
Durante décadas, existió una idea casi indiscutible en el audiovisual español: si querías hacer algo importante, tenías que irte a Madrid.
No era solo una cuestión geográfica. Allí estaban las grandes cadenas, las principales productoras y los despachos donde se decidía qué proyectos veían la luz. Pero también se instaló otra creencia mucho más discutible: que allí estaba el talento capaz de hacer la mejor televisión. Con el tiempo hemos descubierto que no. Lo que había en Madrid era el poder. El talento, afortunadamente, estaba repartido por toda España.
Y conforme la industria ha ido madurando, esa realidad se ha hecho cada vez más evidente. Hoy resulta imposible entender el audiovisual español sin mirar hacia Cataluña, Euskadi, Galicia o Andalucía, territorios donde se producen películas, documentales y programas que nada tienen que envidiar —y en muchas ocasiones superan— a otros realizados con presupuestos muy superiores.
El último gran ejemplo lo estamos viendo en Andalucía.
El perro andaluz, producido por 16 Escalones, ha irrumpido como uno de los grandes acontecimientos televisivos del año. Un prime time ambicioso, espectacular en su puesta en escena, inteligente en sus contenidos y que, en apenas unas semanas, ha conseguido liderar su franja. Pero quizá lo más interesante no sean sus audiencias.
Lo verdaderamente importante es que es un programa profundamente andaluz. Lo es en su acento, en sus invitados, en su forma de entender el humor y la conversación. No intenta parecer otra cosa. No disimula su origen para resultar más «nacional». Al contrario: convierte su identidad en una fortaleza. Y eso representa un cambio histórico. Durante muchos años se pensó que determinados acentos eran un obstáculo para llegar al gran público. Como si hablar desde Andalucía restara prestigio o capacidad para conducir un gran formato televisivo. Pocos ejemplos ilustran mejor esa transformación que Manu Sánchez.
Probablemente sea el comunicador más brillante y más completo de su generación. Posee una rapidez mental extraordinaria, una capacidad casi única para generar humor, una sólida formación intelectual y un compromiso evidente con la realidad que le rodea. Es capaz de emocionar, de improvisar, de conducir un gran espectáculo y, al mismo tiempo, de invitar a la reflexión.
Sin embargo, durante mucho tiempo no recibió las oportunidades que seguramente merecía. Su acento fue considerado por muchos un hándicap. El tiempo, afortunadamente, ha terminado colocando las cosas en su sitio. Hoy nadie puede discutir que estamos ante uno de los comunicadores más versátiles de la televisión española.
Y no es un caso aislado. Ahí está también Gente Maravillosa, el formato de Happy Contents nacido para Canal Sur. Un programa que ha demostrado que la emoción auténtica no depende del presupuesto, sino del talento. Sus cámaras ocultas han acumulado cerca de mil millones de visualizaciones en redes sociales, ha recibido numerosos premios y ha conseguido algo mucho más difícil que un buen dato de audiencia: convertirse en un fenómeno social.
Curiosamente, su fórmula ha servido de evidente inspiración para nuevos formatos nacionales. El caso más reciente es El show de Paz, producido en Madrid para Telecinco. Sin embargo, muchos espectadores han señalado en redes sociales que, pese a disponer de más presupuesto y de una estructura de producción mayor, el resultado carece de la naturalidad, la emoción y la autenticidad que hicieron grande al formato andaluz. Porque copiar una mecánica es relativamente sencillo; reproducir el alma de un programa es otra historia. Por mucho dinero que se tenga.
Los ejemplos podrían multiplicarse.
En Galicia, la productora CTV lleva años desarrollando proyectos de enorme calidad. En Euskadi, Pausoka ha demostrado que desde una televisión autonómica pueden surgir formatos capaces de viajar a otros mercados. En Cataluña, el ecosistema de TV3 y numerosas productoras independientes ha sido una de las grandes canteras de creatividad del audiovisual español durante las últimas décadas.
La conclusión resulta difícil de discutir. El talento nunca ha pertenecido a un único lugar. Simplemente, durante demasiado tiempo, las oportunidades sí lo hicieron. Y quizá esta reflexión trascienda incluso a la televisión. Porque el éxito de estas producciones nos obliga a revisar una imagen de España demasiado instalada desde hace años. Esa visión según la cual todo ocurre en Madrid y el resto del país, «las provincias», ocupa un papel secundario. La realidad es bastante más interesante.
España es un país extraordinariamente diverso. Culturalmente, lingüísticamente y también creativamente. La riqueza de nuestro país consiste precisamente en que existen muchas formas distintas de contar historias, de hacer humor, de emocionar y de entender la televisión.
Frente al relato de una España permanentemente polarizada, centralizada y uniforme, emerge otra mucho más esperanzadora: la de un país plural, donde el talento aparece en cualquier rincón cuando encuentra espacio para desarrollarse.
Tal vez esa sea la mejor noticia para nuestro país.
Que hemos empezado a comprender que la excelencia no pertenece a ningún lugar concreto, sino a las personas capaces de imaginarla.

