
Hay momentos de mi trabajo que no los mejora ni el guionista más ingenioso.
Hace varias semanas entrevisté a Esperanza Aguirre para uno de los documentales que estamos haciendo en Happy Contents. Terminada la conversación, mientras super Kacho y Rodri recogían el equipo, la presidenta me dice:
—Córtame un poco, que se me ha ido la lengua.
Le contesté:
—Presidenta, ha estado usted políticamente correctísima. Como siempre.
Se echó a reír. Y entonces pasó algo que no esperaba. Empezó a recitar Political Incorrectness, de Luis Alberto de Cuenca. Así, a bocajarro: «Dime cosas terribles como que me quieres a pesar de que no soy de tu sexo…»
Y yo, de repente, seguí el poema: «…que me quieres del todo, con locura, para siempre, como querían antes las hembras de la Tierra.»
Se quedó mirándome unos segundos, sorprendida, y volvió a reírse, esta vez con más contundencia.
—¡Pero si te lo sabes!
Le dije que Luis Alberto de Cuenca es, junto con su tío Jaime Gil de Biedma, mi poeta favorito. Y entonces remató la escena con una frase que, imagino, habría dado para una sobremesa memorable entre ambos:
—Luis Alberto escribe mucho mejor que mi tío.
No sé cuántas personas esperaban encontrarse una conversación sobre poesía inmediatamente después de entrevistar a Esperanza Aguirre. Yo, desde luego, no. Y creo que ahí está una de las cosas que más me gustan de ser periodista. La gente suele preguntarme si entrevistar a políticos, artistas, científicos o deportistas es divertido. La respuesta es que sí, mucho más de lo que imaginan.
El personaje público dura lo que dura el piloto rojo de la cámara. Después aparecen las obsesiones, los libros, las bromas, las inseguridades, las historias familiares y las conversaciones improbables. A menudo descubres que alguien a quien llevas veinte años viendo en televisión tiene un sentido del humor inesperado, o que comparte contigo un poeta favorito, o que recuerda una película, una canción o un viaje que jamás habrías asociado con él. Y eso me parece infinitamente más interesante que confirmar los prejuicios con los que uno llega.
No significa estar de acuerdo con quien tienes delante. Ni falta que hace. Significa descubrir que las personas casi nunca caben en la caricatura que hacemos de ellas. Ni para bien ni para mal. Creo que ese es uno de los regalos menos visibles del periodismo.
Este oficio me ha permitido hablar con gente muy distinta a mí y muy distinta entre sí. Personas con ideas enfrentadas, con vidas incompatibles sobre el papel y con maneras completamente diferentes de entender el mundo. Y, sin embargo, casi todas han terminado enseñándome algo que no esperaba.
Supongo que por eso sigo disfrutando tanto de sentarme delante de alguien con una cámara entre los dos. Porque nunca sabes si vas a salir con un titular… o recitando un poema de memoria con una expresidenta de la Comunidad de Madrid.
Y, sinceramente, esas son las historias que luego merece la pena contar.

