Hay victorias que se celebran por el resultado. Otras, mucho más escasas, se recuerdan porque parecen inevitables. Como si el fútbol, de repente, decidiera ser justo. Por eso, pocos títulos han estado tan cargados de significado como este. No solo por levantar una copa, también por la forma de hacerlo. Decía Albert Camus, que además de filósofo fue portero de fútbol, que «todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Quizás exageraba. O quizá no. Porque este Mundial ha demostrado que, en ocasiones, la manera de ganar importa tanto como la victoria misma.
Hay momentos de mi trabajo que no los mejora ni el guionista más ingenioso.
Hace varias semanas entrevisté a Esperanza Aguirre para uno de los documentales que estamos haciendo en Happy Contents. Terminada la conversación, mientras super Kacho y Rodri recogían el equipo, la presidenta me dice:
Hay partidos que se ganan por el talento. Otros por la inspiración de una estrella. Y luego están aquellos que dejan una enseñanza que va mucho más allá del fútbol. La semifinal de ayer entre España y Francia nos ha dejado, creo yo, una lección interesante.
Esta noche España y Francia disputan una semifinal del Mundial que bien podría ser una final anticipada. Dos selecciones extraordinarias, repletas de talento, que representan dos de las grandes potencias del fútbol europeo. Debería ser uno de esos días en los que la conversación gira en torno al balón, a los sistemas, a las individualidades y a la emoción de un gran partido.