
Hay expresiones que atraviesan el tiempo y se convierten en brújula moral. “Estar en el lado correcto de la Historia” es una de ellas. No es una consigna partidista ni un eslogan oportunista —o no debería serlo—, sino una afirmación ética que apela a algo más profundo: la convicción de que, con el paso de los años, la justicia acaba imponiendo su criterio sobre la fuerza, y la dignidad humana sobre la barbarie.
En el pasado, estuvieron en el lado correcto de la Historia quienes defendieron la democracia frente al totalitarismo; quienes apostaron por el Estado de derecho frente a la arbitrariedad; quienes reclamaron libertades cuando hacerlo implicaba cárcel o exilio; quienes lucharon por la igualdad cuando la discriminación era norma. Lo estuvieron quienes combatieron el apartheid en Sudáfrica, quienes impulsaron los derechos civiles en Estados Unidos, quienes defendieron el sufragio femenino, quienes arriesgaron su vida frente al nazismo o frente a las dictaduras militares en América Latina.
Estar en ese lado no significó siempre ganar en el corto plazo. A menudo significó sufrir. Pero la Historia —con mayúscula— terminó reconociendo que la democracia era mejor que la tiranía, que la igualdad era más justa que la segregación, que el pluralismo era más humano que la persecución.
¿Qué significa realmente la frase?
Cuando alguien afirma que está en el “lado correcto de la Historia”, está diciendo que sus posiciones se alinean con valores universales: derechos humanos, libertad, justicia, dignidad. Es una expresión que presupone que la Historia tiene una dirección moral, que no todo es relativo, que no todas las decisiones son equivalentes.
Sin embargo, también es una frase peligrosa si se usa como arma arrojadiza. Porque nadie posee en exclusiva la verdad histórica, y la tentación de apropiarse de la moral absoluta puede derivar en arrogancia. La Historia no es un tribunal inmediato; es el tiempo, el análisis y la conciencia colectiva los que acaban situando a cada cual en su lugar.
La frase de Susan Sarandon
Cuando la actriz estadounidense Susan Sarandon afirmó que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, estaba “en el lado correcto de la Historia”, lo hizo en el contexto del reconocimiento del Estado palestino por parte de España. Su mensaje se interpretó como un respaldo a una decisión política que, en su opinión, apostaba por el derecho internacional y por una solución diplomática a un conflicto enquistado durante décadas.
Más allá de simpatías o discrepancias políticas, la frase apuntaba a una idea concreta: que apoyar el reconocimiento mutuo, la legalidad internacional y la negociación frente a la violencia es optar por una vía que la Historia suele terminar validando. Sarandon no hablaba de coyuntura electoral; hablaba de principios.
¿Cuál es el lado correcto frente a una guerra?
Aquí conviene ser inequívocos. El lado correcto de la Historia, frente a cualquier guerra, es siempre la paz. Es la negociación. Es el consenso. Es la diplomacia.
No lo es la glorificación de la violencia. No lo es la lógica de la venganza. No lo es el cálculo frío que convierte a seres humanos en “daños colaterales”.
Cada guerra se justifica a sí misma con argumentos de seguridad, honor, defensa o supervivencia. Pero el resultado siempre es el mismo: muertos, heridos, desplazados, generaciones marcadas por el trauma. Y, demasiadas veces, niños y niñas que jamás eligieron el conflicto pagan el precio más alto. Como esas niñas que murieron en Irán, víctimas inocentes de una espiral de violencia que nunca debería haber existido.
Cuando la Historia examina las guerras, rara vez celebra a quienes dispararon primero. Suele reconocer, en cambio, a quienes buscaron un alto el fuego, a quienes firmaron acuerdos de paz, a quienes reconstruyeron puentes donde antes hubo trincheras.
La coherencia moral
Estar en el lado correcto de la Historia no es una etiqueta automática. Exige coherencia. No basta con declararse defensor de la paz mientras se legitima la muerte del inocente. No basta con invocar los derechos humanos de unos y olvidar los de otros.
El lado correcto es incómodo porque obliga a rechazar la violencia incluso cuando nos resulta comprensible emocionalmente. Obliga a defender el derecho internacional incluso cuando es imperfecto. Obliga a sostener la palabra frente al arma.
Una brújula para el presente
La Historia no es una abstracción; la escribimos cada día con nuestras decisiones colectivas. Cuando dentro de décadas se analicen los conflictos actuales, no se preguntará quién ganó una batalla concreta, sino quién trabajó para que dejara de haber batallas.
El lado correcto de la Historia no es el del ruido ni el del odio. Es el de quienes creen que una única vida humana vale mucho más que todas las banderas del mundo juntas. Es el de quienes apuestan por el diálogo cuando la tentación es gritar. Es el de quienes entienden que matar —y mucho más matar a inocentes— nunca puede ser el camino.
Si algo nos enseña el pasado es que la paz, aunque frágil y compleja, siempre acaba siendo la única victoria digna para el ser humano.

