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Israel pone al mundo frente al espejo, ¡y qué vergüenza!

Publicado el 28 agosto 2025 por manuguerrero

Vivimos en la era de la telerrealidad. La tecnología, que se presuponía motor de progreso y de unión entre los pueblos, no ha sido suficiente para frenar una injusticia tan atroz, la del genocidio al pueblo palestino. Gaza es hoy una herida abierta, y nosotros, espectadores impotentes, asistimos a la aniquilación de miles de personas inocentes (incluidos niños como tus hijos y los míos) a manos de un gobierno que ha convertido el terror en política de Estado.

El horror no se oculta, no se disfraza, no se esconde. Lo vemos en nuestras pantallas, lo escuchamos en los testimonios desesperados, lo sentimos en la indignación que cada vez cuesta más contener. Pero, ¿qué hacemos? ¿Qué puede hacer la ciudadanía cuando las instituciones supranacionales que deberían alzar la voz se pliegan al silencio cómplice? Porque no sé a vosotros, pero a mí ya me resulta insoportable digerir la actualidad internacional. No puedo más…

Estados Unidos se erige, una vez más, como escudo y altavoz de Israel, validando con su apoyo político y militar un crimen que viola de manera descarada todos los tratados y principios en los que se cimenta el derecho internacional. Y Europa… Europa calla. Europa observa, duda, se fragmenta. Europa, que tantas veces presume de ser cuna de los derechos humanos, prefiere mirar hacia otro lado, atrapada entre su dependencia, sus intereses y su cobardía.

Incluso China, que pretende ser un contrapeso a la hegemonía occidental, se limita a palabras vacías. Nadie mueve un dedo. Nadie asume el coste político de frenar la barbarie.

Tampoco el mundo árabe está a la altura del desafío. Sus gobiernos, muchos de ellos bajo regímenes autoritarios e islamistas, han preferido proteger sus tronos y sus negocios antes que defender con dignidad a sus hermanos palestinos. El sufrimiento del pueblo de Gaza no les ha bastado para dar el paso decisivo hacia la unidad y la secularización de sus propios Estados, imprescindible si quieren algún día situarse a la altura democrática de otros países del mundo. Su pasividad y falta de valentía política son, también, una traición.

Por su parte, Israel carga con la responsabilidad histórica de haber convertido en norma lo que debería ser inaceptable: la colonización sistemática de territorios que no le pertenecen. Décadas de asentamientos ilegales han ido borrando, palmo a palmo, la posibilidad de convivencia. Y sin embargo, la única salida justa y sostenible sigue siendo la misma que la comunidad internacional ha señalado desde hace años: la solución de los dos Estados. Urgente. Inaplazable. Porque hasta que no se ponga fin a la ocupación y se reconozca la soberanía de Palestina, no habrá paz posible.

Mientras tanto, la gente común —tú, yo, cualquiera— carga con una frustración insoportable. Queremos actuar, pero no tenemos poder. Queremos gritar, pero el grito se ahoga en la indiferencia de quienes toman decisiones. La impotencia se convierte en el sentimiento universal de nuestra época: ver morir, sufrir y ser expulsados a miles de seres humanos, en directo, sin poder hacer nada.

Y ahí está el espejo: Europa, esa Europa que se jacta de valores y principios, aparece desnuda, incapaz, cómplice. ¿De qué sirven los discursos solemnes si cuando más falta hace la dignidad, lo que impera es el silencio cómplice?

Quizá lo que más aterra no es solo la tragedia en Gaza, sino la certeza de que, frente a un crimen tan evidente, el mundo ha elegido la inacción. Y esa vergüenza ya no es solo de los gobiernos: es nuestra también, porque lo consentimos.

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