
Durante muchos años me prometí que no pisaría el País Vasco. No fue una decisión ideológica ni un desprecio cultural. Fue, simplemente, una promesa íntima, casi infantil, nacida del miedo y de una memoria familiar marcada por el silencio, el desarraigo y la amenaza.
Mi padre fue policía nacional hasta su jubilación. Su primer destino, en 1978, fue Vitoria. Eran los años más duros del terrorismo etarra, cuando los muertos se contaban por días y el uniforme era directamente una diana. Allí se fue a vivir con mi madre, recién casados. Allí me engendraron. Cuando llegó el momento de que naciera, optaron, sin embargo, por Córdoba. No querían que cargara con el estigma de haber nacido en una tierra que, por entonces, sentían como hostil, inhabitable para quienes no eran de allí.
Mi madre me ha contado muchas veces cómo era su día a día. Entraba en un comercio, decía “buenos días” y nadie le respondía. Nadie la atendía. Esperaba, insistía con la mirada, hasta comprender que debía marcharse sin comprar. El simple acento del sur bastaba para convertirla en invisible. El uniforme de mi padre, por supuesto, no podía tenderse al aire libre. Había que secarlo en el salón, porque cuando los vecinos veían pasar una patrulla por la calle, lo que proferían no era precisamente un piropo agradable.
El desarraigo era tan profundo que en 1980, una noche cualquiera, viendo la televisión, presentaron a un nuevo grupo de música que se llamaba Medina Azahara, que cantó ‘Paseando por la mezquita’. Mi madre rompió a llorar. Desconsoladamente. Lo que estaba viendo no era solo una banda: era Córdoba, era Andalucía, era la tierra que habían dejado atrás y que tanto añoraban.
Cuando por fin regresaron a Andalucía, mis padres solo traían consigo relatos penosos del País Vasco. Historias de miedo, de soledad, de puertas cerradas. Yo crecí con ese relato. Y por eso me prometí que, mientras hubiera mundo por conocer, no volvería a pisar aquella parte de España. Era una promesa hecha desde la herida, no desde el odio.
Con el tiempo, las cosas cambiaron. La violencia fue debilitándose. Las fuerzas de seguridad cercaron a la banda terrorista y, finalmente, el gobierno logró un fin negociado de la violencia. Siempre he creído en la libre determinación de los pueblos, pero también he tenido claro —con una claridad casi moral— que la violencia nunca puede ser una forma legítima de resolver conflictos. Nunca.
Han pasado muchos años desde entonces. Curiosamente, gracias a Medina Azahara, me surgió la oportunidad de volver a Euskadi. Y pensé que no podía seguir viviendo de un País Vasco que ya no existía, congelado en los recuerdos de mis padres y en los miedos de mi infancia. Así que fui.
He paseado solo por las calles de Bilbao. He hablado con su gente. He notado hospitalidad, cercanía, una acogida sincera hacia alguien del sur. He comido de maravilla, faltaría más. He visto normalidad y entusiasmo. Y, sobre todo, me he alegrado profundamente de que el futuro haya sido este y no otro.
De niño, cuando rezaba, recuerdo que después del Padre Nuestro pedía siempre dos cosas. Dos deseos muy simples: que mi yeya no se quedara sola y que se acabara ETA. Lo pedía porque mi padre, integrado en una compañía de reserva general, tenía que acudir constantemente al País Vasco para contener los envites del terrorismo. Desde que salía de casa hasta que volvía, treinta o cuarenta días después, vivíamos siempre en alerta, pendientes de la televisión, temiendo que en cualquier informativo apareciera la noticia de que algún compañero —o él— había sido asesinado.
Por suerte, todo eso es pasado. Un pasado doloroso, sí, pero pasado. Hoy vascos y el resto de españoles pueden mirarse a la cara, dialogar, discutir incluso, pero sin amenazarse de muerte. Sin tiros en la nuca. Como siempre debió ser.
Este viaje no ha sido solo geográfico. Ha sido una reconciliación íntima, casi silenciosa, con una tierra que durante años asocié al miedo. Hoy puedo decirlo sin rencor y sin reservas: me reconcilio con el País Vasco. Y lo hago con alivio, con gratitud y con la certeza de que recordar no debe impedirnos progresar.










