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Antonio Ramos Espejo. PERIODISMO, TIERRA Y ESPERANZA

Publicado el 12 febrero 2010 por manuguerrero

 
Aquella estampa -Antonio Ramos recibiendo de Manuel Chaves la Medalla de Andalucía- ponía punto y final a una época. A una época marcada por un estilo de hacer periodismo, más sencillo, natural y humano. Un periodismo dominado por la libreta y la plumilla, sí, casi como ahora, pero con el rasgo definitorio de querer cambiar el mundo. Y no sólo de contarlo o venderlo. 
 
 
Y es que los premios vienen a significar eso. Son una forma de reconocer el trabajo de alguien (en su caso, merecidísimo), pero también de darlo por acabado. Antonio, lo sabemos todos, sigue trabajando (a gran ritmo, además) porque es incapaz de parar pero su impronta, su época dorada, su gran fogonazo quedó atrás, justo en el momento en que esta comunidad, Andalucía, caminaba hacia su entera mutación. De tierra en barbecho a laboratorio de vanguardia.
 
En esas estamos. Andalucía ya no es lo que era (afortunadamente) pero el periodismo tampoco (por desgracia). Se ha diluido el escaso espíritu transgresor que quedaba y los periódicos, las radios y los informativos de televisión ya no tienen rostro humano, sino oficial. Por eso el mismo Antonio pide “reconquistar el corazón de las redacciones, recuperarlo y quitárselo a los empresarios”, porque sólo así este oficio será “digno y creíble”, que es lo que la democracia necesita para ser llamada así.
 
Lo dice con su mejor voluntad y con el permiso de la experiencia. A lo largo de su vida, este señor generoso y bonachón ha ejercido de redactor, corresponsal, director (de periódicos, de documentales de televisión…), escritor, profesor y enciclopedista (Enciclopedia General de Andalucía), pero Antonio Ramos Espejo sigue siendo lo que siempre ha sido: reportero. El gran reportero andaluz de los últimos 40 años. El que ha contado, de piel a piel, lo que ha vivido el pueblo de Andalucía (sobre todo ese que sufre siempre los caprichos de la Historia, la injusticia y el poder.)
 
Los medios de comunicación de hoy no guardan sitio para reporteros como él. Porque sus destrezas, su temperamento, su actitud humana y humanista, no casan bien con los yuppies y sus aprendidas técnicas de mercadeo. El cambio de época y tendencia es evidente, pero no inevitable. Por fortuna ahí queda su magisterio, latente en varias generaciones de jóvenes periodistas: “Recuperad el orgullo de ser los primeros en el eslabón de la Historia y rescatad de su actual secuestro el corazón de la Redacción”.
 
-Buenas tardes, Antonio. Me gusta que quien pase por aquí se sienta a gusto. Pídeme un trago, una música de fondo… Lo que prefieras.
-Un gin-tonic, por ejemplo, con una rodaja de limón, que después me pueda comer. Pero, quedaría mejor con una pequeña dosis de Leonard Cohen, “Pequeño Wals Vienés” por ejemplo.
 
-He oído muchas veces que Antonio Ramos, el reportero, suele compartir pan y vino con la gente, con las personas que luego protagonizan sus reportajes. ¿Eso es una forma de hablar, una metáfora, o realmente forma parte de tu manera de trabajar?
-Bueno, eso depende de las circunstancias. Hay veces que esa iniciativa parte de la generosidad u hospitalidad del entrevistado. Por ejemplo, Caballero Bonald te invita a una copita de manzanilla en su casa de Sanlúcar; Isabel García Lorca y Laura de los Ríos calman la sed de los caminantes en la Huerta de San Vicente con una limonada con yerbabuena (realmente se la pusieron a Alberti y a los que lo acompañábamos…) Los descendientes de Almutamid en su modesta casa de Agmat te ofrecen un cuscús con té verde; los padres de las niñas que se casaron con el Lute y el Toto por el ritual gitano en un olivar de los Monte de Granada me ofrecieron aquella noche, cuando había vuelto una de las niñas, vino con torreznos que tenían en una sartén. Y entonces el reportero, aunque no tenga ganas, acepta para darles confianza y abrirles el corazón (hoy día el reportero tendría que abrir la billetera.) Y otras veces es el reportero el que invita como aquel día que reunió a mi tío Adolfo, secuestrado por el maquis, a mi padre y a uno de sus secuestradores de la partida de Roberto (aquel jefe maquis que de ser un héroe pasó a ser un villano cuando delató al final de la historia a sus últimos compañeros por los montes de Frigiliana, en Málaga…) Y en fin es que has tocado un tema muy interesante, que sería, ahora que me lo has planteado, para dedicar un librito sobre las artes de los reporteros, o de este reportero, para conseguir sus objetivos, lícitos, eso sí.
 

-A los periodistas de mi generación puede parecernos impensable esa estrategia. Siempre hay un jefe o coordinador que te llama repetidamente para preguntarte cuánto te queda. ¿Tanto ha cambiado el periodismo en los últimos años?
-El jefe con sus urgencias siempre ha existido. Creo que, en este sentido, se mantienen esas prisas, quizás ahora más porque los cierres en los periódicos, sobre todo si no tienen rotativa propia, están más ajustados. Siempre ha habido un dicho a esas horas de la noche: “venga que vamos a perder los correos”. Y eso no se puede consentir porque perder el correo es perder las ventas. Y también porque toda la cadena de redacción, como es lógico, recae sobre el redactor, que se lo hace todo. Antes la cadena era más amplia: teletipistas, linotipistas, correctores… Y sobre todo redactores veteranos que ayudaban a salir del aprieto. Y lo que es peor: que hay menos redactores y los que logran sobrevivir están sobrecargados de trabajo. Han cambiado las estrategias. Ahora hay informaciones que compiten o están por encima de las más auténticas o más interesantes y vitales para los lectores, que aquellas otras que se imponen en lugar de preferencia y extensión: son las que conllevan intereses políticos o financieros; aquellas que surgen de las redes o del tráfico de informes y demás “documentos”, soplos o cualquier otro procedimiento, que tienen envenados los periódicos y por lo tanto a buena parte de los lectores… Aquí muchas veces hay quienes compran los periódicos, y no digamos la radio que no cuesta un duro, y ahora también las tertulias televisivas, porque necesitan estar cabreados contra alguien. Y es una pena que se pierda el tiempo de un periodista, su ética y su pundonor en escribir para mantener tenso el ánimo de un cierto tipo de lectores que suelen ser, en cada caso, los más afines a la línea editorial del medio.

-¿El teléfono móvil llegó también con sus contraprestaciones para el periodismo?
-El móvil es un gran invento para el periodismo. Antes, cuando había una noticia muy importante, o la daba de inmediato la radio o incluso se adelantaban las agencias con un flash de urgencia y lo advertía con una pitada que sonaba en los teletipos como si de pronto sonara la campana de una iglesia advirtiendo de un incendio. Ahora el móvil tiene esa primacía. El problema es cuando se quieren hacer todas las informaciones a golpe de móvil o de internet, fomentando un periodismo de mesa, pasivo, alejado de la realidad de la calle, sin rostro humano.

-Los que ahora hacemos periodismo usamos, además, internet, gps, ordenadores portátiles y muchas veces hasta jefes de prensa. ¿Todo esto nos ayuda a comprender al ser humano y todo lo que le ocurre o es, por el contrario, un arma de doble filo?
-Los avances tecnológicos han sido siempre fundamentales para la comunicación. Tanto para el medio de comunicación como para los redactores, o para un simple ciudadano que tiene la oportunidad de comunicar un suceso o formular críticas y sugerencias. Todo depende del uso que se haga; y de la libertad que sientas cuando los manejas. Porque también uno se puede convertir en un esclavo de las tecnologías y perder más tiempo en tus horas de trabajo, dentro o fuera de casa, jugando a los marcianos, por ejemplo.

-¿Cómo era el periodismo, cómo se trabajaba, a grandes rasgos, cuando tú empezaste?
-Era un periodismo más artesanal y también más creativo. La televisión estaba aún por desarrollar, en la radio no había información, apenas la oficial; primaban los seriales, el fútbol, los toros y el folklore. En los periódicos –mi época es de los mediados de los 60 del siglo pasado en adelante- primaban los grandes reportajes, las crónicas del extranjero… A la más mínima me decanté por el reporterismo, más libre, sin encorsetar. También es verdad que era un periodismo en el que se mezclaban grandes firmas, grandes periodistas, ya veteranos, y los jóvenes valores, junto a profesionales que adolecían de formación académica, que cultivaban un periodismo más primario, que se aplicaba a los deportes, los sucesos y las informaciones rutinarias. Sin embargo, conozco casos de profesionales que, sin una adecuada formación, a base de tesón, intuición y aprendizaje en esa escuela de periodismo que da la calle y el medio, se hicieron excelentes reporteros o editores.

-¿Qué es lo que te atrajo de esta profesión?
-La aventura, la posibilidad de abrirte un camino… Lo mío no fue flechazo; fue como una oportunidad para desarrollar las inquietudes literarias y filosóficas (yo hice primero Filosofía), que tenían que salir por algún sitio.

-¿Entonces no hubo vocación?
-De entrada no, pero sí, casi de inmediato, vi una luz que te marca un camino y entonces es cuando piensas que ahí puede estar tu vida. Ten en cuenta que yo empecé casualmente. Mi paisano Andrés García Maldonado –hoy presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa de Andalucía- estaba ya en el Sol de España, un periódico que pertenecía al España de Tánger y que se instala en Marbella (porque no podía hacerlo en la capital, donde reinaba el diario Sur, del Movimiento). Por Andrés me entero (yo entonces estaba recién salido de la mili, y vivía en Málaga) que la empresa necesitaba un periodista o “algo parecido” para hacer una página diaria de Torremolinos. Me fui a Marbella y, sin más, Cándido Calvo, el director, me dijo que adelante: me vio como un chico con inquietudes. De esa manera, este cateto de Alhama, se vio a los cinco días haciendo una página diaria, que el director la llamó “…Y siempre Torremolinos”, que se publicaba en la contraportada. Tuve la suerte de encontrarme con un buen fotógrafo, Paco Bóveda, que me doblaba la edad. Y además Bóveda tenía dos hijos mellizos, con los que podía contar para salir, sobre todo de noche a buscarnos la vida. (Entonces asistimos, por ejemplo, a las inauguraciones del Pippers, Tífannis, tenía la oportunidad de esperar en el aeropuerto a artistas que iban camino de los westerm de Almería, como Brigitte Bardot, o actuar de extras en rodajes). Años más tarde me encontré que uno de mis reporteros mellizos, Paco, fue, creo, el primer alcalde socialista de Torremolinos.

-¿Y quién te marcaba en esa época?
-A mí me han marcado filósofos-periodistas como Albert Camus. Y cuando estaba más afianzado García Lorca, que me lleva a Gerald Brenan. Pero quienes me apoyan en mi hoja de rutas son fundamentalmente, como ya he dicho, Cándido Calvo y Melchor Saiz-Pardo, además de José Ángel Escurra y Víctor Márquez Reviriego. El primero como director y el segundo como redactor-jefe de la revista Triunfo. Esta revista me da un alcance nacional y la posibilidad de darle una dimensión nueva a mis reportajes.

Cándido Calvo fue el primero que vio en mí algo especial. Después de Sol salté a Roma, en 1970, donde iba a continuar mis estudios de filosofía y trataba además de hacer periodismo. Tuve la suerte, a través de Miguel Ángel Gozalo, subdirector del diario Madrid, al que conocí gracias a mi buen amigo y protector Chumy Chúmez, de entrar en contacto con la agencia EFE en Roma. Al frente de la delegación estaba el periodista granadino Melchor Saiz-Pardo. Y ahí empezó mi mejor estrella. Roma y aquel ambiente periodístico de libertad me cambiaron totalmente. Después, a Melchor lo nombraron director de Ideal. Yo me quedé un tiempo más en Roma ya como corresponsal del diario Ya, donde entro a través de Luis Blanco Vila que era su corresponsal en Roma. Un año más tarde me reclama Melchor y me convierte en reportero para toda la cadena Edica. Un lujo para aquellos tiempos.

-¿Provenías de una familia que hablara por entonces de política, de lo que pasaba en este país? Por ejemplo, ¿de qué se hablaba por las noches, antes de dormir? ¿Tu familia era una de las muchas silenciosas y silenciadas?
-Mi familia era tradicionalmente de derechas, sin estar adscrita al régimen ni recibir prebendas. En mi casa no se hablaba de política; y nunca nos inculcaron ideales del régimen. De hecho ninguno de mis hermanos estuvo en colegios del régimen, sino en colegio de pago en los que se cantaba más la Salve que el Cara al Sol. Por otra parte, sí se advertía un cierto miedo, sobre todo en mi madre, a que fuéramos captados por las organizaciones del régimen por miedo a significarse. Después, con el tiempo, cada uno optamos por posiciones progresistas.

-¿Eras un niño despierto?
-¡Y qué remedio! Avispado para los estudios… De lo contario te podías, como muchos de mis familiares y paisanos, enrolar en la carrera de hacer surcos con una yunta.

-¿Cuándo descubriste que la vida iba en serio?
-A los ocho años, cuando mis padres me dijeron que me tenía que ir al colegio, interno a los jesuitas de Málaga (San Estanislao de Koska, más conocido por el Palo, nombre de una importante barriada), donde hasta entonces habían estado mis dos hermanos mayores. Pero yo me iba solo… Absolutamente solo. Esa sí fue mi carrera iniciática hacia no sabía dónde. Solo ante un camino que imaginabas infinito.

-¿Y pasaron muchos capítulos de crueldad ante tus ojos de niño?
-De niño, los episodios violentos se retienen como tragedias que estarán siempre presentes. Recuerdo que de niños oímos un fuerte tropel en la calle. Era casi la hora de colegio. Un vecino había matado con la paleta del brasero a su mujer. Después él se quitó la vida pegándose un tiro, decían que con un rifle, cayendo al vacío del tajo del pueblo. Cuando estábamos en el portal, muertos de frío, oíamos comentar a la gente que junto al cadáver había un gato aullando. Como si fuera aquel el único familiar de la víctima. Por esas fechas me impactó aún más cuando la Guardia Civil mató a siete leñadores que hacían de enlaces con los hombres de la sierra (maquis) y los pasearon echados, como guarros después de una matanza, encima de sus propios burros. Aquella sí que fue terrible. Tres días después entró en mi casa a trabajar una mujer vestida de negro, totalmente enlutada. Se llamaba Presenta. Tenía tres hijos pequeños. Junto a ella pasé algunos años de mi vida. No se puede borrar de la mente de un niño el dolor de aquella mujer y el de sus tres hijos, que se criaron a la par que algunos de nosotros.

-También debió impresionarte, y que nadie piense que estoy frivolizando, la muerte de Claveles. ¿Es cierto que tuviste una cabra como nodriza?
-Yo tenía una cabra, que se llamaba Claveles, porque era el sexto de mi casa y ya no quedaba teta para mí. Como en otros muchos casos, se reservaba la leche de esa cabra-nodriza exclusivamente para el niño, en este caso para mí. La alimentaban con garbanzos para que diera la leche más azucarada. Y es curioso porque, desde entonces, yo nunca he tomado la leche con azúcar, ni siquiera con el café… Hace años leí que Carlos Castilla del Pino, en uno de los dos libros de memorias, contaba esto mismo. Él tuvo también su cabra nodriza y en una ocasión intercambiamos experiencias. Y el caso de Gerald Brenan fue aún más especial porque su nodriza fue una burra. Ya se sabe que la leche de burra da mucho juego. Siguiendo con mi cabra, Claveles tuvo un final fatal, como era el destino de las cabras ya viejas. Un año, cuando ya había cumplido con sus funciones de ama de leche, en mi casa se hizo una matanza sonada, como en una casa de campo en la que habría que preparar carnes, que se convertían en embutidos, tocinos para las ollas, para el personal de la casa y de fuera que trabajaba en el campo. Y mataron en el cortijo de Polilla, que así se llama esta casa de campo familiar, una vaquilla, trece cerdos y dos cabras, una de ellas mi Claveles. No hubo piedad. Con la carne de cabra se hacía un chorizo fino, que gustaba mucho. Lo que recuerdo de ese momento, aparte de la magnitud de la matanza, fue el dolor y el llanto que me produjo la muerte de Claveles. Nunca lo he olvidado.

-¿Eso era común en la época?
-Eso era común en las familias que tenían medios. Ten en cuenta que estamos en los años 43 y 44 de la posguerra, años de muchísima hambre. En ese sentido, como en otros muchos, fui un privilegiado. Podía beber buena leche de cabra.

-Tu familia…
-Una familia normal de clase media de agricultores. Una gran familia, por su categoría humana y por la magnitud: doce hermanos, de los que dos murieron muy pequeños…

-¿En tu casa había más animales que libros o al revés?
-Animales tenía que haber muchísimos para dar de comer a la familia y agregados. Había cerdos, cabras, gallinas, palomas… además de los más domésticos: mulos para la labranza, gatos y buenos perros. Libros había los justos.

 

-¿Y cuándo te llegó la vena lectora?
-Supongo que en el colegio, por obligación, a partir de los ocho años. Había lecturas recomendadas, libros de ejercicios espirituales, muchos tebeos, y mucho Robinson Crusoe, novelas ejemplares… De joven, a los 16-17 años, cuando estaba en el colegio con los dominicos, un compañero mayor me regaló un libro de viejo: La señora Dalloway, de Virginia Woolf. Desde entonces descubrí autores nuevos, había leído a los existencialistas (Kierkegaard, sobre todo) por la vena filosófica, García Lorca, cuyas primeras Obras Completas, autorizadas, me regaló mi hermana Amparo, hoy religiosa dominica en Cuba, donde se ve obligada a cambiar los puros que le dan por la cuota de racionamiento por huevos de codorniz. Y muchos libros de teatro. En realidad, quise ser poeta y dramaturgo. La lectura del teatro me ha servido mucho para las entrevistas periodísticas. De hecho, llegué a escribir algunas obras (inéditas) y experimentaba mucho con los diálogos. Esa forma de construir los diálogos, que tengan sus cadencias, sus entradas y salidas, su buen armazón como una escalera, me ha entusiasmado, sobre todo con personajes populares.

-¿Ser interno en un colegio marcó tu personalidad?
-Indudablemente. Yo me vi de pronto, de una casa de familia numerosa, en cierto modo bastante mimado, solo ante el mundo. Aunque hay que pensar, y éramos conscientes los compañeros que éramos de la misma edad, que en cierto modo, era un privilegio para aquellos padres que podían pagarlo. He recordado en alguna ocasión más o menos formal que esa soledad te marca, te hace más fuerte y más independiente. Por las noches, si sientes frío y te destapas, ¿quién te arropa? Aunque nosotros teníamos un sereno que cuando veía alguno destapado lo arropaba. Pero no es lo mismo… ¿Quién te da un beso? Después, como ese colegio era muy caro y llegó a mi pueblo un padre dominico reclutando niños para el colegio de Almagro (Ciudad Real) me fichó a mí y a mi padre no le pareció mal. A los diez años estaba en un cambio de destino. Y en este colegio, a veces, con el frío de la Mancha, reventaban las tuberías del agua, y teníamos que bajar, a las siete de la mañana, a lavarnos en un depósito helado. Pero ya venía fuerte como para sortear esas circunstancias climatológicas. A lo que no me adapté, hasta dos años después, fue al desayuno con leche de vaca. Criado con la leche de mi Claveles, me costó aceptar ese sabor nuevo. Y todavía me sigue gustando más la leche de cabra, siempre sin azúcar, y mejor natural que caliente.

-¿Salir de Alhama era una huida?
-En términos positivos, sí, de alguna manera. Te vas con la mentalidad del emigrante. Sólo que el colegial interno acaba regresando. El caso del emigrante es, de entrada, dramático porque se ve obligado a salir, es como si fueras expulsado. Después, según la suerte, volverá a comprar una casa, tierras, pondrá un bar; o se quedará en ese destino que le dio la nueva vida y se alegrará de haber tomado aquella decisión tan amarga en su momento.

-¿Y el periodismo te dio calor, con el paso de los años?
-Pues, sí. Me dio refugio, me acogió, aunque yo me busqué esa casa de acogida. Lo que fue una circunstancia, una aventura, sigue siendo una pasión y un compromiso. Creo que sin esos dos ingredientes, más el de la intuición para saber orientarte en cada momento, no podría haber aguantado de la forma que yo he ido sorteando por los vericuetos de esta profesión.

-¿Tienes ahora la sensación de haber empezado en un periodo fascinante para esta profesión?
-Nada es fascinante si tú no lo conviertes en fascinante. Creo que cada etapa, si te vas preparando, tiene que ser diferente. Me he dado cuenta varias veces que no puedes decir, salvo que sea preciso, que yo fui director, el periodista que hizo tal cosa… Uno es el que es en su conjunto, predispuesto siempre a afrontar un destino nuevo. Esta profesión es para vivir en activo de principio a fin. Para un reportero –y ahora estoy distinguiendo entre el periodista a secas o con otros apellidos- y esta otra singularidad, por llamarle de alguna manera, que es la de ser y sentirse reportero. Un reportero no claudica. Siempre está alerta. Porque siempre, a la edad que tengas, tendrás algo que contar.

 

-Trabajaste con dictadura, Transición y democracia. ¿Cuándo viviste una experiencia más apasionante? ¿Cuándo había más por descubrir, por contar?
-Las cosas se cuentan con más interés, emoción y riesgo cuando hay fronteras que impiden comunicar lo prohibido, lo vedado. La libertad democrática es un sueño hasta que se conquista en las urnas. Los sueños son buenos o pasables si duran poco, pero si todas las noches o los días sueñas en la libertad y ésta no llega, se convierte en una pesadilla. Aunque para muchos que la habían soñado ya fue demasiado tarde; pero, afortunadamente se rompió esa barrera. Sin embargo, siguieron otras que hubo que ir derribando. La libertad, de todas formas y en menos en periodismo, nunca se manifiesta en su plenitud. Por eso los periodistas seguimos soñando, aunque sin los sobresaltos de la dictadura. (Aunque a veces, perdón por el inciso sobre algo que necesito decir, uno piensa si no estamos al borde de una pre-dictadura cuando hay jueces que se disponen a llevar a la cárcel si fuera preciso al juez Garzón; y aún peor cuando ves que hay políticos, tan amigos de los jueces, que éstos haga lo que haga Camps, el presidente valenciano, y su amigo “El Bigotes”, hagan lo que hagan, con datos clamorosos sobre presuntos delitos, miran para otro lado. Sencillamente como en una dictadura). Seguimos. Y hay, además, otros pueblos que no han alcanzado esa democracia y eso debe producir en las gentes que vivimos en regímenes democráticos sentimientos y gestos de solidaridad, sobre todo hacia aquellos ciudadanos que se juegan la vida para conseguirla, entre ellos muchos periodistas.

-Qué razón tienes. ¿Y la Transición te cogió en Andalucía? ¿Cómo la viviste?
-Yo la viví desde dos frentes: como ciudadano y como periodista. Y creo que logré unir dos frentes en uno. Mi compromiso con Andalucía coincidía con mi compromiso profesional de reportero o cronista. Es decir, que a grandes rasgos, y salvo situaciones delicadas, tuve la suerte de que me dejaran hacer, con mis dosis de rebeldía, mi inclinación por los temas humanos, contra los casos de represión… Y de ahí salen mis libros: desde el primero “Andalucía: Campo de Trabajo y Represión”, “Pasaporte Andaluz”, “El Caso Almería”, “Después de Casas Viejas”, hasta los que giran en torno a Gerald Brenan o García Lorca.

-¿De dónde provenía tu compromiso por esta comunidad autónoma?
-Como periodista tuve siempre claro un cierto compromiso por mi parcela de patria, que es mi pueblo, mi provincia, Andalucía… En mis primeros pasos en Sol de España, hice un serial largo: “Andalucía paso a paso. Pueblo a pueblo”, que me sugirió mi director Cándido Calvo. Digamos que esa fue mi primera piedra formal en mi carrera hacia un compromiso total por Andalucía. Ese compromiso se hizo más efectivo durante mi estancia en Roma. Cuando estaba, no ya en EFE, sino como corresponsal de YA, trabajaba en la Stampa Estera, donde estábamos ubicados los corresponsales sin delegación propia. En una de aquellas salas coincidí, entre otros, con dos corresponsales: una chilena y un croata. De ellos aprendí a sensibilizarme no ya solo con la apuesta por la democracia y el fin de la dictadura, que en eso ya estaba, sino con los pueblos que luchan por su autonomía. Se me despertó la conciencia de ser del Sur, como a algunos amigos, compañeros de estudios, de Reggio Calabria o de Sicilia. Cuando volví a España, todavía quedaban años para el final de la dictadura, y con el apoyo de mi director, Melchor Saiz-Pardo, mis trabajos, mis reportajes, tenían un marcado fondo de conciencia de pueblo: lo mismo se hablaba del paro, de la emigración, del subdesarrollo en general, que de poetas, cantautores, escritores. La serie “Andalucía: diálogos de urgencia”, con Julián Marías, Alfonso Carlos Comín, Antonio María Calero Amor, José María Pemán, José Cazorla, Manuel Barrios, Gerald Brenan, Bosque Maurell, Murillo Ferrol, Jesé Menese, Alfonso Grosso… contribuyó a fortalecerme en esa línea. En ese camino, me encuentro con Blas Infante, García Lorca, que son dos de mis personajes más investigados durante esa época, que coincide con la cancha que me ofrece la revista Triunfo, donde todos esos temas míos tenían cabida. Entonces me encuentro con compañeros y amigos con los que comparto ese mismo sentimiento, como Antonio Checa, José Aumente, Paco Casero, Diamantino García, o Carlos Cano, con el que recorrí muchos caminos, cuando él cantaba la verdiblanca y a la gente le entraban escalofríos. Bueno, y mucha gente, tanta gente… Ahora mismo me acabo de enterar –y estoy lejos de Sevilla- que ha muerto Luisa Infante, la hija mayor del Padre de la Patria Andaluza. Una gran mujer, como sus hermanas María de los Ángeles y Alegría; como su hijo Luis Blas, con el que pasé casi dos semanas en Ámsterdam, donde trabajaba de camarero y yo estaba allí haciendo reportajes sobre la emigración. 

 

-¿Cómo crees que trataron a Andalucía las autoridades nacionales durante ese periodo decisivo:1973-1983?
-Ésa es una fecha de referencia, que nosotros utilizamos en la serie de libros “Crónica de un sueño” para marcar la transición, con parte de la dictadura, y los primeros años de la democracia y la autonomía. Por lo tanto, el maltrato a Andalucía es secular, se incrementa con la España de Franco, que aleja a Andalucía de los planes de desarrollo, destinándola a reserva de mano de obra para la emigración y como reserva turística. Luego, con la democracia, a Andalucía se la quiere relegar a una autonomía de segunda división, al margen de las comunidades llamadas históricas: Galicia, Cataluña y Euskadi. Aquí hay que decir que fueron los partidos autonomistas los que tuvieron esa visión de protestar contra la sinrazón, a la que se unirían pronto los llamados partidos centralistas, como PSOE y PCE. ¿Por qué Andalucía tenía que ser de segunda división? Si es por Historia es la más vieja, la más importante desde Tartessos, la Bética, Al-Ándalus… Si es por la II República, el Estatuto de Andalucía se quedó en puertas por la Guerra Civil. Ésta es una larga historia que afortunadamente se rompe porque el pueblo andaluz así lo quiso y lo impuso. El pueblo provocó el despertar de sindicalistas, políticos, intelectuales… Si tenemos que simbolizar en un solo nombre al pueblo ese es José Manuel García Caparrrós, que murió (asesinado) en Málaga el 4 de diciembre de 1977, en la manifestación del Día de Andalucía, presidida por los parlamentarios andaluces (diputados y senadores). Si lo simbolizamos en un político ahí está Rafael Escuredo que se echó al “monte” con el respaldo de los andaluces para que Andalucía se convirtiera en autonomía histórica frente a los propios andaluces de la UCD que prefirieron ser sumisos a las consignas de Adolfo Suárez. Con la excepción tan honrosa del ministro Manuel Clavero Arévalo, que prefirió estar con el pueblo antes de ser uno de sus traidores. Si tenemos que simbolizarlo en sindicalistas: ahí están los dirigentes de CCOO condenados en el Proceso 1.001 (Saborido, Soto y Acosta), además de los fundadores del Sindicato de Obreros del Campo: Diamantino García, Paco Casero y J.M. Sánchez Gordillo. Y si tenemos que simbolizarlo en nombres de la cultura: Rafael Alberti, Carlos Cano, Antonio Gala…

-¿Y qué enemigos había en casa?
-Andalucía, hasta donde nos alcanza la vista en este momento, de los siglos XIX y XX, sus enemigos los ha tenido dentro. Los latifundistas y caciques, aunque consiguieran poder en Madrid, no levantaban un dedo por su tierra. Por lo tanto, hagamos un examen de conciencia antes de culpar del subdesarrollo a los gobiernos de Madrid, que también. Porque, sin ir más lejos, en la dictadura hubo ministros tan señalados como José Solís Ruiz, que colocó, eso sí, como Natalio Rivas décadas antes, a muchos paisanos suyos en Madrid, o sólo pedía para su pueblo, donde reinaba como cacique político. Durante la Transición, los gobiernos de la UCD contaron con andaluces que, salvo el caso de Clavero, no jugaron precisamente para defender los derechos de Andalucía. Y en los gobiernos de Aznar ha habido algún que otro ministro que ha seguido tratando a los andaluces de vagos. Y no hablemos ahora, con una prensa en poder de editores al margen de Andalucía, a la que le interesa sobre todo el valor de lo local, por la publicidad, y el valor nacional por sus propios intereses político-editoriales. Andalucía, en ese sentido, está hoy más desvertebrada que en la Transición.

-¿A tu juicio fue justo y apropiado el proceso de autonomía y su resultado?
-Siempre hay fallos, interpretaciones más o menos interesadas o acaparadoras de la realidad, pero teniendo en cuenta que veníamos de donde veníamos: la oscuridad, el subdesarrollo, el caciquismo, los furgones de cola, el desprecio al pueblo andaluz, hay que reconocer que se ha hecho mucho y que falta mucho camino por recorrer. El progreso no es un fenómeno estático, llega y se para. Y Andalucía no tiene tiempo para mirarse, todavía, el ombligo. Hay que ir más lejos, sabiendo de donde venimos y de donde nos han venido los males.
 
-Por tu larga trayectoria periodística, en la que has desarrollado una importante labor de búsqueda en nuestra Historia reciente (muchas veces oculta) y te has acercado, además, a la gente de la calle con especial interés y dedicación. ¿Qué crees que necesita Andalucía en este justo momento histórico? ¿Qué falta para estar a la altura de otras comunidades españolas o incluso europeas?
-Que nos lo sigamos creyendo. No caer en la desidia, en la rutina, en la desilusión de unos y en los cantos de sirena de otros. Somos un pueblo. Cuando nos lo creamos de verdad, cambiará el rumbo de Andalucía.
 
-En Andalucía hay en torno a un millón de parados, es decir, más del 25% de la población activa. ¿Eso no es insostenible?
-Eso es una barbaridad. Es una injusticia. Parecía que estábamos saliendo del agujero negro del pasado, levantando cabeza, cuando de pronto llega la burbuja del desastre económico y nos aplasta. Y otra vez a empezar, como muchas familias tienen que volver a recuperar un trabajo, una casa… el derecho a vivir dignamente.
 
-¿No veremos pronto otra oleada de andaluces emigrantes?
-Nunca se sabe; pero, será difícil en nuestro tiempo. Pensar en los que llegan, en el abismo que existe. Ojalá que no lleguemos de nuevo a esa situación. Aunque ahora hay más andaluces que se van a la vendimia francesa o que vuelven a ser jornaleros cuando ya parecía que ese era un oficio extinguido para los andaluces.
 
-Además del elevado índice de paro, por aquí acechan otros males como la precariedad (contratos temporales por doquier), la explotación (trabajadores a tiempo parcial con jornadas de diez horas y ganando 600 euros) y la picaresca (pequeñas empresas que despiden a su empleados para que los mantenga el Estado pero a los que, sin embargo, mantienen trabajando en horas de mayor demanda, a cambio de una pequeña cantidad monetaria que complemente la prestación por desempleo). ¿Dónde está el periodismo en esas situaciones?
-La picaresca se agudiza en los tiempos de crisis… Más bien deberíamos decir, ¿dónde está Hacienda? El periodismo debe ir por delante, denunciando situaciones, descubriendo trampas… Pero, ¿nos dedicamos a las pequeñas empresas? Antes habría que perseguir de forma implacable a las grandes empresas, de todo tipo, porque esa es la raíz del mal. Pero las grandes empresas están protegidas, acorarazadas. Y esa picaresca que utilizan las pequeñas empresas existe a mayor escala en las grandes. Eso no quiere decir que no se investigue; pero a todos. No sea que nos fijemos solo en estas cosas pequeñas y en la picaresca de las familias que obtienen pequeños sobresueldos para sobrevivir, mientras salen miles de millones de las arcas del Estado para apoyar a los bancos y grandes empresas, que, como se ha demostrado, utilizan parte de ese dinero para pagar sueldos millonarios a ejecutivos en tiempos de crisis.
 
“Es una pena que se pierda el tiempo de un periodista,
su ética y su pundonor en escribir para mantener tenso
el ánimo de un cierto tipo de lectores”
 
-¿El periodismo no tiene el deber de denunciar aquello que sea incorrecto, impropio o, sencillamente, delictivo?
-Claro que lo tiene…. Pero no somos pirómanos. El fuego también quema. Y a veces se pierde la perspectiva ética cuando el periodista se suma al juego sucio de unos políticos contra otros, de unas empresas periodísticas contra otras, y se ponen a investigar sólo aquello que afecta a los intereses de quienes les pagan. De manera que, hagamos periodismo de investigación, de denuncia, pero sepamos para qué y a beneficio de quién lo hacemos.
 
-¿Crees que éste es el motivo por el cual el oficio ha perdido tanta credibilidad?
-Ha perdido porque las empresas van exigiendo, van reduciendo el margen de libertad de los periodistas. Y resumo: el periodismo está amenazado porque la agenda de los periodistas se hace más pensando en los gerentes y ejecutivos que en la Redacción o en los intereses del público al que sirven. Ahí los periodistas hemos perdido el pulso y estamos obligados a recuperarlo. En el pecado llevamos la penitencia.
 
-¿Confías en que el periodismo recupere esas funciones? ¿Volveremos a ver pronto un periodismo valiente y transgresor?
-La red, internet, traspasará las fronteras, ya lo está haciendo. Y ya no será tan fácil mentir con descaro, ocultar información, porque Internet, cualquier ciudadano desde su casa, nos pondrá colorados. Por lo tanto, será el poder de los usuarios, de los ciudadanos en general, el que rescate a los periodistas de la cárcel en la que andan metidos y no siempre por voluntad propia.
 
-¿Quiénes están decidiendo, a día de hoy y en nuestro país, qué periodismo se hace y qué periodismo no se hace?
-Las empresas, los poderes fácticos, las alianzas mafiosas que reparten dinero negro a espuertas…
 
-Qué periodismo se hace y quién lo hace. Es desolador entrar a cualquier redacción y no ver a ningún redactor mayor de 40 años. ¿Esto por qué es así?
-Por un error financiero. También hay una parte de responsabilidad en los profesionales, que se descuidan, bajan la guardia, no están alerta, cuando quieren acordar los devora el zarpazo de los ejecutivos, esos seres sin alma que diseñan planos en los que deciden quiénes están dentro de ese marco y quiénes se van a la calle con una patada en el culo y si te vi no me acuerdo.
 
-¿Adónde van los periodistas de larga trayectoria? ¿Cómo se ganan la vida?
-Cada profesional es una historia, convergente en muchos casos… Tratar esto produce rabia; sobre todo, porque ya no hablamos de periodistas de gran recorrido, sino de profesionales que a los cuarenta años, a los cincuenta años, los convierten en “viejos” para el sistema. ¿Y qué hacen? Me produce escalofríos pensar en compañeros que se desesperan buscando un trabajo que se les niega. Tal vez sea esta una de las pocas profesiones, por no decir la última, en la que se está despreciando la maestría profesional, las madres del conocimiento… Todo eso va en detrimento de la calidad del periodismo. Las redacciones se quedan sin referentes y eso lo notan también los jóvenes valores que acuden a los medios de comunicación a que los enseñen; y en lugar de ponerles un maestro, un profesional experimentado, les exigen que hagan de profesionales como si ya llevaran cinco años de experiencia.
 
-Antonio, has sido redactor, reportero y director de distintas publicaciones periódicas. ¿Con qué nivel de libertad podrías decir hoy que has desempeñado tu trabajo?
-Quiero recordar… He tenido una suerte relativa, logré escribir entre líneas, y a veces con un estilo muy directo que no hacía gracia a los controladores de turno. Todos hemos sido víctimas de la censura, de la autocensura, y víctimas de nuestros propios y legítimos miedos. Siempre hemos tenido que trabajar con miedo; miedo en la dictadura y miedo en la democracia. Porque si unos te podían llevar a la cárcel, los de ahora te echan al corralillo de los parados.
 

-¿Cuándo sufriste más presiones?
-En Córdoba, en la etapa de director con Cajasur en el Consejo de Administración. Sólo a mí, hoy en democracia, me tocó soportar un consejero delegado que era policía. Y así salieron las cosas; por peteneras… Y ya he dicho bastante y por primera vez por escrito. Porque me lo tenía reservado para ampliar cuando lo crea oportuno y denunciar estas hipocresías de determinadas empresas periodísticas en democracia.

-De acuerdo. Pero sigamos con las presiones. Ahora es muy fácil publicar un reportaje, por ejemplo, sobre la crisis inmobiliaria. ¿Pero no era fácil publicarlo hace unos años sobre los abusos de las inmobiliarias y las concejalías de Urbanismo?
-Ésa es la clave. Que el terreno sobre el que pisa el periodista es movedizo… Las empresas periodísticas temen, como a una vara verde, las constructoras, a las grandes empresas… La publicidad manda. Ahora más que nunca.

-Por cierto, ¿qué es para ti el periodismo cívico?
-Me apasiona el periodismo local en todas sus dimensiones… Lo practicamos en Córdoba hasta el punto que conseguimos hacer un periodismo de convivencia, en defensa siempre de los intereses ciudadanos.

-¿Es más fácil hacer este tipo de periodismo en prensa, televisión, radio o internet?
-En cada uno es necesario… Internet está en la vanguardia, avisando de cómo deben hacerse las cosas y cómo atender a los públicos. Los lectores, cada vez son más locales y, por otra parte, más universales… De Internet van a depender todos medios.

-Por cierto, Antonio, ¿qué tal tu experiencia en televisión?
-Una sorpresa… Y como hablaba antes, un reto que estimula esas tres patas de la intuición, la pasión y el compromiso… Todo lo demás obedece a golpes de suerte, o de fracasos.

-El género documental, generalmente, goza de prestigio pero no de popularidad. ¿Qué posibilidades ves de conectar con la gente a través de él?
-Hay muchas posibilidades, según los enfoques… Si son temas con interés, garra, presentación, sin caer en el amarillimos; con temas humanos, directos, historias sacadas de la vida misma, pueden llegar a tener más éxito que los programas basura. Nadie quiere comer mierda, salvo que te obliguen y te la restrieguen en la boca.

-¿Realmente un documental podría tener la misma repercusión que un reality-show?
-Podría si la realidad que se presenta es de interés. De todas formas hay que hacer camino, o el camino que se había andado se ha ido destrozando, y hay que abonar de nuevo esos campos.

-En tu caso, has dirigido documentales tan interesantes como Andalucía es su nombre, Andaluzas, que además han tenido bastante éxito. ¿Esperabas esa aceptación?
-No… Pero… A la gente le gusta que se le hable del pasado, de su gente, de sus problemas, de los que han construido nuestras bases de convivencia, en todos los órdenes de la vida social, cultural, política…

-¿Qué te llevó a la televisión?
-Como casi todo en mi vida profesional, la circunstancia. Yo no he rondado, ni llamado a despachos… Francisco Romacho, consejero delegado de Mediasur en Andalucía, propuso un programa en vísperas del Referéndum para el nuevo estatuto de Autonomía para contribuir, de alguna manera, a animar la participación electoral. Me propuso que presentara un proyecto de guión, que elaboré con Antonio Checa, Juan José Téllez, Miguel R. Aguilar Urbano y Enmanuel Camacho. Aquello fue una oportunidad para contar la historia de Andalucía de política, represión, cultura, folklore… todo lo que es Andalucía en pequeñas dosis, muy vivo, directo y creíble; con la suerte de contar con un joven realizador, Alejandro Moreu, que le dio un ritmo tan trepidante que cautivó a los espectadores. Esa era la fórmula para mantener la atención, no generar espacios forzados o vacíos. Y así nos entrenamos los más veteranos con los más jóvenes, reatroalimentándonos unos con otros.

-¿Llegaste con algún temor?
-Lógico. Es bueno tenerlo, ser cauto hasta que ya te enteras de cómo va este medio. Pronto tuvo muy buena audiencia, y nuestros esfuerzos fueron mayores. Al principio se pasa muy mal, hasta que tienes que comprender que todo aquello que quieres contar necesita imágenes. Esto es la tele, no un periódico.

-Con Andalucía es su nombre incluso has ganado otra vez el Premio Andalucía de Periodismo… ¿Qué tal sientan los premios después de tantos años de trabajo?
-Te reactivan o te reponen con más fuerza en la profesión. Y por supuesto te quitan el colesterol de la edad y los triglicéridos del puchero.

-¿El más importante para ti ha sido el de la Medalla de Andalucía?
-Bueno, eso es lo más importante que me ha ocurrido en mi vida. Es algo, interiormente, impresionante. ¿Y ahora qué? Pues a seguir en activo, y pensar que tu compromiso con Andalucía, con tu forma de interpretar el periodismo, es aún mayor; y te anima a seguir por ese camino hasta donde puedas llegar cargado de ilusiones. Me han llamado mucho la atención esos periodistas, por lo general americanos, que hemos visto en las películas, ya muy mayores, pero siempre con su bloc de notas al pie del cañón. Así me gustaría que me vieran.

-De alguna forma solemne había que distinguir, además, al director de la Enciclopedia General de Andalucía. ¡Qué proyecto más ambicioso! ¿Qué crees que ha aportado esta Enciclopedia respecto a otras que se habían hecho anteriormente?
-Ha sido el proyecto más ilusionante que te tenido la oportunidad de dirigir. Con un editor, Juan de Dios Mellado, que me dio toda la confianza y herramientas para desarrollarlo, y un equipo de fábula, redactores que había conocido y seleccionado de mis alumnos de la Facultad o de los que ya hicieron prácticas en El Correo de Andalucía: Jesús Chacón, Javier Vidal, José Romero Portillo, Pablo Santiago Chiquero, Antonio J. Reina, Álvaro Romero Bernal, José Luis Jiménez, Manuel Minero… Sin olvidar a Belén Pulido, y a coordinadores como Antonio Checa Godoy, Rafael Rodríguez, Gabriel Cano, Rafael Valencia, Juan José Téllez, Antonio Zoido, José Calvo Poyato…

¿El contenido de esa Enciclopedia, su esencia, podría resumirse en una frase?
-El periódico de la Historia de Andalucía.

-Antonio, no quería terminar esta entrevista sin hablar de tu faceta como profesor, algo que ha llegado a tu vida después de muchos años de periodismo de calle y de una ingente labor de investigación sobre la Historia reciente de Andalucía y algunos de sus personajes más determinantes (Federico García Lorca o Gerald Brenan, por ejemplo). ¿Qué te has encontrado en las aulas?
-Juventud con ganas de saber, de prepararse… Tenemos la generación más preparada… Espero que pronto se les abran las puertas y el control de la situación para que implanten su modelo profesional y sus nuevos modelos de convivencia.

-¿Existe interés por parte de las nuevas generaciones sobre esa realidad andaluza? ¿Y compromiso?
-Cada uno vive su momento… La guerra, la dictadura, el túnel de la transición, la democracia, la normalización… Ahora, objetivamente, el compromiso está más diluido, más disperso si cabe… Los mayores queremos que los más jóvenes pasen por todos los campos de minas que nosotros hemos sorteado. Debemos alegrarnos de que no tengan que vivir eso; no tienen que comer pan duro, ni ir a la mili, ni recibir un bofetón o un correazo, para afrontar su destino.

-¿A día de hoy eres un hombre esperanzado?
-Naturalmente… En mi familia, en mis amigos, en mis compañeros… Y como decía Alfonso Carlos Comín, en mi fe en la tierra, en mi tierra.

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