Vivimos tiempos de trincheras. La política se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en una competición por demostrar que los otros son peores. Ya no basta con defender una determinada idea de país, de sociedad o de economía: parece imprescindible presentar al adversario como una amenaza. Y en ese juego caben casi todas las armas: medias verdades, titulares descontextualizados, bulos, vídeos manipulados, exageraciones, etiquetas y una utilización cada vez más sofisticada de las emociones.
El nuevo informe PISA vuelve a recordarnos que nuestro sistema educativo necesita una reflexión profunda. Y quizá también nosotros, como sociedad y como familias. Los alumnos españoles han obtenido 457 puntos en Matemáticas, 451 en Lectura y 477 en Ciencias, por debajo de las medias de la OCDE en las tres competencias. Son cifras. Pero detrás de cada cifra hay un adolescente. Y detrás de cada adolescente hay una familia, un colegio, unos profesores, unos hábitos, unas expectativas y, en definitiva, una sociedad. Por eso, sinceramente, no creo que estos resultados deban sorprendernos demasiado. Quizá lo verdaderamente preocupante sería que nos sorprendieran.
Una interrupción global en los servicios de ChatGPT (y de otros motores de IA como Gemini o Grok) ha dejado este jueves a millones de profesionales, estudiantes y creadores de contenido ante una situación sin precedentes: redactar correos, analizar datos, programar webs e idear propuestas sin asistencia de inteligencia artificial. Todo, venido a negro, como diríamos en televisión.