
Si rondas los 50, hay un pensamiento que seguro te ha cruzado la cabeza más de una vez este invierno: “Este año está lloviendo como cuando éramos niños en los 80… ¡sin parar!” Cristales chorreando, paraguas siempre a mano y esa sensación constante de que el suelo nunca termina de secarse. Este año no es solo que llueva: es que parece que llevamos meses viviendo dentro de una nube.
Pero la gran pregunta es inevitable: ¿estamos ante un recuerdo idealizado de nuestra infancia o de verdad está lloviendo más que antes? España siempre ha sido un país de extremos, con años muy secos seguidos de otros muy húmedos, pero el periodo actual está destacando por la persistencia de las lluvias y, sobre todo, por la intensidad de las borrascas. Nuestra memoria meteorológica es selectiva. Recordamos muy bien esos inviernos interminables de lluvia y también los años de extrema sequía. Olvidamos, en cambio, los años que ni fu ni fa.
Cuando se compara objetivamente lo que se consideraba un año de pluviosidad media hace unas décadas con lo que estamos viviendo este 2025/2026, la diferencia se evidente. Los acumulados esta vez se sitúan claramente por encima de la media de referencia. Eso explica imágenes que hacía tiempo que no veíamos: embalses recuperándose a gran velocidad (o directamente desembalsándose), suelos saturados durante semanas y ríos que vuelven a llevar caudal continuo en zonas donde se habían acostumbrado a estiajes prolongados. La sensación de que “esto no es lo habitual” es real.
Pero hay un matiz aún más importante: no solo está cambiando cuánto llueve, sino cómo llueve. Antes era más frecuente que las precipitaciones se repartieran en muchos días grises, con lluvias continuas pero moderadas. Ahora, cada vez son más comunes los episodios de descarga intensa en poco tiempo. Lluvias fuertes que saturan el suelo, generan escorrentías rápidas y favorecen inundaciones locales. Es como si la atmósfera aguantara más agua y, cuando decide soltarla, lo hiciera de golpe.
Detrás de este panorama hay varias piezas encajando a la vez. Por un lado, la circulación atmosférica ha favorecido la entrada repetida de borrascas atlánticas, sin que el anticiclón logre bloquearlas durante largos periodos. Por otro, los mares y océanos están más cálidos, lo que permite que el aire contenga más vapor de agua. La atmósfera se comporta como una esponja más grande: cuando se dan las condiciones adecuadas, puede descargar cantidades mayores de lluvia. A eso se suman cambios en los patrones de circulación a gran escala, que a veces desvían durante semanas las tormentas hacia la península ibérica.
El cambio climático está detrás de todo
Y en segundo plano, pero influyendo en todo, está el cambio climático. No “provoca” una borrasca concreta, pero sí carga los dados. Un sistema climático más cálido tiene más energía y más humedad disponible, lo que aumenta la probabilidad de fenómenos extremos. Eso encaja con lo que estamos viviendo en los últimos años: sequías prolongadas muy duras alternadas con periodos excepcionalmente húmedos. Menos estabilidad, más vaivenes.
Entonces, ¿teníamos razón al pensar en los inviernos de los 80? En parte sí. Aquellos años lluviosos existieron y forman parte de nuestra memoria porque fueron reales. Llovía generalmente mucho. Pero el contexto actual es diferente. Hoy los episodios tienden a ser más intensos, los contrastes entre años secos y húmedos son más acusados y los extremos se concentran más en el tiempo. No es que el clima haya vuelto a ser el de antes, sino que estamos entrando en una etapa donde los extremos se sienten más que nunca, con los perjuicios que ello supone.
Así que la próxima vez que te despiertes y veas llover tras los cristales, piensa que sí, que está lloviendo tanto o más que cuando eras niño, aunque de forma claramente diferente. Y de momento, la lavadora no tiene fecha para entrar en modo centrifugado.

