
Hay algo curioso (y muy revelador) que sucede con Marbella: mucha gente en el mundo no sabría ubicar España en un mapa, pero sí sabe exactamente dónde está Marbella. ¿Cómo se explica ese extraño fenómeno?
La respuesta empieza en 1954, cuando un aristócrata visionario llamado Alfonso de Hohenlohe fundó el Marbella Club Hotel, en lo que por entonces era un tranquilo pueblo de pescadores. Lo que parecía una apuesta excéntrica se convirtió rápidamente en uno de los movimientos más transformadores del turismo europeo.
Hohenlohe no solo construyó un hotel: creó un mito. Invitó a sus amigos —príncipes, artistas, empresarios, estrellas de cine— a pasar el verano en la Costa del Sol. Y lo que era un rincón desconocido de Andalucía, se convirtió en la meca del glamour internacional.
Por sus playas, sus villas y las fiestas del Marbella Club pasaron algunas de las figuras más icónicas del siglo XX: Grace Kelly y Rainiero de Mónaco, Brigitte Bardot, Ava Gardner, Gunilla von Bismarck, Sean Connery, Julio Iglesias, Gunter Sachs, Aristóteles Onassis, e incluso miembros de familias reales de Medio Oriente como el rey Fahd de Arabia Saudí, que acabó construyendo su propio palacio de verano allí.
Con ellos llegaron también los paparazzi, las portadas en revistas de medio mundo y un tipo de aura difícil de replicar: la de un lugar donde el lujo, el anonimato y la fiesta convivían con el Mediterráneo, el flamenco y el pescaíto frito.
Así, Marbella dejó de ser un punto en el mapa de España y pasó a ser un punto en el mapa del mundo.
Y si te estás preguntando cómo se gestó este fenómeno, cómo un pueblo pesquero se convirtió en destino global del lujo y la fama, tengo una buena noticia: ese cuento —y otros siete más— se cuentan en la serie documental “Érase una vez en Marbella”, que se estrena este domingo en Atresplayer.
Una historia real. Y como todas las buenas historias… increíble, pero cierta.


