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A propósito de Morante…

Publicado el 13 octubre 2025 por manuguerrero

23 de abril de 2007. El sol caía a plomo sobre la plaza de toros de la Maestranza, y en el tendido se respiraba una mezcla de perfumes, habanos y expectación. Yo estaba allí por trabajo: enviado por José Ribagorda para Informativos Tele5 a cubrir una corrida de Morante de la Puebla, que esa tarde toreaba junto a Jesulín de Ubrique y Alejandro Talavante. El sevillano reaparecía tras unos años cuidando su salud mental.

No era aficionado, ni lo he sido nunca (a pesar de los intentos de mi abuelo ‘El Sinchaqueta’), pero entendí que aquello era parte del paisaje cultural de España, una cita inevitable para quien pretende contar su país. Me colocaron en la barrera. El primer impacto no fue visual, sino sonoro. El bramido del toro herido no tiene nada que ver con la épica del arte ni con la retórica del valor. Es un sonido que te atraviesa, un lamento primitivo que desarma cualquier distancia profesional. La sangre comenzó pronto a caer a borbotones.

El segundo golpe venía del público. Antes de que el torero siquiera diera un pase, una oleada de insultos cayó sobre Morante. «¡Maricón!», gritaban los salvajes, con esa mezcla de sorna y crueldad que tantas veces se confunde con la pasión. No podía entenderlo. Aquel hombre iba a jugarse la vida delante de un animal de seiscientos kilos (de Núñez del Cuvillo), y su propio público lo despreciaba antes de verlo actuar. Según me cuentan, aquella sonora bronca aún resuena entre los aficionados del toreo.

Salí de la plaza abochornado. No tanto por la sangre del toro, sino por la mala educación, la violencia verbal, la falta de respeto de los que se creían parte del arte. Nunca más volví a una corrida de toros.

He pensado mucho en aquella tarde, ahora que Morante de la Puebla se retira. Su despedida ha llenado páginas de admiración y nostalgia. Y sin embargo, yo no puedo evitar recordar aquella imagen contradictoria: la del artista maltratado por su propio público.

Quizás aquel día entendí que los toros son, en realidad, un espejo deformante de España: belleza y barbarie, arte y ruido, talento y envidia, todo revuelto en una liturgia que se resiste a desaparecer. Para mí, una vez fue suficiente para entenderlo bien.

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