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Uclés y la cultura de la confrontación

Publicado el 29 enero 2026 por manuguerrero

Anda la cultura española zarandeada a cuenta de una polémica inesperada: las jornadas “1936: La guerra que todos perdimos”, organizadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. Han tenido que ser aplazadas sine die tras la renuncia de varios participantes, entre ellos el escritor David Uclés, quien decidió no acudir al evento por no querer compartir cartel con figuras como José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros, a quienes asocia con posturas que él considera negacionistas o contrarias a valores democráticos.

La controversia no es baladí: ha devuelto al primer plano el debate sobre la memoria histórica, la equidistancia y los límites del diálogo público en España, pero también sobre cómo se construye —o se desmorona— un personaje cultural y mediático en tiempos de polarización.

Uclés, último ganador del Premio Nadal y a quien se rifan las editoriales, no solo ha subrayado que no puede verse “en el mismo cartel” con quienes él percibe «antidemocráticos» sino que ha celebrado la suspensión del ciclo como “una victoria moral” y una “reparación”, afirmando que los debates sobre nuestra Guerra Civil no pueden partir de falsas ecuaciones.

Creo que en un paisaje mediático tan saturado, la coherencia —o al menos que sea percibida como tal— puede catapultar a alguien a una posición de mayor visibilidad y legitimidad ante un público determinado. Su gesto —grabado en vídeo, expuesto en redes y debatido en medios— entra dentro de lo que hoy se entiende por “construir un personaje público”: coherente, firme, polarizador…

No es un caso aislado, no es nada nuevo. La literatura moderna (como la música, la interpretación…) está llena de autores que supieron construir un personaje público distintivo, que trascendió sus novelas:

  • Gabriel García Márquez no fue solo el Nobel que escribió una obra memorable, sino que supo dibujar muy bien su personaje, tanto en sus artículos periodísticos como en sus apariciones televisivas. Su cercanía a líderes como Fidel Castro consolidó un aura de escritor polémico, situado en el cruce entre literatura, poder y vida privada convertida después en leyenda.
  • Mario Vargas Llosa hizo tres cuartos de lo mismo: novelista a la vez que intelectual en la arena pública, con posturas firmes en política que le granjearon respeto y reprobaciones, pero hicieron que su nombre figurara en debates más allá de la literatura misma. Del puñetazo a García Márquez ya queda poco que añadir…
  • El propio Pérez-Reverte tampoco es ajeno a esto: a lo largo de décadas ha cultivado una figura provocadora, combativa y desinhibida, que mantiene fieles y detractores.

Ese tipo de presencia mediática no es casual, es parte de la estrategia de posicionamiento de un autor. En esos casos, el personaje público no eclipsó la obra, pero sí multiplicó la relevancia cultural de la obra. En contraste, muchos excelentes escritores jamás supieron —o quisieron— construir ese personaje público eficaz, y en consecuencia su fama se diluyó fuera de círculos muy especializados. En estos 25 años de trabajo en televisión he visto con mis propios ojos desaparecer artistas muy talentosos por no tener nada que aportar al debate público más allá de sus «geniales obras». Autores brillantes del realismo social español de la posguerra han quedado relegados al ámbito académico porque no supieron —o no quisieron— gestionar su presencia pública ni participar en debates contemporáneos que captaran la atención mediática. En estos casos, el talento puro no fue suficiente para sostener la memoria colectiva: sin personaje, sin marca, la obra queda reducida a nichos muy reducidos. Miguel de Cervantes, con la guasa que desprende en El Quijote, es fácil imaginarlo en el mundo de hoy. Sería un constante protagonista de todo, a favor o en contra. Un verdadero showman.

Pero ¿qué hay de verdad —y de estrategia— en la actuación de Uclés?

No podemos saber los cálculos internos de Uclés, y él mismo probablemente no los haya articulado desde un punto de vista “estratégico”, pero el efecto social de su gesto es real:

  • Ha hecho girar el foco mediático, no solo en torno al evento, sino sobre él como voz crítica generacional que rechaza equidistancias aceptadas por sectores culturales.
  • Ha polarizado opiniones (con elogios y con ataques) y, en ese proceso, ha ampliado su visibilidad más allá de lectores habituales de narrativa.
  • Ha creado —voluntariamente o no— una figura de coherencia comprometida, frente a la cual el organizador (Pérez-Reverte) ha llegado a responder con descalificaciones públicas, alimentando el contraste.

Y en esto hay algo que vale la pena subrayar: hoy más que nunca, en la esfera cultural y mediática la indiferencia es la peor condena. Que se hable de tu obra, que se debata tu postura, que generes adhesiones y rechazos… eso impulsa tu presencia pública. Uclés lo sabe —su agencia de representación, también— y ha actuado en consecuencia.

Uclés no solo ha dado una actitud ética ante algo que considera intolerable; ha definido un papel público claro y memorable. A los escritores y artistas siempre se les pedirá talento, pero la forma en que gestionan su presencia en el mundo —su personaje— también influye decisivamente en quiénes recordamos y por qué. Y en una época donde solo existe lo que se conoce, es una forma de ganar la atención del público y del tiempo histórico.

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