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Por España y la humanidad: mi forma de ser andaluz

Publicado el 28 febrero 2026 por manuguerrero

Hay lugares que no se llevan en el DNI, sino en la piel. Lugares que no son una consigna, sino una cadencia. Para mí, Andalucía no es un territorio que se delimita en un mapa: es una manera de mirar el mundo, de habitarlo y de celebrarlo. Por eso, cada 28 de febrero, no siento que esté conmemorando una frontera, sino reconociendo una forma de estar en la vida.

He vivido —y me he vivido— sobre todo en Córdoba (donde nací), Linares y Sevilla. De cada una guardo una huella: la hondura histórica, la dignidad trabajadora, la belleza infinita, la alegría luminosa que convierte cualquier plaza en escenario. Soy hijo de esa mezcla.

Y, sin embargo, no me gustan las patrias cuando se convierten en dogma. No me gustan las fronteras ni las banderas cuando se alzan como trincheras. Desconfío de los nacionalismos cuando necesitan señalar al otro para afirmarse. Me siento más cómodo en lo mestizo que en lo puro, más en el puente que en la muralla. Me considero globalista, integrador, tolerante. Creo en una ciudadanía que suma, no que excluye.

Por eso podría parecer contradictorio que me emocione el Himno de Andalucía. Y, sin embargo, me emociona. Profundamente. Quizá porque no es un himno que se levante contra nadie. Cuando escucho aquello de “por España y la humanidad”, siento que no me están pidiendo elegir entre aquí y allí. No sé si hay más himnos en el mundo con esa actitud, pero, desde luego, esa frase contiene una ética que me representa: raíz sin frontera, pertenencia sin desprecio.

Me siento también muy orgulloso de la aportación andaluza a la civilización occidental. Pienso en Luis de Góngora, en Federico García Lorca, en Pablo Picasso, en Luis Cernuda, en Juan Ramón Jiménez, en Joaquín Sabina, Miguel Ríos, Camarón… Y pienso también en mujeres imprescindibles como María Zambrano, cuya razón poética abrió caminos propios en el pensamiento europeo; Carmen de Burgos, pionera del periodismo y de la igualdad en España; Mercedes Formica, la feminista a contracorriente; Teresa de Acosta, la primera mujer banquera de nuestro país; o Rocío Jurado, que llevó su voz a escenarios internacionales. Nombres universales que brotaron de esta tierra concreta. Y junto a ellos, hoy, científicos, investigadores y emprendedores que innovan sin complejos, demostrando que Andalucía no es solo memoria brillante, sino también presente ambicioso.

Pero, si soy honesto, lo que más me gusta de Andalucía no cabe en una lista de nombres ilustres. Es su actitud ante la vida. Ese carácter disfrutón que no es frivolidad, sino sabiduría práctica. Aquí se trabaja mucho —a veces demasiado y en condiciones difíciles—, pero también se sabe celebrar. Se entiende que el tiempo libre no es un lujo culpable, sino una dimensión esencial de la dignidad humana.

Y nuestras fiestas… No son una explosión bárbara sin sentido, sino una forma colectiva de arte. Basta asomarse al talento que desborda el Carnaval de Cádiz, donde la ironía se convierte en poesía popular y la crítica social se canta a compás. O escuchar con atención la delicadeza y la inteligencia que habitan en muchas sevillanas, pequeñas piezas líricas que condensan memoria, amor y paisaje. Quizá por eso puedo decir que me siento andaluz sin sentirme nacionalista. Que me emociona un himno que habla de humanidad. Que amo una tierra sin convertirla en frontera. Andalucía, para mí, no es una bandera que se agita frente a otras; es una forma de estar en el mundo. Una manera de combinar profundidad y alegría, trabajo y fiesta, raíz y apertura.

Este 28 de febrero no celebro una identidad cerrada. Celebro una invitación: la de vivir al servicio de la belleza y la hospitalidad. Celebro haber nacido en un lugar que, cuando se expresa en su mejor versión, no dice “solo nosotros”, sino “con todos”. Y eso —en estos tiempos de ruido y constante confrontación— me parece profundamente revolucionario.

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