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Decrecimiento

Publicado el 09 abril 2007 por manuguerrero

Me confieso asiduo lector de los suplementos culturales de la prensa general y semanalmente empleo parte de mi tiempo en escrutar mi hábitat. Como todos los miércoles, el pasado 4 de abril leí Cultura/s de La Vanguardia y quedé ligeramente conmovido. El tema central del suplemento era contundente: “Contra la sociedad hiperactiva”, una tendencia ideológica que va ganando adeptos principalmente en Europa. Tardé poco en asentir tras leer, de Jordi Pigem, que somos sumisos de tres dichosas letras: la “p”, la “i” y la “b”. Vivimos para producir continuamente –decía el reportaje- a pesar de ser conscientes de que nos estamos cargando la naturaleza y nuestra propia paz interior. Es muy fácil percibirlo pero es muy difícil liberarse: somos esclavos del Producto Interior Bruto.

La economía se ha convertido ya en religión universal, una religión “que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud)”, sintetiza Jordi Pigem. Y añadamos poesía… 

 
“Obedecer a ciegas deja ciego”
Mario Benedetti
 
Y como toda religión que es seguida ciegamente produce graves efectos secundarios. La hiperactividad, por ejemplo, es ya la gran enfermedad de nuestra época (junto a la depresión) y nos roba capacidad de concentración a pesar de nuestra habilidad –eso es indudable- de atender cada vez a un mayor número de reclamos informativos o comerciales. En pocos segundos de telediario pasamos de una tragedia en Bagdad a una anécdota de la actualidad deportiva sin apenas inmutarnos ni asimilar la trascendencia sobre nuestras propias vidas del drama que aparentemente sufren los demás.
Con el tiempo, las sociedades civilizadas se han ido marcando unas pautas de desarrollo tan exigentes que nos pasamos la vida obteniendo resultados, números… “creciendo” en definitiva, sin llegar nunca a un estadio fundamental de cualquier ciclo vital: la madurez. Somos eternos adolescentes incapaces de percatarnos de ciertos axiomas naturales. Si no fuéramos tan competitivos probablemente un alimento biológico sería más barato que cualquier producto de la agricultura industrial y, sin objeción, contaminaríamos menos de la mitad. Los excesos, como la carencia, son netamente nocivos para la vida. Hay una reflexión que produce escalofríos: Si toda la humanidad viviera como viven los norteamericanos necesitaríamos los recursos de seis planetas como el nuestro. (¿Será por eso lo de tanta investigación espacial?)
 
Decía Nicholas Georgescu-Roegen que cada vez que tocamos el capital natural estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes… ¿nuestros qué? La crisis ecológica es la expresión biosférica de una crisis cultural. Buscamos el sentido de nuestra vida mediante la acumulación, mientras vacíamos los mares de peces y la tierra de fauna y de flora silvestres. Sin futuro no hay presente posible, creo. 

Y el caso es que nos la damos de listos cuando ya los pueblos indígenas se guiaban por el criterio de la séptima generación (ten en cuenta las repercusiones de tus actos en la séptima generación, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos) demostrando saber de sostenibilidad mucho más que nosotros.

Jordi Pigem, en un excelente reportaje de periodismo potable, dedica también un curioso despiece a nuestra experiencia en el mundo, asociando prácticas reales y concepciones filosóficas. La Transmodernidad está destapando un tópico que nos hacía creer que para elevar a la Humanidad había que denigrar a la naturaleza.

Creo que necesitamos transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Como dice Jordi, se trata de “fomentar la alegría de vivir y convivir, de desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos los unos a los otros, de crecer en tiempo libre y creatividad, crecer como ciudadanos responsables de un mundo bello y frágil”.

Aplaudo convencido cualquier reportaje capaz de meter el dedo en la llaga de nuestro sistema de valores. El periodismo ha de ser testigo de nuestros comportamientos y advertirnos de nuestras perversiones. Jordi Pigem lo ha dejado claro: o cambiamos pronto o no habrá nada que cambiar.

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