
Hace aproximadamente un año, un desconocido escribió en un grupo de Facebook del lugar donde vivo:
«Por mudarme, regalo parte de mi colección de vinilos».
No sé exactamente qué esperaba encontrar cuando le escribí por privado: «Me interesan». En realidad, yo no tenía ni siquiera reproductor de vinilos. Pertenezco a la generación del CD. Cuando empecé a escuchar música, a principios de los años 90, aquel era el formato de moda. Con los años fui acumulando discos hasta tener varios miles. Después llegaron el MP3, las descargas, el bluetooth, las plataformas de streaming y esa posibilidad casi infinita de llevar toda la música del mundo en un teléfono. Los vinilos, para mí, habían quedado relegados a otra época. O eso pensaba.
En casa ya tenía algunos. Los había comprado o me los habían regalado por su significado musical y algunos incluso estaban colgados como si fueran cuadros. Porque un buen disco siempre ha tenido algo de objeto artístico. Una portada, una fotografía, un diseño, un nombre, una historia. Hay discos que uno escucha y otros que, además, contempla.
Pero aquella colección era otra cosa. Cuando llegué a casa del desconocido que los regalaba, me encontré con una gigantesca maleta vieja repleta de vinilos. Unos doscientos. Doscientos pequeños pedazos de historia musical, en perfecto estado, esperando a que alguien los escuchara de nuevo. A primera vista, hubo algunos que me entusiasmaron especialmente: Michael Jackson, B. B. King, Donna Summer… Pero había muchos otros que no conocía, que no eran necesariamente de mis estilos favoritos o cuyo valor, al menos para mí, no estaba claro. Fue entonces cuando seguí el consejo de mi amigo Javi Estévez (Subtónica) y decidí poner algunos a la venta. No quería hacer negocio con ellos. Quería encontrarles dueño.
Algunos, cierto, los regalé. A Javi uno de Faith No More, a Juande, de U2, a Chema de Red Hot Chilli Peppers. Solo quería que estuvieran en buenas manos. Porque para mí la cultura es sagrada. Contienen tiempo, talento, emociones, memoria…
Otros los puse en venta por debajo de su precio de mercado. Quería que acabaran en manos de personas que realmente los apreciasen. Quería que alguien los cuidara, los escuchara y los conservaran durante años antes de deshacerse de ellos.
Vendí unos cuantos…
Y con el dinero recaudado tomé una decisión que, hasta entonces, no tenía demasiado sentido: comprarme un reproductor de vinilos. Pero si iba a hacerlo, quería hacerlo de verdad. En lugar de comprar un equipo moderno, busqué uno fabricado en el mismo año en que nací: 1979. Encontré un Philips 777 automático. Después hice exactamente lo mismo con el amplificador (Grunding) y los altavoces, unos Technics.
No buscaba necesariamente el mejor equipo del mundo. Buscaba algo más personal: escuchar la música con una tecnología contemporánea a mi nacimiento. Quería aproximarme, aunque fuera de una manera simbólica, al sonido que podía escucharse en una casa en aquella época. Todo esto ocurrió hace apenas unos días. Y estoy verdaderamente maravillado. Porque había olvidado algo. Había olvidado lo que significa escuchar un disco. No una canción. Un disco.
Hay algo profundamente diferente en poner un vinilo y saber que durante los próximos cuarenta minutos no vas a saltar de una canción a otra, no vas a buscar otra recomendación, no vas a consultar qué viene después ni vas a dejar que un algoritmo decida qué deberías escuchar. Eliges un disco. Lo sacas de su funda. Lo colocas. Y empieza la música. Ese pequeño ritual cambia la experiencia. De repente, escuchar música deja de ser una actividad secundaria. Ya no es algo que acompaña mientras trabajas, conduces, cocinas, haces deporte o miras el móvil.
En una época en la que todo está diseñado para ser urgente, escuchar vinilos es casi revolucionario. Y entonces me encuentro aquí, en mi buhardilla, solo, con un disco girando delante de mí. Lo mismo puede sonar rock que jazz, soul, blues o música electrónica. Da igual. La música vuelve a ocupar un espacio físico.
Vivimos en una época extraordinaria en muchos sentidos. Tenemos acceso inmediato a prácticamente toda la música jamás grabada. Podemos escuchar cualquier canción en segundos y descubrir artistas que probablemente nunca habríamos encontrado de otra manera. No reniego de nada de eso.
Pero quizá precisamente porque tenemos acceso a todo, hemos empezado a disfrutar menos de cada cosa. Tenemos millones de canciones y, sin embargo, muchas veces escuchamos música sin escucharla.
Vivimos rodeados de herramientas que nos permiten ahorrar tiempo. Pero después utilizamos el tiempo que ahorramos para consumir todavía más cosas. Quizá de vez en cuando deberíamos hacer exactamente lo contrario. Elegir una sola cosa y prestarle toda nuestra atención. No se trata de volver al pasado. Se trata de recuperar nuestra capacidad de estar en el presente. Porque tal vez eso sea el arte de vivir.

