
Ha sido casualidad. Ahora que ha vuelto a juntarse El Último de la Fila me he topado con un recorte que estaba perdido entre mis documentos personales. Me ha transportado directamente a 1998. Aquel año salía Arena en los bolsillos, el primer disco en solitario de Manolo García. Yo estaba en primero de Periodismo, pero ya llevaba algunos años buscando historias, entrevistando a gente que me interesaba y compartiéndolo con el mundo exterior. Un interesado despistado era suficiente para mí.
Por entonces no existían redes sociales, ni blogs, ni plataformas. Solo papel.
Como ya no escribía para la revista del instituto, pero aún no me había plantado en DIARIO CÓRDOBA para decirle a Antonio Galán, el subdirector, aquello de “quiero aprender el oficio de verdad”, hacía mis propias publicaciones. Maquetaba textos con QuarkXPress, los imprimía en la residencia universitaria y los repartía con la convicción ingenua de que aquello, de alguna forma, tenía que llegar a alguien.
Los incrustaba en paradas de autobús, en tablones de la facultad, donde fuera. Una especie de periodismo salvaje, sin más reglas que las que yo mismo me marcaba. Mi único referente entonces era Manu Leguineche. Fue en ese contexto cuando me enteré de que Manolo García actuaba en Sevilla por primera vez en solitario.
Me acredité como freelance para asistir al concierto. Lógicamente, no había un medio detrás que me respaldara. Había, eso sí, muchas ganas. Y una idea bastante clara: si conseguía entrevistarlo, aquello sería un paso más en ese pequeño universo personal que tenía en la cabeza. El concierto fue lo que tenía que ser: intenso, emocional, de esos que parecen diseñados para quedarse pegados a la memoria.
Pero lo verdaderamente inolvidable vino después.
Cuando terminó el espectáculo, Manolo García me recibió en su camerino como si yo fuera el periodista de El País. Sin preguntas previas, sin filtros, sin esa distancia que existe entre un músico de su calibre y un chaval de 18 años, con vaqueros, camisa de leñador y una grabadora en la mano.
Me invitó al catering. Me dijo que preguntara lo que quisiera. Y yo, efectivamente, tenía un repertorio infinito de preguntas. Lo que siguió fue una conversación larga, relajada. Entre anécdotas, risas y cervezas, nos dieron las cuatro de la madrugada. Ya se había ido hasta el guardia de seguridad.
Solo muchos años después entendí que aquello había sido un extraordinario gesto de generosidad. Una estrella de ese nivel podía haber puesto distancia, prisa o protocolo. Un «chaval, vamos a ir acabando». Pero Manolo García no lo hizo. Y eso, con el tiempo, es imposible olvidarlo.
Lo que uno entiende con los años
Hoy, al releer la entrevista y escrutar lo que sucedió aquella noche, me sorprende menos la entrevista que la naturalidad con la que ocurrió todo. A veces el periodismo —o lo que uno cree que es el periodismo a los 18— depende más de la osadía que de la experiencia. Y también de la suerte de encontrarse con personas que deciden no convertir la diferencia de estatus en una muralla infranqueable.
Al ver y tocar el viejo recorte, también he sentido emoción, sorpresa y cierta ternura de aquel impulso inicial. Porque, al final, aquello era exactamente eso: una idea sencilla sostenida por la ingenuidad y el ímpetu. La sensación de que uno podía permitirse el lujo de intentar cualquier ocurrencia sin miedo a equivocarse.

TRANSCRIPCIÓN DE LA ENTREVISTA
MANOLO GARCÍA: «EL FLAMENCO ES UN ARTE SUPERIOR»
“Sacó algunas castañas de las brasas, les quitó la cáscara. Entrechocamos los vasos. Durante un largo rato permanecimos allí, bebiendo y masticando sin prisa, como dos grandes conversadores, mientras el tiempo se alejaba en silencio. Permanecimos silenciosos junto al brasero hasta que entró la noche. Comprendí entonces que aquella vida tranquila era la felicidad: un vaso de vino, una castaña, un hombre sin nombre. Nada más” (Nikos Kazantzakis, Alexis Zorba el griego. Alianza Editorial).
Pura personalidad de Manolo García. Un tipo tan sencillo como sus propias canciones: un zapatero, un trapecista, en la habitación sin cristales. Nacido en el barrio barcelonés de Poblenou, pronto constituyó, junto a Quimi Portet, Los Rápidos y Los Burros, precedentes históricos de El Último de la Fila, grupo que vio la luz en 1984. Pero el adiós fue anunciado el 13 de enero de 1998. Atrás quedaba un legado de más de 100 conciertos.
Tras la ruptura profesional (que no personal, puesto que no descartaba una re-unión), Manolo García inició su nueva carrera en solitario con Arena en los bolsillos, que recibió elogios desde el primer momento. El disco alcanzó en sólo cuatro días los 100.000 ejemplares vendidos. Todavía quedaba mucho por vender.
De nuevo la poesía callejera y urbana configura el componente esencial de su éxito (materializado en los premios Amigo al mejor disco y al mejor solista de 1998, y el galardón Ondas al mejor artista de directo).
Como buen amante de la poesía, ahora pide tiempo para leer a sus favoritos: Miguel Hernández y Antonio Machado, además de para escuchar lo que siempre le ha gustado: Triana, Camarón de la Isla y Creedence Clearwater Revival.
Manolo, ¿qué impresiones te causó tu último disco?
Yo lo saqué con mi cariño, con todas mis ganas, pero no sabía qué iba a pasar. Yo, claro está, no partía de cero. Atrás quedaba una larga trayectoria y cierta popularidad… Sabía que había gente que me esperaba, pero si mi disco no gustaba, ahí se quedaba todo. Nunca vendimos una imagen o un estilo. Hemos vendido giras y conciertos. Yo sabía que tenía cierta ventaja, pero eso no significaba que gustase necesariamente.
¿Por qué decidiste grabar un disco en solitario?
Tras la ruptura, yo tenía dos caminos: dejar la música o continuar en este mundo. Elegí esto último y ahora creo que se ha demostrado que acerté. Ahora lo que hago es corregir posibles errores.
El hecho de que tuvieras un estilo con El Último de la Fila ¿cómo ha influido en este disco?
Evidentemente yo formé parte de ese grupo y de ello no me puedo operar. Aquellos años forman parte de mi identidad y ahora no tengo la capacidad de hacer tres discos diferentes y decir «este me interesa más». He hecho, simplemente, lo que sé hacer. No he calculado mi trabajo fríamente.
¿Cuál es la mayor diferencia entre El Último de la Fila y Manolo García?
Arena en los bolsillos es bastante diferente al último que hicimos juntos. Este es más íntimo y quizá más variado en cuanto a los ritmos. Quizás es un disco con todos los respetos, más flamenquito. No tiene el duende propio del flamenco, porque ese es un arte superior y yo, por desgracia, no sé flamenco, sino porque tiene ciertos tintes flamencos. Es un cariño a los aires del sur.
¿Qué piensas del éxito que están teniendo grupos tan flamenquitos como Niña Pastori, Alejandro Sanz o tú mismo?
Es lo lógico. Estamos acostumbrados a la música de fuera. Yo creo que lo primero que hay que defender es lo de casa. Nuestro nivel es alto en cuanto a estilos o contenidos y hay una carga muy digna. Deberíamos alabar lo nuestro y no babear a grupos que a veces no se lo merecen. Eso no quiere decir que no admiremos a grupos como R.E.M., que son unos genios.
En la gira sueles meter algunas canciones de Triana, ¿qué significa para ti ese grupo?
Triana fue un grupo innovador. Aportó su granito de arena a la música pop y nos hizo disfrutar con textos en castellano. Demostró que se pueden tener sentimientos y un aire de aquí. En aquella época había un endiosamiento de los grupos que cantaban en inglés. Cantar temas suyos es un modesto homenaje por su mérito.
Un balance general de la gira…
Han sido un aprendizaje y una diversión progresiva. Hay varias personas que han venido a vernos a veintitantos o treinta conciertos. A mi concierto de Sevilla vino gente desde Asturias, desde Valladolid y yo siempre les pregunto lo mismo: ¿no os aburrís? Si siempre hago lo mismo… Pienso que por algo será.
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
De momento volver a mi casa a darle de comer al periquito y a regar los geranios (ja, ja). Mi mamá me dice que ya está bien de tanta juerga y tanta fiesta. Antes de que empiece el verano haremos una segunda tanda de conciertos en las ciudades que, por problemas de calendario, no hemos podido estar, como León, Logroño, Vitoria, Pamplona y donde siempre nos han acogido bien. Quizá en espacios más pequeños porque me apetece tener a la gente un poco más cerca. También haré un poquito de televisión.
Se está poniendo de moda tocar en teatros…
Si tienes un público que acude en cantidades grandes, puedes elegir entre hacer grandes conciertos o espectáculos más íntimos. Yo, en Barcelona, he tocado varias noches en lugares pequeños. Es mucho más duro, pero la gente te lo agradece y te devuelve una energía especial. En la decisión participan los criterios personales, los gustos y las posibilidades, claro. A veces se puede, pero no se quiere y otras, se quiere, pero no se puede.
¿Por qué transcurrió tanto tiempo hasta la aparición de este disco?
Durante una temporada estuve pintando y exponiendo mis obras. Empecé a trabajar en estas canciones en octubre del año pasado. En los siguientes tres meses elaboré todos los temas. En enero terminé de hacer las maquetas. En febrero y marzo lo grabé en Londres, en abril estuve en la mezcla y en mayo lo entregué. Entre disco y disco pasan dos años, hago un disco cuando tengo algo que decir, no cuando me obligan a hacer canciones. No es tan fácil escribir canciones en una vida de giras donde siempre estás viajando. Ese ritmo diario no me sugiere nada. En los hoteles enciendo la tele o leo algo y me duermo. Es una vida un tanto estrambótica. Tengo que volver a la cotidianidad para componer. Además hay veces que te pones y no sale nada. Y yo hago algo que me gusta o no hago nada.
Para terminar una curiosidad personal y una obligación profesional… ¿Por qué Arena en los bolsillos?
Es el título de uno de mis cuadros. Estuve un tiempo pintando. Lo hago muy mal, pero me divierto mucho. Pensé que era un título bonito para el disco y ahí quedó.
Gracias Manolo.
A ti, tocayo.

