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‘Mine’, lo nuevo de Galisteo

Publicado el 19 diciembre 2016 por manuguerrero

Ya os he hablado otras veces de mi amigo Gali. Es un fuera de serie en esto del cine y la fotografía. Ahora me gustaría compartir uno de sus trabajos más personales, ‘Mine’, una historia de amor real. Es alucinante el nivel poético que ha logrado, y eso que él acostumbra a sorprendernos. Espero que os guste. Más información, siempre, en su web personal: http://www.antoniogalisteo.com

Mine es ante todo una historia de amor,
AMOR mayúsculo, claro.
Amor por las personas,
amor por la libertad y amor incluso por las cosas.
Es la historia misma de la vida,
con sus buenas noticias pero también con las menos buenas.
Pero sobre todo, Mine es una historia de amor real.
Un viaje interior, donde el camino recorrido siempre es más importante que la meta final.




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Senegal, donde no llega nadie

Publicado el 28 mayo 2012 por manuguerrero

Existe un lugar, Casamance, en el Sur de Senegal, donde la vida no se detiene porque rendirse es morir. Y de allí, precisamente, nos llegan las últimas imágenes grabadas por Antonio Galisteo [Gali], el realizador, creador de imágenes y caminante comprometido (caminar, en efecto -como escribió el filósofo Swami Ramdas- es llegar, es la propia meta), en el documental Senegal, donde nadie llega, que narra, con guión de Marta Carreño, el programa “Karonghen” de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid).

Como viene siendo habitual en el realizador que en esta web conocemos bien, el material es un derroche de belleza humana y natural. Por la propia identidad de los senegaleses (colorido puro) y porque, no es la primera vez que lo decimos, Gali tiene un don para la empatía y el mimetismo.

Pero atención también a la música original del documental, compuesta e interpretada por un tándem al que auguro un futuro brillante en el género de las bandas sonoras: Manuel Ángel Martínez y Luis Rubén Gallardo.

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Gali estrena web

Publicado el 22 octubre 2010 por manuguerrero

Qué cosas. Llevo varios meses tratando de terminar un librito de apenas trescientas páginas, y no lo he acabado en los plazos habituales porque el trabajo me desborda. Y lo más curioso de todo es que se trata de Elogio de la lentitud, de Carl Honoré. Es un tratado delicioso sobre el movimiento slow, una filosofía retro-moderna de la que ya sabía algo gracias a esa magnífica contraportada diaria de La Vanguardia, donde, en mi opinión, incluyen las entrevistas más interesantes que se publican en este país, y que ya le habían dedicado varias páginas a tal corriente filosófica, pero, sobre todo, sabía del slow por mis tardes de “jardinería” -qué paciencia hay que tener para que florezca, por ejemplo, una gardenia en un clima como el de la Andalucía interior-. El caso es que Honoré viene a decir que vivir tan deprisa como vivimos actualmente no es vivir, sino sobrevivir, y propone (o mejor dicho, recoge a quienes proponen) otra forma de comer, trabajar o hacer el amor. En definitiva, otra forma de vivir, y es que, lleva razón, “todas las cosas que nos unen y hacen que la vida merezca la pena de ser vivida -la comunidad, la familia, la amistad- medran en lo único de lo que siempre andamos cortos: el tiempo”. Realmente, Honoré no descubre nada a quienes vivimos en el Meditarráneo y sabemos bien lo que es la dolce vita, pero el libro lo escribió pensando en el mundo anglosajón (y qué bien le salió vendiendo millones de ejemplares) y de rebote ha venido a recordarnos a nosotros -italianos, franceses, griegos y españoles- que estamos perdiendo el norte precisamente en una época en la que hasta en Japón sueltan parné para dar una cabezaílla después del almuerzo.

De esto de la vida lenta sabe mucho mi buen amigo Gali, a quien conocéis de sobra si habéis paseado por aquí de vez en cuando. Es uno de los grandes realizadores residentes en Sevilla. No sólo por los premios que ha conseguido en tan poco tiempo, sino por la emoción que transmite con cada una de sus videocreaciones y fotografías, de las que, por cierto, me gusta informar puntualmente. Es un bon vivant a su manera. Sabe lo que quiere y difícilmente acepta chantajes a la modernidad mal entendida. Hay aros por los que no pasa, y yo sé bien de lo que hablo. A partir de ahora tiene web oficial, para que cualquier interesado pueda seguirle los pasos. No obstante, yo seguiré narrando sus hazañas porque me cuesta resistirme. 

http://www.antoniogalisteo.com/

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El ladrón de sonrisas

Publicado el 23 octubre 2007 por manuguerrero

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Llevaba semanas pensando escribir unas líneas sobre la mirada de Galisteo, magnífico fotógrafo y sin embargo gran amigo mío. Le he estado dando vueltas al asunto seriamente pero no encontraba el momento para sentarme frente al ordenador y decidirme. El principal problema no era la falta el tiempo (es cierto que ando muy ocupado últimamente pero hay un dicho por ahí, que comparto ciegamente, que dice que cuando necesites que alguien te haga un favor se lo encargues a tu amigo más ocupado porque te lo resolverá con mayor prontitud y eficacia) sino que el principal problema es (perdonen por el anterior paréntesis, me acabo de dar cuenta de que me ha salido excesivamente largo, como este mismo, si no voy cerrándolo ya…), sino que el principal problema es nuestra amistad. Es decir, que a menudo quedo con él para tomar unas cervezas en el bar que hay debajo de mi casa o de la suya (que para más inri están demasiado cerca) y que, además, cada vez que veo sus fotografías lo hago en plan rigurosamente distendido, entre risas y gansadas varias y no con la seriedad de un profesional del periodismo.

Me obligué a hacerlo hoy. Por eso hace media hora, cuando fregaba los platos de la cena, pensaba en qué decir de Gali y, sobre todo, de su obra fotográfica. Estaba feliz porque el pescado –a la plancha- salió muy bueno y así es fácil pensar en el arte de los demás. Si hubiera cenado Gali en casa seguro que hubiera disfrutado de la comida tanto como yo. Los dos tenemos buen pico. Todavía tengo retenido en mi boca el sabor de la última vez que me invitó a comer: gazpacho de habas, salmorejo y merluza con almejas y gambas. Riquísimos.

Lo que más me atrae de su fotografía es la descarada complicidad que mantiene con lo que fotografía, ya sea un rollo de papel higiénico o tres niños necesitados de Senegal. Porque le interesa casi todo y casi todo sabe camelárselo. A un rollo de papel higiénico le dice que se convierta en lapicero y no sólo se convierte en lapicero sino que el lapicero se empeña en decirte que de rollo de papel higiénico nada, aunque jures verlo con tus propios ojos. Así siempre. Gali tiene un don especial para seleccionar un trocito de vida, sonreírle e inmortalizarlo. Su anterior colección de fotografías recicladas se autopresentaba así:

[Podríamos estar en la basura, en los arcenes de las autopistas, sobre el televisor, de botellón/ín. Aún podríamos ser materia prima, materia orgánica e inorgánica. Podríamos estar de baja, estar debajo e incluso estar detrás, pero hemos decidido estar colgados].

Gali tiene un finísimo sentido del humor. Nietzsche decía que la capacidad intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar. Por eso, deduciendo, Gali es un tipo muy inteligente. Y no sólo tiene sentido del humor sino que, además, y mucho más difícil, es capaz de contagiar sonrisas (o robarlas). Hace poco estuvo en Senegal grabando un reportaje para televisión y a la vez se trajo una colección de fotografías conmovedoras con las que roba sonrisas en un lugar donde hay muy pocos motivos para sonreír.

Se sonríe con la boca, los ojos y el corazón, según una lección importante de un pueblo supuestamente en desarrollo hacia otro presuntamente desarrollado. Gali aquí asentiría, seguro.

También es muy importante para él la composición, el color, el orden (o desorden) de los elementos y sobre todo sus raíces. Busca el lado exótico incluso en el salón de su casa. Y lo encuentra porque tiene una mente de mundo y sabe conjugarla bien.

En esas estaba yo enrolado mientras reducía la grasa de la sartén. En los conceptos relacionados con la fotografía de Gali y con su manera de ser y sentir, cuando casualmente (sí, sí, pura casualidad) me llamó por teléfono para decirme que le acababan de otorgar un tercer premio de fotografía internacional en una organización benéfica y estaba muy feliz. Le contesté que gracias por el dato: me acababa de dar el argumento principal de lo que quería escribir.




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