
Hoy he llegado a la oficina y me la he encontrado así, desmantelada.
Hay algo extraño en ver un lugar que durante tantos años fue una segunda casa reducido a paredes, mesas movidas y silencios. Como si de pronto alguien hubiera retirado el decorado y, al hacerlo, nos hubiera dejado desnudos. Y no he podido evitar recordar. Casi todo bueno.
Porque entre estas paredes aprendí muchas cosas. Algunas sobre televisión, otras quizá más importantes, sobre la vida. Aprendí que cuando el talento se junta con el esfuerzo, los resultados pueden ser extraordinarios.
Llegué a Happy Ending en enero de 2016. Lo hice gracias al ofrecimiento de mi compañera y amiga desde tiempos prehistóricos, Eva Pérez, después de una etapa tan intensa y enriquecedora como traumática en 8 TV Andalucía.
Y desde entonces, según mis cálculos, he pasado allí exactamente 20.080 horas. Veinte mil ochenta. Algunas fueron de mañanas luminosas y otras de noches en las que no querías que amaneciera porque el vídeo tenía que estar listo para Edición a las 8 en punto. Hubo noches de chapar la oficina a las cinco de la madrugada, en el apretón de un arranque, cuando el cansancio ya no sabía si era cansancio o adrenalina. Pero mereció la pena. Muchísimo.





Porque en esta oficina ahora en los huesos levantamos programas que acabaron formando parte de nuestras vidas. Allí le dimos forma a Gente Maravillosa, y tuvimos el privilegio de verlo convertirse en un fenómeno mundial. Allí nacieron también El Legado, Un año de tu vida, Los descendientes, El árbol de tu vida, Érase una vez en Marbella y la inolvidable docuserie Pongamos que hablo de. Y allí tuve oportunidades que jamás habría imaginado, como dirigir documentales.
Pero, curiosamente, cuando pienso en todos estos años, lo que más sonrisas me provoca no son los programas, los estrenos, las audiencias o los premios, que fueron muchos. Son las cosas que sucedían entre nosotros. Por ejemplo, las famosas “comidas calientes de Happy”. Aquellas mesas en las que compañeros de distintos programas nos sentábamos juntos con una única condición: no hablar de trabajo. Y, aunque parezca increíble, aquello era terapéutico. En mitad de una etapa de máximo estrés, bastaba con sentarse allí, comer, reírse y contar algunos secretos. El estrés se esfumaba antes de llegar al postre.
Qué gente…
He tenido la suerte de trabajar codo con codo con un equipo de Champions. Con mi querida Eva Pérez, por supuesto. Y con Alberto del Pozo, Cristina y Francis Romacho, Juliana López, Miguel Ángel Parra, Grau, Maru, Fani, Juande Lobatón, Ana Ramírez de Arellano, El Chino, Elvira, Carolina, Virgy, Chema, María López, Maribel Núñez, María del Mar Díaz, Carola, Azahara, Elena, Coco, Angy, María José, Myriam Casín, Patricia Villasante, Ale Patilla, Almudena, Verónica, Clara, Matilde, Alejandra, Clochu, las Carmenes, las Elenas, Sandra Arteaga, Julio, Tania, Sofía Rodríguez, Valme, Jota, Dani Zarandieta, Neftalí, Eva Darosa, José Carlos, Eli, Sara, Manu Ibancos, Fati Pizarro, Juan Rivadeneyra, Tomás, Faguás, Maribel… y tantos otros compañeros que, de una manera u otra, hicieron de aquella oficina un lugar memorable. Perdón a quienes haya dejado fuera de esta lista, pero ¡prometo ir ampliándola según me vengan a la memoria! ¡Hemos sido tantos!


















Porque los lugares no son las paredes. Son las personas que los habitan. Y todo esto, además, ha tenido una impronta muy concreta: la de Lepo, nuestro jefe. Un jefe con una filosofía tan sencilla como difícil de llevar a la práctica y que, durante años, intentamos cumplir a rajatabla:
1. Trabajamos para ser felices.
2. Actitud Happy por encima de todo.
3. Felicita a tu compañero por el trabajo bien hecho.
4. Prohibido pensar en modo “yo, yo, yo…”. La tele es un trabajo de equipo.
Puede parecer un listado de buenas intenciones, pero es una manera de entender el oficio. Una forma de recordarnos, incluso en los días más complicados, que trabajar muchas horas no tiene por qué significar vivir amargado. Que el éxito de uno no tiene sentido si no puede celebrarse con los demás. Que detrás de cada programa hay decenas de personas empujando en la misma dirección. Y que, al final, quizás uno de los mayores éxitos profesionales consista precisamente en conseguir que la gente que te acompaña quiera volver a trabajar contigo.
Hoy esa oficina desaparece. Pero no desaparece Happy. No cambiamos de trabajo. Ni de empresa. Solo cambiamos de oficina. Lepo se ha jubilado y Eva Pérez, en un momento óptimo de madurez, experiencia y energía, toma el testigo. Y me gusta pensar que los relevos no son finales, son continuidades.
Que todo lo aprendido durante estos años no se queda encerrado entre unas paredes que ahora están vacías. Se viene con nosotros, con la convicción de que se puede hacer televisión con exigencia sin perder la alegría. Siempre pensamos que si queremos que el espectador disfrute con nuestros programas, primero tenemos que disfrutar nosotros.
Ojalá sigamos creciendo. Y, sobre todo, ojalá consigamos conservar aquello que hizo especial aquel lugar: que los lunes no sean un día temido y que los viernes no parezcan una lejana meta.
Porque quizás eso sea, en realidad, trabajar para ser felices.
Hoy la oficina está desmantelada. Pero si cierro los ojos, todavía puedo verla llena: las risas, las prisas, los viajes… Y esa maravillosa sensación de sentirnos afortunados.
Quizás por eso, al salir hoy de allí, no he sentido que estuviera dejando atrás una oficina. He sentido que me llevaba conmigo una parte de ella. Y mientras haya ganas de seguir haciendo televisión, de seguir aprendiendo, de seguir riendo entre faena y faena y de seguir celebrando los éxitos de los demás como si fueran propios, Happy seguirá estando dentro de nosotros mismos.


