En el cuarto de siglo largo que llevo trabajando en televisión, pocos proyectos me habían suscitado, a priori, menos interés que el último en el que he estado trabajando estos meses de atrás, “Mujeres en el olvido”. Y no por su temática, ni mucho menos. Al contrario. El problema era otro: ¿cómo contar en imágenes la historia de ocho mujeres que, como su propio nombre indica, han sido olvidadas? ¿Cómo construir un relato audiovisual cuando apenas quedan testimonios de quienes las conocieron y cuando, en muchos casos, ni siquiera disponemos de fotografías o imágenes de archivo?
Hay expresiones que atraviesan el tiempo y se convierten en brújula moral. “Estar en el lado correcto de la Historia” es una de ellas. No es una consigna partidista ni un eslogan oportunista —o no debería serlo—, sino una afirmación ética que apela a algo más profundo: la convicción de que, con el paso de los años, la justicia acaba imponiendo su criterio sobre la fuerza, y la dignidad humana sobre la barbarie.
Durante muchos años me prometí que no pisaría el País Vasco. No fue una decisión ideológica ni un desprecio cultural. Fue, simplemente, una promesa íntima, casi infantil, nacida del miedo y de una memoria familiar marcada por el silencio, el desarraigo y la amenaza.
Mi padre fue policía nacional hasta su jubilación. Su primer destino, en 1978, fue Vitoria. Eran los años más duros del terrorismo etarra, cuando los muertos se contaban por días y el uniforme era directamente una diana. Allí se fue a vivir con mi madre, recién casados. Allí me engendraron. Cuando llegó el momento de que naciera, optaron, sin embargo, por Córdoba. No querían que cargara con el estigma de haber nacido en una tierra que, por entonces, sentían como hostil, inhabitable para quienes no eran de allí.
Mi madre me ha contado muchas veces cómo era su día a día. Entraba en un comercio, decía “buenos días” y nadie le respondía. Nadie la atendía. Esperaba, insistía con la mirada, hasta comprender que debía marcharse sin comprar. El simple acento del sur bastaba para convertirla en invisible. El uniforme de mi padre, por supuesto, no podía tenderse al aire libre. Había que secarlo en el salón, porque cuando los vecinos veían pasar una patrulla por la calle, lo que proferían no era precisamente un piropo agradable.
El desarraigo era tan profundo que en 1980, una noche cualquiera, viendo la televisión, presentaron a un nuevo grupo de música que se llamaba Medina Azahara, que cantó ‘Paseando por la mezquita’. Mi madre rompió a llorar. Desconsoladamente. Lo que estaba viendo no era solo una banda: era Córdoba, era Andalucía, era la tierra que habían dejado atrás y que tanto añoraban.
Cuando por fin regresaron a Andalucía, mis padres solo traían consigo relatos penosos del País Vasco. Historias de miedo, de soledad, de puertas cerradas. Yo crecí con ese relato. Y por eso me prometí que, mientras hubiera mundo por conocer, no volvería a pisar aquella parte de España. Era una promesa hecha desde la herida, no desde el odio.
Con el tiempo, las cosas cambiaron. La violencia fue debilitándose. Las fuerzas de seguridad cercaron a la banda terrorista y, finalmente, el gobierno logró un fin negociado de la violencia. Siempre he creído en la libre determinación de los pueblos, pero también he tenido claro —con una claridad casi moral— que la violencia nunca puede ser una forma legítima de resolver conflictos. Nunca.
Han pasado muchos años desde entonces. Curiosamente, gracias a Medina Azahara, me surgió la oportunidad de volver a Euskadi. Y pensé que no podía seguir viviendo de un País Vasco que ya no existía, congelado en los recuerdos de mis padres y en los miedos de mi infancia. Así que fui.
He paseado solo por las calles de Bilbao. He hablado con su gente. He notado hospitalidad, cercanía, una acogida sincera hacia alguien del sur. He comido de maravilla, faltaría más. He visto normalidad y entusiasmo. Y, sobre todo, me he alegrado profundamente de que el futuro haya sido este y no otro.
De niño, cuando rezaba, recuerdo que después del Padre Nuestro pedía siempre dos cosas. Dos deseos muy simples: que mi yeya no se quedara sola y que se acabara ETA. Lo pedía porque mi padre, integrado en una compañía de reserva general, tenía que acudir constantemente al País Vasco para contener los envites del terrorismo. Desde que salía de casa hasta que volvía, treinta o cuarenta días después, vivíamos siempre en alerta, pendientes de la televisión, temiendo que en cualquier informativo apareciera la noticia de que algún compañero —o él— había sido asesinado.
Por suerte, todo eso es pasado. Un pasado doloroso, sí, pero pasado. Hoy vascos y el resto de españoles pueden mirarse a la cara, dialogar, discutir incluso, pero sin amenazarse de muerte. Sin tiros en la nuca. Como siempre debió ser.
Este viaje no ha sido solo geográfico. Ha sido una reconciliación íntima, casi silenciosa, con una tierra que durante años asocié al miedo. Hoy puedo decirlo sin rencor y sin reservas: me reconcilio con el País Vasco. Y lo hago con alivio, con gratitud y con la certeza de que recordar no debe impedirnos progresar.
Anda la cultura española zarandeada a cuenta de una polémica inesperada: las jornadas “1936: La guerra que todos perdimos”, organizadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra.Han tenido que ser aplazadas sine die tras la renuncia de varios participantes, entre ellos el escritor David Uclés, quien decidió no acudir al evento por no querer compartir cartel con figuras como José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros, a quienes asocia con posturas que él considera negacionistas o contrarias a valores democráticos.
La controversia no es baladí: ha devuelto al primer plano el debate sobre la memoria histórica, la equidistancia y los límites del diálogo público en España, pero también sobre cómo se construye —o se desmorona— un personaje cultural y mediático en tiempos de polarización.
Uclés, último ganador del Premio Nadal y a quien se rifan las editoriales, no solo ha subrayado que no puede verse “en el mismo cartel” con quienes él percibe «antidemocráticos» sino que ha celebrado la suspensión del ciclo como “una victoria moral” y una “reparación”, afirmando que los debates sobre nuestra Guerra Civil no pueden partir de falsas ecuaciones.
Creo que en un paisaje mediático tan saturado, la coherencia —o al menos que sea percibida como tal— puede catapultar a alguien a una posición de mayor visibilidad y legitimidad ante un público determinado. Su gesto —grabado en vídeo, expuesto en redes y debatido en medios— entra dentro de lo que hoy se entiende por “construir un personaje público”: coherente, firme, polarizador…
No es un caso aislado, no es nada nuevo. La literatura moderna (como la música, la interpretación…) está llena de autores que supieron construir un personaje público distintivo, que trascendió sus novelas:
Gabriel García Márquez no fue solo el Nobel que escribió una obra memorable, sino que supo dibujar muy bien su personaje, tanto en sus artículos periodísticos como en sus apariciones televisivas. Su cercanía a líderes como Fidel Castro consolidó un aura de escritor polémico, situado en el cruce entre literatura, poder y vida privada convertida después en leyenda.
Mario Vargas Llosa hizo tres cuartos de lo mismo: novelista a la vez que intelectual en la arena pública, con posturas firmes en política que le granjearon respeto y reprobaciones, pero hicieron que su nombre figurara en debates más allá de la literatura misma. Del puñetazo a García Márquez ya queda poco que añadir…
El propio Pérez-Reverte tampoco es ajeno a esto: a lo largo de décadas ha cultivado una figura provocadora, combativa y desinhibida, que mantiene fieles y detractores.
Ese tipo de presencia mediática no es casual, es parte de la estrategia de posicionamiento de un autor. En esos casos, el personaje público no eclipsó la obra, pero sí multiplicó la relevancia cultural de la obra. En contraste, muchos excelentes escritores jamás supieron —o quisieron— construir ese personaje público eficaz, y en consecuencia su fama se diluyó fuera de círculos muy especializados. En estos 25 años de trabajo en televisión he visto con mis propios ojos desaparecer artistas muy talentosos por no tener nada que aportar al debate público más allá de sus «geniales obras». Autores brillantes del realismo social español de la posguerra han quedado relegados al ámbito académico porque no supieron —o no quisieron— gestionar su presencia pública ni participar en debates contemporáneos que captaran la atención mediática. En estos casos, el talento puro no fue suficiente para sostener la memoria colectiva: sin personaje, sin marca, la obra queda reducida a nichos muy reducidos. Miguel de Cervantes, con la guasa que desprende en El Quijote, es fácil imaginarlo en el mundo de hoy. Sería un constante protagonista de todo, a favor o en contra. Un verdadero showman.
Pero ¿qué hay de verdad —y de estrategia— en la actuación de Uclés?
No podemos saber los cálculos internos de Uclés, y él mismo probablemente no los haya articulado desde un punto de vista “estratégico”, pero el efecto social de su gesto es real:
Ha hecho girar el foco mediático, no solo en torno al evento, sino sobre él como voz crítica generacional que rechaza equidistancias aceptadas por sectores culturales.
Ha polarizado opiniones (con elogios y con ataques) y, en ese proceso, ha ampliado su visibilidad más allá de lectores habituales de narrativa.
Ha creado —voluntariamente o no— una figura de coherencia comprometida, frente a la cual el organizador (Pérez-Reverte) ha llegado a responder con descalificaciones públicas, alimentando el contraste.
Y en esto hay algo que vale la pena subrayar: hoy más que nunca, en la esfera cultural y mediática la indiferencia es la peor condena. Que se hable de tu obra, que se debata tu postura, que generes adhesiones y rechazos… eso impulsa tu presencia pública. Uclés lo sabe —su agencia de representación, también— y ha actuado en consecuencia.
Uclés no solo ha dado una actitud ética ante algo que considera intolerable; ha definido un papel público claro y memorable. A los escritores y artistas siempre se les pedirá talento, pero la forma en que gestionan su presencia en el mundo —su personaje— también influye decisivamente en quiénes recordamos y por qué. Y en una época donde solo existe lo que se conoce, es una forma de ganar la atención del público y del tiempo histórico.
Europa atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. No es exagerado afirmar que la Unión Europea se encuentra atrapada en un laberinto: asediada por amenazas externas, debilitada por divisiones internas y dirigida —por desgracia— por una clase política que no está a la altura del desafío. Mientras tanto, Estados Unidos, bajo la impronta imprevisible y desafiante de Donald Trump, ya no garantiza la protección ni el respaldo automático que durante décadas cimentaron la estabilidad del proyecto europeo. El problema no es únicamente la figura de Trump; el verdadero problema es que Europa no se ha preparado para un escenario global donde Estados Unidos deja de ser el paraguas protector y donde los riesgos geopolíticos crecen sin contención.
Hay épocas en las que la historia parece avanzar a trompicones. No por falta de información, ni de recursos, ni siquiera de alternativas políticas, sino por la irrupción de una clase dirigente que ha decidido gobernar a golpe de testosterona, miedo y consignas simples. El mundo de hoy, por desgracia, es ya el mundo de los brutos.
En un ecosistema digital saturado de estímulos, tendencias efímeras y contenidos diseñados para pasar página en segundos, que un programa de televisión conecte de verdad con millones de personas no es casualidad. Es síntoma de algo más profundo. De una necesidad colectiva. De un deseo compartido.
Hay anuncios que, aunque inevitables, fastidian. La retirada definitiva de Joaquín Sabina de los escenarios es uno de ellos. No hablamos de un músico relevante ni de un cantautor influyente: hablamos del gran letrista español de los últimos cincuenta años, del que mejor ha sabido desnudarnos como país, del poeta canalla que encontró belleza en nuestras cicatrices colectivas y supo convertirlas en canciones inmortales. Sabina ha sido —y seguirá siendo— la voz que explica España cuando nadie más encuentra la palabra exacta. Un escritor de Nobel disfrazado de cantante.
Para mí, esta despedida tiene un eco especialmente íntimo, porque su música no solo me ha acompañado: ha dialogado con mi propia biografía. Es un vínculo extraño y a la vez cotidiano. En casa lo tengo presente, no solo en formato disco o libro, sino en figura real. Me vigila desde una esquina del despacho, con esa media sonrisa de quien sabe que el arte se escribe con noches en vela y verdades incómodas. Para mí es un recordatorio silencioso de que la creatividad y el riesgo siempre van de la mano.
Un cruce de vidas
Quizá parte de esta conexión tenga que ver con ciertas coincidencias que siempre me han resultado casi literarias. Yo me crié en Estación Linares-Baeza, ese lugar al que Sabina dedicó un tributo lleno de polvo, trenes y posibilidades. Allí, entre vías infinitas, él vio partir los convoyes que lo empujarían hacia su futuro; y allí crecí yo, escuchando —sin saberlo— el mismo rumor ferroviario que un día lo impulsó a convertirse en mito. Para muchos, aquello era un simple nudo ferroviario; para Sabina, y también para mí, era un punto de partida.
Y hay otra coincidencia que me ha acompañado siempre: mi padre, como el suyo, también fue policía nacional. Comprendí pronto que su insolencia no era un gesto impostado, sino una reacción íntima, casi biográfica, a una manera de mirar el mundo desde una sensibilidad distinta. Saber que ambos compartimos ese mismo trasfondo familiar me hizo sentir que, en sus canciones, había algo que también hablaba de mí. Hay muchas más, como la piscina de Canena, pero tampoco me quiero extender…
El privilegio de contar su historia
Quizá por eso, o quizá por pura admiración, una de las experiencias más gratificantes de mi vida profesional fue trabajar en la docuserie de Atresplayer “Pongamos que hablo de Joaquín Sabina”. Pocas veces uno tiene la oportunidad de construir el retrato más hermoso y completo que se ha hecho en televisión sobre alguien a quien admira profundamente. Aquel proyecto me regaló no solo un acercamiento inédito al universo sabinero, sino también momentos que aún hoy resuenan en mi memoria con la fuerza de una confidencia.
Recuerdo la emoción de escuchar a los Merry Youngs, su primer grupo musical de Úbeda, contar cómo sonó aquella primera canción adolescente, cómo era ese chaval flaco que ya escribía como si el mundo fuera demasiado pequeño. O la conversación con Cristina Zubillaga, la amante que inspiró algunas de las canciones más afiladas de Sabina, quien nos habló con una mezcla de pudor y nostalgia de un amor que marcó a fuego una parte esencial de su obra. Ese tipo de testimonios, inéditos hasta entonces, nos permitió construir un retrato verdaderamente humano, lejos de la caricatura del bohemio eterno.
La retirada de un hombre, no de un mito
Ahora, Sabina se baja definitivamente de los escenarios. Lo hace por su propio pie, cuando parece increíble que aún siga con vida. Y aunque nos duela, hay algo de justicia poética en que sea él quien decida el punto final. A lo largo de su vida, siempre ha querido mantener el control sobre su narrativa, incluso cuando la realidad insistía en escribir capítulos por su cuenta. Merece descansar. Merece silencio, aunque él nunca lo haya buscado.
Pero sus canciones seguirán aquí. Seguirán cruzando generaciones, carreteras, amores y madrugadas. Seguirán siendo cantadas por él —en esa voz quebrada que ya es patrimonio emocional— o por quienes quieran reivindicar su legado. Porque Sabina es un meteorito que ya dejó su trazo en el cielo: aunque él se haya retirado, la estela permanecerá durante décadas.
Lo dijo en una canción, como quien no quiere la cosa: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Tal vez él no vuelva. Pero nosotros sí volveremos, una y otra vez, a esas canciones que nos hicieron —y seguirán haciéndonos— un poco menos solos. Porque el hombre se retira, pero el mito es imposible que lo haga.
Hoy, 31 de octubre, se cumplen cuatro años desde que nos dejó Manuel Ángel Mart, uno de los creadores más brillantes y auténticos que ha dado la música en nuestro país. Cuatro años sin su presencia física, pero también cuatro años comprobando que su luz, su arte y su humanidad siguen más vivos que nunca.
Pocos programas de televisión he seguido con tanto entusiasmo como el mítico Quién sabe dónde. No me perdía ni un solo capítulo, que esperaba con impaciencia durante toda la semana. Quizá fuera porque, en esos años de Bachillerato, unía dos de mis grandes pasiones: el periodismo y la investigación policial. Quizá fuera también por el magnetismo personal de su presentador, el gran Paco Lobatón. Su forma de comunicar, tranquila y sosegada, siempre me ha parecido la idónea para tratar los asuntos que me interesan. Hoy le acaban de conceder el Premio Ondas Especial de la Organización en reconocimiento a una trayectoria marcada por la utilidad social, la televisión de servicio público y la firmeza ética en la profesión.