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Matías Regodón. EL HOMBRE QUE CAMBIA VIDAS

Publicado el 01 noviembre 2007 por manuguerrero

 

 Aquella mañana, Matías se presentó en su clase del IES Gran Capitán (Córdoba) con un tesoro bajo el brazo. Como todos los días, nos saludó muy amablemente y se dejó llevar:

 «En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, si, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.»

Todos los alumnos escuchaban embelesados el principio de El perfume de Patrick Süskind. Puedo asegurar que nunca he escuchado un silencio tan respetuoso hacia un profesor. Entre los jóvenes imbuidos, había uno especialmente vivaracho y callejero que, contra las evidencias, no pudo escapar al poder seductor de aquellas palabras, aquellos gestos, aquel ritmo corporal y aquella historia alucinante y obsesiva. En ese justo instante, como por arte natural, el adolescente comenzó a vivir una desmedia relación de amor con la lectura que le contrajo graves (pero interesantes) efectos secundarios. Y sé que no fue el único caso.

Ahora que muchos con la educación (unos por votos, otros por dinero y otros por las dos cosas) he querido plantear una serie de cuestiones esenciales a un profesor que se entrega diariamente no sólo a la enseñanza de su asignatura, Lengua y Literatura, sino a formar personas libres y responsables. Incluso a cambiar vidas.

Al margen de su abnegación en clase, Matías Regodón comparte sus conocimientos en diversas publicaciones y páginas webs.

-¿Y los alumnos suelen dejar huella en los profesores?

-Con los alumnos convivo durante un año, a veces, incluso más. Acabo conociéndolos humanamente y valorándolos no sólo como alumnos de mi asignatura, sino también como personas, con sus virtudes y defectos. Mi relación con ellos, al principio es distante, pero, a medida que avanza el curso, se torna cercana y cálida. En cuanto a si dejan huella, te tengo que responder que sí, sobre todo los que han manifestado un interés especial por mi asignatura, los que han disfrutado con ella, y también los que me han deslumbrado con su sensibilidad, por ejemplo, para analizar textos. He leído o escuchado, a veces, comentarios de alumnos que me han impresionado e incluso me han hecho variar la interpretación de un texto. Y esto, cuando ha sucedido, siempre me ha llenado de satisfacción y nunca lo he rechazado, al contrario, lo he aceptado como algo que me ha enriquecido a mí y que forma parte del proceso de enseñanza-aprendizaje, un proceso en el que no siempre enseñamos los profesores y aprenden los alumnos, sino que también se puede dar en el sentido inverso.

-¿En clase se hacen amigos?

-En clase no hablaría yo de amistad, porque los roles de alumno y profesor deben mantenerse. Nosotros, los profesores proponemos y coordinamos las actividades que se desarrollan en el aula y, por tanto, nunca debemos perder nuestra autoridad. Es como el árbitro en un partido de fútbol, que hace que se aplique el reglamento. En nuestro caso, las normas pasan, en primer lugar, por el respeto mutuo y, en segundo lugar, por el trabajo que es lo que en definitiva nos hace y les hace crecer como personas. Sin embargo, fuera de clase, sí puedes entablar amistad con los alumnos. Yo, de hecho, en ocasiones he salido con algunos de ellos, sobre todo en mis primeros años, aunque no es lo más frecuente, sobre todo por razones de edad e inquietudes.

-¿Eres partidario de establecer distancias respecto a tus alumnos?

-Mi relación con los alumnos suele ser afable. El primer día de clase les planteo lo que considero necesario, tanto para convivir, como para progresar en los estudios y, a partir de la aceptación de estas propuestas por parte de ellos, la relación se desarrolla en un clima de confianza y naturalidad. Aunque conozco compañeros, los menos, que prefieren el usted, con el fin de marcar distancias y asegurarse un mínimo de respeto, yo prefiero el tuteo, quizá porque pertenezco a una generación que vivimos la dictadura en nuestro periodo escolar y entrábamos con miedo a clase. La distancia entre el profesor y los alumnos era abismal, tanto que se solía recurrir a la intimidación y a la violencia, no ya para corregir actitudes inadecuadas, sino como argumento para enseñar. Era un tiempo de silencio en todas las facetas de la vida, como lo definió Martín Santos en su novela del mismo nombre, donde las personas carecíamos de derechos; un tiempo donde todo eran obligaciones. No había posibilidad de un aprendizaje significativo, que es el que te hace construir tu propio conocimiento, porque los profesores solían hacer tabla rasa, es decir, partían de la ignorancia supina del alumno, con la excepción de un grupo minoritario y privilegiado al que consideraban la elite de la clase. La dictadura de Franco no estaba demasiado interesada en la instrucción, al menos en la instrucción de la mayoría de la población. Ya, desde el inicio de la Guerra Civil, el llamado bando nacional se encargó de depurar al cuerpo de maestros, tan apoyado por los gobiernos republicanos. ¿Por qué? Porque aquellos maestros, y así lo atestiguan libros como el recientemente publicado por María Antonia Iglesias, hacían pensar a los niños para que tuvieran capacidad de decidir por sí mismos y no siguiendo las indicaciones del señorito de turno. Disculpa esta digresión para explicar por qué tuteo a mis alumnos; pero creo que aquella escuela franquista condicionó definitivamente mi concepción de la enseñanza y la relación con mis alumnos. Desde que comencé a impartir clases, quise alejarme de aquel modelo tan humillante y tan poco respetuoso con el alumnado.

-Pero hay quien piensa que el origen de muchos problemas escolares es su escasa capacidad para imponer su autoridad y hacerse respetar…

-No creo que la forma de tratar a los alumnos tenga mucho que ver con los problemas que actualmente tenemos en la enseñanza. Además, un profesor se gana el respeto de sus alumnos cuando éstos perciben que le gusta su asignatura y asume con responsabilidad su papel de profesor, es decir, prepara sus clases con rigor y, al mismo tiempo, intenta hacérselas lo más amenas posible.

-¿El sistema no respalda suficientemente la figura del profesor?

-La respuesta a lo que preguntas no es simple y merece algunas consideraciones. Cuando hay algún conflicto ocasionado por un alumno, Jefatura de Estudios, antes de tomar alguna decisión, no sólo escucha al profesor, sino también al alumno implicado, y esto genera, en ocasiones, desconcierto, porque el profesor tiene bien claro el comportamiento inadecuado del alumno y le gustaría que la sanción fuera inmediata. Pero así debe ser el funcionamiento democrático de un centro de enseñanza. Por otra parte, las sanciones, a diferencia de lo que ocurría antes, suelen ser educativas, porque se parte de la base de que lo importante es la formación integral del alumno, que éste, aunque sea conflictivo, no vea al profesorado como un enemigo que únicamente sanciona su conducta inadecuada, sino como personas que le ayudan a superar sus problemas. Claro, este planteamiento no todos los profesores lo entienden y, en algún momento se pueden sentir desprotegidos. Por último, tengo que decirte que los profesores no siempre se sienten respaldados por la Administración. El caso más reciente que conozco es el del profesor Carlos Cabanillas, jefe de estudios del IES Santiago Apóstol de Badajoz, que fue condenado injustamente por supuestas injurias y vejaciones a un alumno y que, por lo que dicen su propios compañeros, no tuvo el respaldo que merecía por parte de la Delegada de Educación. Es un caso de indefensión jurídica, pues la jueza que condenó al profesor sólo tuvo en cuenta las declaraciones de alumnos.

-¿Y qué responsabilidad tienen los padres en que el alumno tenga en buena consideración a su profesor?

-Los padres tienen mucha responsabilidad en la consideración que tienen sus hijos de nosotros. Antes, la autoridad del profesor nunca se cuestionaba, siempre tenía razón ante los padres. Ahora, las cosas han cambiado, casi podría decir que nos hemos ido a las antípodas, pues la razón ha pasado a tenerla en exclusiva el alumno. Esto ha ocurrido paradójicamente, porque, a raíz del restablecimiento de la democracia, que ha traído libertad y derechos para todos, existe más diálogo entre padres e hijos y se razonan más las cosas. Lo justo sería escuchar a las dos partes. Con cierta frecuencia los padres van al instituto con la versión de sus hijos y no suelen modificar ni escuchando al profesor.

-¿Los padres colaboran adecuadamente en la instrucción de sus hijos?

-En general, sí colaboran. Además, últimamente, se está viendo en nuestro centro una mayor implicación de la Asociación de madres y padres, que ha aumentado sensiblemente su número de asociados. No obstante, el nivel cultural de los padres sigue siendo una barrera importante y establece una diferencia entre los alumnos, que precisamente trata de paliar la enseñanza secundaria obligatoria y el plan de familia.

-¿Existe buena comunicación entre los padres y el profesorado?

-La comunicación entre los padres y el profesorado se establece sobre todo a través de los tutores, que en los tres primeros cursos de la ESO tienen dos horas de reducción para esta tarea. Esto permite a los padres entrevistarse con ellos, siempre que lo soliciten. En mi centro, al menos, la comunicación entre padres y profesorado, por esta vía, es continua y constante a lo largo del curso.

-¿Existen fronteras claras entre las obligaciones de un padre y las de un profesor respecto a la educación de un adolescente? Por ejemplo, ¿a quién corresponde inculcar el amor por la lectura?

-Las fronteras las marca el instituto, donde educamos los profesores, y la casa, donde lo hacen los padres. Pero la tarea de educar nos corresponde tanto a unos como a otros. Los nuevos planes de estudio hacen mucho hincapié en la educación en valores. Se considera que valores como la tolerancia hacia determinados colectivos sociales o el respeto al medio ambiente impregnan los currículos de todas las asignaturas, es decir, son los llamados temas transversales. Por consiguiente, educar en estos valores forma parte de labor diaria de cada uno de los profesores.

-¿Eres partidario de incluir la asignatura Educación para la ciudadanía en los planes de estudio como asignatura obligatoria?

-Hoy en día los jóvenes lo consiguen todo muy fácilmente, sin apenas esfuerzo, desde pequeños. Esto los convierte en personas demasiado consentidas a las que cuesta aceptar de buen grado posibles fracasos por pequeños que éstos sean. Personas para quienes los derechos están por encima de las obligaciones y, como consecuencia de todo ello, personas poco respetuosas con los demás y con el medio en el que viven, poco solidarias. No digo que la mayoría de nuestros jóvenes sea de esta manera, pero sí un porcentaje significativo. Por eso, todo lo que sea reforzar la educación en valores, en los derechos y las obligaciones que todos los españoles nos hemos dado y que recoge nuestra carta magna, lo veo positivo y necesario. La asignatura “Educación para la ciudadanía” está orientada en esta dirección.

-¿Ha creado algún problema en tu instituto?

-Al contrario, por lo que sé, es una asignatura muy bien aceptada por el alumnado, no sólo por su contenido, sino también por cómo se está impartiendo, con respeto a la forma de pensar de cada uno y a partir de actividades en las que los alumnos participan y debaten entre ellos.

-Llevas ya muchos años impartiendo clases… ¿cuando comenzaste existía esa necesidad reglada de educación en valores?

-Cuando yo comencé, hacía poco tiempo que se había restablecido la democracia en España y todavía no se había planteado la necesidad de una asignatura de esas características, probablemente porque existían otras urgencias, como elaborar una ley de educación, similar a la de otros países democráticos, que estableciera la enseñanza secundaria obligatoria. No obstante, ese vacío lo ocupaban los profesores de Historia y Filosofía, que explicaban los valores de nuestra Constitución. Y también el resto del profesorado con nuestra actividad diaria en las aulas.

-¿Cómo han cambiado las actitudes de los alumnos en los últimos 15 o 20 años respecto a la convivencia social?

-El cambio más importante ha venido dado por la implantación de la enseñanza secundaria obligatoria. Cuando yo empecé, existía el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) para los alumnos que deseaban estudiar una carrera universitaria y la FP (Formación Profesional) para los que querían integrarse lo antes posible en el mercado laboral. Yo llegué a impartir clases tanto en el BUP como en la FP y el nivel de exigencia, al menos en mi asignatura de Lengua Castellana, era infinitamente mayor en el primero que en la segunda. Con la ESO, se ha pretendido dar las mismas oportunidades de acceder a unos estudios mínimos a todos los alumnos hasta los 16 años, con independencia de su origen social. Es una medida, por tanto, igualitaria, que pretende paliar las diferencias existentes en la sociedad. ¿Quiénes iban antes a la universidad? Normalmente, los hijos de familias de un poder adquisitivo medio o alto. Apenas había hijos de obreros. Ahora, las cosas han cambiado, entre otras razones, porque existe la ESO, que abre las puertas al bachillerato y, más tarde, a la universidad.

-¿Y respecto a la convivencia interna, de los centros?

-La convivencia en los centros se ha resentido, pero no sólo por la ESO que obliga a permanecer en el sistema educativo a chicos que no quieren estar, sino también por un cambio de mentalidad: la convicción, cada vez más generalizada, de que sólo tenemos derechos y de que todo se consigue fácilmente, como te decía antes. Se olvidan las obligaciones, así como la cultura del esfuerzo y el trabajo para conseguir los objetivos que nos marcamos en la vida.

-¿Qué influye más en la salud de la educación secundaria: el entorno social o los planes de estudio?

-La salud de la ESO tiene mucho que ver con la percepción que se tiene de ella. En los sectores más conservadores de la sociedad se oye decir, como argumento para justificar la ignorancia supina de un joven, “es de la generación LOGSE”, olvidando deliberadamente que esta ley, a diferencia de la que existía antes, establece la educación obligatoria hasta los 16 años. Sin embargo, hay otros sectores, entre los que me incluyo, que no obviamos esta diferencia sustancial y que somos conscientes de que el grado de exigencia, en cuanto a contenidos, en la ESO, no puede ser el mismo que antes, aunque creo que se ha ganado en lo que llamamos destrezas básicas. Me refiero a que la actual normativa sobre educación, de acuerdo con el espíritu de la vituperada LOGSE, insiste sobre todo en que los alumnos perfeccionen destrezas, como la expresión y comprensión oral y escrita, que a la larga es lo que les hace madurar como personas y les va a facilitar su integración en el mundo laboral.

-¿Existe, tal y como se expone en los medios de comunicación, violencia en las aulas?

-No, al menos en mi centro, lo cual no significa que, de vez en cuando, salga a la luz algún caso. Lo que ocurre es que, cuando esto sucede, los medios de comunicación le dan tal relevancia que lo presentan como algo normal. La mayor parte de los alumnos aceptan las normas de convivencia, a pesar del ambiente de violencia que, como tú dices, existe a nivel global y que perciben día tras día en la televisión o Internet. De todas formas, insisto en que vosotros los periodistas tenéis mucho que decir en este aspecto. Te pongo un ejemplo: hace unos días la madre de un alumno de nuestro centro denunció a otro alumno por acoso escolar. El asunto prácticamente se estaba solucionando, porque esta madre aceptó las disculpas del agresor. Sin embargo, al día siguiente, un periódico de Córdoba lo destacó con un titular que venía a decir, más o menos, “Acoso escolar en el I.E.S. Gran Capitán”, con lo cual los lectores de ese diario se hicieron una idea equivocada de lo que realmente sucedió.

-¿Cómo recuerdas el primer día que entraste en un aula como profesor?

-Mi primer día de clase fue en el curso del CAP (Certificado de aptitud pedagógica). Recuerdo que consensué con mi profesor tutor que hablaría de Luis Cernuda, uno de mis poetas favoritos. Me dirigí al instituto nervioso, pero confiado al mismo tiempo, pues tenía el convencimiento de que la clase sobre este escritor les iba a interesar a los alumnos. Esta era mi mayor preocupación: que no se aburrieran y sabía que hay algunos poemas de Cernuda, que sólo pueden entenderse considerando su homosexualidad, un tema tabú en aquella época. Así, conseguí despertar su atención sobre el mundo poético, tan personal del autor de “Los placeres prohibidos”. Así, y hablándoles con naturalidad, como un colega más. Claro, tenía la ventaja de que sólo iba a impartir dos clases, en las que podía mostrarme a ellos todo lo cercano que quisiera.

-¿Has cambiado mucho en este tiempo? ¿y tus alumnos han cambiado?

-Creo que el mundo ha cambiado más que el alumnado, al menos es la percepción que tengo. El mundo dividido en dos bloques, uno capitalista y otro comunista, no tiene nada que ver con el de ahora, donde tenemos una única nación que ejerce, con mano de hierro, su función de gendarme mundial. Es triste echar de menos un periodo de enfrentamiento, de guerra fría, se decía entonces; pero lo cierto es que el equilibrio de fuerzas entre los dos mundos daba una cierta tranquilidad, principalmente porque existía un temor mutuo entre Estados Unidos y la Unión Soviética a una destrucción mutua, tal era el armamento nuclear que poseía cada una de estas dos superpotencias. Ahora se hace lo que dicta EEUU, aunque vaya contra las leyes internacionales que todos deberían respetar. Fíjate en la invasión de Irak y las dramáticas consecuencias que está teniendo. España también ha cambiado, porque la democracia se ha ido asentado progresivamente y hemos vivido uno de los periodos más largos en democracia con todo lo positivo que ello conlleva. En cambio, para mí los alumnos son los mismos. Nosotros envejecemos; pero ellos no, y ¿sabes quién me ha ayudado más a entenderlos? Mis propios hijos, que han hecho que me sitúe en su lugar y que valore más el esfuerzo que hacen. Antes, por ejemplo, raras veces ponía un 10, porque quizá pensaba presuntuosamente que el único que se lo merecía era yo. Pero, gracias a la influencia de mis hijos, me he dado cuenta de que la perfección no existe y que, en consecuencia, no puedo reservar el 10 para una persona utópica, que no existe. Ahora valoro más el trabajo y el esfuerzo que hacen mis alumnos para mejorar. En eso he cambiado y creo que he mejorado como docente, porque en la educación hay dos polos diferentes, pero, al mismo tiempo unidos: enseñar, que nos corresponde sobre todo a nosotros, y aprender, que es función de los alumnos. Es el proceso de enseñanza-aprendizaje, que implica para el profesor ponerse en el lugar del alumno, porque, al fin y al cabo, el objetivo final es que éste aprenda. Ahora me fijo más en los conocimientos con los que vienen los alumnos, porque sé que sólo, a partir de lo que saben, podrán construir sus nuevos conocimientos. También considero más la didáctica; procuro hacerla más amena y siempre orientada a que los alumnos aprenden por sí mismos.

-¿Te consideras un profesor vocacional? ¿De dónde proviene esa vocación?

-La verdad es que, cuando acabé Filosofía y Letras, prácticamente la única opción de trabajo que tenía era la enseñanza. De manera que nunca pensé en otra profesión. Pero me gusta compartir lo que sé con mis alumnos, ayudarles a construir, como te decía antes, sus propios conocimientos. Creo que soy afortunado por trabajar en algo que me gusta y que supone relacionarte todos los días con grupos de personas jóvenes, cuya formación depende en parte de ti. Y no me refiero sólo a los conocimientos de lengua castellana que puedan adquirir, sino a inculcarles determinados valores, como el trabajo y la disciplina en el estudio, la curiosidad intelectual, el disfrute con la lectura…

-¿Amar la profesión debería ser uno de los requisitos para ser profesor?

-Sí, porque he conocido a algunos compañeros a los que no les gusta su profesión, que vienen al instituto con la única intención de cumplir su horario y que no transmiten a sus alumnos el amor por la asignatura que imparten. No es mi caso, pues, además de gustarme mi profesión, me gusta la asignatura que imparto y procuro no sólo son mis conocimientos, sino también con mi actitud inculcarle amor hacia ella. Otra cosa distinta es que lo consiga, porque también hace falta un mínimo de interés por parte del alumno, un mínimo deseo de aprender, una mínima receptividad. Pero, en cualquier caso, considero un requisito fundamental el amor a la profesión. No es lo mismo hablar con apasionamiento de un escritor, implicándote en su vida y en su obra, identificándote con lo que expresa, que utilizar la técnica del distanciamiento, que diría Brecht. Además, en la medida en que amas tu profesión, te entregas a ella con abnegación, le echas horas los fines de semana o en las vacaciones…

-¿Estás de acuerdo con los parámetros actuales de selección del profesorado?

-Creo que los criterios que se siguen para seleccionar a los profesores en las oposiciones, que es el sistema de acceso vigente, son más completos que antes. Porque se incluyen aspectos didácticos que considero indispensables para desarrollar la función docente. No obstante, la preparación didáctica del profesorado debería hacerse antes, es decir, durante la carrera universitaria, como sucede en otros países o como se da en el nuestro en los estudios de magisterio.

-¿Proviene de ahí la causa de la desmotivación del profesorado, un problema que puede llegar a ser nefasto? ¿Con qué obstáculos os encontráis en vuestra labor diaria?

-La desmotivación de algunos profesores se debe, en gran parte, al cambio en el tipo de alumnado. Antes, impartíamos clase a alumnos que habían elegido libremente estudios de BUF o FP. Ahora, con la ESO, que yo considero un avance social extraordinario, que nos ha puesto a la altura de los países democráticos más desarrollados del mundo, nos encontramos con alumnos que no quieren seguir estudiando, pero que están obligados por ley. Esto hace que su actitud en clase, a veces, no sea la adecuada y ocasionen problemas al profesor para impartir con normalidad su asignatura. Pero los que nos dedicamos a la enseñanza sabemos que debemos adaptarnos a estos nuevos alumnos, intentando motivarles para que se interesen por los estudios.

De todas formas, su presencia es sin duda el principal obstáculo que nos encontramos actualmente los profesores. Yo personalmente lo pasé bastante mal los primeros años de la ESO y conozco compañeros que solicitaron el traslado a centros donde sólo se impartía el bachillerato, huyendo de este tipo de alumnos. Pero poco a poco he ido tomando conciencia de que mi labor en el aula no es sólo enseñar lengua y literatura castellana, sino también educar a mis alumnos como personas libres y responsables, respetuosas con sus compañeros y con el medio en el que viven. Además, he podido comprobar que, con frecuencia, determinados comportamientos inadecuados responden al ambiente familiar en el que se han criado los alumnos y, en este sentido, la escuela o el instituto tienen que compensar estas deficiencias, aunque no sea la labor que más nos guste.

-En tu caso particular, como profesor de Lengua y Literatura, supongo que deberás contagiar el amor hacia la lectura. ¿Es un reto complicado?

-Pienso que es el gran reto; pero difícil de conseguir, porque los adversarios con los que competimos son muy poderosos y más atractivos para nuestros alumnos. Pero estamos en la era de lo audiovisual, de los ordenadores y de Internet, y más que enfrentarnos a estas nuevas tecnologías, debemos incorporarlas al proceso de enseñanza-aprendizaje. Por ejemplo, ya que hablamos de lecturas, por mucho que yo defienda el formato clásico del libro, lo cierto es que la mayor parte de los mensajes que leen nuestros alumnos lo hacen en formato digital. Pues bien, adaptémonos y utilicemos los ordenadores, accedamos a los numerosos textos que podemos encontrar en Internet y hagamos que nuestros alumnos lean en este formato. Esto sin menoscabo del libro editado en papel. Alternemos los dos formatos. De esta manera, será más fácil crear en ellos el hábito de leer. Por otra parte, las lecturas obligatorias no pueden ser sólo las clásicas de la historia de la literatura española. En mi opinión, hay que seleccionar, entre los numerosos títulos de narrativa juvenil, los que tengan un mínimo de calidad literaria –y te puedo asegurar que hay buenos escritores en este género- y, por supuesto, que planteen una temática atractiva para nuestros alumnos, que tengan intriga…  A esto hay que añadir la lectura en alto por el profesor –recuperando la costumbre de los cuentos al calor de la lumbre de nuestros abuelos-, una lectura expresiva, que imite las voces de los personajes, que juegue con los tonos de voz, para interesar así a los alumnos. Por propia experiencia, te puedo decir que la lectura en alto del profesor puede enganchar a los alumnos. Cuando se crea el silencio en la clase, un silencio que se puede cortar con los dedos, porque has conseguido guiarlos con la sola ayuda de tu voz por el mundo de ficción de la literatura. Recuerdo, por ejemplo, haberles leído el primer capítulo de “Los santos inocentes” de Miguel Delibes, cuando Azarías sale a correr el cárabo y avanza por el bosque, tropezándose con las piedras, arañándose el cuerpo con las ramas de los árboles, lleno de excitación. Y recuerdo cómo los alumnos lo acompañaban en su recorrido y le escuchaban citar al cárabo, atentos a la lectura en alto que yo les hacía. Son momentos mágicos que se producen en el aula y siempre te queda la esperanza de que los alumnos se aficionen así a la lectura.

-¿Funcionan los encuentros con los autores?

-Los encuentros con los escritores funcionaron muy bien durante un tiempo, porque resulta excitante poder ver y entrevistar al autor de una novela que has leído; pero, como todo, cuando se repite, se convierte en una rutina. Y eso fue lo que pasó: notamos que, cuando los alumnos habían participado en el encuentro con un escritor, la segunda vez ya no era igual que la primera, la expectación disminuye y el interés es menor, de tal manera que también nosotros nos enfriábamos. De todos modos, creo que el grupo de trabajo “Autores y lectores en las aulas”, que organiza estos encuentros, aún sigue funcionando. En mi instituto, queda de aquella experiencia, el hábito de elaborar guías de lectura, con actividades variadas de comprensión, expresión, reflexión y creatividad, que tienen como finalidad sacar un mayor provecho del libro que leen los alumnos.

 -¿Disfrutas cuando disfrutan?

-Claro, no puede ser de otra manera. Cuando observo sus caras expectantes ante una reflexión, o cuando todos se callan para escuchar una lectura en alto, o cuando planteo a debate un tema que les interesa y la mayoría levantan la mano para intervenir, o cuando les propongo una actividad, a través de Internet y les observo embebidos en la pantalla del ordenador. En esos momentos, el tiempo, siempre subjetivo, pasa rápido para ellos y suelen decir, entre sorprendidos y satisfechos, cuando suena el timbre que indica el final de la clase: “¿Ya ha pasado la hora?” Lograr que los alumnos se interesen hasta ese límite de atención es mi máxima aspiración como profesor, o encontrarme con ellos, años después de haberles impartido clase, y que me den las gracias por haberles despertado el gusto por la lectura. También el mero hecho de que me saluden por la calle, contentos de haberme reconocido y que yo les reconozca a ellos, produce satisfacción.

A menudo, cuando los chavales se comunican por teléfono móvil o Internet adulteran de tal modo el lenguaje que resulta incluso ininteligible para los adultos. ¿Son luego capaces de escribir correctamente en exámenes, ejercicios o redacciones?

-Esta es otra de las batallas que estamos librando y de la que esperamos salir victoriosos; pero es difícil, porque, con la comunicación a través del móvil e Internet, se ha producido una cambio sin precedentes en el uso del lenguaje. Nuestra sociedad avanza a un ritmo trepidante y este ritmo ha afectado también a los alumnos, que carecen del sosiego necesario para escribir con pausa. Esto unido a que resulta más económico abreviar las palabras da como resultado un lenguaje que, como tú bien dices, es ininteligible para nosotros los adultos. La tendencia de estos chicos, cuando les planteas una redacción, es utilizar este nuevo lenguaje. Por eso, hay que advertirles continuamente que en castellano hay unas normas de ortografía que necesariamente deben respetar, que los hablantes de una lengua no pueden escribir cada uno como quiera, porque con el tiempo esa lengua acabaría desapareciendo, como ocurrió, por ejemplo, con el latín, cuando la norma lingüística proveniente de Roma dejó de llegar a las restantes provincias del imperio.

-¿Escriben cada vez peor?

-Cuando se hacen este tipo de afirmaciones, debe tenerse en cuenta que el número de alumnos que estudian es mayor que antes y, entre éstos, hay que incluir a los que no quieren estar; porque, de lo contrario, se desvirtúan los datos. De todas formas, aunque fuera cierto que escriben peor, también lo es que tienen una mayor capacidad crítica y un mayor conocimiento de las nuevas tecnologías que les será muy útil para integrarse en el mercado de trabajo.

-¿Los malos hábitos son fácilmente corregibles?

-Corregir los malos hábitos que adquieren con el manejo de los móviles e Internet pasa por que tomen conciencia de la importancia de las normas ortográficas en una lengua, la importancia de conocerlas y mejorar, así, el uso y conocimiento de ésta; de que no es suficiente con comunicarse, como suelen razonarte algunos alumnos, cuando insisten en emplear abreviaciones, como x en lugar de “por”, o prescindir de las haches, cuya presencia no implica diferencias entre las palabras.

-¿La cultura audiovisual, en la que incluimos Internet, les despierta la imaginación o en cambio perjudica su capacidad de comprensión y entendimiento del mundo?

-Nuestros alumnos están conociendo y comprendiendo el mundo, a través de la cultura audiovisual. No creo que este hecho sea algo que les perjudique o les beneficie. Es lo que hay. Ellos, en cierto modo, son hijos de esta cultura, forman parte de ella y así es su percepción del mundo. Lo que sucede es que la información que reciben, fundamentalmente por Internet, es tanta y tan variada que, si queremos utilizar la red como herramienta didáctica, debemos seleccionar esta información. Nosotros estamos en un centro TIC, porque cada uno de los departamentos didácticos elaboró un proyecto de utilización de las nuevas tecnologías del conocimiento y la información, lo cual supone el uso sobre todo del ordenador, no de modo exclusivo en el aula, sino como una herramienta más en el proceso de enseñanza-aprendizaje. En este sentido, hay recursos educativos muy interesantes, como, por ejemplo, la Webquest, en la que los alumnos buscan información en una serie de páginas Web, que tú previamente les has seleccionado. Su utilización propicia el desarrollo de diferentes capacidades como: síntesis, análisis, comprensión, valoración, aplicación, cotejo de fuentes, etc.

-¿Después la calle les resulta fría?

-Nosotros somos de la generación de la calle, pues nuestro tiempo libre lo empleábamos en ese espacio. Allí estaban nuestros amigos, nuestros juegos, etc. Ellos, los alumnos, comparten la calle, que ha dejado de ser un espacio exclusivo de diversión, con la casa y, en particular, con su habitación, donde tienen el ordenador personal con acceso a Internet, los videojuegos, etc. Hay un fenómeno curioso, en este sentido, que se ha dado en Japón; pero que es representativo del nuevo tipo de joven. Me refiero a los hikikomori, jóvenes que un día deciden recluirse en su habitación, aislarse, perder el contacto con sus amistades e incluso con su familia. Y todo esto parece ser que se debe a la excesiva presión que se ejerce sobre ellos, responsabilizándoles del futuro del país.No sé hasta qué punto se da en España este fenómeno. En concreto, en el barrio de Fátima, donde se ubica mi instituto, jóvenes de este tipo, si los hay, resultan excepcionales. Al menos eso he podido comprobar por las redacciones que les encargo a mis alumnos, invitándoles, por ejemplo, a describir lo que hacen un día cualquiera de su vida. La mayoría alterna la casa con la calle, el ordenador con los amigos…

-El 30% de los alumnos no acaba la Educación Secundaria y el 80% de los jóvenes delincuentes ha sufrido fracaso escolar. ¿En el Instituto se pueden reducir los índices de delincuencia sin perjudicar el desarrollo intelectual –y personal- de los mejores estudiantes?

-A pesar de las críticas que recibe desde determinados sectores de la sociedad, yo estoy convencido de las bondades de la ESO. Cuando se implantó en España, y también cuando se estableció la atención sanitaria universal y gratuita, dimos un paso definitivo y, a mi entender irreversible, para colocarnos entre los países democráticos más desarrollados del mundo. Con la ESO, se igualan las diferencias existentes entre las personas por su origen social. Es decir, chicos y chicas de origen humilde que, en un país subdesarrollado, no hubiesen podido estudiar, pueden y deben hacerlo gratuitamente. Una educación básica, fundamentalmente en Matemáticas, en idiomas y en el dominio de tu propia lengua, le facilita al joven su entrada en el mercado laboral. Y todo eso unido a una formación en valores, bien a través de los temas transversales, bien a través de asignaturas, como “Educación para la ciudadanía”, le proporciona los rudimentos necesarios, desde el punto de vista ético, para integrarte en la sociedad, aceptando sus normas de convivencia. Estoy convencido de que a mayor educación, menor delincuencia. El dato que tú ofreces lo corrobora: el 80 % de los delincuentes ha sufrido fracaso escolar. Incluso otros factores que pueden explicar estos comportamientos antisociales, como la falta de expectativas laborales, el desencanto ante el futuro o las pocas oportunidades que la sociedad les da a estos jóvenes, entiendo que están directamente relacionados con el hecho de haber abandonado sus estudios de Secundaria. En cuanto al posible perjuicio que puedan ocasionar los alumnos desmotivados a los que sí lo están, te puedo decir que es un tema de conversación recurrente en la comunidad educativa. Quizás habría que retomar la idea de los diferentes itinerarios que recogía la ley de calidad de la enseñanza, según las distintas expectativas del alumnado, pero sin que eso suponga una separación entre torpes y listos, o quizá habría que incluir en el segundo ciclo de la ESO asignaturas optativas prácticas, como talleres de iniciación a determinados trabajos, que resulten atractivos para los alumnos que quieran incorporarse cuanto antes al mundo laboral. En cualquier caso, es un problema complejo que no tiene fácil solución.

-¿Un alumno debe admirar a quien le enseña a vivir?

-Supongo que te refieres a que si un alumno debe admirar a su profesor. Yo le daría la vuelta al planteamiento: un profesor debe ganarse el respeto y la admiración de los alumnos con su trabajo, con su actitud favorable a la asignatura que imparte, con su pasión por enseñar y, también, y esto me parece fundamental, tratándoles con respeto, sabiendo situarse en el lugar de ellos, particularmente de los más díscolos y desinteresados.

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