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Yo también quiero pactar

Publicado el 07 julio 2016 por manuguerrero


Hands

Es tal la distancia entre los aparatos de los partidos y sus propios votantes que ahora no nos sorprenden (pero nos horrorizan) situaciones como las que vemos desde el pasado mes de diciembre. Me refiero a su miedo a pactar. ¿Por qué?

Tras los resultados del 20D, el PSOE le negó la palabra al PP y a los partidos independentistas, Podemos no quiso pactar con el PSOE y Ciudadanos sí con el PSOE pero no con Podemos. La actitud de los socialistas era hasta cierto punto comprensible porque aunque no era la fuerza más votada los números salían: había más diputados progresistas que conservadores y se veía legitimado para abanderar el cambio. No fue posible por los motivos que ya esgrimimos en un artículo anterior.

Después del 26J el panorama no es mucho más prometedor. El PP ahora sí quiere coger las riendas de las negociaciones (lo de sentarse a ver cómo se queman los demás es irritante) porque se siente avalado por las urnas y la presión corre en contra del resto de los partidos. Unas terceras elecciones sería ya un escenario tan esperpéntico que achicharraría vivo al partido que se entendiera como máximo responsable de la repetición. Pero ¿a qué se debe ese ritmo tan excesivamente lento en las negociaciones?

Solo encuentro una explicación: nuestra democracia es tan joven (adolescente, diría yo) que aún no tiene cultura de diálogo. Los partidos, todos, acuden a una mesa de negociación pensando en las próximas elecciones y no en las pasadas, que son las que les han encomendado hacer su trabajo. Hasta donde yo sé, cada ciudadano vota al partido que más se ajusta a su ideología y le encarga sacar adelante un programa concreto, el programa con el que se presentó a los comicios. Obviamente si tu partido no obtiene la mayoría absoluta tendrá que ‘pelear’ para sacar adelante ese programa con el consenso de otras fuerzas políticas, que a su vez tienen encomendado desarrollar el programa con el que se presentaron.

No entendía entonces las reticencias de Podemos a pactar con el PSOE y no entiendo ahora tampoco la negativa del PSOE a pactar con el PP. ¿Es que el PSOE prefiere un gobierno del PP con otros partidos conservadores haciendo una política como la que ha estado criticando durante estos cuatro años en lugar de amortiguar sus políticas y deshacer el legado que lleva tachando de reaccionario desde 2011? ¿Es que el PSOE no es capaz de sentarse junto al PP y pedirle, a cambio de un pacto de estabilidad, que derogue íntegra o parcialmente leyes como la reforma laboral,  la ‘ley mordaza’, la Lomce o la de Enjuiciamiento Criminal? ¿Es que el PSOE tampoco sabe interpretar la intención de sus votantes? El PP está legitimado para gobernar pero está obligado a entenderse, y entenderse es llegar a acuerdos, si es posible con partidos que representen a la mayor base social posible.

Un pacto entre PP y PSOE representaría, y esto es lo importante, a un 55,7% de los ciudadanos que votaron el 26J. Si al pacto se une Ciudadanos, el electorado representado asciende al 68,74%. El resto, un 31,26%, está conformado por un conglomerado de partidos de derechas e izquierdas pero con un marcado carácter nacionalista, con quienes, por supuesto, se pueden llegar a acuerdos puntuales sin menoscabar los intereses generales del resto de los ciudadanos.

Tacharán de locura esta hipótesis, pero ¿por qué? ¿porque no se ha dado nunca en nuestro país? ¿y qué? ¿Es que la democracia es la repetición continua de esquemas establecidos? Rotundamente, no. Democracia es el gobierno de la mayoría y la mayoría sabe entenderse. Pongámonos en el día a día de un ciudadano cualquiera, que vive  rodeado de personas que votan a los partidos más variopintos. Yo trato habitualmente con votantes de PP, PSOE, Podemos, IU, Ciudadanos, Pacma, votoblanquistas… y con todos me entiendo, incluso en decisiones que son de marcado carácter ideológico. ¿Se imaginan un matrimonio de un ateo y un creyente que no se pusieran de acuerdo jamás en bautizar o no a sus hijos? ¿qué hacen, se divorcian o devuelven al niño?

No conozco a ningún votante del PSOE que diga: “bueno, no hemos ganado las elecciones, quiero ver a mi partido en la oposición”. Ese es el prototipo de mensaje conspirativo que solo escuchamos en boca de barones que defienden sus intereses particulares y no los generales de su electorado. Cualquier votante de calle pensará: “quiero que mi voto progresista sirva para deshacer y amortiguar las políticas reaccionarias del PP”. De igual forma, el votante de Podemos reprocha a su partido que no hiciera más por evitar un gobierno del PP, al que tanto criticó desde su fundación.

Los nuevos tiempos eran esto y el mandato popular es claro, no admite divergencias: Pactar ya no es una opción, es una necesidad urgente. Es muy lamentable oír a un partido nacionalista decir que apoyará la investidura del PP si se acercan presos etarras a Euskadi. Es una petición legítima y me parece maravilloso que se negocie con el gobierno que sea, pero la gobernabilidad de un país no puede depender de una exigencia tan polémica de un partido que representa a 286.215 votantes. Creo que aún hay quien no ha captado que la irrupción de Ciudadanos (y en menor medida Podemos) en la escena nacional supone una gran oportunidad para gobernar un país sin depender exclusivamente de los intereses concretos y parciales de determinadas regiones españolas. Ojo, que me parece estupendo que se acuerde un referéndum de autodeterminación si así lo demanda la población de una determinada comunidad, pero sería inaceptable que de ello dependiera la gobernabilidad de 46 millones de personas.

Hacer política no es mandar en un partido político. Hacer política es resolver los problemas de los ciudadanos y anticiparse a los que pudieran devenir. Es solucionar la preocupante situación del empleo, acabar con la epidemia de la corrupción, solventar la raquítica hucha de las pensiones, amortiguar las desigualdades,  cumplir con Europa o reducir drásticamente el déficit público, que continúa hipotecando el futuro de este país. Hacer política es ponerse al servicio de la gente.

Desde la Transición nos han acostumbrado a gobiernos con mayoría absoluta o a pactar con partidos conservadores nacionalistas. Eso se ha acabado por un tiempo. A partir de ahora los partidos deben tomar nota de la calle y aprender que todo es más sencillo de lo que parece pero es imprescindible que por una vez no se miren el ombligo.




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