
Asistimos a un fenómeno preocupante: la erosión progresiva de la democracia, esa que se cimenta en instituciones fuertes, contrapesos de poder y respeto por los derechos fundamentales. Entre las causas más alarmantes figura el ascenso de líderes populistas y autoritarios como Vladimir Putin y Donald Trump, cuyos estilos de gobernar amenazan convertir la democracia en una sombra de lo que fue. Este nuevo mal podría llamarse “demodura” —una deflación deliberada y calculada de la democracia—. Una dictadura con apariencia democrática.
1. Concentración del poder e agresión a los contrapesos
Putin, a lo largo de décadas, ha moldeado un sistema de poder personalista donde medios de comunicación, oposición y sociedad civil están fuertemente silenciados. Ha instaurado un régimen de control institucional intolerante con el pluralismo político.
Trump, por su parte, ha ido destruyendo los frenos institucionales de la democracia estadounidense. Ha impulsado purgas masivas de funcionarios independientes, instituido tests de lealtad política y trasladado agencias clave al control directo de la presidencia. Además, ha politizado la justicia, atacado los medios de comunicación y suprimido mecanismos de transparencia.
2. Populismo como herramienta de legitimación autoritaria
El populismo no contradice necesariamente la democracia, pero cuando se vuelve dominante —como ocurre en estos casos—, suele desequilibrar el sistema, y a menudo generar retrocesos políticos y económicos muy difíciles de revertir, porque son capaces de destruir, en pocos años, el entramado construido durante muchas décadas.
3. Deslegitimación del Estado de derecho y los medios
Trump ha lanzado ataques recurrentes a los medios (“fake news”), minando su credibilidad y, por ende, la capacidad de la sociedad para fiscalizar políticamente. Además, ha desafiado la independencia del sistema judicial y de la Reserva Federal, planteando desestabilizar incluso la moneda. Estas acciones rememoran formas de gobierno autocráticas de los años 30, con un Estado intervencionista y centralizado.
4. Reconfiguración de la política exterior y legitimación autoritaria internacional
El gobierno Trump ha abdicado de su papel tradicional como promotor global de la democracia. En lugar de ello, ha acogido con indiferencia embajadores autoritarios como Putin, e incluso ha legitimado conquistas bélicas como el avance ruso en Ucrania.
Al mismo tiempo, los ataques de Trump a la justicia estadounidense han sido aprovechados por regímenes autoritarios para validar su narrativa antidemocrática.
5. Silencios peligrosos: cuando el miedo paraliza la crítica
Antiguos embajadores estadounidenses han denunciado una “atmósfera de miedo” que borra las voces críticas. Un temor que se generaliza a otros países aliados que viven al amparo de decisiones del país hegemónico, como es el caso de Europa. No hay más que ver su compromiso de incremento desmesurado en cuanto al gasto militar. Salvo el presidente español Sánchez, ningún otro líder europeo se ha atrevido a decir no.

Conclusión
El temible y sombrío concepto de demodura ya no es una visión futurista. Está en curso. Desde la eliminación sistemática de contrapesos internos hasta el repliegue internacional frente a regímenes autoritarios, líderes como Putin y Trump nos alertan de lo que está en juego: una democracia debilitada, dominada por el poder personalista, el miedo y la desinformación. Anoche mismo decía el periodista Iñaki Gabilondo: «En toda mi vida es la primera vez que no veo en el horizonte una línea de progreso que me haga sentir optimista».
El antídoto está en recuperar la vitalidad institucional, denunciar el populismo autoritario y recordar que la democracia no se preserva por sí misma. Requiere vigilancia activa, compromiso ciudadano y defensa del Estado de derecho antes de que ese “futuro presente” se vuelva irreversible.

