El lujo, los excesos, la noche, los negocios imposibles y las historias que parecen sacadas de una película… Marbella siempre ha sido mucho más que una ciudad costera. Ahora, toda esa mezcla explosiva se puede revivir gracias a Érase una vez en Marbella, la docuserie que ha conquistado tanto a la crítica como al público.
Si hay algo que los bares de toda la vida saben hacer bien es el morro frito. Crujiente por fuera, tierno por dentro y con ese saborcito inconfundible que pide a gritos una caña bien fría al lado. O una copa de vino tinto. ¿La mejor noticia? No hace falta ser un chef para prepararlo en casa: con unos pocos pasos y un toque de mimo, tendrás un aperitivo de categoría que hará que todos se chupen los dedos.
Vivimos en la era de la telerrealidad. La tecnología, que se presuponía motor de progreso y de unión entre los pueblos, no ha sido suficiente para frenar una injusticia tan atroz, la del genocidio al pueblo palestino. Gaza es hoy una herida abierta, y nosotros, espectadores impotentes, asistimos a la aniquilación de miles de personas inocentes (incluidos niños como tus hijos y los míos) a manos de un gobierno que ha convertido el terror en política de Estado.
El emblemático cantante y compositor Manuel de la Calva, mitad del legendario Dúo Dinámico, nos ha dejado a los 88 años, según ha anunciado hace unos minutos su compañero Ramón Arcusa en un emotivo mensaje publicado en X. Arcusa se refiere a él como “mi amigo del alma, más que hermano, compañero de cien aventuras y de mil canciones… Fue el alma del dúo, siempre alegre, optimista, positivo… Ya eres eterno.”
Manolo de la Calva, mi amigo del alma, más que hermano, compañero de cien aventuras y de mil canciones nos ha dejado hoy.
No lloréis por él, no le gustaría. Fue el alma de Dúo, siempre alegre, optimista, positivo. Cantad con él en esta despedida.
Nacido el 15 de febrero de 1937 en Barcelona, Manuel de la Calva formó el Dúo Dinámico junto a Ramón Arcusa en 1958, tras conocerse trabajando como mecánicos en Elizalde S.A. Gracias a su estilo fresco y estética cuidada, se convirtieron en los primeros ídolos del pop español y pioneros del fenómeno fan en los años sesenta.
Entre sus canciones más conocidas están «Quince años tiene mi amor», «Quisiera ser», «Amor de verano» y el icónico himno «Resistiré». Además, protagonizaron cuatro películas a lo largo de la década de los sesenta.
Como compositores, su mayor logro fue «La, la, la», con el que España ganó el Festival de Eurovisión en 1968, interpretado por Massiel. También compusieron éxitos para Julio Iglesias como «Soy un truhán, soy un señor» y «Me olvidé de vivir», y fueron productores de numerosos artistas.
Tras su retiro en 1972, regresaron a los escenarios en 1978 ante la gran acogida de sus recopilatorios. Su éxito «Resistiré» (compuesta entre Manuel y el periodista Carlos Toro) incluso fue usado en la banda sonora de la película Átame! (Pedro Almodóvar, 1989) y se convirtió en un himno de fortaleza colectiva durante la pandemia del coronavirus. En 2014, el Dúo recibió el Latin Grammy Lifetime Achievement Award.
“El legado del Dúo Dinámico” de Canal Sur TV
En honor a su extraordinaria trayectoria, te invito a visualizar tu programa «El legado del Dúo Dinámico», emitido por Canal Sur TV, presentado por Enrique Romero, donde se repasa en profundidad su vida, música, influencia cultural y vigencia en la historia del pop español. Es un merecido homenaje para recuperar su espíritu y legado. Un programa documental que hicimos en Happy Contents y en el que tuve el gustazo de participar. Gracias, Manuel, por todo lo que nos has legado.
El verano de 2025 ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: España arde. Las llamas han devorado decenas de miles de hectáreas, dejando tras de sí un paisaje de cenizas, comunidades golpeadas y ecosistemas devastados. Lo que antes se concebía como un fenómeno puntual y estacional, hoy se ha convertido en un desafío estructural, amplificado por el cambio climático y la falta de gestión forestal a lo largo del año.
Incendios de nueva generación
Los expertos los llaman incendios de sexta generación. Son fuegos que avanzan con una velocidad y una intensidad inéditas, alimentados por altas temperaturas, sequías prolongadas y vientos extremos. Ya no hablamos solo de negligencias humanas o accidentes: hablamos de un contexto climático que convierte cualquier chispa en una amenaza incontrolable.
Estos incendios no solo arrasan el territorio; ponen en jaque a los propios equipos de extinción, que a menudo se ven superados por la magnitud del fenómeno. En consecuencia, la prevención ha dejado de ser una opción para convertirse en la única estrategia viable a medio y largo plazo.
El abandono del monte: una herida abierta
Uno de los factores más señalados por los especialistas es el abandono de los montes. España ha pasado en pocas décadas de ser un país rural a uno urbano. La despoblación de la llamada “España vaciada” ha supuesto que miles de hectáreas de bosque y matorral se encuentren sin gestión, acumulando combustible natural en forma de ramas, hojas secas y maleza. Este cóctel convierte al monte en una mecha a punto de prender.
El monte no se cuida solo. Requiere un manejo continuado: clareos, pastoreo controlado, aprovechamiento de la biomasa, cortafuegos bien mantenidos. La falta de inversión en estas tareas durante el invierno se traduce, cada verano, en una factura altísima en vidas, patrimonio y biodiversidad.
Qué hacer para que no vuelva a ocurrir
Gestión forestal activa: España necesita planes ambiciosos de limpieza y mantenimiento de los bosques. Esto implica inversión pública, pero también colaboración con empresas de biomasa, ganaderos y cooperativas forestales.
Prevención durante todo el año: Los incendios no se apagan en agosto, se evitan en enero. La planificación, la creación de cortafuegos, la reforestación adaptada al clima y el uso de técnicas tradicionales deben programarse en los meses fríos.
Recuperar el vínculo con el medio rural: Favorecer la repoblación de zonas despobladas, incentivando actividades económicas sostenibles que mantengan el territorio vivo. Un monte habitado y trabajado es un monte más seguro.
Educación y concienciación ciudadana: La mayoría de los incendios tienen origen humano. Campañas educativas, sanciones ejemplares y vigilancia efectiva son esenciales para reducir la imprudencia.
Inversión en investigación y tecnología: Desde satélites hasta inteligencia artificial, las nuevas herramientas permiten detectar riesgos de incendio con antelación y coordinar la respuesta de forma más eficaz.
Una urgencia nacional
Los incendios forestales ya no son un problema estacional: son una amenaza estructural que compromete nuestro futuro ambiental, económico y social. España debe asumir que la lucha contra el fuego comienza mucho antes de que se enciendan las primeras llamas. De lo contrario, cada verano repetiremos el mismo titular: España arde.
La pregunta no es si habrá incendios, sino cuán preparados estaremos para evitarlos o, al menos, reducir su impacto. La respuesta exige visión de Estado, recursos sostenidos y un cambio cultural profundo en nuestra relación con la naturaleza.
Tras la calurosa acogida del primer capítulo de Érase una vez en Marbella, este domingo llega a Atresplayer el segundo episodio de esta docuserie que intenta mirar a los ojos a una ciudad que siempre ha vivido entre el lujo y la sombra, entre el mito y la sospecha.
Y si el primer capítulo sirvió como introducción a la Marbella de las mil caras, este segundo episodio se sumerge en dos de sus historias más oscuras y apasionantes: la fuga de los nazis a España tras la Segunda Guerra Mundial y el Caso Malaya, el mayor escándalo de corrupción urbanística de la historia democrática española.
Hablar de nazis en Marbella puede sonar a relato de ficción, pero no lo es. Personajes como Léon Degrelle, criminal de guerra belga y protegido por el régimen franquista, vivieron tranquilamente en la Costa del Sol durante décadas. Degrelle, que llegó a fotografiarse con Hitler y juró lealtad eterna al nazismo, encontró en Marbella el refugio perfecto para su ocaso: sol, anonimato relativo, y una red de contactos discretamente poderosos. Su presencia, y la de otros como él, nos habla de un pasado que España nunca terminó de enfrentar del todo, y que este capítulo rescata con detalle e imágenes inéditas.
El otro tema del capítulo lo llevo marcado a fuego en la piel. Porque si hay una trama que me haya exigido implicación, rigor y esfuerzo personal, ha sido la del Caso Malaya. No solo por la complejidad de la investigación, sino por lo difícil que ha sido dar con voces que hablaran con profundidad, honestidad y sin filtros de lo que allí ocurrió. Yo no me conformo con testimonios que hablen de oídas. Busco siempre los verdaderos protagonistas. Durante meses, hablé con decenas de personas: el entorno cercano de Juan Antonio Roca, detectives privados que conocieron los entresijos de la operación e incluso empresarios que aún hoy lidian con las consecuencias de aquella caída del castillo de naipes.
Pero lo más difícil, y a la vez lo más gratificante, fue conseguir que por primera vez frente a una cámara de televisión (ocurrió en 2022), hablaran los tres pilares clave de aquella investigación:
Miguel Ángel Torres, el juez instructor del caso, cuya valentía y determinación marcaron un antes y un después en la lucha contra la corrupción. Aún recuerdo la contundencia con la que en una primera llamada telefónica, el juez me dijo: «Nunca he hablado del tema, y no pienso cambiar de opinión. Ni con un cheque en blanco por delante». Unos meses después estábamos frente a frente sentados en su juzgado de Melilla, como puede atestiguar mi compañera del alma Eva Pérez.
José Manuel Rando y Marcos Romarís, los policías nacionales que dirigieron la investigación y que relatan, con una mezcla de orgullo y crudeza, cómo se gestó y ejecutó una de las operaciones más complejas de la historia reciente de la policía judicial española. Entrevistarlos en la Comisaría Provincial de Málaga fue una sensación entrañable, como volver a casa. Yo me crié en un cuartel por ser hijo de un policía nacional del que siempre presumí, que se batió el cobre en los más crudos años del terrorismo etarra. Marcos, José Manuel y su infatigable equipo son héroes que nunca deberíamos olvidar.
Desde aquí, quiero agradecerles públicamente a los tres su participación, su tiempo y, sobre todo, su generosidad con un periodista del que no tenían referencias, pero que ha intentado estar a la altura de la confianza que me dieron. Aquí me tienen, siempre, para lo que puedan necesitar.
Érase una vez en Marbella no es solo una serie sobre una ciudad. Es un intento de levantar las alfombras del paraíso y entender qué se esconde debajo. Y este segundo capítulo, quizás el más ambicioso hasta ahora, es una invitación a mirar de frente esas historias que muchos preferirían olvidar.
Ya disponible en Atresplayer Premium. Espero que os remueva tanto como me removió a mí.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la alianza entre Europa y Estados Unidos ha sido uno de los pilares fundamentales del orden internacional. Esta relación fue, durante décadas, sinérgica y mutuamente beneficiosa: Estados Unidos garantizaba la seguridad del continente europeo frente a la amenaza soviética, mientras Europa, en pleno proceso de reconstrucción, encontraba en su aliado transatlántico un proveedor fiable y un socio económico clave. Uno ganaba influencia y dinero; el otro, estabilidad y seguridad. Así se forjaron las bases del bienestar y del desarrollo que definieron a Occidente en la segunda mitad del siglo XX.
Sin embargo, el mundo ha cambiado. El fantasma del comunismo ha desaparecido, la Unión Soviética es historia, y China se ha erigido como la principal potencia rival de EE.UU., desplazando el eje geopolítico hacia Asia. Europa ya no es el tablero central de los conflictos globales. Y, en este nuevo escenario, Estados Unidos ha comenzado un repliegue que pone en cuestión las viejas alianzas.
El caso de Donald Trump es emblemático. Su visión del mundo es abiertamente transaccional: no hay socios, hay competidores; no hay valores compartidos, hay balances comerciales. Bajo su liderazgo —y ante un país en evidente decadencia estructural, con desigualdades galopantes, violencia endémica y una crisis de identidad nacional—, Estados Unidos se vuelve hacia adentro. Trump promete «América primero», pero lo que eso significa en la práctica es aranceles, desinversión en el extranjero, desconfianza hacia los organismos internacionales y chantaje comercial incluso hacia los aliados históricos.
Lo que Trump propone, sin embargo, es una receta equivocada para los males profundos que aquejan a su país. Imponer barreras al libre comercio no solucionará la pobreza estructural ni devolverá el empleo industrial perdido. Por muchos aranceles que se apliquen, Estados Unidos nunca podrá competir con los costos de producción asiáticos: Asia produce más barato, más rápido y a mayor escala. Y cada vez, con más calidad. Lo que sí provocan esos aranceles es un encarecimiento de los bienes que consumen los propios ciudadanos estadounidenses, debilitando aún más su poder adquisitivo. La salida real para EE.UU. no está en cerrarse al mundo, sino en repensar su modelo económico y social. Si quiere reducir la desigualdad y ofrecer oportunidades reales a su población, debe mirar hacia Europa y aprender: fortalecer un sistema de bienestar, garantizar la sanidad y la educación públicas, proteger a los más vulnerables. Solo así podrá reconstruir un país cohesionado y competitivo.
Es la socialdemocracia, estúpido
Europa no puede —ni debe— ceder ante este chantaje. Porque lo que está en juego no es solo un desacuerdo comercial: es el corazón mismo de nuestro modelo social. Frente al ultraliberalismo norteamericano, que deja a millones de ciudadanos desprotegidos ante las crisis —sin asistencia sanitaria, sin redes de apoyo, sin protección social—, Europa ha construido un pacto social basado en la redistribución, la solidaridad y la justicia social. En tiempos de crisis, nuestros sistemas públicos actúan como amortiguadores. En Estados Unidos, los más desfavorecidos caen en la exclusión; en Europa, siguen formando parte del contrato social.
Esa diferencia no es menor: explica por qué en nuestros países no se disparan las tasas de violencia ni enfrentamos crisis sociales tan brutales como la epidemia del fentanilo. Aquí, nadie muere por no poder pagar un tratamiento médico. Aquí, la pobreza no condena a la marginalidad total. Y eso no es debilidad económica, como insinúan algunos, sino fortaleza moral y política.
Europa debe, por tanto, reafirmar sus principios. Debe resistir las presiones de una administración estadounidense que ve en la cooperación una debilidad y en la solidaridad un lujo. No podemos permitir que el miedo al repliegue americano nos empuje a abandonar nuestras convicciones. Al contrario: este es el momento de defenderlas con más fuerza que nunca.
En un mundo en transformación, Europa tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de ser un faro de estabilidad, de equidad y de dignidad humana. Frente al ruido y la furia de Trump, responder con firmeza y con valores. Porque si caemos en la lógica de la fuerza, perderemos lo que nos hace Europa.
Hay películas que no pueden explicarse sin la figura de su creador. Obras que, más allá de su trama o su estética, llevan incrustada en cada plano una forma de estar en el mundo, de mirar sin concesiones, de pensar sin cortapisas. “Deseaba llamarla su[misión] pero con el sexo nunca sé bien lo que quiero” es una de esas películas. Y su autor, Gonzalo García-Pelayo, uno de esos pocos cineastas capaces de hacer del cine no solo un medio de expresión, sino un ejercicio de libertad radical.
Olivia Valere, en el salón de su casa. Última entrevista que concedió antes de morir.
Durante años, todo lo que ocurría entre las paredes de Olivia Valere quedaba envuelto en un halo de misterio. Era la discoteca más exclusiva de Marbella, un templo nocturno donde se cruzaban estrellas de Hollywood, príncipes árabes, modelos internacionales y empresarios millonarios. Pero detrás del lujo, los focos y el champagne, había historias que nunca se contaron… hasta ahora.
Hay algo curioso (y muy revelador) que sucede con Marbella: mucha gente en el mundo no sabría ubicar España en un mapa, pero sí sabe exactamente dónde está Marbella. ¿Cómo se explica ese extraño fenómeno?