Hoy, 31 de octubre, se cumplen cuatro años desde que nos dejó Manuel Ángel Mart, uno de los creadores más brillantes y auténticos que ha dado la música en nuestro país. Cuatro años sin su presencia física, pero también cuatro años comprobando que su luz, su arte y su humanidad siguen más vivos que nunca.
Pocos programas de televisión he seguido con tanto entusiasmo como el mítico Quién sabe dónde. No me perdía ni un solo capítulo, que esperaba con impaciencia durante toda la semana. Quizá fuera porque, en esos años de Bachillerato, unía dos de mis grandes pasiones: el periodismo y la investigación policial. Quizá fuera también por el magnetismo personal de su presentador, el gran Paco Lobatón. Su forma de comunicar, tranquila y sosegada, siempre me ha parecido la idónea para tratar los asuntos que me interesan. Hoy le acaban de conceder el Premio Ondas Especial de la Organización en reconocimiento a una trayectoria marcada por la utilidad social, la televisión de servicio público y la firmeza ética en la profesión.
Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, sugiriendo que “quizá deberían expulsar a España” de la OTAN debido al desacuerdo sobre el porcentaje del PIB dedicado al gasto militar, han reavivado un debate tanto político como estratégico. España ya ha alcanzado el 2 % de su PIB en defensa, algo largo tiempo exigido por la Alianza, pero se ha negado a aceptar nuevos objetivos más altos (5 %) que considera inviables. Ante esta situación, cabe preguntarse: ¿qué significaría realmente una expulsión de España de la OTAN, qué ha aportado España a la Alianza, y qué mecanismos legales existen para algo así?
España en la OTAN: qué ha supuesto
Seguridad colectiva y disuasión
Desde su adhesión en 1982, España ha disfrutado del paraguas de defensa colectiva que ofrece la OTAN. Esto supone garantías ante amenazas exteriores, lo que permite una defensa más robusta sin tener que gastar exorbitantemente en capacidades independientes para todas las amenazas posibles.
Participación operativa y misiones
España participa en misiones internacionales bajo mandato de la OTAN. Eso le permite proyectar presencia, influencia diplomática y militar, además de cooperar en operaciones de mantenimiento de paz, adiestramiento, apoyo logístico, etc.
Infraestructura y bases estratégicas
España acoge bases e infraestructuras importantes para la OTAN, lo cual refuerza su posición geopolítica. Ejemplos incluyen el CAOC de Torrejón, la base de Rota y otros mandos de alta disponibilidad, además de instalaciones relacionadas con defensa aérea, misiles balísticos, ciberdefensa, etc.
Industria de defensa y capacidad tecnológica
Formar parte de la OTAN ha incentivado inversiones en capacidades militares, interoperabilidad europea, programas conjuntos de cooperación tecnológica, y el desarrollo de industria dual (civil-militar). España ha incrementado notablemente su gasto en equipamientos y I+D en este ámbito.
Influencia diplomática
Pertenecer a la OTAN sitúa a España en la mesa de decisiones estratégicas de seguridad euroatlántica, lo que le da voz ante amenazas globales, interlocución con sus socios y capacidad de formar alianzas más allá de lo puramente bilateral.
¿Qué ocurriría si se expulsara a España?
La idea de expulsar a un miembro de la OTAN es algo inédito, jamás ha ocurrido, y sus consecuencias podrían ser las siguientes:
Seguridad y defensa nacional
Pérdida de garantía de defensa colectiva: el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte estipula que un ataque armado a un aliado se considera ataque a todos. Si España dejase de ser miembro, perdería esta protección legal.
Necesidad de invertir más. Tendría que reforzar sus propias capacidades militares, quizá duplicar o triplicar ciertos gastos para cubrir huecos que hoy se comparten u optimizan gracias a la OTAN.
Aislamiento diplomático y pérdida de influencia
No sería sólo militar: la OTAN influye también en diplomacia de seguridad, terrorismo, ciberseguridad… España perdería peso al no formar parte del foro donde se coordinan muchas decisiones estratégicas internacionales.
Se debilitaría su capacidad de cooperar en operaciones internacionales organizadas por la Alianza.
Impacto económico
Aumento del gasto militar para cubrir capacidades propias.
Posible pérdida de contratos de defensa, de cooperación tecnológica, disminución de inversión en industria militar y aeroespacial que se beneficiaba de programas OTAN o subvenciones vinculadas.
Posible efecto negativo sobre inversores extranjeros si se percibe un cambio en la fiabilidad o riesgo estratégico del país.
Consecuencias políticas internas
Un cambio de este calibre generaría tensiones políticas significativas: debate sobre soberanía, sobre prioridades (defensa vs. bienestar social), posible descontento en ciertos sectores del electorado.
También traería discusión sobre autonomía militar, relaciones exteriores, alianzas alternativas, donde probablemente habría discrepancias internas profundas.
Relaciones con aliados
Riesgo de deterioro de relaciones con socios de la OTAN, especialmente Estados Unidos y otros países europeos que consideran la Alianza esencial.
Posible respuesta de los aliados, tanto diplomática como en términos de cooperación militar. Incluso sanciones indirectas o reducción de apoyo militar externo.
¿Es legalmente posible “expulsar” a España de la OTAN? ¿Cómo se haría?
No hay mecanismo de expulsión en los tratados
El Tratado del Atlántico Norte, que fundamenta la OTAN desde 1949, no contiene una cláusula que permita la expulsión de un miembro por decisión de los demás. Ningún artículo prevé “expulsión” forzada.
Por tanto, legalmente, expulsar a un Estado miembro implicaría una reforma del Tratado, un proceso complejo e inédito. Se requeriría consenso casi unánime, ratificación de los estados miembros, etc.
Salida voluntaria: lo contemplado es la renuncia
Lo que sí contempla el Tratado es la posibilidad de que un país decida voluntariamente dejar la OTAN. Se conoce como la cláusula de retirada, prevista en el artículo 13 del Tratado de Washington.
La salida sería efectiva un año después de la notificación formal al Gobierno de Estados Unidos, que tiene un rol oficial de depositario del Tratado.
Expulsión: un camino teórico muy complicado
Para expulsar a España habría que modificar el Tratado, añadir explícitamente un mecanismo de expulsión, lo que implicaría que todos los miembros ratifiquen esa reforma. Esto es prácticamente inviable políticamente, pues requeriría mayoría amplísima o unanimidad, y España es un aliado con peso, infraestructuras, capacidades, etc.
Además, el principio de solidaridad y pacto mutuo que sustenta la Alianza se vería gravemente alterado si un miembro pudiera ser expulsado por no cumplir recomendaciones políticas como el porcentaje de gasto militar.
Conclusión
Una expulsión de España de la OTAN es algo más propio del terreno de la retórica política que de la realidad jurídica o diplomática práctica. Sí, las tensiones sobre el gasto militar son reales, y las demandas de EEUU de que España asuma metas más altas están encima de la mesa. Pero:
España ha alcanzado el 2 % del PIB en gasto militar, cumpliendo uno de los compromisos exigidos tradicionalmente, y tiene un acuerdo firmado con la OTAN basado en capacidades operativas, no en términos porcentuales.
El Tratado de la OTAN no contempla expulsión de un miembro como una sanción automática o política por no alcanzar ciertos objetivos.
Las sanciones diplomáticas, la pérdida de prestigio o de influencia son consecuencias mucho más probables que la expulsión formal.
Por lo tanto, aunque la presión política existe y probablemente seguirá existiendo sobre España para aumentar su gasto, la posibilidad de que España sea realmente expulsada de la OTAN parece en este momento extremadamente baja. A día de hoy, lo que parece más sostenible es la negociación, la flexibilidad en los compromisos económicos y operativos, y, sobre todo, considerar ese comentario como lo que es, una disparatada ocurrencia del impresentable Trump.
El próximo jueves, el Ayuntamiento de Córdoba concederá a Medina Azahara la Medalla al Mérito de la Ciudad, un reconocimiento tan merecido como esperado. Y es que pocas veces un grupo musical ha sabido llevar el nombre, los valores y la historia de su tierra con tanto orgullo y fidelidad, y al mismo tiempo alcanzar un éxito tan amplio y duradero.
El lujo, los excesos, la noche, los negocios imposibles y las historias que parecen sacadas de una película… Marbella siempre ha sido mucho más que una ciudad costera. Ahora, toda esa mezcla explosiva se puede revivir gracias a Érase una vez en Marbella, la docuserie que ha conquistado tanto a la crítica como al público.
Tras la calurosa acogida del primer capítulo de Érase una vez en Marbella, este domingo llega a Atresplayer el segundo episodio de esta docuserie que intenta mirar a los ojos a una ciudad que siempre ha vivido entre el lujo y la sombra, entre el mito y la sospecha.
Y si el primer capítulo sirvió como introducción a la Marbella de las mil caras, este segundo episodio se sumerge en dos de sus historias más oscuras y apasionantes: la fuga de los nazis a España tras la Segunda Guerra Mundial y el Caso Malaya, el mayor escándalo de corrupción urbanística de la historia democrática española.
Hablar de nazis en Marbella puede sonar a relato de ficción, pero no lo es. Personajes como Léon Degrelle, criminal de guerra belga y protegido por el régimen franquista, vivieron tranquilamente en la Costa del Sol durante décadas. Degrelle, que llegó a fotografiarse con Hitler y juró lealtad eterna al nazismo, encontró en Marbella el refugio perfecto para su ocaso: sol, anonimato relativo, y una red de contactos discretamente poderosos. Su presencia, y la de otros como él, nos habla de un pasado que España nunca terminó de enfrentar del todo, y que este capítulo rescata con detalle e imágenes inéditas.
El otro tema del capítulo lo llevo marcado a fuego en la piel. Porque si hay una trama que me haya exigido implicación, rigor y esfuerzo personal, ha sido la del Caso Malaya. No solo por la complejidad de la investigación, sino por lo difícil que ha sido dar con voces que hablaran con profundidad, honestidad y sin filtros de lo que allí ocurrió. Yo no me conformo con testimonios que hablen de oídas. Busco siempre los verdaderos protagonistas. Durante meses, hablé con decenas de personas: el entorno cercano de Juan Antonio Roca, detectives privados que conocieron los entresijos de la operación e incluso empresarios que aún hoy lidian con las consecuencias de aquella caída del castillo de naipes.
Pero lo más difícil, y a la vez lo más gratificante, fue conseguir que por primera vez frente a una cámara de televisión (ocurrió en 2022), hablaran los tres pilares clave de aquella investigación:
Miguel Ángel Torres, el juez instructor del caso, cuya valentía y determinación marcaron un antes y un después en la lucha contra la corrupción. Aún recuerdo la contundencia con la que en una primera llamada telefónica, el juez me dijo: «Nunca he hablado del tema, y no pienso cambiar de opinión. Ni con un cheque en blanco por delante». Unos meses después estábamos frente a frente sentados en su juzgado de Melilla, como puede atestiguar mi compañera del alma Eva Pérez.
José Manuel Rando y Marcos Romarís, los policías nacionales que dirigieron la investigación y que relatan, con una mezcla de orgullo y crudeza, cómo se gestó y ejecutó una de las operaciones más complejas de la historia reciente de la policía judicial española. Entrevistarlos en la Comisaría Provincial de Málaga fue una sensación entrañable, como volver a casa. Yo me crié en un cuartel por ser hijo de un policía nacional del que siempre presumí, que se batió el cobre en los más crudos años del terrorismo etarra. Marcos, José Manuel y su infatigable equipo son héroes que nunca deberíamos olvidar.
Desde aquí, quiero agradecerles públicamente a los tres su participación, su tiempo y, sobre todo, su generosidad con un periodista del que no tenían referencias, pero que ha intentado estar a la altura de la confianza que me dieron. Aquí me tienen, siempre, para lo que puedan necesitar.
Érase una vez en Marbella no es solo una serie sobre una ciudad. Es un intento de levantar las alfombras del paraíso y entender qué se esconde debajo. Y este segundo capítulo, quizás el más ambicioso hasta ahora, es una invitación a mirar de frente esas historias que muchos preferirían olvidar.
Ya disponible en Atresplayer Premium. Espero que os remueva tanto como me removió a mí.
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Atresplayer estrena, por fin, ‘Érase una vez en Marbella’, la nueva docuserie de la factoría Happy Contents. A lo largo de cuatro capítulos, la serie reconstruye ocho historias reales que definieron el auge y la decadencia de una ciudad donde el lujo, la política, el crimen y la prensa del corazón convivieron en un único escenario. Porque Marbella es la única ciudad del mundo donde todo es posible.
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