Europa atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. No es exagerado afirmar que la Unión Europea se encuentra atrapada en un laberinto: asediada por amenazas externas, debilitada por divisiones internas y dirigida —por desgracia— por una clase política que no está a la altura del desafío. Mientras tanto, Estados Unidos, bajo la impronta imprevisible y desafiante de Donald Trump, ya no garantiza la protección ni el respaldo automático que durante décadas cimentaron la estabilidad del proyecto europeo. El problema no es únicamente la figura de Trump; el verdadero problema es que Europa no se ha preparado para un escenario global donde Estados Unidos deja de ser el paraguas protector y donde los riesgos geopolíticos crecen sin contención.
La fotografía en la que se ve a María Corina Machado entregando a Donald Trump su medalla del Nobel de la Paz me resulta profundamente humillante. No para mí, sino para el pueblo venezolano, muy especialmente para quienes han luchado, sufrido y resistido durante años en nombre de la libertad de Venezuela. Voy a dar mis razones.
Hay épocas en las que la historia parece avanzar a trompicones. No por falta de información, ni de recursos, ni siquiera de alternativas políticas, sino por la irrupción de una clase dirigente que ha decidido gobernar a golpe de testosterona, miedo y consignas simples. El mundo de hoy, por desgracia, es ya el mundo de los brutos.
Si hay un problema que define la España de hoy y condiciona de forma decisiva la España del mañana, ese es, sin duda alguna, el acceso a la vivienda. No se trata solo de una dificultad coyuntural ni de una crisis pasajera ligada a los ciclos económicos. La vivienda se ha convertido en un problema estructural que afecta a varias generaciones y que amenaza con romper uno de los pilares básicos de la cohesión social.
En un ecosistema digital saturado de estímulos, tendencias efímeras y contenidos diseñados para pasar página en segundos, que un programa de televisión conecte de verdad con millones de personas no es casualidad. Es síntoma de algo más profundo. De una necesidad colectiva. De un deseo compartido.
Me lo he pasado bien con este juego. No sé ni cómo se me ocurrió, pero de repente me vi fastidiado porque solo podía incluir 4 disparatadas afirmaciones y una tenía que ser irremediablemente falsa. Se me quedaron 3 o 4 para una segunda edición. La pregunta era sencilla: ¿Cuál es falsa? El resultado de la votación, pasadas las 24 horas, ha quedado así:
Hay anuncios que, aunque inevitables, fastidian. La retirada definitiva de Joaquín Sabina de los escenarios es uno de ellos. No hablamos de un músico relevante ni de un cantautor influyente: hablamos del gran letrista español de los últimos cincuenta años, del que mejor ha sabido desnudarnos como país, del poeta canalla que encontró belleza en nuestras cicatrices colectivas y supo convertirlas en canciones inmortales. Sabina ha sido —y seguirá siendo— la voz que explica España cuando nadie más encuentra la palabra exacta. Un escritor de Nobel disfrazado de cantante.
Para mí, esta despedida tiene un eco especialmente íntimo, porque su música no solo me ha acompañado: ha dialogado con mi propia biografía. Es un vínculo extraño y a la vez cotidiano. En casa lo tengo presente, no solo en formato disco o libro, sino en figura real. Me vigila desde una esquina del despacho, con esa media sonrisa de quien sabe que el arte se escribe con noches en vela y verdades incómodas. Para mí es un recordatorio silencioso de que la creatividad y el riesgo siempre van de la mano.
Un cruce de vidas
Quizá parte de esta conexión tenga que ver con ciertas coincidencias que siempre me han resultado casi literarias. Yo me crié en Estación Linares-Baeza, ese lugar al que Sabina dedicó un tributo lleno de polvo, trenes y posibilidades. Allí, entre vías infinitas, él vio partir los convoyes que lo empujarían hacia su futuro; y allí crecí yo, escuchando —sin saberlo— el mismo rumor ferroviario que un día lo impulsó a convertirse en mito. Para muchos, aquello era un simple nudo ferroviario; para Sabina, y también para mí, era un punto de partida.
Y hay otra coincidencia que me ha acompañado siempre: mi padre, como el suyo, también fue policía nacional. Comprendí pronto que su insolencia no era un gesto impostado, sino una reacción íntima, casi biográfica, a una manera de mirar el mundo desde una sensibilidad distinta. Saber que ambos compartimos ese mismo trasfondo familiar me hizo sentir que, en sus canciones, había algo que también hablaba de mí. Hay muchas más, como la piscina de Canena, pero tampoco me quiero extender…
El privilegio de contar su historia
Quizá por eso, o quizá por pura admiración, una de las experiencias más gratificantes de mi vida profesional fue trabajar en la docuserie de Atresplayer “Pongamos que hablo de Joaquín Sabina”. Pocas veces uno tiene la oportunidad de construir el retrato más hermoso y completo que se ha hecho en televisión sobre alguien a quien admira profundamente. Aquel proyecto me regaló no solo un acercamiento inédito al universo sabinero, sino también momentos que aún hoy resuenan en mi memoria con la fuerza de una confidencia.
Recuerdo la emoción de escuchar a los Merry Youngs, su primer grupo musical de Úbeda, contar cómo sonó aquella primera canción adolescente, cómo era ese chaval flaco que ya escribía como si el mundo fuera demasiado pequeño. O la conversación con Cristina Zubillaga, la amante que inspiró algunas de las canciones más afiladas de Sabina, quien nos habló con una mezcla de pudor y nostalgia de un amor que marcó a fuego una parte esencial de su obra. Ese tipo de testimonios, inéditos hasta entonces, nos permitió construir un retrato verdaderamente humano, lejos de la caricatura del bohemio eterno.
La retirada de un hombre, no de un mito
Ahora, Sabina se baja definitivamente de los escenarios. Lo hace por su propio pie, cuando parece increíble que aún siga con vida. Y aunque nos duela, hay algo de justicia poética en que sea él quien decida el punto final. A lo largo de su vida, siempre ha querido mantener el control sobre su narrativa, incluso cuando la realidad insistía en escribir capítulos por su cuenta. Merece descansar. Merece silencio, aunque él nunca lo haya buscado.
Pero sus canciones seguirán aquí. Seguirán cruzando generaciones, carreteras, amores y madrugadas. Seguirán siendo cantadas por él —en esa voz quebrada que ya es patrimonio emocional— o por quienes quieran reivindicar su legado. Porque Sabina es un meteorito que ya dejó su trazo en el cielo: aunque él se haya retirado, la estela permanecerá durante décadas.
Lo dijo en una canción, como quien no quiere la cosa: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Tal vez él no vuelva. Pero nosotros sí volveremos, una y otra vez, a esas canciones que nos hicieron —y seguirán haciéndonos— un poco menos solos. Porque el hombre se retira, pero el mito es imposible que lo haga.
En su nuevo disco Corazones legendarios, Loquillo vuelve a demostrar por qué sigue siendo una de las figuras más audaces y coherentes de la música española. Entre las canciones del álbum, destaca una joya inesperada: su versión del poema “No volveré a ser joven”, de Jaime Gil de Biedma, esta vez interpretada a dúo con Miguel Poveda. El resultado, producción de Josu García, es una fusión emocionante de rock y flamenco, una conversación entre dos mundos que, lejos de chocar, se reconocen en su verdad y su hondura.
El Gobierno federal de EEUU lleva un mes sin aprobar un nuevo presupuesto general. Como consecuencia, se está produciendo una parálisis que está afectando a servicios esenciales. Uno de ellos, el que pone en riesgo el programa de ayudas alimentarias Supplemental Nutrition Assistance Program (SNAP), que da de comer a 42 millones de personas, lo que representa a casi uno de cada ocho ciudadanos. La situación no deja de ser sorprendente: un país con amplios recursos, extensa capacidad militar y enorme aparato estatal, que sin embargo se ve paralizado por discrepancias políticas, con efectos directos sobre la gente más vulnerable.
Pocos programas de televisión he seguido con tanto entusiasmo como el mítico Quién sabe dónde. No me perdía ni un solo capítulo, que esperaba con impaciencia durante toda la semana. Quizá fuera porque, en esos años de Bachillerato, unía dos de mis grandes pasiones: el periodismo y la investigación policial. Quizá fuera también por el magnetismo personal de su presentador, el gran Paco Lobatón. Su forma de comunicar, tranquila y sosegada, siempre me ha parecido la idónea para tratar los asuntos que me interesan. Hoy le acaban de conceder el Premio Ondas Especial de la Organización en reconocimiento a una trayectoria marcada por la utilidad social, la televisión de servicio público y la firmeza ética en la profesión.