieron a Antonio Gamoneda o a Pedro Salinas entonces. Eso me llena de satisfacción, evidentemente; pero por la satisfacción del beneficio –y el disfrute de la literatura lo es- compartido, de la apertura de espacios de reflexión y de humanidad. Todas las demás consideraciones, me resultan perfectamente prescindibles.
 
-¿Cómo recuerdas aquellos primeros encuentros en los que Loquillo, una leyenda del rock and roll, algo visceral y bastante arrogante y tú, un humanista del siglo XXI y entusiasta de la Historia y la cultura en general, definíais esos proyectos conjuntos de poesía?
-Como dos tipos tratando de fregar la cubierta de un barco en medio de una tormenta de fuerza 10 en el Mar del Norte. Pregúntale al Loco: creo que su opinión no andará lejos de la mía…
 
-Por cierto, ¿cómo es Loquillo en las distancias cortas?
-El Loco está sometido a una tremenda presión: de él depende un equipo muy grande de gente y muchos ojos están puestos en él. Es precisamente en las distancias cortas cuando la persona emerge. Pero es sumamente selectivo: sus amigos son amigos de verdad.
 
-Siempre he pensado que tú le salvaste. Llegaste justo cuando él grababa Hombres, un disco que parecía ya el último, pero de repente brillar y brillar y llegó su renacimiento, su etapa más creativa y adulta. Sus hitos.
-Brillar y brillar fue muy importante para mí, puesto que yo también atravesaba un período vital muy duro. Permitió que descubriera un camino nuevo y me dio confianza. En todo caso, agradezco mucho a esa canción la amistad que surgió con el Loco desde entonces hasta hoy.
 
-Viéndolo cantar Lisboa (qué lástima que no exista videoclip de esa canción), un poema de tu libro La noche del becerro, el Loco parece vivir minuciosamente ese arraigo habitual del fado o de la poesía de Fernando Pessoa. ¿Cuando escribes te resulta fácil desligarte de ti mismo o sueles recurrir a tu más estricta intimidad?
-Me resulta interesante vivir otras vidas, en sentido artístico, puesto que me ayuda a mirar mi propio perfil. En Lisboa, concretamente, mezclo vivencias personales y otras que no lo son. Pero mi estricta intimidad es mi santuario: tengo un límite de privacidad en mi escritura que no me permito sobrepasar jamás.
  
-Otro disco de poemas sobresaliente en el que has trabajado recientemente es Cuando tú me leas, sobre la poesía de Miguel Labordeta, un poeta al que el recuerdo le debe un montón de copas. ¿Es cierto que el tiempo siempre acaba siendo justo al presentar las cuentas? ¿pone a cada cual en su sitio?
-Hasta ahora, creo que ha sucedido así. El motor de la sociedad es muy dinámico y la creación, entendida como obra humana colectiva, tiene un cauce gigantesco que acomoda todas las corrientes, mitigando vaivenes. Lamentablemente, las discográficas y las editoriales musicales al uso cuentan en estos tiempos con patente de corso para imponer su dictadura y torturar al criterio, hasta hundirlo en el subsuelo. Falta aún algo de tiempo para contrarrestrar este intento. Mediante las nuevas tecnologías, el impulso vivificador de los jóvenes acabará por imponerse, espero que sin esos intermediarios indeseables. Pero, en España, hay ya dos generaciones artísticas enteras perdidas por la demencia ignorante e insensible de la industria musical.
 
-¿Qué parámetros son los que determinan quiénes entran y quiénes no en los libros de Historia o Literatura?
-En el siglo XIX el género que copaba todas las listas de éxitos, por el que desfallecían por igual los espíritus cultivados y la gente común, el mimado por las editoriales y los comerciantes era el folletín. Había folletines por todas partes, librerías y bibliotecas atiborradas de folletines: el éxito de los folletines, el folletín vendía… Respóndeme en diez segundos: ¿recuerdas el título de algún folletín, de algún autor de folletín?
 
-Uff… ¿tiene que ser en diez segundos?
-El folletín se descalificó por sí mismo, y es una profunda lección que hay que aprender. En mi opinión, la Humanidad, en perspectiva histórica, busca mucho más que un simple entretenimiento momentáneo: sea de un verano o de una generación entera. Resulta de una soberbia infinita –además de suponer un canal de frustración- pensar que nuestra limitada vida marca el tiempo de nuestra especie. Existe una responsabilidad con los que nos suceden. Es una ley implacable: Rosalía de Castro, Salvador Espriu o Federico García Lorca –por citar tres autores en diversas lenguas españolas- están en los libros por derecho propio.
 
Siempre solo
con mis sueños
y mi carne.
Con mi cantar indeciso
entre labios
atravieso las calles
bajo la lluvia.
Miguel Labordeta
 
 
-Por cierto, ¿cómo te las ingenias para hacer de un poema tan breve como Siempre solo una canción de más de tres minutos y no pierda intensidad y emoción?
-Contando con el descomunal genio de Pablo Guerrero y con la afinada inspiración de media docena de músicos soberbios, uno se atreve a todo. Yo me limito a estudiar a fondo los ingredientes del guiso y cómo armonizarlos para un formato adecuado. Colocar el azafrán es un arte, sin duda; pero sin un buen arroz, cocinar bien un plato así es casi imposible.
 
-Recientemente, también hiciste la adaptación al español de la música de Juana de Arco. ¿La música para el teatro es más versátil que la que se hace para escuchar, por ejemplo, en el coche?
-Una de las condiciones de la música es, por definición, la versatilidad. Quizá la música del teatro musical lo sea más, por su extensión y su propia condición dramática. Pero supongo que al aludir al coche te refieres a que es un lugar de paso, donde estamos entre un sitio y otro. Eso no debe significar que en el coche deban llevarse productos-papilla: el coche, los medios de transporte, son una alegoría de la vida actual: los I Pods y el formato mp3 permiten escuchar música libremente, encontrar nuevos espacios de libertad personal.
 
-Juana de Arco es un musical que se ha representado por gran parte de Europa (España incluida). ¿Reaccionan los espectadores igual ante una misma música aquí que el Reino Unido, por ejemplo?
-Creo que sí. Alguien que va a ver un musical como Juana de Arco es alguien avisado, no un turista despistado. Por lo tanto, tiene criterio y valora la obra en su conjunto, le guste al final más o menos.
 
-¿Qué recuerdas de tus actuaciones en el Lincoln Center?
-La sincera atención del público neoyorquino. El silencio que se guarda mientras el artista interpreta: el respeto por el compositor, perdido ya en España. Nueva York es una ciudad fascinante para la creación e irresistible para disfrutar todas las sensaciones que provoca el buen arte.
 
 -Pero si hay algo que te agradecemos tus admiradores es tu único trabajo en solitario, Mil kilómetros de sueños. ¿Te resultó difícil enfrentarte a tus propias canciones, en muchos casos ya popularizadas por grupos como Héroes del Silencio o Amistades Peligrosas?
-Sí. De hecho, fue un ejercicio que me supuso un esfuerzo grande y cuya conveniencia no veía claramente. En concreto, yo no necesitaba hacer mi versión de Apuesta por el R&R en disco: ya la había hecho en 1987 con Más Birras; y la de Héroes y luego de la de Enrique Bunbury me parecían simplemente geniales. Lo mismo sirve para todas las demás versiones, incluyendo Es muy difícil, que ya había grabado estupendamente con El Frente. La política de la discográfica quedó satisfecha. Yo, no tanto. Cedí, eso es todo.
 
Nunca he despertado junto a ti
Gabriel Sopeña
 
He reventado en arneses que suplican corazón,
fui pescador en las redes de una mar embravecida.
Me he camuflado en poemas de raíces y de rocas.
Amanecí en los caudales de un torrente sentenciado.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin…!;
pero nunca he despertado junto a ti.
 
He conversado en corales que han crecido sobre alcohol,
he sostenido algún cuerpo listo para arder entero,
comí fruta en el paraíso, fui la arena en los relojes,
quemé mis naves y el fuego ha bloqueado mi timón.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin…!;
pero nunca he despertado junto a ti.
 
He sido espada en la guerra, me he convertido en canción.
He sido cuerda en el arpa, me he convertido en palabra.
He sido el agua en los ojos, me he convertido en tristeza.
He sido espuma en el cielo, me he convertido en tormenta.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin…!;
pero nunca he despertado junto a ti.
 
He aprendido despacio los mil nombres de la furia
y vendí todos mis pasos a los puntos cardinales.
He hipotecado mi tiempo por una rueca de azares
hilvanando un verso duro como acero en las pupilas.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin…!;
pero nunca he despertado junto a ti.
 
Te he deseado en harapos; has puesto sitio a mi carne;
te soñé un millón de veces tibia de alba, enfurecida,
te he abrazado tan dulcemente en horas de naufragio.
Y he sofocado mi anhelo con las lenguas que aprendí;
pero nunca he despertado junto a ti.
 
¡Y he amado tantas cosas que anuncian que llega el fin…!;
pero nunca he despertado junto a ti.
 
 
 
-Creo que en ese poema hay gran parte de tu vida, ¿me equivoco?
-No, no te equivocas. De hecho, estoy corrigiendo algunos versos para poder cantarla de nuevo, quince años después de escribirla.
 
-En Mil kilómetros de sueños también se incluía, a mi juicio, la mejor versión jamás grabada de John Milner: por la instrumentación y porque el piano de Fecé suena irresistiblemente fascinador. Esa historia nos transporta directamente a muchos años atrás. ¿Cómo toleras el paso del tiempo? ¿duele la nostalgia?
-Es curioso: cuando escucho esa versión también me quedo cautivado por la maestría de Sergio, volando sobre el piano y lanzando las guitarras hasta el mismo cielo. Me gusta mucho porque fue grabada en una toma única, sin apenas correcciones, tocando todos a la vez. En cuanto a la nostalgia, no me afecta demasiado con respecto a las cosas. Me gusta crecer y creo que asumo el paso del tiempo con normalidad.
 
-Además de escribir y componer, tocas varios instrumentos. ¿Cuál te reporta más sensaciones?
-Según los casos, los lugares, las situaciones; pero mi relación con la guitarra acústica es muy especial.
 
-¿Con cuál compones?
-Con piano y con guitarra. Suelo combinarlos.
 
-Pues me emociona especialmente cuando tocas la armónica ¿cuándo y por qué aprendiste a tocarla?
-Casi por casualidad. Mauricio Aznar me regaló una cuando teníamos doce años. La guardé durante algún tiempo, hasta que conocí a un chico de Boston, que estaba en la base norteamericana que había en Zaragoza, haciendo la mili. Tocaba increíblemente bien y tenía un método muy completo que había traído de Estados Unidos. Me lo dejó y comencé a practicar en serio. Algunas veces tocábamos juntos y me enseñó técnicas de control de la respiración, el emboque y el manejo de las manos, que son básicas para dominar el instrumento. Luego he seguido perfeccionando hasta hoy. La armónica me ha dado muchas satisfacciones y llegó a definir el sonido de Más Birras, la banda con la que más colaboré en los años ochenta.
 
 

 

-Por cierto, ¿para cuándo tu segundo disco en solitario?
-Estoy acabando ahora un disco, con canciones para niños; y cierro con él un ciclo de diez años como compositor y director de proyectos corales. No sé si he agotado toda la enorme carga de generosidad que hace falta para llevar estas empresas adelante, pero siento de corazón que he dado todo lo que podía en este terreno y que han concluido aquí tanto mi posibilidad de ser útil como mi propio aprendizaje en este ámbito. En el umbral de mis 45 años necesito nuevas fuentes de saber, nuevas metas de ánimo. Quiero volver a cantar mis canciones en teatros. Lo de grabar no me preocupa mucho en mi caso, quizás a finales del 2008.
 
-¿Y el de poemas de Luis Alberto de Cuenca, junto a Loquillo?
-He concluido ya la composición. Faltará arreglarlo y grabarlo, quizás a fines de año. Depende de las complicadas agendas de Jaime Stinus, que será el director musical, y del propio Loco, que es quien debe decidir en última instancia cuándo se siente con fuerzas para abordar el proyecto.
 
-¿Cómo te organizas para llevar tantas cosas adelante? ¡Vas a tener que impartir clases de gestión del tiempo!
-Oficio, control de los recursos de la profesión, equipos fieles y bien engrasados; y paz mental: sin ella, nada prospera.
 
-Y siguiendo con la enseñanza… eres profesor, pero como alumno ¿qué es lo más importante que has aprendido en tu vida?
-Sigo aprendiendo a escuchar. Estoy matriculado en esa asignatura a perpetuidad. Nunca se termina de aprender.
 

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