La lealtad siempre ha sido uno de mis valores predilectos. No es algo que haya aprendido con los años ni una cualidad que haya decidido adoptar en la madurez. Tengo la sensación de que me acompaña desde que tengo uso de razón, como una especie de brújula interior que, en los momentos difíciles, marca el camino incluso cuando ese camino no es el más cómodo ni el más rentable.
Hay expresiones que atraviesan el tiempo y se convierten en brújula moral. “Estar en el lado correcto de la Historia” es una de ellas. No es una consigna partidista ni un eslogan oportunista —o no debería serlo—, sino una afirmación ética que apela a algo más profundo: la convicción de que, con el paso de los años, la justicia acaba imponiendo su criterio sobre la fuerza, y la dignidad humana sobre la barbarie.
En las últimas semanas hemos sido testigos de una escalada de intervenciones directas de Estados Unidos contra líderes de otros países que deberían hacernos reflexionar profundamente sobre el rumbo de la política internacional. Bajo la presidencia de Donald Trump, en lo que ya se perfila como un segundo mandato marcado por el uso desmedido de la fuerza, Estados Unidos ha ido más allá de sanciones o presiones políticas: ha detenido y extraditado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y ha participado activamente en la muerte de Alí Jameneí, el líder supremo de Irán.
Hay lugares que no se llevan en el DNI, sino en la piel. Lugares que no son una consigna, sino una cadencia. Para mí, Andalucía no es un territorio que se delimita en un mapa: es una manera de mirar el mundo, de habitarlo y de celebrarlo. Por eso, cada 28 de febrero, no siento que esté conmemorando una frontera, sino reconociendo una forma de estar en la vida.
Juan Carlos I se siente mayor. Quiere volver a España para pasar aquí sus últimos años. Lo ha dejado caer primero a través del cantante José Manuel Soto y después por boca del líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. El mensaje parece claro: el antiguo monarca quiere morirse aquí.
La concesión de la Bandera de Andalucía a Manuel Ángel Vázquez Medel no es solo una simple distinción institucional: es un acto de justicia. Un reconocimiento público y solemne a una trayectoria académica e investigadora impecable, construida desde el rigor, la honestidad intelectual y una profunda vocación humanista.
Quienes hemos tenido la fortuna de ser sus alumnos sabemos que este galardón no es fruto de la casualidad, sino de décadas de compromiso con la universidad, la cultura y el pensamiento crítico.
Se nos acaba de ir una leyenda. Un músico que no solo hizo bailar a medio mundo, sino que le puso conciencia, crítica y dignidad a un género que durante demasiado tiempo fue reducido —desde la ignorancia— a simple ritmo exótico para pistas de baile.
La música tiene el poder de detener el tiempo, de elevar el alma y de convertir el dolor en esperanza. Eso es exactamente lo que ha logrado el músico y compositor de Olivares, Manuel Jesús Guerrero Marín, con su nueva obra, “Requiem Domine”, dedicada a las víctimas de Adamuz.
En los últimos días vemos con frecuencia en los medios de comunicación a un abogado que está llevando un caso de gran repercusión pública, la denuncia de una agente contra su exjefe en la Policía Nacional. Me refiero a Jorge Piedrafita. Más allá del procedimiento judicial en sí, hay algo que me resulta especialmente interesante desde el punto de vista profesional: su manera de comunicar.
Granada es una ciudad llena de tesoros. Los tiene históricos, como la Alhambra; arquitectónicos, como las callejuelas del Albaicín; inmateriales, como Morente o los 091; naturales, como Sierra Nevada; y también los tiene gastronómicos. Porque entre tanta grandeza, hay lugares que brillan con una luz cegadora. Uno de ellos es, sin duda, La Chantarela.