Publicado el 26 julio 2011 por manuguerrero

Es uno de los acontecimientos de mi verano. El poemario que tan amablemente me ha regalado mi buen amigo Antonio Pérez Morte, una edición cuidada y bella de Origami con versos escritos entre 1978 y 2008. Unos poemos íntimamente manchados de zozobra y tristeza, que nos devuelven a la irremediable esencia de lo que somos y sentimos. “Sólo desilusión nos queda a estas alturas de la vida”, empieza Antonio escribiendo en la primera página. Un recorrido que va desde la decepción a la desesperanza, con La cicatriz transparente, el último poema, donde “Sólo queda el recuerdo, / es decir, la cicatriz transparente. / Vivir amnésico el resto de la muerte, / y paladear cada renuncia. / Sólo queda / esperar el milagro / de perder la razón / y volverse masoquista, / para gozar el dolor / que cada día nos brinda.”
Porque Antonio se encarga con esta nueva entrega de literatura brillante y útil de hacernos -igual sin saberlo- un gran favor: Nos recuerda el muerto que todos llevamos dentro, la fría condena que nos aguarda. Nos hace ver, de nuevo, que también en la muerte -como en la memoria y la salud- el reparto es injusto. Y que los que fueron, son, y los que somos, dejaremos de ser algún día. Ahí es donde siento el escalofrío que me hace escribir en los margenes de sus poemas, replicar con emociones las cuchilladas de sus palabras. Y ese es el inmenso canto a la vida que le agradezco. Porque solo quien tiene la certeza de que pronto va a morir sabe apreciar el lujo de estar vivo, sano y libre.
Publicado el 30 abril 2007 por manuguerrero
Llegué feliz a casa. Era domingo noche y la tarde había sido larga y distinta. Traía conmigo Las personas del verbo, la obra completa de Jaime Gil de Biedma, que llevaba tiempo queriendo tener, aunque de sobra había leído. Desde que descubrí sus letras me ha sido difícil distanciarme de ellas. Forman parte de mí, como mi propia espina dorsal. Es como si hubiera asumido su vida como mi recuerdo, aunque por supuesto (quién sabe si gracias a él) trato de distanciarme lo suficiente de ese malditismo que acabó con él mucho antes de que lo mereciera. El caso es que sigo comprándome libros a un ritmo acelerado. A veces me preocupa. Si un día salgo de casa con la intención de abastecer mi armario de nuevas vestimentas, vuelvo sin nada. Difícilmente encuentro ropa que me satisfaga. Sin embargo, a la vuelta me paro en alguna librería donde encuentro siempre aquello que andaba buscando, que es casi todo. Y voy amontonando libros en mi habitación, en torres paralelas, desde el suelo hasta mi cintura, porque ya no quedan estanterías. Y cuando me preguntan qué libros tengo en mis mesitas de noche, nunca puedo dar los títulos de todos: calculo que hay más de treinta. Cuando pueda comprarme un piso tendré que considerar que conmigo vienen miles de historias escritas en papel.
Por la mañana leí la invitación de mi buen amigo y poeta Antonio Pérez Morte para entrar en el recién inaugurado blog de Manuel Vilas. En él precisamente comentaba que recientemente le habían preguntado en una encuesta literaria por sus tres poemas favoritos y había escogido Birds in the night de Luis Cernuda, Kostas de Octavio Paz y Pandémica y celeste, de Jaime Gil de Biedma. Qué casualidad. Yo dejaría también a Jaime y a Octavio (con otros textos), pero para el tercero exclamaría: ¡malditas elecciones! ¿por qué?
También es difícil elegir en Córdoba cuando llega este mes. Hay vida en cualquier rincón. Cambiamos de asunto, pero sin salirnos de la poesía. En esta ciudad parece que todo ocurre ahora. Aromas, el vino, la luz de las paredes… empieza el ciclo vital y aquí no falta nadie. Todo está en su sitio pero discrepo del actual planteamiento de las cruces de mayo. Se va perdiendo la esencia pero mis amigos y yo vamos a nuestro aire. De momento, esta noche celebraremos en el ático de Primi la benevolencia de las noches primaverales. Cosas de bon vivant.
Hoy también duermo aquí.
El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.
Jaime Gil de Biedma