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El mundo de los brutos

Publicado el 05 enero 2026 por manuguerrero

Hay épocas en las que la historia parece avanzar a trompicones. No por falta de información, ni de recursos, ni siquiera de alternativas políticas, sino por la irrupción de una clase dirigente que ha decidido gobernar a golpe de testosterona, miedo y consignas simples. El mundo de hoy, por desgracia, es ya el mundo de los brutos.

Basta con repasar el mapa del poder para reconocer un patrón inquietante. Donald Trump convirtió la política en un reality permanente, donde la mentira era una herramienta legítima y el adversario un enemigo aniquilable. Vladimir Putin ha hecho de la violencia y la intimidación internacional una extensión natural de su proyecto de poder personal. Benjamín Netanyahu, atrapado en su propia huida hacia adelante, ha normalizado la guerra como recurso político interno. Y en demasiados países africanos, dictadores de uniforme o de traje gobiernan como si el Estado fuera una finca privada heredada por derecho divino.

No se trata de ideologías en sentido clásico. No es izquierda contra derecha, ni conservadores contra progresistas. Es algo más primario: una forma de entender el poder basada en la fuerza, el desprecio por las instituciones y la convicción de que gobernar consiste en imponer, no en convencer. El bruto no dialoga: amenaza. El bruto no argumenta: grita. El bruto no gobierna: somete.

La actualidad nos ofrece un ejemplo revelador con Venezuela. Imaginemos o aceptemos por un momento el relato de la justa detención de Nicolás Maduro. Incluso en ese escenario, la pregunta clave no sería quién cae, sino cómo y para qué. Si un régimen autoritario se derrumba no por la presión de la ciudadanía organizada, ni por la acción de la política democrática, sino por la intervención del ejército y con el objetivo real de repartirse el petróleo del país, el resultado no es una victoria de la democracia, sino un simple cambio de manos en el botín. No hace falta ser muy lúcido para percatarse de que si, como ha manifestado el propio Trump, lo que buscan es el petróleo, el país seguirá en manos de una dictadura fiel y no de una democracia libre. Comprar a un líder es fácil. Comprar a un país y a todos su partidos, es bastante más complicado.

Maduro ha sido, sin duda, otro exponente de esta fauna política: autoritario, tosco, incapaz de ofrecer un proyecto que no se sostenga en la represión y la propaganda. Pero su hipotética salida del poder por la vía de la fuerza militar, desprovista de cualquier horizonte democrático, no redime a nadie. Cambiar a un bruto por otro, aunque vista distinto uniforme, no libera a un pueblo.

Ese es el verdadero drama de nuestro tiempo. La política ha dejado de ser, en demasiados lugares, el arte de gestionar conflictos de forma pacífica y racional, para convertirse en una lucha tribal por el control de los recursos, del relato y del miedo. Las instituciones estorban, la prensa molesta y la cultura democrática se percibe como una debilidad.

Vivimos en un mundo cada vez más dominado por líderes analfabetos violentos, incapaces de comprender la complejidad de las sociedades que gobiernan y orgullosos de no hacerlo. Y la democracia, tal y como la hemos entendido hasta ahora —basada en leyes, contrapesos, derechos y deliberación— está seriamente amenazada por esta hornada de políticos reaccionarios que confunden la fuerza con la razón y el poder con la impunidad.

Mientras sigamos aceptando a los brutos como un mal inevitable, el retroceso democrático dejará de ser una advertencia para convertirse en una insoportable rutina.

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