
Se nos acaba de ir una leyenda. Un músico que no solo hizo bailar a medio mundo, sino que le puso conciencia, crítica y dignidad a un género que durante demasiado tiempo fue reducido —desde la ignorancia— a simple ritmo exótico para pistas de baile.
Yo lo descubrí gracias a un programa maravilloso de Radio Andalucía Información llamado Corazón de melón, ese espacio que emitía la mejor música latina de todos los tiempos y que tantos tesoros nos ha regalado a quienes amamos los sonidos caribeños. Allí sonó Willie Colón un día y yo quedé prendado para siempre. Me hice seguidor de inmediato. No tardé en hacerme con su discografía completa. Sus discos de los años 60 y 70 se convirtieron en banda sonora habitual de mis trayectos en coche. Ese trombón inconfundible, esa cadencia urbana, esa mezcla de barrio neoyorquino y herencia caribeña… Había algo poderoso ahí. Algo que trascendía el baile.
Porque escuchar a Willie Colón también me ayudó a romper un prejuicio absurdo que, durante años, había interiorizado sin darme cuenta: la idea de que en el Estados Unidos de los 60 y 70 solo existían el jazz y el rock and roll, como si la comunidad latina no hubiera estado allí creando, resistiendo, contando su historia a golpe de clave y trombón. Willie Colón fue prueba viviente de que esa América también hablaba español, también denunciaba injusticias y también construía identidad desde la música.
Música bailable con contenido social
Una de las mayores aportaciones de Willie Colón fue su capacidad para crear música profundamente bailable sin renunciar al contenido social. En esto fue clave su alianza con Rubén Blades, otro gigante. Juntos demostraron que la salsa podía ser crónica urbana, denuncia política y reflexión social sin perder ni un gramo de swing.
Discos como Siembra marcaron una época. Canciones que hablaban del barrio, de la migración, de la desigualdad, del desencanto y la esperanza. Willie Colón rompió el cliché de que la música latina era puro ritmo sin contenido “valioso”. Muy al contrario: había pensamiento, había conciencia, había identidad.
Esa fue, sin duda, la parte que más me atrajo de él. Esa música con conciencia política, con mirada crítica hacia el poder y con empatía hacia los olvidados.


La decepción
Precisamente por eso, la decepción fue mayor.
Durante años lo seguí en redes sociales. Quería conocer sus reflexiones, sus posicionamientos, su mirada sobre el mundo actual. Pero llegó un momento en que tuve que dejar de seguirlo. Descubrí su descarado apoyo a Donald Trump. Y ahí se produjo una ruptura personal inevitable.
No se puede ser latino y apoyar a un majadero payaso como Trump. No cuando ese mismo político ha perseguido a latinos migrantes, incluidos niños. No cuando ha construido su discurso sobre el desprecio y la exclusión. Resultaba incomprensible que alguien cuya obra había puesto voz a los marginados respaldara a quien ha hecho de la estigmatización su bandera.
Fue una contradicción difícil de digerir. Y me dolió.
La salsa que España no supo valorar
Willie Colón llevó la salsa a todo el mundo. La convirtió en un lenguaje global. Sin embargo, en España seguimos siendo bastante ajenos a esa salsa de conciencia social que él pregonó. Aquí hemos abrazado la parte festiva —que es maravillosa—, pero rara vez hemos profundizado en su dimensión política y cultural.
Ojalá existiera un mayor hermanamiento entre grandes músicos españoles y latinoamericanos. Ojalá entendiéramos que en esa música hay historia compartida, memoria migrante, crítica social y también una oportunidad de diálogo cultural mucho más profundo.
Ahora despedimos a un gigante. A un músico que hizo bailar la conciencia. A un artista que rompió moldes, amplió horizontes y nos recordó que la música latina también es pensamiento. No solo ritmo, también verdad.


