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El mundo de Rajoy

Publicado el 14 julio 2026 por manuguerrero

Esta noche España y Francia disputan una semifinal del Mundial que bien podría ser una final anticipada. Dos selecciones extraordinarias, repletas de talento, que representan dos de las grandes potencias del fútbol europeo. Debería ser uno de esos días en los que la conversación gira en torno al balón, a los sistemas, a las individualidades y a la emoción de un gran partido.

Sin embargo, en la víspera ha terminado colándose una polémica tan absurda como reveladora. Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno de España, ha escrito que Francia juega «sin franceses». Una frase que ha provocado un profundo malestar al otro lado de los Pirineos. Y, sinceramente, no me extraña.

Lo que me parece preocupante no es la disparatada afirmación, que bien podría leerse en cualquier comentario de forocoches, sino en que quien la pronuncia haya ocupado durante siete años la presidencia del Gobierno de España. Porque esa reflexión demuestra un desconocimiento sorprendente de Francia, de España y de la historia de Europa.

¿Qué significa exactamente ser francés? ¿Qué significa ser español? ¿Desde cuándo una nacionalidad depende del color de la piel, de un apellido o del lugar donde nacieron los abuelos?

Europa lleva miles de años construyéndose precisamente en sentido contrario. Somos el resultado de invasiones, migraciones, mezclas, intercambios comerciales, guerras, exilios, matrimonios entre pueblos, movimientos de población y búsqueda permanente de oportunidades. Ninguna nación europea existe al margen de esa realidad. Ni Francia. Ni España.

Ayer mismo, sin ir más lejos, volví a comprobarlo.

Siempre que me subo a un taxi o a un Cabify intento hablar con quien conduce. Es una costumbre que me gusta mantener porque, muchas veces, las mejores historias no aparecen en los periódicos, sino en el asiento delantero de un coche.

El conductor era rumano. Mientras atravesábamos Madrid me fue contando su vida. Trabaja unas ocho horas al volante, organizándose milimétricamente con su mujer para que su hijo de ocho años nunca tenga que quedarse solo en casa. No tienen red de apoyo. Entonces me habló del niño. Me dijo, con un orgullo imposible de disimular, que desde que empezaron las vacaciones del colegio ya se había leído seis libros: tres en español y tres en inglés. Quería mejorar los dos idiomas, además del rumano, que habla en casa con sus padres.

Confieso que esa conversación me hizo sonreír. Porque ese niño también es España.

Es España una familia que llegó desde otro país buscando una oportunidad. Es España un niño que aprovecha el verano para leer, estudiar y prepararse un poco mejor para el futuro. Probablemente ese niño acabe teniendo un rendimiento académico superior al de otros que nacieron en familias mucho más acomodadas, donde nunca ha faltado de nada, pero donde quizá el verano transcurre entre vídeos interminables de YouTube y horas de pantalla sin demasiado propósito. El bienestar garantiza muchas cosas, pero no garantiza el esfuerzo.

España también es eso. Como Francia. Como prácticamente cualquier país europeo.

Por eso resulta tan pobre reducir la identidad de una selección nacional al aspecto físico de algunos de sus jugadores. Es una visión que no resiste el más mínimo contacto con la realidad.

Da la impresión de que algunos conservadores siguen habitando un mundo imaginario en el que los países eran homogéneos, las fronteras eran murallas infranqueables y cada pueblo vivía aislado del resto. Pero ese mundo nunca existió. Ni ahora. Ni hace cincuenta años. Ni hace quinientos.

La historia de la humanidad no se ha construido sobre la pureza, sino sobre la mezcla. No sobre el inmovilismo, sino sobre el movimiento. No sobre el aislamiento, sino sobre la inmigración, el comercio, los viajes, los exilios y la necesidad, profundamente humana, de buscar un lugar mejor donde vivir.

Ese es el mundo real.

El otro, el que algunos fantasean desde la nostalgia de un pasado que jamás existió, es simplemente el mundo de Rajoy.

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