
En ocasiones tendemos a pensar que la Historia la escriben los de siempre: los que dictan leyes o dirigen grandes marcas. Pero esa es solo la versión oficial, la que se imprime en los manuales. La vida real —la que de verdad moldea la identidad sentimental de un país— se construye desde abajo, desde ese territorio difuso y fascinante que llamamos underground. Y ahí, en ese espacio donde todo parece más libre y más verdadero, aparecen figuras como Javier García-Pelayo.
Confieso que es una de las personas más peculiares que he conocido nunca. Y eso no es poco decir. Hermano de Gonzalo García-Pelayo —de quien ya he hablado en esta web en otra ocasión—, Javier ha sido mucho más que el acompañante silencioso en las aventuras cinematográficas de Gonzalo. Ha estado a su lado en casi todas sus películas (y, por favor, no dejéis de verlas: ¡son absolutamente maravillosas!), pero reducirlo a ese papel sería injusto.
Javier es, ante todo, un espíritu libre. Nacido en una familia bien situada, decidió desde muy joven que su camino no iba a seguir las normas establecidas. Hijo del hipismo libertario, hizo de su vida un experimento constante. Probó todo lo que se podía probar —y probablemente algo más—, y lo cuenta sin filtros, sin arrepentimientos y sin esa impostura tan habitual en las memorias al uso.
A través de la órbita de Gonzalo, Javier fue testigo privilegiado de una España en ebullición: la de quienes acabarían gobernando el país tras el cambio, pero también —y esto es lo verdaderamente importante— la de quienes construyeron el mejor rock que se ha hecho en este país. Trabajó con Smash, descubrió a Triana, apostó por Medina Azahara… y con estos últimos vivió algunos de los años más intensos de su vida: hasta 150 galas al año, recorriendo España de punta a cabo (y también parte del extranjero), en una carretera que era mucho más que un lugar de paso.
Si hay un territorio donde Javier García-Pelayo dejó una huella profunda fue en el de mánager, una profesión que en aquellos años prácticamente no existía en España. Él no se limitaba a acompañar a los artistas: los empujaba, los provocaba, los obligaba a ser mejores. Fue uno de los pioneros en levantar, casi desde la nada, una industria musical que no tenía ni infraestructuras ni reglas claras. Carretera, conciertos improvisados, equipos precarios y una intuición casi salvaje para detectar talento formaban parte de su día a día. No se subía a ningún carro: o tiraba de él o lo empujaba, como él mismo ha dicho en más de una ocasión.
Y luego está su otra vida, la de jugador. Porque en el universo de los García-Pelayo el juego nunca fue exactamente juego. Fue método, observación, repetición, una forma de enfrentarse al azar como si fuera un oficio más. Javier formó parte de esa estirpe que convirtió los casinos en un campo de batalla intelectual, viajando incluso a lugares como Las Vegas y participando de una manera de entender el riesgo que tiene tanto de aventura como de disciplina. Esa mezcla de buscavidas, estratega y explorador nocturno termina de completar un personaje que parece salido de una novela, pero que —como demuestra este libro— es completamente real.
Todo esto —y mucho más— está recogido en Sobre la marcha, su primer libro de memorias. Un libro extraordinariamente interesante y, al mismo tiempo, extenuantemente divertido. Porque lo que retrata no es una España de postal, sino una España real, contradictoria, excesiva, muchas veces desconocida.
El volumen está salpicado de fotografías, dibujos, ocurrencias y todo tipo de “frikadas” que lo convierten en algo más que un libro: casi en un objeto de culto. Uno tiene la sensación, al sostenerlo entre las manos, de haber encontrado una joya perdida entre los millones de títulos que se publican cada año sin dejar huella.
Y luego está la escritura. Salvaje. Sin miramientos. Sin preocuparse demasiado por la sintaxis ni por la ortografía. Pero, precisamente por eso, absolutamente viva. Apasionante. Porque Javier no escribe para gustar: escribe como ha vivido, sin filtros, sin domesticar.
Sobre la marcha no es solo un libro de memorias. Es un testimonio necesario. Un recordatorio de que la historia de un país no se entiende sin sus márgenes, sin sus locos, sin sus visionarios.
Ojalá Javier se anime a publicar un segundo tomo. Porque no se puede largar al otro barrio dejando a oscuras tantos pasajes de una vida tan divertida y, al mismo tiempo, tan definitoria del país que somos y que alguna vez, en un pasado no tan remoto, fuimos.

