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Álvaro Romero Bernal: la verdad del cuento

Publicado el 22 febrero 2021 por manuguerrero

Entre todas sus virtudes, hay dos que sorprenden a cualquiera: su solidez intelectual y su asombrosa capacidad para diseccionar la realidad. Quizá por ser periodista, quizá por ser escritor, o quizá por ser, además de eso, profesor, es capaz de analizar en minutos un acontecimiento aparentemente irrelevante y conectarlo con el devenir de la vida y de las gentes, imaginar cómo será el mundo si no ponemos remedio. Basta echarle un ojo a sus artículos diarios en El Correo de Andalucía para darse cuenta de ello.

Pero además de todo eso, con el tiempo en la mano, Álvaro Romero Bernal es un fascinante prestidigitador. Nadie sabe cómo pero además de sacar adelante sus clases con abnegación, es capaz de ejercer de articulista y reportero de su comarca, publicar novelas con cierta regularidad (no se pierdan Pulpa de limón y El resplandor de las mariposas) y ejercer de profuso conferenciante. Conferencias, por cierto, que son un verdadero espectáculo.

En estos tiempos pandémicos en los que muchos se han quedado, por imposición de las circunstancias, paralizados, él, en cambio, ha escrito un libro llamado a ser antológico. Se titula Déjate de cuentos (Ediciones Pangea, 2021) y, como dice Olivia Carballar en el prólogo, no va a dejar indiferente a nadie.

-Álvaro, cuéntame, ¿cuándo y por qué se te ocurrió sentarte a escribir Déjate de cuentos? ¿cuál ha sido tu principal motivación?

Hay dos momentos distintos en tu pregunta. Porque una historia, o varias, se te ocurren primero, o se te van ocurriendo, y luego, muy luego, te sientas a escribirlas. En este caso, este tipo de historias llevaban años rondándome, pero no fue hasta finales del pasado verano cuando me senté a escribirlas. Quizás sea el libro que más rápido he escrito en mi vida. De hecho, llevo ya casi tres años enfrascado en mi tercera novela y no te puedo asegurar que la vaya a tener este verano, aunque ese es mi deseo.

En cuanto a la motivación para escribir Déjate de cuentos, quizás haya muchas. Ya te digo que ese deseo de retorcer los cuentos tradicionales protagonizados por niñas o mujeres me había tentado, si te digo la verdad, desde que fui adolescente. Pero no he querido hacer un remake de esos cuentos, porque eso se ha hecho muchas veces. Quiero decir, eso de coger el cuento de Caperucita, por ejemplo, y cambiarle el final. O cambiar los roles de los personajes. No es eso lo que yo quería, sino pensar en Caperucita desde una perspectiva absolutamente actual. El reto era conseguir que el lector de mi relato pensara acaso en Caperucita Roja pero sin que estuviera leyendo ese cuento ni una versión del cuento ni nada parecido. Yo quería hacer relatos de mujeres de verdad en los que esos personajes tradicionales pudieran verse reflejados con un punto de ridículo o de tristeza en comparación con la dignidad que arrojan estos personajes reales míos. Quizá ser padre de dos niñas, además de mi hijo, me haya influido. Y mi preocupación por el feminismo, en el que siempre veo argumentos innecesarios frente a los argumentos sólidos que la propia vida entre hombres y mujeres ofrece. El feminismo no es, ni debe ser, una cosa de mujeres. De hecho, no ha triunfado definitivamente por culpa de quienes lo plantean así. El feminismo, como el humanismo, es cosa de todos.

-A quien vea el libro por primera vez -por ejemplo, en una librería- le llamará la atención esa larga trenza de la portada… ¿Qué significado tiene ese dibujo y qué relación con lo que luego va a encontrar en las páginas del interior?

La historia de la trenza es chulísima, porque era un dibujo antiguo de Míriam Estévez, que es la ilustradora del libro, que ni siquiera ella pensaba meter aquí. Pero yo la vi y me quedé prendado del dibujo. Tanto, que tuve claro que esa trenza debía ser la portada del libro. Lo que pasa es que aquella trenza la había hecho Míriam primero al carboncillo, muy minuciosamente, y todas las ilustraciones del libro son de acuarela, con lo cual obligué de alguna manera a Míriam a hacer otra trenza que viniera mejor con el espíritu del libro. Yo creo que la trenza es súper simbólica. Lo sugiere todo antes de empezar a leer y lo dice todo una vez que se haya leído. Esa trenza habla de todas las edades de la mujer, desde su infancia hasta la vejez, pero también de la complicidad entre ellas, e incluso de la necesaria complicidad con los hombres. Esa trenza es una mano tendida entre las mujeres, lo que se llama sororidad, pero también es un símbolo de las mujeres que se recogen el pelo para hacer infinitas cosas.

-¿Cómo son las mujeres que aparecen en Déjate de cuentos?

Como las mujeres de verdad: cada cual a su manera. Además, cada una tiene una edad, y unas circunstancias… Y los relatos van en ese orden, desde Marta Caperucci, que apenas ha llegado a la adolescencia, hasta Rafaela, que es una anciana que le cuenta a la narradora todo aquel cuento que le montaron para que se casase con quien ella no quería. Hay otras mujeres jóvenes, como Elena, que se enamora trabajando en la recepción de un hotel, o maduras, como la que protagoniza el relato Insomnio, que ha emocionado hasta el llanto a varias de mis amigas que lo han leído ya.

-De toda tu obra, ¿ha sido ahora cuando más has tenido que tirar de tu ojo periodístico? ¿En qué mujeres te has inspirado?

Bueno, yo creo que el ojo periodístico no se pierde nunca. Creo que fue Bergamín el que clasificaba a los escritores entre los que tenían sentido periodístico, decía él, y los que no lo tenían. Decía Bergamín que tener sentido periodístico es tener sentido del tiempo; del tiempo que se vive y del tiempo en que se vive, que no es lo mismo. Cervantes tenía sentido periodístico y Góngora, probablemente no. A mí, que soy periodista, me entristecería que me dijeran que no tengo sentido periodístico, porque creo que ese sentido del tiempo que vivo y del tiempo en que vivo es fundamental para hacer literatura. Yo no sé hacerla de otra manera. Y, evidentemente, me he inspirado en mujeres que conozco. Toda mi literatura está basada en personas de verdad. Porque no es que carezca de imaginación, sino que me parece inútil hacer literatura imaginativa cuando se puede hacer sobre la vida que nos importa.

-Si Álvaro mira a sus adentros y analiza en profundidad su personalidad, sus aptitudes… ¿Identifica fácilmente las mujeres a las que le debe lo que tiene y, sobre todo, lo que es?

Hombre, por supuesto. Mi madre es la mujer a la que más le debo por la sencilla razón de que me dio la vida, pero no solo por eso. También fue quien me enseñó a leer. Mi mujer, Marina, no es solo mi compañera de vida para todo, y mi amor, sino también mi amiga, y eso no es siempre así en un matrimonio. Si hay otra mujer que recorre al menos mis tres novelas, tanto Pulpa de limón como El resplandor de las mariposas, como la que se está gestando ahora mismo, esa mujer es mi abuela Modesta, que me pareció incluso en vida un portentoso personaje literario porque era de las últimas personas que vivieron sin preocupación por la vanidad del mundo. Eso, en plena era de las redes sociales, es inconcebible.

-Últimamente, el feminismo ha revisado las enseñanzas que se extraen de los cuentos clásicos, y el resultado no es nada halagüeño. Es más, en la educación reglada hace tiempo que se sustituyeron por otros que dan a la mujer un papel más protagonista. ¿Qué opinión tienes de esa imagen sobre la mujer y su relación con el mundo que se desprende de esos cuentos clásicos?

Bueno, entre esas revisiones, incluidas las feministas, y otras de carácter más psicopedagógico, hay de todo, como en botica. Porque está claro que las chicas de hoy no son como las pintan en esos cuentos, y que ese rol excluyente de princesas salvadas no tiene ni debe tener nada que ver con las mujeres actuales, pero no debemos olvidar que el sentido de muchos de aquellos cuentos, de otras épocas, era enseñar cuestiones básicas: no te fíes de los desconocidos, incluso alguien desgraciado es capaz de tener suerte si se la trabaja, etc. Y es interesante entenderlo todo a la luz de la época en que fueron escritos. A los niños y a las niñas hay que situarlos en la época del cuento cuando se les lee. Porque el tiempo, el contexto, lo es todo. Sin contexto, el texto apenas tiene importancia.

-Creo que la princesa que sueña con un príncipe azul es una especie en extinción. Es más, la última gran princesa que conocemos, Frozen, ni siquiera piensa en hombres. Sin embargo, una niña de hoy ve en televisión a una princesa clásica y automáticamente queda seducida. ¿Dónde crees que radica ese magnetismo?

Hay otros muchos discursos que influyen, que bombardean a diario, mucho más que la Literatura. Hay, como sabes, una hipersexualización de la mujer desde que es una niña, lo cual es algo lamentable, terrible. Y muy hipócrita. Porque nos encontramos todos los días mensajes contradictorios de mujeres que venden su versión del feminismo mientras también venden con una frivolidad insufrible su propia imagen. La publicidad de todo lo que se mueve sigue utilizando a la mujer como gancho. Ciertas redes sociales basan todo su mensaje en la apariencia siempre sexualizada de la mujer, y es fácil caer en esa espiral del silencio en el que o te muestras sexualizada según cánones establecidas por hombres o mejor no te muestras. Como si la mujer no tuviera otra cosa mayor o más importante que mostrar.

-La revolución feminista quizá sea la de mayor protagonismo de las últimas décadas. Es la que más ha transformado el mundo. Sin embargo, ¿cuáles crees que son los principales problemas que sufre la mujer de hoy? En Déjate de cuentos, ¿qué obstáculos se encuentran las mujeres para su realización personal?

El principal obstáculo, en la vida y en las historias de este libro, sigue siendo la falta de confianza en las mujeres por parte de sus propios círculos familiares. Seguimos teniendo que hacer campañas a favor de la capacidad de las mujeres para dedicarse a la ciencia, por ejemplo. Hay un falso proteccionismo de la mujer desde sus propios ámbitos, un peligroso conductismo que las posiciona solo en determinadas disciplinas o tareas y no en otras. Y, por supuesto, sigue habiendo una realidad laboral para las mujeres que nada tiene que ver en el fondo con lo que dicen las leyes.

-Además de escritor, eres periodista y profesor. Esos tres oficios te confieren una ubicación privilegiada para observar el mundo y tratar de anticipar por dónde puede ir el futuro. ¿Qué sensaciones te producen las nuevas generaciones de mujeres? ¿Hay motivos para la esperanza?

Siempre hay motivos para la esperanza. Otra cosa es que los encontremos, o que seamos capaces de verlos. Pero es cierto que la humanidad avanza, a pesar de las apariencias. Y muchas chicas de hoy, muchas, a pesar de todos los obstáculos que tienen, sobre todo de esos obstáculos invisibles de los que te hablaba, tienen hoy más claro que hace veinte o treinta años qué quieren hacer con sus vidas. Y lo mejor es que también hay chicos, compañeros, dispuestos a ser cómplices en esa verdadera tarea de la igualdad. Insisto en que el feminismo no puede ser cosa de mujeres exclusivamente. Si se plantea así, estará condenado a caducar.

-Me da la impresión de que Déjate de cuentos puede tener un enorme tirón entre los lectores adolescentes. ¿Lo recomendarías para los estudiantes de Secundaria y Bachillerato?

Por supuesto. De hecho, creo que es una edad ideal para leer este libro. Porque es la edad en que forjamos la personalidad, y leer este tipo de relatos en esos momentos creo que puede influir más de lo que pueda parecer.

-Al margen del gusto intrínseco de la lectura (yo que lo he leído puedo garantizar que se lee con enorme placer) ¿qué beneficios puede reportar leerlo en esos años de aprendizaje?

Hombre, yo creo que la capacidad de desarrollar el perspectivismo. Ese, de hecho, es el mejor regalo que proporciona la literatura siempre. En este caso, como los relatos juegan con algunos modelos ya existentes, creo que ese perspectivismo tan necesario en la vida puede acentuarse aún más.

-¿Te gustaría hacer una ruta por institutos para presentarlo entre los jóvenes?

Pues sería fantástico que las administraciones estuviesen por la labor. Yo siempre estoy dispuesto a hablar de literatura y a debatir sobre cuestiones interesantes allá donde me llamen.

-No me gustaría acabar esta conversación sin preguntarte por una parte fundamental del libro. Me refiero a las ilustraciones. ¿Quién es Míriam Estévez? ¿Cómo os conocisteis? ¿Cómo os habéis coordinado para este trabajo conjunto?

A Míriam hace años que la conozco, porque, aunque ella es de Logroño, vive en Los Palacios desde hace no sé cuánto. Yo creo recordar que la invité hace años al Patio del Parnaso, que era una reunión multicultural que hacíamos cuando yo no era padre de familia numerosa y ella vino a hablar de Psicología en el cine. Míriam desarrolla una importante labor cultural en mi pueblo, que es también el suyo, desde una asociación que se llama El Vivero Cultural. Ahora estoy acordándome de que también le presenté una exposición de pintura que hizo hace pocos años. Y, en fin, creo que a los dos nos mueve el interés por la cultura en general y la literatura en particular.

A ella le han encantado los relatos y a mí, sus ilustraciones. Fui yo quien le sugirió que podían quedar chulísimas en acuarela porque así me las imaginaba. De hecho, estuve en conversación con otros profesionales y al final me decanté por ella porque creo que teníamos la misma idea de libro. Y, además, Míriam es una todoterreno con una capacidad de trabajo impresionante. Yo le mandaba un relato y ella se quedaba con una imagen, una secuencia, un párrafo y a partir de ahí trabajaba una estampa congelada que ella creía representativa de la historia. En la inmensa mayoría de los casos hemos estado de acuerdo desde el principio. Ha sido muy interesante escribir y tener a una pintora que te leyera lo que habías escrito y que te contestara, no con palabras, sino con imágenes. Yo creo que el libro es una delicia para los ojos porque no solo puede leerse, paladearse al modo de los textos líricos, sino también mirarse. Y va a tener un colorido que yo creo que atrae mucho.

En este sentido, me gustaría darles las gracias también a los responsables de Ediciones Pangea, que es la editorial que ha apostado por el proyecto. Aunque he tenido posibilidad de publicar con otras, en este mundo globalizado en el que cualquier editorial y cualquier artista es ya forzosamente global viva donde viva, me pareció desde el principio muy bonito que todas estas historias salieran, literalmente, del esfuerzo de gente de aquí, Los Palacios y Villafranca, que es mi pueblo, al que debo tanto. Y entre mi pueblo y el mundo hay la misma distancia que de cualquier parte a cualquier parte hoy en día, o sea, un clic.

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