
Hay partidos que se ganan por el talento. Otros por la inspiración de una estrella. Y luego están aquellos que dejan una enseñanza que va mucho más allá del fútbol. La semifinal de ayer entre España y Francia nos ha dejado, creo yo, una lección interesante.
Francia llegaba con el cartel de favorita. Poseía una de las plantillas con mayor calidad individual del campeonato y una delantera que muchos consideraban la más letal del torneo. Sobre el papel, parecía un equipo construido para que sus grandes figuras resolvieran cualquier partido.
España, en cambio, ofrecía algo distinto. No había un jugador que acaparara todos los focos. De hecho, si algo llamó la atención fue precisamente eso: nadie destacó por encima del resto. No hubo actuaciones sobresalientes, pero tampoco puntos débiles. Cada futbolista cumplió su papel, entendió su función y puso su talento al servicio del conjunto. Y ganó el equipo.
El historiador Yuval Noah Harari sostiene en Sapiens que la mayor ventaja evolutiva del ser humano no es la fuerza ni la inteligencia individual, sino la capacidad de cooperar en grupos muy numerosos. Mientras otras especies pueden coordinar pequeños grupos, los seres humanos somos capaces de organizarnos en comunidades de cientos, miles o incluso millones de personas gracias a que compartimos objetivos, reglas, instituciones y relatos comunes.
Quizás ahí resida el verdadero secreto de nuestra especie. La religión, el dinero, las empresas, los Estados o el propio deporte son, en el fondo, formas de organización colectiva. Son herramientas que permiten que muchas personas trabajen con un propósito compartido. Eso fue exactamente lo que España mostró sobre el césped. La organización fue superior a la suma de las individualidades. El colectivo consiguió neutralizar el talento aislado. La estrategia común terminó imponiéndose al brillo personal. Y esa lección trasciende el fútbol.
Sucede en las familias, donde los proyectos salen adelante cuando todos reman en la misma dirección. Sucede en las empresas, donde los mejores resultados rara vez dependen del empleado más brillante, sino de equipos bien coordinados. Sucede entre grupos de amigos, en asociaciones y también entre los países.
Las sociedades más prósperas suelen ser aquellas capaces de generar confianza, coordinar esfuerzos y construir objetivos compartidos. Ningún proyecto humano importante se sostiene únicamente sobre el talento de unos pocos.
El caso de China resulta especialmente ilustrativo. Más allá de las profundas diferencias políticas que puedan existir con su sistema —y sin que ello suponga justificar o blanquear un régimen que restringe libertades fundamentales—, resulta difícil negar que su enorme capacidad de planificación y organización ha permitido transformar su economía de forma extraordinaria y sacar de la pobreza a cientos de millones de personas en apenas unas décadas. Es un ejemplo de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando coordina eficazmente sus recursos, aunque también recuerda que la prosperidad nunca debería alcanzarse a costa de las libertades individuales. Porque ahí está el equilibrio verdaderamente difícil.
Una sociedad necesita organización. Necesita instituciones fuertes, objetivos comunes y ciudadanos capaces de anteponer, en determinados momentos, el interés general al beneficio inmediato de cada uno. Pero esa organización solo merece la pena cuando respeta la dignidad y la libertad de las personas. El bien común no puede construirse anulando al individuo; debe surgir precisamente de la cooperación libre entre individuos que entienden que, muchas veces, avanzar juntos permite llegar mucho más lejos que hacerlo por separado.
España ganó ayer una semifinal de fútbol. Solo una semifinal, pero, sobre todo, recordó una verdad que sirve para casi cualquier ámbito de la vida: los grandes logros rara vez son la obra de un héroe solitario. Son el resultado de personas corrientes que aceptan coordinarse, confiar unas en otras y poner el éxito del grupo por encima del lucimiento personal. Una lección, creo yo, que deberíamos tenerla más presente en nuestro día a día.

