
El nuevo informe PISA vuelve a recordarnos que nuestro sistema educativo necesita una reflexión profunda. Y quizá también nosotros, como sociedad y como familias. Los alumnos españoles han obtenido 457 puntos en Matemáticas, 451 en Lectura y 477 en Ciencias, por debajo de las medias de la OCDE en las tres competencias. Son cifras. Pero detrás de cada cifra hay un adolescente. Y detrás de cada adolescente hay una familia, un colegio, unos profesores, unos hábitos, unas expectativas y, en definitiva, una sociedad. Por eso, sinceramente, no creo que estos resultados deban sorprendernos demasiado. Quizá lo verdaderamente preocupante sería que nos sorprendieran.
Cincuenta años preguntándonos qué hemos hecho con nuestra educación
Desde hace unos meses estoy inmerso en un proyecto documental que probablemente sea uno de los trabajos más ambiciosos jamás realizados sobre el tema: recorrer la historia de la educación española desde los últimos años del franquismo hasta nuestros días, al hilo de estos cincuenta años de democracia. Lo estamos haciendo de una manera muy particular. No pretendemos construir una sucesión de estadísticas, leyes educativas, decretos y titulares políticos. Queremos escuchar a quienes han vivido esta transformación en primera persona. Políticos, escritores, artistas, deportistas y comunicadores están compartiendo con nosotros sus recuerdos de aquellos años: cómo eran sus colegios, su modelo de aprendizaje, cómo estudiaban, qué papel desempeñaban sus padres y qué ha cambiado desde entonces. Todos destacan lo mismo: la educación nos marca la vida y la actual hay que reformularla.
¿Un pacto de Estado? Sí. Pero ¿solo entre políticos?
Algunos de los protagonistas de la serie coinciden en reclamar un verdadero Pacto de Estado por la Educación. Y resulta difícil no estar de acuerdo. España ha convertido la educación en uno de esos asuntos que parecen destinados a cambiar cada vez que cambia el Gobierno. Leyes, reformas, contrarreformas, nuevas metodologías, nuevos currículos, nuevas terminologías… Y mientras tanto, nuestros hijos siguen creciendo. Y quizá ha llegado el momento de preguntarnos si podemos construir un sistema educativo estable, ambicioso y duradero, capaz de sobrevivir a los ciclos electorales.
Los dos grandes partidos tienen una responsabilidad evidente. Es difícil entender que en un asunto tan trascendental para el futuro del país no seamos capaces de alcanzar unos mínimos consensos. Pero hay otra pregunta que me parece todavía más incómoda:
¿Somos los ciudadanos capaces de alcanzar ese pacto en nuestras propias casas?
Porque exigimos a los políticos que se pongan de acuerdo sobre la educación mientras nosotros, muchas veces, somos incapaces de pactar, por ejemplo, sobre cuánto tiempo pueden pasar delante de una pantalla. La educación no empieza cuando el niño entra en el colegio. Empieza en las conversaciones que mantenemos con nuestros hijos. En si hablamos con ellos de política, de historia, de ciencia, de cultura, de deporte, de actualidad. En si les preguntamos qué han aprendido. En si les enseñamos a argumentar, a escuchar y a discrepar. Empieza en los libros que ven en casa. En el ejemplo de unos padres que leen. En la importancia que damos a la palabra, a la curiosidad, al esfuerzo y al conocimiento.
Empieza también en algo que quizá hoy nos cuesta reivindicar: la disciplina. El orden. La responsabilidad. La puntualidad. La capacidad de terminar aquello que se empieza. La tolerancia a la frustración. El respeto por los demás. La conciencia de que no todo tiene que ser inmediato y de que aprender algo requiere esfuerzo.
No necesitamos elegir entre conocimientos y valores
Durante la grabación del documental he detectado una clara discusión entre dos posiciones enfrentadas. De un lado, quienes reivindican los conocimientos: Matemáticas, Física, Historia, Lengua, Literatura, Ciencias, idiomas… Del otro, quienes hablan de competencias, habilidades, emociones y valores. Yo creo que es un falso dilema. Necesitamos las dos cosas. Un buen sistema educativo debe conseguir que un joven termine su etapa escolar sabiendo Matemáticas, comprendiendo un texto complejo, conociendo su Historia, dominando su lengua y aprendiendo idiomas. Debe tener cultura científica y capacidad para distinguir una información fiable de una mentira. Pero también debe saber trabajar con los demás. Cumplir un compromiso. Cuidar el medio ambiente. Entender el valor de la solidaridad. Levantarse después de un fracaso. Porque podemos formar magníficos especialistas y, al mismo tiempo, fracasar estrepitosamente en la formación de ciudadanos. Y eso sería un fracaso mucho mayor que cualquier posición en un ranking internacional.
¿Qué podríamos hacer?
No creo que nadie tenga una receta mágica, pero sí creo que hay algunas cuestiones que deberían formar parte de ese gran pacto educativo que llevamos tantos años reclamando.
Primero: estabilidad. Necesitamos un marco educativo que no dependa de cada cambio de Gobierno. Los profesores, las familias y los alumnos necesitan certezas.
Segundo: recuperar el valor del conocimiento. Las competencias son importantes, pero no existen competencias sin conocimientos sobre los que aplicarlas. Hay que reforzar la lectura, la escritura, las Matemáticas, las Ciencias, la Historia y los idiomas.
Tercero: proteger la lectura profunda. Leer no puede convertirse en deslizar el dedo por una pantalla. Hay que reservar tiempo para leer libros, comprender textos complejos, reflexionar y escribir. Y, de paso, potenciar la oralidad, fundamental en la vida adulta.
Cuarto: enseñar a utilizar la tecnología, no a depender de ella. La propia OCDE señala que la tecnología puede ser una herramienta extraordinaria cuando favorece el aprendizaje, pero también una fuente de distracción cuando sustituye el esfuerzo cognitivo. En España, el 54% de los alumnos declara utilizar chatbots de inteligencia artificial para ayudarles a aprender al menos una vez por semana. La pregunta ya no es si nuestros hijos utilizarán la inteligencia artificial. La pregunta es si aprenderán a utilizarla para pensar mejor o para dejar de pensar.
Quinto: dignificar al profesor. No podemos pedir a los docentes que solucionen todos los problemas de nuestra sociedad. Hay que darles autoridad, formación, recursos y reconocimiento. También, evaluar el desempeño de sus funciones. Algo tan relevante como la educación de un país no puede quedar al margen de unos controles mínimos de calidad.
Sexto: reforzar la colaboración entre escuela y familia. La educación no puede ser una carrera de relevos en la que padres y profesores se pasan la responsabilidad unos a otros. Necesitamos remar en la misma dirección.
Y séptimo: educar para la vida, no solo para aprobar un examen.
El verdadero pacto educativo
Quizá el gran pacto que necesitamos no sea únicamente un acuerdo firmado en el Congreso. Quizá necesitemos un pacto mucho más amplio. Un pacto entre administraciones, entre profesores, entre familias. Y, sobre todo, entre toda una sociedad que debería volver a considerar la educación como una prioridad nacional.
Y recordar que educar no consiste únicamente en preparar a nuestros hijos para ganarse la vida. Consiste, sobre todo, en prepararlos para vivir con los demás.
Después de meses escuchando a personas de distintas generaciones y procedencias hablar de cómo aprendieron, de los profesores que les marcaron, de sus familias y de la España en la que crecieron, cada vez tengo más claro que la educación es mucho más que un sistema. Es una conversación que empieza en casa, continúa en la escuela y termina construyendo el tipo de sociedad que seremos. Y quizá ese sea el verdadero mensaje que nos deja el PISA de hoy: no podemos seguir esperando que otros eduquen a nuestros hijos.

