Si hay un problema que define la España de hoy y condiciona de forma decisiva la España del mañana, ese es, sin duda alguna, el acceso a la vivienda. No se trata solo de una dificultad coyuntural ni de una crisis pasajera ligada a los ciclos económicos. La vivienda se ha convertido en un problema estructural que afecta a varias generaciones y que amenaza con romper uno de los pilares básicos de la cohesión social.
En un ecosistema digital saturado de estímulos, tendencias efímeras y contenidos diseñados para pasar página en segundos, que un programa de televisión conecte de verdad con millones de personas no es casualidad. Es síntoma de algo más profundo. De una necesidad colectiva. De un deseo compartido.
Me lo he pasado bien con este juego. No sé ni cómo se me ocurrió, pero de repente me vi fastidiado porque solo podía incluir 4 disparatadas afirmaciones y una tenía que ser irremediablemente falsa. Se me quedaron 3 o 4 para una segunda edición. La pregunta era sencilla: ¿Cuál es falsa? El resultado de la votación, pasadas las 24 horas, ha quedado así:
Hay anuncios que, aunque inevitables, fastidian. La retirada definitiva de Joaquín Sabina de los escenarios es uno de ellos. No hablamos de un músico relevante ni de un cantautor influyente: hablamos del gran letrista español de los últimos cincuenta años, del que mejor ha sabido desnudarnos como país, del poeta canalla que encontró belleza en nuestras cicatrices colectivas y supo convertirlas en canciones inmortales. Sabina ha sido —y seguirá siendo— la voz que explica España cuando nadie más encuentra la palabra exacta. Un escritor de Nobel disfrazado de cantante.
Para mí, esta despedida tiene un eco especialmente íntimo, porque su música no solo me ha acompañado: ha dialogado con mi propia biografía. Es un vínculo extraño y a la vez cotidiano. En casa lo tengo presente, no solo en formato disco o libro, sino en figura real. Me vigila desde una esquina del despacho, con esa media sonrisa de quien sabe que el arte se escribe con noches en vela y verdades incómodas. Para mí es un recordatorio silencioso de que la creatividad y el riesgo siempre van de la mano.
Un cruce de vidas
Quizá parte de esta conexión tenga que ver con ciertas coincidencias que siempre me han resultado casi literarias. Yo me crié en Estación Linares-Baeza, ese lugar al que Sabina dedicó un tributo lleno de polvo, trenes y posibilidades. Allí, entre vías infinitas, él vio partir los convoyes que lo empujarían hacia su futuro; y allí crecí yo, escuchando —sin saberlo— el mismo rumor ferroviario que un día lo impulsó a convertirse en mito. Para muchos, aquello era un simple nudo ferroviario; para Sabina, y también para mí, era un punto de partida.
Y hay otra coincidencia que me ha acompañado siempre: mi padre, como el suyo, también fue policía nacional. Comprendí pronto que su insolencia no era un gesto impostado, sino una reacción íntima, casi biográfica, a una manera de mirar el mundo desde una sensibilidad distinta. Saber que ambos compartimos ese mismo trasfondo familiar me hizo sentir que, en sus canciones, había algo que también hablaba de mí. Hay muchas más, como la piscina de Canena, pero tampoco me quiero extender…
El privilegio de contar su historia
Quizá por eso, o quizá por pura admiración, una de las experiencias más gratificantes de mi vida profesional fue trabajar en la docuserie de Atresplayer “Pongamos que hablo de Joaquín Sabina”. Pocas veces uno tiene la oportunidad de construir el retrato más hermoso y completo que se ha hecho en televisión sobre alguien a quien admira profundamente. Aquel proyecto me regaló no solo un acercamiento inédito al universo sabinero, sino también momentos que aún hoy resuenan en mi memoria con la fuerza de una confidencia.
Recuerdo la emoción de escuchar a los Merry Youngs, su primer grupo musical de Úbeda, contar cómo sonó aquella primera canción adolescente, cómo era ese chaval flaco que ya escribía como si el mundo fuera demasiado pequeño. O la conversación con Cristina Zubillaga, la amante que inspiró algunas de las canciones más afiladas de Sabina, quien nos habló con una mezcla de pudor y nostalgia de un amor que marcó a fuego una parte esencial de su obra. Ese tipo de testimonios, inéditos hasta entonces, nos permitió construir un retrato verdaderamente humano, lejos de la caricatura del bohemio eterno.
La retirada de un hombre, no de un mito
Ahora, Sabina se baja definitivamente de los escenarios. Lo hace por su propio pie, cuando parece increíble que aún siga con vida. Y aunque nos duela, hay algo de justicia poética en que sea él quien decida el punto final. A lo largo de su vida, siempre ha querido mantener el control sobre su narrativa, incluso cuando la realidad insistía en escribir capítulos por su cuenta. Merece descansar. Merece silencio, aunque él nunca lo haya buscado.
Pero sus canciones seguirán aquí. Seguirán cruzando generaciones, carreteras, amores y madrugadas. Seguirán siendo cantadas por él —en esa voz quebrada que ya es patrimonio emocional— o por quienes quieran reivindicar su legado. Porque Sabina es un meteorito que ya dejó su trazo en el cielo: aunque él se haya retirado, la estela permanecerá durante décadas.
Lo dijo en una canción, como quien no quiere la cosa: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Tal vez él no vuelva. Pero nosotros sí volveremos, una y otra vez, a esas canciones que nos hicieron —y seguirán haciéndonos— un poco menos solos. Porque el hombre se retira, pero el mito es imposible que lo haga.
En su nuevo disco Corazones legendarios, Loquillo vuelve a demostrar por qué sigue siendo una de las figuras más audaces y coherentes de la música española. Entre las canciones del álbum, destaca una joya inesperada: su versión del poema “No volveré a ser joven”, de Jaime Gil de Biedma, esta vez interpretada a dúo con Miguel Poveda. El resultado, producción de Josu García, es una fusión emocionante de rock y flamenco, una conversación entre dos mundos que, lejos de chocar, se reconocen en su verdad y su hondura.
El Gobierno federal de EEUU lleva un mes sin aprobar un nuevo presupuesto general. Como consecuencia, se está produciendo una parálisis que está afectando a servicios esenciales. Uno de ellos, el que pone en riesgo el programa de ayudas alimentarias Supplemental Nutrition Assistance Program (SNAP), que da de comer a 42 millones de personas, lo que representa a casi uno de cada ocho ciudadanos. La situación no deja de ser sorprendente: un país con amplios recursos, extensa capacidad militar y enorme aparato estatal, que sin embargo se ve paralizado por discrepancias políticas, con efectos directos sobre la gente más vulnerable.
Pocos programas de televisión he seguido con tanto entusiasmo como el mítico Quién sabe dónde. No me perdía ni un solo capítulo, que esperaba con impaciencia durante toda la semana. Quizá fuera porque, en esos años de Bachillerato, unía dos de mis grandes pasiones: el periodismo y la investigación policial. Quizá fuera también por el magnetismo personal de su presentador, el gran Paco Lobatón. Su forma de comunicar, tranquila y sosegada, siempre me ha parecido la idónea para tratar los asuntos que me interesan. Hoy le acaban de conceder el Premio Ondas Especial de la Organización en reconocimiento a una trayectoria marcada por la utilidad social, la televisión de servicio público y la firmeza ética en la profesión.
Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, sugiriendo que “quizá deberían expulsar a España” de la OTAN debido al desacuerdo sobre el porcentaje del PIB dedicado al gasto militar, han reavivado un debate tanto político como estratégico. España ya ha alcanzado el 2 % de su PIB en defensa, algo largo tiempo exigido por la Alianza, pero se ha negado a aceptar nuevos objetivos más altos (5 %) que considera inviables. Ante esta situación, cabe preguntarse: ¿qué significaría realmente una expulsión de España de la OTAN, qué ha aportado España a la Alianza, y qué mecanismos legales existen para algo así?
España en la OTAN: qué ha supuesto
Seguridad colectiva y disuasión
Desde su adhesión en 1982, España ha disfrutado del paraguas de defensa colectiva que ofrece la OTAN. Esto supone garantías ante amenazas exteriores, lo que permite una defensa más robusta sin tener que gastar exorbitantemente en capacidades independientes para todas las amenazas posibles.
Participación operativa y misiones
España participa en misiones internacionales bajo mandato de la OTAN. Eso le permite proyectar presencia, influencia diplomática y militar, además de cooperar en operaciones de mantenimiento de paz, adiestramiento, apoyo logístico, etc.
Infraestructura y bases estratégicas
España acoge bases e infraestructuras importantes para la OTAN, lo cual refuerza su posición geopolítica. Ejemplos incluyen el CAOC de Torrejón, la base de Rota y otros mandos de alta disponibilidad, además de instalaciones relacionadas con defensa aérea, misiles balísticos, ciberdefensa, etc.
Industria de defensa y capacidad tecnológica
Formar parte de la OTAN ha incentivado inversiones en capacidades militares, interoperabilidad europea, programas conjuntos de cooperación tecnológica, y el desarrollo de industria dual (civil-militar). España ha incrementado notablemente su gasto en equipamientos y I+D en este ámbito.
Influencia diplomática
Pertenecer a la OTAN sitúa a España en la mesa de decisiones estratégicas de seguridad euroatlántica, lo que le da voz ante amenazas globales, interlocución con sus socios y capacidad de formar alianzas más allá de lo puramente bilateral.
¿Qué ocurriría si se expulsara a España?
La idea de expulsar a un miembro de la OTAN es algo inédito, jamás ha ocurrido, y sus consecuencias podrían ser las siguientes:
Seguridad y defensa nacional
Pérdida de garantía de defensa colectiva: el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte estipula que un ataque armado a un aliado se considera ataque a todos. Si España dejase de ser miembro, perdería esta protección legal.
Necesidad de invertir más. Tendría que reforzar sus propias capacidades militares, quizá duplicar o triplicar ciertos gastos para cubrir huecos que hoy se comparten u optimizan gracias a la OTAN.
Aislamiento diplomático y pérdida de influencia
No sería sólo militar: la OTAN influye también en diplomacia de seguridad, terrorismo, ciberseguridad… España perdería peso al no formar parte del foro donde se coordinan muchas decisiones estratégicas internacionales.
Se debilitaría su capacidad de cooperar en operaciones internacionales organizadas por la Alianza.
Impacto económico
Aumento del gasto militar para cubrir capacidades propias.
Posible pérdida de contratos de defensa, de cooperación tecnológica, disminución de inversión en industria militar y aeroespacial que se beneficiaba de programas OTAN o subvenciones vinculadas.
Posible efecto negativo sobre inversores extranjeros si se percibe un cambio en la fiabilidad o riesgo estratégico del país.
Consecuencias políticas internas
Un cambio de este calibre generaría tensiones políticas significativas: debate sobre soberanía, sobre prioridades (defensa vs. bienestar social), posible descontento en ciertos sectores del electorado.
También traería discusión sobre autonomía militar, relaciones exteriores, alianzas alternativas, donde probablemente habría discrepancias internas profundas.
Relaciones con aliados
Riesgo de deterioro de relaciones con socios de la OTAN, especialmente Estados Unidos y otros países europeos que consideran la Alianza esencial.
Posible respuesta de los aliados, tanto diplomática como en términos de cooperación militar. Incluso sanciones indirectas o reducción de apoyo militar externo.
¿Es legalmente posible “expulsar” a España de la OTAN? ¿Cómo se haría?
No hay mecanismo de expulsión en los tratados
El Tratado del Atlántico Norte, que fundamenta la OTAN desde 1949, no contiene una cláusula que permita la expulsión de un miembro por decisión de los demás. Ningún artículo prevé “expulsión” forzada.
Por tanto, legalmente, expulsar a un Estado miembro implicaría una reforma del Tratado, un proceso complejo e inédito. Se requeriría consenso casi unánime, ratificación de los estados miembros, etc.
Salida voluntaria: lo contemplado es la renuncia
Lo que sí contempla el Tratado es la posibilidad de que un país decida voluntariamente dejar la OTAN. Se conoce como la cláusula de retirada, prevista en el artículo 13 del Tratado de Washington.
La salida sería efectiva un año después de la notificación formal al Gobierno de Estados Unidos, que tiene un rol oficial de depositario del Tratado.
Expulsión: un camino teórico muy complicado
Para expulsar a España habría que modificar el Tratado, añadir explícitamente un mecanismo de expulsión, lo que implicaría que todos los miembros ratifiquen esa reforma. Esto es prácticamente inviable políticamente, pues requeriría mayoría amplísima o unanimidad, y España es un aliado con peso, infraestructuras, capacidades, etc.
Además, el principio de solidaridad y pacto mutuo que sustenta la Alianza se vería gravemente alterado si un miembro pudiera ser expulsado por no cumplir recomendaciones políticas como el porcentaje de gasto militar.
Conclusión
Una expulsión de España de la OTAN es algo más propio del terreno de la retórica política que de la realidad jurídica o diplomática práctica. Sí, las tensiones sobre el gasto militar son reales, y las demandas de EEUU de que España asuma metas más altas están encima de la mesa. Pero:
España ha alcanzado el 2 % del PIB en gasto militar, cumpliendo uno de los compromisos exigidos tradicionalmente, y tiene un acuerdo firmado con la OTAN basado en capacidades operativas, no en términos porcentuales.
El Tratado de la OTAN no contempla expulsión de un miembro como una sanción automática o política por no alcanzar ciertos objetivos.
Las sanciones diplomáticas, la pérdida de prestigio o de influencia son consecuencias mucho más probables que la expulsión formal.
Por lo tanto, aunque la presión política existe y probablemente seguirá existiendo sobre España para aumentar su gasto, la posibilidad de que España sea realmente expulsada de la OTAN parece en este momento extremadamente baja. A día de hoy, lo que parece más sostenible es la negociación, la flexibilidad en los compromisos económicos y operativos, y, sobre todo, considerar ese comentario como lo que es, una disparatada ocurrencia del impresentable Trump.
En 2005, en pleno torbellino de la piratería digital y con un panorama musical dominado por las radiofórmulas y la precariedad de los espacios especializados en rock, la banda cordobesa Estirpe lanzó un disco que, con el tiempo, se revelaría como una obra mayor: Inventarse el mundo.
Asistimos a un fenómeno preocupante: la erosión progresiva de la democracia, esa que se cimenta en instituciones fuertes, contrapesos de poder y respeto por los derechos fundamentales. Entre las causas más alarmantes figura el ascenso de líderes populistas y autoritarios como Vladimir Putin y Donald Trump, cuyos estilos de gobernar amenazan convertir la democracia en una sombra de lo que fue. Este nuevo mal podría llamarse “demodura” —una deflación deliberada y calculada de la democracia—. Una dictadura con apariencia democrática.