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Justicia poética

Publicado el 20 julio 2026 por manuguerrero

Hay victorias que se celebran por el resultado. Otras, mucho más escasas, se recuerdan porque parecen inevitables. Como si el fútbol, de repente, decidiera ser justo. Por eso, pocos títulos han estado tan cargados de significado como este. No solo por levantar una copa, también por la forma de hacerlo. Decía Albert Camus, que además de filósofo fue portero de fútbol, que «todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Quizás exageraba. O quizá no. Porque este Mundial ha demostrado que, en ocasiones, la manera de ganar importa tanto como la victoria misma.

España ha sido, de principio a fin, el mejor equipo del campeonato. No únicamente porque los resultados la acompañaran, sino porque ha dominado el juego con una autoridad difícil de discutir. El dato resulta elocuente: un solo gol encajado en todo el torneo. El portero español apenas ha tenido trabajo durante el campeonato. En la final, frente a la todopoderosa Argentina, podría decirse que asistió al encuentro como un espectador privilegiado, comiendo pipas. La sensación era esa: mientras los demás corrían detrás del balón, España decidía cuándo, cómo y dónde se jugaba.

Porque esta selección no parece limitarse a jugar al fútbol. Hace algo más difícil de explicar. Convierte la posesión en una forma de dominio absoluto. Los rivales apenas rozan el balón. Francia, Bélgica, Argentina… da igual el nombre que aparezca enfrente. Durante muchos minutos todos parecen reducidos al mismo papel: perseguir sombras.

Pero lo extraordinario no es únicamente la eficacia, sino la belleza. Jorge Valdano suele recordar que el fútbol es «lo más importante de las cosas menos importantes». Precisamente por eso merece ser jugado con cierta estética. España no ha renunciado nunca a ella. No ha especulado, no ha sobrevivido, no ha esperado el error ajeno. Ha salido siempre a imponer una personalidad propia, elegante, paciente y ambiciosa al mismo tiempo.

Y conviene subrayarlo: el camino no ha sido sencillo. El nivel de los rivales exigía competir al máximo en cada eliminatoria. Precisamente por eso el mérito resulta mayor. No se trata de una generación favorecida por un cuadro amable, sino de un equipo capaz de superar a cualquiera porque nunca dejó de ser fiel a su manera de entender este deporte. Pero quizá lo más admirable de esta selección no resida únicamente en su fútbol. Reside en sus futbolistas.

Hay equipos que transmiten nerviosismo, arrogancia o dependencia de una estrella. España ha transmitido exactamente lo contrario: serenidad, compañerismo y una extraordinaria madurez competitiva. Su éxito no ha nacido del brillo aislado de un jugador, sino de la generosidad colectiva. Cada carrera para ayudar al compañero, cada presión coordinada, cada pase dado pensando antes en el equipo que en el lucimiento personal ha sido una lección de lo que significa competir juntos.

En la final, además, ha quedado patente otra diferencia. Mientras Argentina intentaba trasladar el partido a un terreno más físico y bronco, España no se dejó caer en la provocación. Cuando uno no consigue discutir el balón, a veces intenta discutir el partido. Convertir el campo de fútbol en un ring de boxeo. Es una tentación antigua en el fútbol. Pero la grandeza de estos muchachos consiste precisamente en no dejarse llevar, en imponer su estilo. España decidió jugar, sin despreciar al rival, sin perder la compostura y sin confundir intensidad con agresividad. Esa actitud vale tanto como cualquier gol. Porque millones de niños observan estos partidos y aprenden mucho más de lo que parece. Aprenden que se puede competir con firmeza sin renunciar al respeto. Que el talento no necesita ir acompañado de soberbia. Que el éxito resulta mucho más admirable cuando llega sin humillar a quien tienes enfrente.

Pero este título tiene también una lectura que trasciende el césped. El deporte nunca vive completamente aislado de la realidad. Los grandes acontecimientos deportivos suelen convertirse, quieran o no, en escenarios donde también se reflejan las tensiones políticas y morales de cada época. En ese contexto, resulta inevitable observar el simbolismo de que el trofeo fuera entregado por Donald Trump, presidente de uno de los países organizadores.

España ha representado durante estos últimos años una posición política claramente diferenciada en el panorama internacional: una defensa de la negociación frente a la escalada bélica, una llamada al respeto de la población civil en los conflictos internacionales y una negativa al incremento del gasto militar como respuesta automática a las crisis. Una apuesta por la paz, la concordia y la diplomacia como herramientas prioritarias frente a la lógica de la fuerza. Es difícil de ignorar que un país que reivindica esos valores levante precisamente un trofeo cuya esencia consiste en derrotar al adversario sin destruirlo, imponerse sin odiarlo y competir respetando unas reglas comunes.

Quizás por eso el fútbol continúa fascinándonos. Porque, en el fondo, nos recuerda que existen formas civilizadas de resolver los conflictos. Se lucha, sí, pero con un balón. Se gana, sí, pero aceptando que mañana el rival volverá a intentarlo. No hay bombas. No hay ruinas. Solo noventa minutos y un apretón de manos al final.

Escribió Aristóteles que «la excelencia no es un acto, sino un hábito». La excelencia de esta selección no ha consistido únicamente en ganar un Mundial. Ha consistido en convertir el buen juego, el respeto, la solidaridad y la serenidad en una costumbre. Y cuando el mejor fútbol, el mejor comportamiento y unos determinados valores terminan encontrando recompensa, cuesta evitar la sensación de que el deporte, por una vez, ha hecho justicia.

Por eso, el momento de España levantando la copa, con el impúdico y atroz Donald Trump al lado, tiene tantísimo valor. Y no es solo una victoria deportiva. Es, sencillamente, justicia poética. Una de esas jugadas históricas que tardaremos en olvidar.

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