
Hay noticias que se escriben con una llamada telefónica, otras con un documento oficial y algunas, las peores, simplemente copiando lo que ha publicado otro. Lo ocurrido estos días con Gavi pertenece, desgraciadamente, a esta última categoría.
El pasado fin de semana comenzó a circular una información según la cual el futbolista Pablo Páez Gavira, Gavi, habría destinado 1,3 millones de euros a construir 150 apartamentos en Los Palacios y Villafranca, su localidad natal, destinados a personas en situación de vulnerabilidad. Una historia perfecta para hacerse viral: un futbolista de primer nivel, su pueblo, una inversión millonaria y un supuesto gesto de solidaridad con quienes más lo necesitan.
El problema es que no era verdad.
La información apareció firmada por Jorge Miranda en el portal EGOS de La Razón y, a partir de ahí, decenas de medios de comunicación la reprodujeron. Algunos la citaron expresamente; otros se limitaron a replicarla. La bola de nieve creció con una velocidad extraordinaria hasta convertirse en una noticia que parecía incuestionable precisamente porque la estaban contando todos.
Y ahí está una de las grandes enfermedades del periodismo contemporáneo: confundir que muchos medios publiquen algo con que ese algo sea veraz.
El periodismo no consiste en llegar primero
La historia tenía todos los ingredientes necesarios para triunfar en el ecosistema digital. Gavi. 1,3 millones de euros. 150 viviendas. 300 personas beneficiadas. Solidaridad. Su pueblo. Una estrella del fútbol. Era difícil resistirse al titular. Pero había una pregunta elemental que aparentemente no se hizo: ¿es verdad? Porque bastaba con acudir a algunas de las fuentes más obvias para empezar a desmontar la historia.
Había, además, un detalle que debería haber hecho saltar alguna alarma: 1,3 millones de euros divididos entre 150 apartamentos supondrían unos 8.600 euros por vivienda. Un disparate.
Y había otra pista todavía más evidente: el lenguaje.
La noticia hablaba de que Gavi «habría destinado», «habría decidido» o «habría hecho». El condicional no puede sostener una noticia. Eso no es periodismo.
Pero lo más grave de este episodio no es únicamente que alguien publicara una información falsa. Lo verdaderamente preocupante es que tantos otros periodistas decidieran no comprobarla antes de reproducirla. A día de hoy, la noticia inunda Internet…
El fenómeno es especialmente peligroso porque el lector no tiene por qué saber cómo se ha construido esa cadena. Ve que la información aparece en numerosos medios nacionales y piensa, lógicamente, que si tantos periodistas lo cuentan será porque alguien lo habrá comprobado.
Álvaro Romero Bernal hizo algo tan sencillo como extraordinario
Y aquí es donde merece detenerse en el trabajo de mi amigo Álvaro Romero Bernal. Porque cuando la noticia comenzó a propagarse, Álvaro hizo exactamente lo que un periodista debe hacer. No se limitó a preguntarse si la historia era bonita. Se preguntó si era cierta. Y antes de publicar, investigó. Acudió a la fuente de origen de la información. Consultó con el Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca. Preguntó por el supuesto proyecto urbanístico. Contactó con responsables municipales. Llegó incluso hasta el alcalde. Y fue reuniendo respuestas hasta poder concluir algo que otros habían dado por cierto sin comprobar: el proyecto no existía. El resultado fue un artículo publicado en lavozdelsur.es cuyo título no podía ser más claro:
Lo importante no es que Álvaro consiguiera desmontar una noticia falsa. Lo importante es cómo lo hizo. Mientras otros corrían para publicar, él se paró para comprobar. Mientras otros copiaban, él preguntaba. Mientras otros daban por buena una historia porque ya la habían contado otros, él decidió empezar desde cero. Y eso, aunque hoy pueda parecer casi revolucionario, no es otra cosa que hacer periodismo.
Jóvenes periodistas: aprended de los maestros
A los jóvenes que están estudiando Periodismo o que acaban de incorporarse a esta profesión les diría algo que quizá no esté demasiado de moda:
No aprendáis periodismo de quienes mejor saben conseguir clics. Aprended de quienes mejor saben encontrar la verdad.
Buscad a los maestros. Y digo maestros porque, desgraciadamente, son cada vez más difíciles de encontrar. Pero existen. Son esos periodistas que todavía llaman a cinco fuentes cuando podrían llamar a una. Los que leen un documento entero cuando otros se quedan con el titular. Los que saben que una exclusiva no vale nada si es falsa. Los que prefieren publicar una hora más tarde pero publicar bien. Los que no tienen miedo de escribir «no lo sabemos todavía». Los que analizan una cifra y descubren que no cuadra. Los que saben que detrás de cada nombre hay una persona y que publicar una falsedad puede dañar su reputación.
Esos son los periodistas que hay que estudiar.
Quizá dentro de unos días nadie recuerde el bulo de los 1,3 millones de euros. Pero lo que no deberíamos olvidar es la reivindicación del oficio, del trabajo bien hecho. Porque Gavi no construyó 150 viviendas, pero alguien sí construyó un bulo y la mayor parte de la profesión lo propagó irresponsablemente. Y la pregunta que debería quitarnos el sueño no es cuántos bulos hemos conseguido desmontar, sino cuántos otros habremos dado por ciertos simplemente porque nadie se molestó en comprobarlos, y las consecuencias que pueden suponer.

