
A finales de 2000 yo compaginaba tres ocupaciones que, visto con la perspectiva de los años, formaban un entrenamiento intensivo para lo que vendría después: por las mañanas estudiaba cuarto de Periodismo, por las tardes hacía las prácticas en El Correo de Andalucía y una vez a la semana, por la noche, me ganaba unas perrillas como colaborador en “La llamada del Sur”, aquel programa de Paco Lobatón que servía de puente entre emigrantes andaluces repartidos por el mundo y sus familias de aquí. Eran días de prisas, autobuses y libretas llenas de teléfonos apuntados a mano, pero también de esa sensación maravillosa de estar empezando en un oficio que anhelabas desde niño.
La noche del 22 de noviembre de 2000 acudió al programa Luis Eduardo Aute. La casualidad quiso que apenas unas horas antes ETA hubiera asesinado a Ernest Lluch, amigo personal de Aute. Recuerdo perfectamente el ambiente en el estudio: el cantautor estaba visiblemente afectado. Cuando terminó la emisión, me acerqué con toda la timidez del estudiante que todavía no sabe bien dónde acaba la admiración y dónde empieza la osadía. Le dije que estudiaba Periodismo y que me encantaría hacerle una entrevista para el periódico. Pensé que me daría unas educadas largas, un “háblalo con mi representante”. Pero no. Me respondió algo así como:
—Claro. Tengo el AVE mañana a las diez. Si quieres, a las ocho y media desayunamos en mi hotel.
Y allí me planté.
Aquella noche apenas dormí. Más que por la entrevista, por la logística. Mi principal preocupación no era qué preguntarle, sino calcular si los autobuses me permitirían llegar puntual desde Los Bermejales hasta Plaza de Armas. A las ocho y media en punto, sin embargo, estaba sentado desayunando café y tostadas junto a uno de mis artistas favoritos.
Tengo un recuerdo especialmente cálido de aquel encuentro porque Luis Eduardo Aute no se parecía demasiado a la imagen seria, casi distante, que transmitían muchas de sus fotografías. Era cercano, curioso, amable y con un sentido del humor tranquilo. Me invitó al desayuno y se ofreció a llevarme en el coche que lo trasladaba a la estación.
De pronto, era él quien me hacía preguntas a mí: si me gustaba Sevilla, qué quería hacer cuando terminara la carrera, qué música escuchaba entonces, cómo había descubierto sus canciones… Le agradecí entonces su dueto en La aurora de Nueva York junto a Loquillo, que tanto me ha emocionado siempre, y le conté también que por entonces estaba escuchando casi obsesivamente la versión que Diego Vasallo había grabado de Slowly para el disco homenaje «Mira que eres canalla, Aute«. Cuando se lo comenté, Aute me confesó que era una de las versiones que más le habían gustado de todo el álbum. Más de un cuarto de siglo después, sigo pensando que aquella canción continúa en el top ten sentimental de mi vida. Quieras o no, hay canciones que te definen.
La entrevista se publicó al día siguiente con un titular que entonces me pareció potente: “La música no puede contra la barbarie”. Con el tiempo he pensado muchas veces en aquella frase y, por desgracia, creo que Luis Eduardo Aute tenía razón. Han pasado más de veinticinco años desde aquella conversación y, en todo este tiempo, infinidad de músicos han dedicado canciones, discos y hasta carreras enteras a defender la paz, la solidaridad o los derechos humanos. Y, sin embargo, el mundo sigue lleno de guerras, fanatismos e injusticias que casi siempre terminan golpeando a los mismos: a los más débiles. La música quizá no pueda detener la barbarie, pero sí acompañarnos, hacernos más conscientes y recordarnos que todavía merece la pena pelear por una humanidad más habitable.
Escribo ahora estas batallitas por mi amigo José Antonio Pérez Guillén, que más de una vez me ha pedido que las deje escritas en un diario, para que no acaben perdidas en algún rincón oscuro de la memoria. Y es verdad que son pequeños foganazos sin interés que no salen en los currículos, ni han quedado impresos en las hemorotecas, pero que a mí me han hecho inmensamente feliz.


