
Hay compañeros con los que uno coincide en un momento puntual de la vida, y hay otros que se quedan para siempre en tu vida. A Galisteo lo conozco desde hace más de veinte años, cuando coincidimos en la serie de televisión Andalucía, patrimonio cultural, un proyecto modesto pero enormemente divertido que nos llevó a recorrer buena parte de nuestra tierra con más ilusión que medios, pero con muchas ganas de contar historias. Aquella experiencia nos regaló jornadas interminables de carretera, rodajes intempestivos y risas a granel. Poco después volvimos a coincidir en el documental Trajano, emperador de Roma, un trabajo que nos llevó hasta Alemania siguiendo la huella del emperador sevillano. De aquella época conservo momentos memorables y, sobre todo, el inicio de una amistad que el tiempo no ha conseguido deteriorar.
Desde entonces he seguido muy de cerca su trayectoria profesional. A lo largo de los años he contado en esta misma web algunos de sus proyectos más interesantes, porque Gali nunca ha sido de los que se conforman. Operador de cámara, director de fotografía y realizador de televisión, su evolución ha sido constante, silenciosa y firme, siempre guiada por una curiosidad que parece no agotarse nunca.
Pero si hay algo que me sigue sorprendiendo de él, más allá de su talento, es su forma de mirar el mundo. Gali tiene una sensibilidad muy particular, una manera distinta de observar la realidad que después se refleja inevitablemente en todo lo que hace con una cámara. A esa mirada se suma su bondad, su cercanía y una personalidad absolutamente inconfundible, rasgos que hacen que trabajar con él sea tan fácil como enriquecedor. En una de aquellas entradas lo llamé «el ladrón de sonrisas».
Creativo por vocación, es incapaz de quedarse inmóvil. Nunca mantiene la pantalla en negro durante demasiado tiempo. Siempre está inventando algo, probando, experimentando, buscando una imagen nueva o una forma diferente de contar. Y lo mejor es que comparte ese proceso con quienes le siguen en sus redes sociales, donde cada publicación puede convertirse en una pequeña sorpresa. Seguirle es, muchas veces, una forma de volver a ilusionarse con el oficio.

Lo último que ha mostrado lleva por título “Ink by Leica”, y es un buen ejemplo de esa inquietud permanente. Se trata de una pieza audiovisual con la que ha querido poner a prueba, desde un punto de vista creativo, las posibilidades de una cámara pensada para el cine y la fotografía profesional. Para hacerlo, ha construido una historia visual en la que se mezclan la danza y el arte urbano. Una bailarina y un artista convierten sus movimientos y sus trazos en una especie de coreografía conjunta donde la luz, el gesto y el instante son los verdaderos protagonistas.
Más allá de lo artístico, el trabajo también sirve para comprobar cómo responde la cámara en situaciones muy distintas: cambios de luz, movimientos rápidos, diferentes colores, planos complejos o escenas que exigen precisión absoluta. Todo está pensado para llevar el equipo al límite, pero sin perder nunca la intención estética. El resultado no es solo una prueba técnica, sino una pequeña obra visual que demuestra que la tecnología, cuando cae en buenas manos, puede convertirse en una herramienta para emocionar. En el fondo, lo que propone Gali con este trabajo es algo muy sencillo de entender: mirar el vídeo con la sensibilidad de un fotógrafo, como si cada plano fuera una imagen irrepetible.
Después de tantos años, puedo decir que es un privilegio haber compartido camino con él. La vida me ha regalado la suerte de ser su amigo y de poder observar de cerca todo lo que es capaz de hacer como profesional. Y lo más admirable es que, después de tantos años detrás de una cámara, Gali sigue mirando el mundo con la misma curiosidad del primer día. Probablemente ahí esté la verdadera explicación de su talento.

