Lo que hace unos años era un pequeño refugio para los amantes de la naturaleza se ha convertido en otro ejemplo de la fiebre turística que vive España. En plena temporada alta, un apartamento para cuatro personas en la sierra de Cazorla puede costar más que uno en el centro de Oporto o incluso en algunos barrios de París. Un dato que sorprende y refleja una tendencia más amplia: el auge del turismo en España está tensando el mercado de los alojamientos hasta límites impensables.
En un mundo cada vez más acelerado, y con menos margen para momentos tan deleitosos como cocinar, pedir la cena a casa se ha convertido en un recurso muy socorrido. Algunas empresas prometen traerte el pedido en menos de 30 minutos. Pero esa comodidad tiene un precio que, en demasiadas ocasiones, no pagamos nosotros. Lo pagan otros. Por eso, yo nunca he pedido comida a domicilio. Aquí te explico por qué.
Durante meses, el precio del aceite de oliva virgen extra en España fue tema omnipresente en telediarios, tertulias radiofónicas y conversaciones de supermercado. El «oro líquido» llegó a sobrepasar los 9 euros por litro, generando titulares alarmistas y la sensación de que el producto se convertiría para siempre en un bien de lujo. Sin embargo, hoy —con el litro a 3 euros y pico, según el supermercado, y con las perspectivas a la baja en la próxima campaña—, el silencio mediático es atronador. ¿Por qué?
Cuando el foco solo apunta al alza
No solo el aceite vivió su momento de escarnio mediático. El diésel, por ejemplo, superó la barrera de los 2 euros por litro durante el pico inflacionario de 2022. Las noticias de televisión abrían con imágenes de surtidores y con preocupados conductores. Hoy, el diésel puede comprarse a 1,19 euros el litro, menos de lo que costaba antes de la pandemia. Pero este descenso apenas se menciona en ninguna parte.
Precio del combustible en la estación de servicio de Plenergy en La Rinconada (Sevilla), julio de 2025
Lo mismo sucede con la tarifa de la luz. A finales de 2021 y durante buena parte de 2022, el kilovatio hora (kWh) marcó récords históricos. Las tarifas horarias eran analizadas con lupa por los medios (muy especialmente por algunos), con consejos sobre cuándo poner la lavadora o usar el horno. A tenor de algunos medios, España estaba convirtiéndose en la Venezuela de Europa. En cambio, en 2024 y lo que va de 2025, el precio del kWh ha bajado drásticamente, llegando incluso a precios negativos gracias a la sobreproducción de las renovables, y estabilizándose en cifras que no provocan titulares, ni alarmas, ni gráficas explicativas en prime time. Esta caída se debe en buena medida a políticas como la excepción ibérica, un acuerdo negociado por el Gobierno de España con la Comisión Europea que permitió limitar temporalmente el precio del gas destinado a generar electricidad. Una intervención clave que logró contener los precios y amortiguar la crisis energética. Pero, paradójicamente, su éxito apenas ha tenido reflejo en la narrativa mediática. Curioso.
¿Qué más ha bajado?
El gas natural, tras el estallido de la guerra en Ucrania, alcanzó precios históricos. Hoy, con los mercados más calmados y una menor demanda, los precios se han moderado significativamente. Lo mismo ha ocurrido con algunos productos básicos como la harina, la leche (esta semana la he comprado a 75 céntimos el litro, pero no pude hacerle foto, lo siento) o ciertos vegetales. Incluso muchos electrodomésticos y tecnología de consumo han bajado sus precios respecto a 2022, gracias a la normalización de las cadenas de suministro.
Pero, de nuevo, estos ajustes pasan desapercibidos en la conversación pública. ¿No es extraño?
¿Una cuestión de narrativa?
Todo esto plantea una reflexión incómoda sobre la selección informativa. Cuando los precios suben, es noticia. Cuando bajan, parece que no tienen interés. Es como si la estabilidad —o incluso la recuperación del poder adquisitivo— no vendiera.
Y el problema no es solo de los medios. Las redes sociales, los algoritmos y hasta la política alimentan esa tendencia a amplificar lo negativo. Las bajadas de precio, por el contrario, no generan el mismo grado de viralidad ni de indignación. Y sin indignación, parece que no hay historia.
Lo que no se dice también importa
No se trata de ignorar los momentos de dificultad. Los precios altos afectaron y afectan a muchas familias. Pero silenciar las bajadas contribuye a una percepción distorsionada de la realidad económica. Hace unos días, sin ir más lejos, escuchaba a una amiga decir: «a ver si se pasa pronto esta crisis». ¿Qué crisis, querida? La única crisis (de índole económica) que tenemos actualmente en España es la del insostenible precio de la vivienda, a la que se da menos relevancia que a la insignificante okupación. También es raro, ¿no?
Informar no solo es denunciar, también es poner en contexto. Y contar lo que mejora nuestra vida es tan necesario como señalar lo que la empeora. Porque la deliberada omisión también es una forma de manipular el relato.
El mundo del fútbol está hoy de luto. El portugués Diogo Jota ha fallecido esta madrugada en un trágico accidente de tráfico en la provincia de Zamora. Según las primeras pesquisas, la causa del siniestro ha sido un exceso de velocidad y la explosión de un neumático, lo que provocó la pérdida de control del vehículo. Aún falta por determinar qué desencadenó la rotura del neumático, pero, ¿pueden estar detrás las altas temperaturas del verano?
En la era digital, el ransomware se ha convertido en uno de los mayores enemigos de los usuarios de internet. Este tipo de software malicioso bloquea el acceso a los archivos del equipo y exige un rescate —generalmente en criptomonedas— para liberarlos. Aunque la recomendación principal es prevenir, muchos usuarios se enfrentan al dilema de haber sido infectados. ¿Qué hacer si tu ordenador ha sido secuestrado digitalmente? Aquí te explicamos, paso a paso, cómo eliminar el ransomware de tu sistema.
Paso 1: Desconecta tu equipo de Internet
Lo primero es aislar el equipo infectado. Desconéctalo de Wi-Fi o retira el cable de red. Esto evita que el ransomware se comunique con servidores externos, descargue más malware o se propague a otros dispositivos en la red.
Paso 2: Identifica el tipo de ransomware
No todos los ransomware funcionan igual. Algunos solo bloquean la pantalla (ransomware de bloqueo), mientras que otros cifran tus archivos (ransomware de cifrado). Busca mensajes específicos en la pantalla o nombres de archivo alterados, y consúltalos en sitios como ID Ransomware para identificar la variante.
Paso 3: Entra en Modo Seguro
Reinicia tu equipo en Modo Seguro con funciones de red:
En Windows, presiona F8 o mantén presionado Shift mientras haces clic en «Reiniciar».
Selecciona «Solucionar problemas» → «Opciones avanzadas» → «Configuración de inicio» → «Modo seguro con red».
Esto limita la ejecución de software malicioso durante el arranque.
Paso 4: Escanea con un antivirus/malware actualizado
Instala, previamente descargado de otro ordenador, un software confiable como:
Malwarebytes
ESET Online Scanner
Microsoft Defender Offline
Realiza un escaneo completo del sistema. Algunos antivirus pueden eliminar el programa malicioso, aunque no siempre logran desencriptar los archivos.
Paso 5: No pagues el rescate
Expertos en ciberseguridad, como la Europol o el FBI, recomiendan no pagar el rescate. No solo financias el delito, sino que no hay garantía de que recuperarás tus archivos. Además, algunos ciberdelincuentes te extorsionan más una vez que ven que pagas.
Paso 6: Busca herramientas de descifrado gratuitas
Algunas variantes de ransomware tienen soluciones disponibles. Consulta:
Si tienes suerte y tu ransomware ya fue analizado, podrías recuperar tus archivos sin pagar.
Paso 7: Restaura desde una copia de seguridad
Si haces backups regulares en discos externos o servicios en la nube, este es el momento de usarlos. Antes de restaurar, asegúrate de que el malware fue completamente eliminado del sistema.
Paso 8: Reinstala el sistema operativo (si es necesario)
Si no puedes eliminar completamente el ransomware o no hay herramientas de descifrado disponibles, puede que necesites formatear el disco y reinstalar el sistema operativo. Hazlo solo si:
Tienes una copia de tus archivos importantes.
Ya no puedes usar el equipo con normalidad.
Paso 9: Refuerza la seguridad para el futuro
Después de eliminar el ransomware, toma medidas preventivas:
Mantén tu sistema y programas actualizados.
Usa un buen antivirus con protección en tiempo real.
Haz copias de seguridad frecuentes en dispositivos externos o en la nube.
Sé cauteloso con los archivos adjuntos y enlaces sospechosos.
En resumen
El ransomware es una amenaza seria, pero con los pasos adecuados, es posible eliminarlo y minimizar las pérdidas. La clave está en actuar con rapidez, no ceder al chantaje y estar preparado para futuras amenazas. En ciberseguridad, como en la salud, prevenir siempre es mejor que curar.
En una televisión cada vez más dominada por realities virales, tertulias de trinchera y contenido efímero, sorprende que un programa como Gente Maravillosa, producido por Happy Contents emitido por Canal Sur TV y presentado por Toñi Moreno, mantenga tras siete temporadas una audiencia fiel y entusiasta. Anoche, sin ir más lejos fue líder absoluto en su franja, lo más visto en la FORTA y el programa con más espectadores en todo el día en Canal Sur TV.
Mercadona domina el mapa del consumo en España, pero hay delicias que no caben en sus pasillos, copados por abundantes productos de marca blanca o de fabricación valenciana. Pequeños productores, recetas familiares y artesanía alimentaria quedan sistemáticamente fuera de sus estanterías. Aquí te traemos diez productos estrella que destacan por su calidad y que, sin embargo, no forman parte del catálogo de Mercadona.
1. Salsa al whisky de Montealbor (Sevilla)
Un emblema de la cocina sevillana. Esta salsa, elaborada artesanalmente en Alcalá de Guadaíra, es la compañera perfecta de carnes, especialmente el clásico solomillo al whisky. Ingredientes naturales y sabor casero, tal como manda la tradición.
2. Patatas fritas “Doña Papa” (Cádiz)
Con sello gaditano y alma de feria, estas patatas son fritas a mano y con mimo. Su textura crujiente y sabor auténtico las han convertido en un producto de culto entre los amantes del aperitivo andaluz.
3. Morcilla achorizada «Marqués del Valle» (Córdoba)
Una receta artesanal típica de la sierra de Córdoba. Sin aditivos artificiales, sin conservantes y sin colorantes.
4. Aceite de oliva virgen extra “Finca La Torre” (Málaga)
Premiado internacionalmente, este AOVE ecológico de Bobadilla (Antequera) destaca por su perfil verde y complejo. Un producto premium que no verás en los lineales del supermercado, pero que marca la diferencia en la cocina.
5. Queso payoyo de Villaluenga del Rosario (Cádiz)
Elaborado en la Sierra de Grazalema con leche de cabra payoya, este queso andaluz ha conquistado paladares dentro y fuera de España. Curado en cuevas naturales, tiene un sabor intenso e inolvidable.
6. Chicharrones especiales de Chiclana (Cádiz)
Ni embutido ni fiambre: un bocado con identidad propia. Estos chicharrones, crujientes por fuera y melosos por dentro, son un tesoro gastronómico que solo se encuentra en charcuterías locales.
7. Miel de castaño de la Alpujarra (Granada)
Recolectada en los valles de la Alpujarra granadina, esta miel oscura y aromática es rica en antioxidantes y sabor. Pura, sin filtrar ni pasteurizar: un producto vivo y auténtico.
Este vino de pasas, típico de la campiña cordobesa, es denso, aromático y con notas de higo y cacao. Ideal para postres o para maridar con quesos fuertes. No es un vino de consumo masivo, pero sí de culto.
9. Chorizo artesanal de jabalí de «Cayma» (Cazorla, Jaén)
Receta de sierra con carne de caza. Una verdadera delicia para el paladar.
10. Patatas de San José de la Rinconada (Sevilla)
Las patatas nuevas de esta localidad sevillana destacan por su calidad y sabor. Sin embargo, es imposible encontrarlas en ningún establecimiento de Mercadona, ni siquiera en los de la propia Rinconada.
Y tú, ¿qué productos echas en falta en el Mercadona de tu barrio?
Los nacidos entre 1965 y 1980 estamos siendo testigos de una transformación sin precedentes en la historia de la humanidad. Tuvimos infancia en un mundo analógico (yo jugaba a las chapas, a la lima y a innombrables juegos callejeros) y hemos madurado en un entorno digital, presenciando en pocas décadas más avances científicos y tecnológicos que los que vivieron generaciones enteras durante siglos pasados. Un campesino del siglo VIII, por ejemplo, se dormía durante 300 años, y al despertar en el siglo XI, apenas se beneficiaría de la novedad de alguna herramienta agrícola. Pero su mundo, en lo práctico, seguía siendo igual.
Creo que es la primera vez que me ocurre. Poner una palabra en Google y que me salgan cero referencias. Ni una. Ni una triste alusión en Forocoches. Quizá quiso decir «megalofobia»… No, megalofobia, no. Re-ga-lo-fo-bia. Aversión general a dar o recibir regalos. Una aversión asumible, cierto, pero incontrolable, incómoda…
Recibir un regalo debería ser un gesto de alegría, una celebración del vínculo humano. Sin embargo, para algunas personas, como a mí, la experiencia puede volverse todo lo contrario: incómoda, invasiva o incluso angustiante. A este fenómeno, poco nombrado pero no por ello inexistente, podríamos llamarlo regalofobia: el malestar ante el acto de dar o recibir regalos.
Desde tiempos antiguos, el intercambio de obsequios ha sido un lenguaje simbólico de poder, afecto, deber y reciprocidad. En muchas culturas, el regalo no es un objeto, sino una declaración: “te pienso”, “te debo”, “te quiero” o incluso, “te controlo”. Esta carga simbólica puede volverse abrumadora para quien no encuentra placer ni naturalidad en estos gestos.
El filósofo cordobés Séneca, en su obra ‘De beneficiis’, reflexionaba profundamente sobre el dar y el recibir, y decía:
“El beneficio no está en la cosa que se da, sino en el ánimo con que se da.”
Pero ¿qué ocurre cuando el “ánimo” mismo es incierto, forzado o socialmente impuesto? Ahí nace el conflicto: regalar deja de ser arte y se convierte en expectativa. Recibir, en vez de gratitud, despierta ansiedad o incluso culpa.
Sentirse en deuda: Un regalo puede parecer una obligación encubierta, un contrato invisible que impone reciprocidad. Como los favores, que ni se dan, ni se reciben. Se compran.
Falta de autenticidad: Los regalos por compromiso pueden sentirse vacíos, incluso hipócritas. Una vez, por mi cumpleaños, me regalaron un libro de Danielle Steel. A la amiga que me lo obsequió, le ofrecí la posibilidad de que lo leyera antes que yo y nunca se lo reclamé. El verdadero regalo había sido que aceptara la invitación a la fiesta.
Temor a no acertar: Al regalar, el miedo a fallar —a no conocer al otro lo suficiente— puede ser paralizante. A mí también me ha pasado, regalar sin dar en la diana. Y me deja una espina mucho más dolorosa que al revés.
Mi aversión al regalo es, única y exclusivamente, al «objeto», porque no es fácil acertar, por mucho que todos disimulemos. Que tire la primera piedra quien no haya proferido jamás una sonrisa hipócrita.
Quizás el camino hacia la reconciliación con los regalos no pase por evitarlos, sino por redefinirlos. Un regalo no tiene por qué ser un objeto. Puede ser tiempo, atención, una palabra oportuna, una llamada telefónica o escuchar un audio de WhatsApp a velocidad x1, por más que sobrepase los diez minutos de duración. Puede ser la decisión consciente de no regalar nada, sino simplemente de estar.
Recuerdo ir a la peluquería como un acto placentero, sobre todo cuando tenías que pedir la vez y esperar leyendo el periódico o las revistas de actualidad semanal, como Tiempo o Interviú. A veces, si tenías suerte, oías la música que te gustaba, como aquella vez en D-Mode que sonaba una maravillosa selección de oldies que incluía algunos de mis grupos favoritos, como Marvelettes, Ronettes o Supremes. Las conversaciones de hombres mayores, a veces -solo a veces- también se me hacían interesantes. Pero eso, poco a poco, fue yéndose inexplicablemente al garete. Ni revistas, ni música guapa ni conversaciones a las que prestar atención. Y lo peor de todo: las peluquerías fueron asumiendo las dinámicas de las clínicas dentales, sin cita previa nada podías hacer. Y en mi caso, no sé vosotros, no puedo anticipar cuándo voy a necesitar un peluquero. Un día me levanto con un pelo pisándome la oreja, y de ese día no puede pasar.
En ese periodo de desencanto, sin saber ya a qué peluquería acudir sin previo aviso, llegó la maldita pandemia y sus múltiples restricciones. ¿Y ahora qué hago yo con estos pelos, si necesito pelarme una vez al mes? Solo me quedaba una solución: comprarme una máquina cortapelos y asumir el riesgo. Total, «burro trasquilao, a los tres días emparejao« he escuchado siempre. Si metía la pata, encerrado en casa nadie se iba a enterar. Le eché valor y este fue el resultado de mi primer autopelado.
Han pasado cinco años y lo que comenzó como una salida de emergencia se ha convertido en una pequeña revolución personal de la que estoy muy satisfecho. Explico por qué:
1. Libertad de horarios (y de espíritu)
Buscar huecos con premura en una peluquería, ahora que se ha puesto de moda repasarse todas las semanas, es un verdadero incordio para alguien con poco tiempo libre. Ese problema desaparece cuando el peluquero eres tú. Me corto el pelo cuando quiero, incluso en horarios impensables para una peluquería: un domingo por la tarde o un martes a medianoche. Esa flexibilidad no tiene precio. Si un día me levanto y decido que necesito un cambio, solo tengo que enchufar la máquina. Si preciso un pequeño repaso, también.
2. Un acto íntimo de autocuidado
Lejos de ser una tarea aburrida, autopelarse puede convertirse en un ritual. Pongo mi música, preparo el espacio, pongo en marcha el incensario y durante esos minutos desconecto del mundo. Es un momento de presencia plena, de concentración y mimo personal. A día de hoy, no lo cambiaría por una charla de compromiso con desconocidos. Además, los restos de pelo son un nitrogenado fertilizante para tus plantas.
3. Empoderamiento
Aprender a cortarme el pelo fue, sobre todo, un desafío. Llevaba décadas con el mismo corte: al 2 en los laterales, al 4 en la cima y a tijera el tupé. Parecía fácil, sí, pero al día siguiente hay que salir a la calle. Perderle el miedo al “¿y si me lo dejo mal?”. Poca gente se arma de valor para autopelarse. Al hacerlo, descubrí una sensación parecida a la de ir solo al cine: una especie de libertad tranquila, de independencia silenciosa. Si lo puedo hacer solo, ¿por qué encargárselo a otro? Ahora me río cuando alguien se sorprende al saber que me pelo yo mismo. Es una satisfacción incontenible.
4. Un ahorro sin (demasiada) importancia
Antes me cortaba el pelo una vez al mes, pagando una media de 10 euros por visita. La cuenta es fácil, he ahorrado desde entonces 600 euros, menos los 35 que me costó la máquina y que me ha dado exactamente cero problemas. Ese dinero, lo sé, puedo invertirlo en lo que quiera (en discos, en libros, en macetas…) pero no me importaría volvérmelo a gastar en la peluquería si volviera a ser lo que era, un acto placentero sin previo aviso.
Si alguna vez te has planteado dar el paso, mi consejo es contundente: adelante.
(En las fotos, el resultado de distintos «autopelados»).