
Durante meses, el precio del aceite de oliva virgen extra en España fue tema omnipresente en telediarios, tertulias radiofónicas y conversaciones de supermercado. El «oro líquido» llegó a sobrepasar los 9 euros por litro, generando titulares alarmistas y la sensación de que el producto se convertiría para siempre en un bien de lujo. Sin embargo, hoy —con el litro a 3 euros y pico, según el supermercado, y con las perspectivas a la baja en la próxima campaña—, el silencio mediático es atronador. ¿Por qué?
Cuando el foco solo apunta al alza
No solo el aceite vivió su momento de escarnio mediático. El diésel, por ejemplo, superó la barrera de los 2 euros por litro durante el pico inflacionario de 2022. Las noticias de televisión abrían con imágenes de surtidores y con preocupados conductores. Hoy, el diésel puede comprarse a 1,19 euros el litro, menos de lo que costaba antes de la pandemia. Pero este descenso apenas se menciona en ninguna parte.

Lo mismo sucede con la tarifa de la luz. A finales de 2021 y durante buena parte de 2022, el kilovatio hora (kWh) marcó récords históricos. Las tarifas horarias eran analizadas con lupa por los medios (muy especialmente por algunos), con consejos sobre cuándo poner la lavadora o usar el horno. A tenor de algunos medios, España estaba convirtiéndose en la Venezuela de Europa. En cambio, en 2024 y lo que va de 2025, el precio del kWh ha bajado drásticamente, llegando incluso a precios negativos gracias a la sobreproducción de las renovables, y estabilizándose en cifras que no provocan titulares, ni alarmas, ni gráficas explicativas en prime time. Esta caída se debe en buena medida a políticas como la excepción ibérica, un acuerdo negociado por el Gobierno de España con la Comisión Europea que permitió limitar temporalmente el precio del gas destinado a generar electricidad. Una intervención clave que logró contener los precios y amortiguar la crisis energética. Pero, paradójicamente, su éxito apenas ha tenido reflejo en la narrativa mediática. Curioso.

¿Qué más ha bajado?
El gas natural, tras el estallido de la guerra en Ucrania, alcanzó precios históricos. Hoy, con los mercados más calmados y una menor demanda, los precios se han moderado significativamente. Lo mismo ha ocurrido con algunos productos básicos como la harina, la leche (esta semana la he comprado a 75 céntimos el litro, pero no pude hacerle foto, lo siento) o ciertos vegetales. Incluso muchos electrodomésticos y tecnología de consumo han bajado sus precios respecto a 2022, gracias a la normalización de las cadenas de suministro.
Pero, de nuevo, estos ajustes pasan desapercibidos en la conversación pública. ¿No es extraño?
¿Una cuestión de narrativa?
Todo esto plantea una reflexión incómoda sobre la selección informativa. Cuando los precios suben, es noticia. Cuando bajan, parece que no tienen interés. Es como si la estabilidad —o incluso la recuperación del poder adquisitivo— no vendiera.
Y el problema no es solo de los medios. Las redes sociales, los algoritmos y hasta la política alimentan esa tendencia a amplificar lo negativo. Las bajadas de precio, por el contrario, no generan el mismo grado de viralidad ni de indignación. Y sin indignación, parece que no hay historia.
Lo que no se dice también importa
No se trata de ignorar los momentos de dificultad. Los precios altos afectaron y afectan a muchas familias. Pero silenciar las bajadas contribuye a una percepción distorsionada de la realidad económica. Hace unos días, sin ir más lejos, escuchaba a una amiga decir: «a ver si se pasa pronto esta crisis». ¿Qué crisis, querida? La única crisis (de índole económica) que tenemos actualmente en España es la del insostenible precio de la vivienda, a la que se da menos relevancia que a la insignificante okupación. También es raro, ¿no?
Informar no solo es denunciar, también es poner en contexto. Y contar lo que mejora nuestra vida es tan necesario como señalar lo que la empeora. Porque la deliberada omisión también es una forma de manipular el relato.

