
Europa atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. No es exagerado afirmar que la Unión Europea se encuentra atrapada en un laberinto: asediada por amenazas externas, debilitada por divisiones internas y dirigida —por desgracia— por una clase política que no está a la altura del desafío. Mientras tanto, Estados Unidos, bajo la impronta imprevisible y desafiante de Donald Trump, ya no garantiza la protección ni el respaldo automático que durante décadas cimentaron la estabilidad del proyecto europeo. El problema no es únicamente la figura de Trump; el verdadero problema es que Europa no se ha preparado para un escenario global donde Estados Unidos deja de ser el paraguas protector y donde los riesgos geopolíticos crecen sin contención.
Lo que está en juego no es solo un entramado institucional, sino un modelo de vida que el mundo observa con admiración: una democracia sólida con libertades garantizadas, servicios públicos de calidad, un estado del bienestar capaz de reducir desigualdades, una sociedad plural, y un respeto institucional hacia las minorías que constituye uno de los mayores logros de la historia contemporánea. Ese equilibrio, construido con paciencia a lo largo de décadas y a través de crisis profundas, puede desmoronarse si Europa sigue reaccionando tarde, dividida y sin rumbo. Porque Trump lo ha dicho abiertamente: quiere cargarse la Unión Europea, y por eso da su apoyo a partidos antieuropeos como Vox o la Unión Cívica de Viktor Orbán. Desea una Europa frágil y dividida.
Los líderes europeos parecen más pendientes de sus calendarios electorales nacionales que del futuro del continente. Cada uno se encierra en su agenda doméstica, se distrae con tensiones internas, alimenta pulsiones populistas o protege equilibrios partidistas, mientras Europa pierde cohesión y liderazgo. El continente necesita estadistas con visión de largo plazo y determinación, pero tiene en muchos casos gestores que apenas administran la urgencia y evitan asumir riesgos.
1. Unidad europea real, no solo simbólica
Europa no puede permitirse que cada país avance por su cuenta, se paralice por vetos cruzados o convierta los intereses nacionales en armas arrojadizas. La fragmentación es el escenario ideal para quienes desean debilitar el continente, y solo una unión política y estratégica más sólida permitirá responder con rapidez y eficacia a los desafíos globales.
2. Un ejército europeo único y potente
La creación de una defensa común, independiente de los vaivenes estadounidenses, es una necesidad urgente. Europa debe ser capaz de proteger sus fronteras, asegurar sus infraestructuras críticas, garantizar su autonomía energética y actuar como un actor geopolítico fuerte, sin depender del abrigo militar de Washington. Un continente que aspira a liderar no puede sobrevivir apoyado en la fuerza ajena. Hace unos meses entrevistábamos para un documental al exministro de Defensa Eduardo Serra e insistía en ello: «Sin una buena defensa, el modelo europeo no se sostiene. No es cuestión es escoger entre tanques o colegios. Es que sin tanques no hay nada: ni colegios, ni hospitales ni ningún otro servicio público de calidad».
3. Determinación política: menos discursos, más decisiones
Europa debe recuperar la voluntad de actuar. Es imprescindible tomar decisiones valientes aunque no agraden a todos, dejar de temer el enfado de terceros países, invertir con audacia en tecnología, energía y defensa, y, sobre todo, priorizar el interés colectivo europeo por encima del cálculo electoral de cada capital. La tibieza política es incompatible con la supervivencia de un proyecto de esta envergadura.

La buena noticia es que Europa dispone de fortalezas suficientes para hacerlo: es el mercado más poderoso del mundo, posee el mayor nivel de vida del planeta, cuenta con democracias consolidadas y dispone de talento científico, tecnológico y humano extraordinario. No es la capacidad lo que falta, sino la determinación.
Europa está en su laberinto, pero aún puede salir de él. Para lograrlo debe asumir que el mundo ha cambiado y que ya no basta con predicar valores: hay que defenderlos con firmeza, coordinación y coraje. Si el continente desea mantener su democracia, su bienestar y su pluralidad, debe actuar rápido. Porque el tiempo se agota, y depender eternamente del abrigo estadounidense, además de ingenuo, resulta peligrosamente suicida.

