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Amerizaje del Sr. Sullenberger

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Dónde se ha metido ahora el Sr. Sullenberger

Publicado el 30 diciembre 2009 por manuguerrero

 

Cuando se aproxima Nochevieja suele darme por parar y pensar en lo que fue y quedará del año que termina. Lo hago, reconozco, involuntariamente desde los trece o catorce años. Es como asimilar una página antes de pasar a la siguiente en un gran libro que trata sobre la vida colectiva y personal. Antes de inspirar, queramos o no, hay que expirar y así sucesivamente.

Desde hace unos meses, además, tengo la sensación de estar viviendo un capítulo clave de la Historia del mundo. Un año a la altura de 1989, 1973, 1945 o el más remoto 1929. ¿He dicho remoto? Quería decir cercano…

A menudo pensamos en esos años y le reconocemos su indudable valor histórico, pero rara vez los relacionamos con el día a día de la gente. Para superar eso no hay más que preguntarle a un alemán qué hubiera sido de su vida sin 1929. O a un español sobre lo que hubiese ocurrido si los alemanes hubieran tenido una Historia diferente.

Mucho se ha comparado la crisis del 09 con la del 29, suicidios incluidos. Todo tenía que saltar por los aires y afortunadamente saltó, puesto que íbamos por el camino equivocado. En ambas ocasiones, el fenómeno se inició en Estados Unidos, tras una década de crecimiento económico, incremento del endeudamiento y especulación bursátil (con beneficios rápidos y fáciles).

Pero a mí la imagen que me queda como reflejo no sólo de 2009 sino de toda esta turbia época que vivimos no es la subastada chaqueta de Bernard Madoff, ni la de los brokers neoyorquinos sacando sus pertenencias en cajas de cartón, sino la del amerizaje del señor Sullenberger. Gracias a Chesley Sullenberger pudimos ver a 155 personas flotando sobre el río Hudson. Fue alucinante contemplar un Airbus A320, tecnología punta, hundiéndose por culpa de una malvada tropa de pajarillos. Un cacharro de 42 toneladas derribado por seis o siete gansos de no más de 5 kilos. ¿No es curioso?

No, no es curioso. Es trágico. Precisamente eso es lo que nos ha ocurrido a todos: se nos ha venido abajo la casa porque una linda mariposa se posó sobre la antena de nuestro tejado. La verdad es que uno lo piensa y siente vergüenza ajena. Ver cómo, después de dos mil años, hay puentes romanos que soportan el tránsito de vehículos pesados y, en cambio, urbanizaciones enteras sin estrenar, vendidas en la categoría de lujo, se caen por el peso de las grietas. Es lo que había. Díaz Ferrán no siente pudor al reconocer que él no volaría en un avión de su compañía. Anders Dahlvig se niega a meter en su casa muebles de su factoría, es decir, de Ikea. Y el del bar de la esquina, por más que nos empeñemos, jamás va a probar las croquetas que amasa con sus propias manos.

Es la mentira que nos ha tocado vivir. Pero todo eso, por suerte, se está hundiendo lentamente en las truculentas aguas de la Historia. Nos queda la metáfora -lo único que nos importa-, que sigue a flote sobre el río Hudson, en el oeste de Manhattan. Porque las metáforas, como muy bien saben ustedes, nunca mueren.

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La curva de la “felicidad”

Publicado el 14 mayo 2009 por manuguerrero

El Gobierno de Zapatero me está obligando a una cosa que no quiero, a modificar las estructuras de este blog. Casi a diario me proporciona material para una nueva categoría de “Contradicciones oficiales” y creo que me está garantizando que, aunque personalmente lo iba a pasar mal, no me iba a aburrir en absoluto. No sé por qué, pero presiento esa certificación.

Estoy convencido de que si echara el ojo a la oposición me encontraría con tres cuartos de lo mismo –o tres cuartos peor- pero precisamente por eso, porque es oposición, le concedo mucha menos relevancia.

La última joyita del Ejecutivo ha venido sobre ruedas. A las once de la mañana dice nuestro querido presidente que va a apostar por el transporte público y a las once y cuarto revela una ayuda de dos mil euros para aquellos que se compren un vehículo nuevo. Algo así como: “Cómprese un coche, pero déjelo en casa”. Eso, a mi humilde modo de ver, es una contradicción parvuloide. ¿Nos interesa que haya muchos coches en nuestro país o no? ¿Queremos que la gente se mueva en bici, en metro o en su todoterreno particular? ¿Por qué ese dinero no se invierte en nuevos –y más ecológicos- modos de circulación? ¿Nuestro país sólo es capaz de crecer a golpe de subvenciones?

Viendo el gráfico de arriba, ni así. Pero no hay que preocuparse. Esa curva abruptamente descendiente ha de llevarnos a la esperanza. Sí, por qué no. Pensemos que uno de los graves problemas sociales de este país es la inaccesibilidad de la vivienda. Desde 1996 para acá ha sido prácticamente imposible comprarse un pisito para buena parte de la población por culpa, entre otras cosas, de la dichosa ley de la oferta y la demanda. Como se vendían casas por un precio que triplicaba su valor, ¿qué vendedor iba a ser el guapo?

Pero esa curva bendita está poniendo las cosas en su lugar. El precio de la vivienda está bajando tanto que los principales promotores tienen las piernas tiritando. Tienen más de ochocientos mil pisos sin vender y siguen en caída libre. Creo que los ciudadanos, especialmente los jóvenes, deberíamos ser inteligentes y escudarnos en eso que tanto nos ha perjudicado: la oferta y la demanda. Según los datos, los precios están en los índices de 2006, un año terrible -puro apogeo-, y lo conveniente y deseable sería que bajaran a los datos de 1996, cuando empezó la verdadera locura. Por suerte, hay donde meterse de alquiler -las nuevas guaridas-, otro mercado que pasa por malos momentos y donde es fácil rebañar. Cada mes que paga un alquiler, el inquilino multiplica sus ahorros en su futura adquisición. Que nadie tenga prisa. Aunque Zapatero, en otra intentona de revitalizar la compra-venta de viviendas, haya anunciado que las hipotecas firmadas a partir de 2011 dejarán de desgravar a Hacienda, ¿alguien cree que será capaz de cumplirlo un año antes de las elecciones generales?

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¿Cómo será la España real?

Publicado el 13 enero 2009 por manuguerrero

Nací en el año 79. Cuando apenas tenía diez o doce años y empecé a leer prensa diaria, España, mi país, ya había entrado en la Unión Europea, por lo que, por ser uno de sus miembros más pobres, recibía importantes sumas de dinero. Se trataba, lógicamente, de igualar los desequilibrados PIB de unos y otros. Por ello, mis ojos de infante escrutador no veían más que crecer considerablemente las estructuras de este país: más y mejores carreteras, tren de alta velocidad, escuelas mejor equipadas, nuevos polígonos industriales etc… 

Con esos 125.000 millones de euros que ha recibido desde entonces, España ha cambiado casi por completo de fachada. Este país poco o nada se parece al de 1986 aunque, seamos certeros, no podemos aseverar que todo el dinero llegara al fin predestinado sencillamente porque nunca hubo un inspector encargado de testificarlo. Pero supongamos que todo está en su sitio.
 
Años después, a finales de siglo, la España subvencionada se abrió de brazos, por no decir también de piernas, a las prácticas neoliberales procedentes de Estados Unidos, por lo que al mismo ritmo que se absorbía dinero público a porrones, se privatizaban empresas estatales pensando que quién mejor que los amigos para gestionar asuntos tan importantes como la telefonía, la electricidad, el gas, la aviación civil… Y así de sopetón, millones van, millones vienen, parecía que todos éramos ricos: Los cubatas a 8 euros y los pisos a 400.000.
 
España crecía a un 4% gracias, fundamentalmente, a un lavadero de billetaje sucio llamado sector-de-la-construcción. Aunque era evidente que algo funcionaba muy mal, nadie alzaba la voz porque todos sacaban partido de los turbios malabares de comprar-vender-figurar. Sobre esto podríamos escribir una tesis doctoral, pero con su permiso no me voy a extender porque, supongo, usted también está saturado.
 
El caso es que en 2008 la burbuja explotó de verdad: adiós a las subvenciones europeas (ya hay países mucho más pobres que nosotros), adiós al truco del almendruco (cuando se han levantado las cartas de beneficios, el neoliberalismo no ha resultado ser lo que parecía) y adiós a sor Construcción, que de tanto rezar le ha cogido manía a todo el santoral. El caso es que ya hay tres millones de parados y varios millones más están, desgraciadamente, a la espera de ser también requeridos por el INEM. Aunque nadie lo quiera reconocer.
 
Descorrida la cortina y roto el espejismo, me pregunto qué ocurrirá con este país a partir de ahora. Sus cuentas comerciales son desfavorables y ni los cuartos que dejan aquí los 60 millones (menguantes) de turistas que nos visitan cada año pueden equilibrar la ecuación decisiva importaciones-exportaciones. La banca está tiritando (de frío y de miedo), el sector del automóvil pierde aceite, la agricultura ya no es competitiva, el textil viene de China (y no de Alicante), la energía no la producimos nosotros y para colmo los beneficios de Telefónica ya no son para el Estado. Aún así España sigue siendo la octava potencia mundial en Producto Interior Bruto, aunque no sabemos si pronto le pasará lo que le ocurrió a Adolf Merckle justo antes de suicidarse. Que tenía un patrimonio valorado en 10.000 millones de euros y debía 16.000. Aunque, a efectos teóricos, seguía siendo un discreto multimillonario.

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Volverá la Guerra Fría

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Volverá la Guerra Fría

Publicado el 19 julio 2007 por manuguerrero

Volverá la Guerra Fría
 

Los datos son aparentemente apabullantes. Desde 2000 España crece a un ritmo mayor que la media de la Unión Europea y acumula una riqueza de 4’3 billones de euros, motivos de sobra para el buenrollismo y para encamisar el España va bien, que explícita o implícitamente el poder acaba agarrando para defenderse de una realidad más cruda y dolorosa. En esos años, el patrón de crecimiento dominante en nuestro país se viene sustentando en el consumo y la construcción, lo que está generando importantes beneficios empresariales a costa de una creación de empleo de baja calidad y bajos salarios. De los 2.700.336 nuevos empleos asalariados, creados entre 2002 y 2006, 438.500 fueron en la construcción y 2.204.800 en los servicios; es decir, en sectores con niveles salariales bajos y alta temporalidad.

Así, no es de extrañar que el 50% de esa riqueza acumulada (la que sirve para el qué bien lo hacemos) se concentre en el llamado capital residencial, es decir, en la vivienda, que no es de nadie salvo de los bancos hasta que dentro de 40 años pase a manos del currito-inversor. ¿Qué significa esto? Que las autoridades administrativas están ofreciendo datos de crecimiento utilizando el futuro sudor de los ciudadanos sin que, obviamente, nadie pueda garantizar que todo devenga como ha de ocurrir. Si, por ejemplo, en 2012, que se espera la mayor crisis energética de la Historia reciente, quiebra el sistema productivo español, no sólo se romperá la tendencia de crecimiento, sino que se demostrará que los datos de hoy son una falacia: es absurdo considerar vendido aquello que nadie ha logrado pagar.

En economía hay una premisa básica de enriquecimiento que nunca se equivoca: eres más rico cuando gastas en lo que compras menos de lo ganas con lo que vendes. Y no es el caso español, cuyo déficit exterior se agrandó un 16,3% en los cuatro primeros meses del año y el desequilibrio asciende ya a un total de 34.338,5 millones de euros. De ahí es de donde podemos sacar un resumen certero de si caminamos hacia delante o hacia detrás. De si vamos bien o vamos fatal.

No somos un país exportador. Nuestra industria es raramente competitiva y la globalización, tal y como está entendida, nos está causando más perjuicios que beneficios (que se lo pregunten a los trabajadores de Delphi o Altadis). China está a punto de convertirse en la tercera economía mundial y está exhibiendo sus potentes garras de águila feroz: está comprando petrolíferas, equipos de fútbol, telecomunicadoras y pronto, quién sabe, tendrá en sus manos los olivos que un día fueron nuestros y ahora son italianos. Sería el colmo pero en el país de las maravillas todo es posible.

Otro dato significativo, quizás el que más, es el que indica que el salario medio español no ha variado sustancialmente desde 1997, por lo que hemos perdido considerable poder adquisitivo: el señor IPC toma dos petit suisses al día y un café no cuesta lo que cree el señor Zapatero (para nuestra desgracia, que tomamos varios al día.) Es lo que más duele: oír por televisión que el país va genial, ver cómo construyen, sin medida, en tu barrio y no tener un euro en el bolsillo para adquirir aquello que consideras tuyo.

En los últimos años, en España han confluido varios ríos negros: ocho años nefastos de gobierno conservador (autor en 1998 de una ley de liberalización de suelo responsable de que la corrupción tenga acta de concejal en nuestros ayuntamientos), la entrada de la moneda única (pretexto perfecto para sacar de las piedras el dinero negro, una auténtica lacra en un país de pasado astuto… ¿alguien le ha visto ventajas al adiós de la peseta?) y un abrupto aumento poblacional (no hay país que pueda soportar, sin perder el equilibro, la llegada de más de cinco millones de habitantes en apenas diez años.) Sólo en ese pantano movedizo parece oro aquello que no lo es. Pero la presión continúa. Vivimos en un sistema de objetivos y resultados. Hay que cumplir, es válido el maquillaje y las agencias de comunicación están para algo.  Pero por mucho que se empeñen, la liebre es muy difícil de esconder: más de la mitad de los españoles no saldrá de vacaciones este verano porque se lo impiden las subidas en la gasolina y en los tipos de interés -resulta ya cansino decir que una hipoteca es peor que una soga al cuello-. Creo que eso es economía y lo demás son números embusteros, pura y limpia corrupción.

Empieza la Guerra Fría. Interna y personal pero más gélida que la que conocemos por los libros de Historia. Llamémosle cambio climático. Por ejemplo.

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